miércoles, 29 de julio de 2020

Así fue y así paso Capítulo 34


CAPITULO 34.-

Casi todos los días estaba unas horas en quirófano y el resto del tiempo lo pasaba resolviendo pequeños problemas de la Clínica. Comía en la cafetería y cerraba los ojos un rato, no mas de diez minutos, en mi amplio despacho. Daba orden a mi secretaria que no me pasaran ninguna llamada y en cuanto descansaba esos minutos retomaba la actividad diaria. Sin embargo ese día fue completamente distinto a los demás. Sobre la una de la tarde me llamó Jane, como habíamos quedado y me invitó a comer. Me quedaba una hora, mas o menos de cirugía, o sea que nos veríamos en el “My flower” a partir de las dos y media.

Le comenté al Dr. Taylor que posiblemente esa tarde no llegaría a la hora habitual a la consulta  porque había quedado con una amiga. No le dije que era Jane Chesterplace a la que él conocía de sobra, tampoco me pareció el momento, ya habría tiempo mas adelante y me contestó que no había problema porque sabía que no tenía muchos pacientes citados y lo resolvería él solo y que me lo pasara lo mejor posible. A través de la mascarilla me pareció que sonreía con picardía.

-          Como sois los españoles, luego os quejáis porque decimos que en cada uno de vosotros hay un don Juan. Acabas de dejar una novia y ya te estás buscando otra
-         ¡Que va! – en que estaría pensando mi jefe y amigo – si es una chiquilla que conozco hace bastante tiempo y puedo ser su padre
-         Ya, ya, pero te veo demasiado ilusionado
-         Es verdad – contesté mientras terminaba una sutura continua para cerrar una mama recién reconstruida – me la encontré ayer por casualidad y si que es verdad que me apetece charlar con ella
-         Anda, anda – el Dr. Taylor se quitó los guantes – vamos a vendar y te vas.
-         Muy bien, así me da tiempo a irme a mi casa un segundo y darme una ducha
-         Si, tú vete bien perfumado que nunca se sabe lo que puede pasar – me dijo mientras que me guiñaba un ojo con cierta complicidad

Llegué con cinco minutos de adelanto a mi cita. El My flower era un restaurante de lo mejorcito que había en Londres. Llevaba años abierto pero se mantenía como el primer día. Disponía de cuatro salones pequeños en los que se distribuían tres o cuatro mesas, no más. La decoración era la del típico palacete inglés con las paredes enteladas en un color crema que le daba a los salones un aire de calidez que pocas veces se encontraba, sobre todo en los restaurantes modernos, las sillas estaban tapizadas con una tela con dibujos de animales, el mantel era de un blanco inmaculado, un pequeño centro de mesa con flores del día, la vajilla azul con ribetes dorados y los cubiertos dispuestos a cada lado eran de plata al igual que los pequeños platos del pan y los bajo platos. Dos copas azules, una para agua y otras dos para vino blanco y tinto  junto con una copa de champán completaban la decoración de la mesa que invitaba a una buena comida. En las paredes, algunos aparadores con candelabros de plata y cuadros de muy diversos autores y diferentes colores al igual que los motivos, la mayoría de caza con los jinetes con sus chaquetas rojas y sus pantalones blancos casi tapados por sus botas negras y todos rodeados por perros que parecía dar mas realidad a lo que parecía que era el principio de una cacería, aunque había otros con motivos navales, sobre todo de antiguos galeones ingleses, y los menos de golf con los jugadores con sus pantalones bombachos, sus carritos con dos ruedas y las gorras típicas. Todo el conjunto estaba iluminado por diferentes lámparas que dotaban al salón de un ambiente de lo mas selecto.

Llegué a a la mesa que había reservado previamente acompañado por el dueño del restaurante, un antiguo militar que conservaba las maneras del imperio al que había conocido en la Clínica hacía ya algunos años y después de sentarme me ofreció un jerez que acepté mientras hacía tiempo a que llegara mi acompañante

-         Espero que disfrute de una buena comida mi querido Doctor y si me permite un consejo yo tomaría una perdiz con langosta que está deliciosa.
-         Muchas gracias por sus sugerencias, señor Burton.
-         Enseguida le traen su bebida y muy agradecido por su presencia en esta casa donde ya sabe que siempre es usted bienvenido.
-         Gracias.

Los diez minutos que pasaron hasta que llegó Jane me sirvieron para recordar muchos momentos que habíamos pasados juntos, a pesar que el final no fue lo mejor y no sabía muy bien porqué. Si que es cierto que, posiblemente yo fui un poco brusco, la verdad es que no me acuerdo, pero lo que si se seguro es que en aquellos momentos no quise tomar ninguna decisión que me pudiera perjudicar. Poco a poco, sin darme cuenta, me había vuelto una persona calculadora, posiblemente los años son los que te hacen volverte así y evitas las decisiones rápidas que te provocan los pocos años y ahora mismo tenía muchas cosas que valorar y la aparición de Jane venía a alterar de una manera muy clara todos mis posibles planes. Por otra parte, no había tenido oportunidad de valorar con nadie los diferentes caminos a los que podía optar y la presencia de Jane podía ser la oportunidad de abrirle a alguien mi corazón y hablarle con franqueza. Sabia, o por lo menos lo suponía, que ella me podría entender y era posible que hasta me diera, no digo que la solución, pero si alguna buena razón para decidirme.

Mis pensamientos iban y venían de un lugar a otro como si fueran olas rompiendo en alguna playa desierta cuando apareció Jane. Me levanté y nos dimos dos besos en la mejilla. Me pareció mucho mas atractiva que el día anterior, su sonrisa era una auténtica maravilla, los ojos se brillaban como si fueran dos faros, mientras que un pequeño mechón de pelo le caía sobre uno de ellos. Se lo apartó con un movimiento rápido, se sentó y enseguida preguntó de una manera como muy espontánea

-          ¿Qué tal, Andrés? – Me preguntó mientras partía un trozo de pan y se lo introducía en la boca - ¿sabes que tengo un hambre que me muero?
-         ¿Conocías este sitio? 
-         No
-         ¿Nunca te ha traído tu padre?
-         Yo creo que no o por lo menos no me acuerdo
-         Te lo pregunto porque yo se que viene de vez en cuando aunque yo nunca le vi aquí
-         Entonces ¿por qué sabes que viene?
-         Me lo contó el dueño que lo conozco desde una vez que lo traté de urgencia en la Clínica
-         ¿Y tu has venido muchas veces?
-         ¿Yo? – llamé al camarero para pedir algo de beber para mi acompañante – si que he venido varias veces y se come de miedo
-         ¿Venías con tu novia?
-         Una vez vine con ella si

El camarero depositó en la mesa una pequeña copa y le sirvió una copa de vino blanco dejando la carta sobre la mesa

-         Si me permiten – dejó la carta sobre la mesa – ahora vendrá el Sr. Burton y le indica las sugerencias para hoy
-         Muchas gracias
-         O sea que este sitio te trae muchos recuerdos – me preguntó mientras se acercaba la copa a sus labios
-         Algunos si – contesté – pero casi me gustaría hablar de otras cosas. Aquello pasó y ya está.
-         ¿No te apetece hablar de ella?
-         Sinceramente no
-         Bueno – acercó su copa para brindar – pues hablemos de otra cosa

El Señor Burton apareció con sus modales refinados, nos sirvió un poco más de vino en nuestras copas y

-          Perdone Doctor y ¿señorita?
-         Jane Chesterplace – contestó ella con una sonrisa cómplice
-         No me diga que es usted hija del Señor Chesterplace
-         Si, soy yo
-         Por Dios ¡que honor para esta casa disfrutar de la presencia de la hija de una de las personas mas importantes de este país!
-         Bueno, bueno – Jane se notaba que no estaba muy cómoda ante tanto piropo
-         Si me permiten – El Sr. Burton tomó la carta entre sus manos como si fuera un papiro antiguo – ya veo que tienen muy buen gusto por las bebidas que han solicitado y por eso me gustaría recomendarles algunos platos de nuestra carta.
-         Muy bien, usted dirá – le contesté
-         Primero les recomendaría probar nuestro magnífico pastel de mariscos, un poco para cada uno y a continuación nuestro plato estrella que son las perdices con langosta, hechas con una salsa de vino de Oporto, fresas de nuestros bosques y todo aderezado con unos pequeños trozos de langosta del mar del Norte que es una auténtica delicia – se quedó un segundo pensando – si me permiten casi de primero les daría unas verduras de nuestra propia huerta, hechas solamente con aceite español y vinagre porque el pastel de marisco y la langosta va a ser todo como un poco igual
-         Yo casi de primero prefiero un risotto de setas y luego la perdiz- pidió Jane
-         Y yo lo que nos ha aconsejado, unas verduritas y luego la perdiz
-         Perfecto y de bebida si les parece les puedo ofrecer un Vega Sicilia tinto que sería perfecto para combinar con la carne
-         ¿Te parece bien? – le pregunté a Jane
-         Bueno, yo no entiendo mucho de vino, pero seguro que estará muy bueno

El Sr. Burton se alejó con una sonrisa en los labios seguro de haber recomendado lo mejor para aquella pareja y así disfrutarían de una buena comida y de una velada agradable, sin darse cuenta que justo en ese mismo instante Jane comentaba

-          Que tío mas cursi ¿no?
-         Déjalo que es su papel
-         Ya - Jane soltó una carcajada y a mi también me entró la risa aunque le indiqué con un dedo que se riera mas bajo porque se iba a dar cuenta - ¿y este es amigo de mi padre?
-         Eso dice él
-         Bueno, si lo dice será verdad, pero no veo yo a mi padre aguantándole ese rollo cada vez que venga a comer
-         Déjalo y si te parece hablamos de ti
-         ¿Qué quieres saber? – preguntó mientras bebía un poco de vino
-         ¡Yo que se! Hace tiempo que no nos veíamos y supongo que en todo ese tiempo te habrán pasado muchas cosas. No se , te podría preguntar lo mismo que tú a mi ayer- hice una pausa para degustar el buen vino mientras la miraba con alegría - ¿te has casado?
-         No – una risa espontánea brotó de su boca - ¿tu crees que no tengo cosas mejor que hacer que casarme?
-         Yo que se, si hace por lo menos cuatro años que no nos vemos
-         Cinco para ser exactos – me contestó
-         ¿Los llevas contados?
-         Yo si ¿y tú?
-         La verdad es que no, pero bueno cada uno es como es.
-         Ya, ya – volvió a sonreir – menudo elemento estás hecho
-         ¿Yo?
-         Si tú que pareces una mosquita muerta y en cuento te dejo te vas ennoviando por todo Londres.
-         ¡Pero quien te ha contado semejantes barbaridades! – traté de ponerme serio - después de nuestra última conversación que fue el mismo día o al día siguiente que tuviera yo aquella movida con el Dr. Taylor me quedé mas solo que nadie, andaba deambulando por ahí y dejé de ir a los sitios que iba contigo porque me encontraba como fuera de lugar y me quedé en casa por lo menos seis meses. Poco a poco empecé a salir, por supuesto ya se había arreglado el tema con el Dr. Taylor mi actual jefe y después  estuve medio año sabático en Madrid, hasta que me llamó tu padre para que me hiciera cargo de la dirección de la Clínica y entonces fue cuando conocí a Cristina y así estuve unos años, pero desde entonces me he vuelto a refugiar en mi trabajo y en mi casa hasta que la casualidad hizo que me encontrara contigo en Picadilly que si no todo seguiría igual. Bueno igual no, porque estoy en un momento difícil y tengo que tomar una determinación en unos meses y estoy hecho un lío – tomé un poco de verdura y continué – pero eso lo dejamos para después ¿te parece?
-         Por mí encantada – Jane también comenzó con el primer plato continuando con un pequeño sorbo de vino – Que bueno está todo ¿verdad? No me extraña que mi padre venga a comer aquí de vez en cuando. Como te decía mi vida no ha cambiado mucho, excepto, como es natural, el hecho de educar a Sinoa que no es nada fácil y menos en un sitio como en el que estoy, pero lo llevo bastante bien.
-         Por lo que dices supongo que continuas en Etiopía ¿no?
-         Si claro, de ahí no hay quien me mueva
-         A pesar de tu padre
-         Ya lo va llevando mejor – se quedó seria mirando al mantel como si fuera una situación para ella difícil de explicar – tuve que ceder un poco, él otro poco y aquí estamos
-         ¿En que tuviste que ceder?
-         Sobre todo en prometerle que una vez al año me pasaría quince o veinte días en su casa porque según me dijo no tenía mucho tiempo para ver crecer a su nieta preferida, te recuerdo que solo tiene una y por eso ahora estoy aquí. Por lo demás, todo sigue igual. La misión da cada vez mas trabajo, pero afortunadamente vamos avanzando y ya son casi cien los niños a los que tratamos, les damos de comer, los vestimos, los educamos mas o menos en la religión católica, gracias a la ayuda del Padre Jesús, que es un misionero que nos mandaron hace un par de años, y estamos a punto de finalizar un pequeño hospital para tratar a todos aquellos que nos lo pidan
-         ¿Y todo eso quien lo paga?
-         En su día creamos una ONG en la que está muy involucrado mi padre y ahora ya tenemos una pequeña ayuda del gobierno de Etiopia. En fin, no es mucho, necesitaríamos mucho mas, pero vamos resolviendo los problemas con mas o menos fortuna, pero ya sabes aquello que para el que nada tiene, un poco es mucho y por lo menos los niños desayunan y comen y si quieren hasta se pueden quedar a dormir y ese es nuestro trabajo ¿qué te parece?
-          Me parece que es una maravilla que todavía existan en el mundo personas como tú
-         No me digas eso que me vas a poner colorada – escondió sus ojos tras el Vega Sicilia que casi llenaba su copa – no te creas que tiene tanto mérito una vez que tienes oportunidad de ver lo que hay por allí.
-         ¿Eres feliz?
-         Es complicado decir que si – se quedó pensativa – yo diría que si, aunque cuando estoy aquí siento que podría vivir mucho mejor con mi padre, le haría compañía hasta que Dios decida llevárselo que no creo que le falte mucho porque está bastante mayor y cosas por el estilo, pero cuando llego allí me doy cuenta que hago falta a mucha mas gente y entonces si que podría decir que soy feliz, si, seguro que si, sobre todo porque ahora si me quedase si que me parecería una vergüenza y después del tiempo pasado ya no podría quedarme – Jane se mantuvo con la copa rozando sus labios – mira, te voy a poner un ejemplo – movió lentamente la copa de vino - no tengo ni idea cuanto cuesta esta botella de vino pero no puedo dejar de pensar que con lo que pagues, doy por lo menos doscientas comidas a mis niños de la misión y me parece que no debería ser así, pero no puedo quitármelo de la cabeza.
-         Ya – sus razonamientos también me hicieron que yo me pusiera serio – te entiendo, pero ese quiere decir que cuando estás aquí no estás bien
-         No es exactamente así lo que me pasa – dejó encima de la mesa la copa y continuó degustando con calma la comida – reconozco que estoy hecha un lío, por un lado si, bueno no se, me tiene un poco preocupada mi hija porque si yo estuviera segura que va a pensar como yo entonces no tendría ningún problema, pero no se si le gustará mas esta vida y yo no soy quien para obligarla a vivir en una misión si ella quiere otra cosa, pero bueno, vamos a dejar este tema porque si no esta comida va a parecer un funeral.
-         ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? – pregunté cambiando de tema
-         Me voy el día veinte
-         O sea que te quedan – me paré un momento pensando – nueve días.
-         Si, ya tengo los billetes de vuelta para ese día.
-         Tenemos muchas horas todavía para hablar – me quedé mirándola mientras apuraba mi segunda copa – y necesito que me ayudes.
-         Yo estoy a tu disposición pero te recuerdo que has sido tú el que me has pedido que te hablara de mi primero
-         Es cierto, pero estoy en un momento de mi vida en que todavía puedo tomar una decisión u otra y según la que tome, mi vida cambiará absolutamente.
-         ¿Tan brusco puede ser el cambio? – me miró tratando de adivinar mis pensamientos – me parece que estás muy acostumbrado a vivir trabajando, a ganar dinero, a ser una persona conocida en tu profesión y ahora ¿que quieres hacer?
-         Tengo la posibilidad de dejarlo todo y emprender una vida absolutamente diferente.
-         ¿Así de fácil?
-         Para ti será fácil, pero para mí me parece que tomar esa decisión es como subir al Himalaya.
-         Perdona Andrés – acercó su mano a la mía – pero empieza desde el principio porque estoy completamente perdida.
-         Es un poco largo
-         No importa, has dicho que tenemos nueve días ¿no?
-         Si, eso he dicho y no se si serán suficientes. Lo primero que tienes que saber y por favor no se lo digas a nadie y mucho menos a tu padre es que el Dr. Taylor tiene pensado dejar todo en un mes mas o menos e irse a Filipinas con su mujer
-         Me dejas de piedra – Jane tenía la sorpresa en su cara – el Cirujano Plástico mas conocido de Londres y posiblemente del Reino Unido, se larga y deja todo así porque si
-         Parece raro pero es la verdad. El otro día me comentó que estaba harto, que no podía aguantar mas esa vida y que no tenía el mayor interés en ser el mas rico del cementerio y que se iba a ir con su mujer a un lugar donde no lo conociera nadie y disfrutar de sus hijos y de sus nietos
-         ¿Ya tiene nietos? No me parecía que fuera tan mayor
-         No tengo ni idea cuantos años tiene, pero si que se, porque me lo dijo el otro día, que tiene cuatro nietos.
-         Ya – Jane no se perdía ni un solo movimiento de mis ojos – y por eso fue por lo que me dijiste el otro día que te podías quedar con su consulta ¿no?
-         No recuerdo habértelo dicho, pero si, me lo ha propuesto y no se que hacer
-         Es un tema muy complicado – me apretó con fuerza la mano – y no creo que exista nadie en el mundo que te pueda aconsejar. Eres tú y solo tú el que tienes que decidir porque no tienes otra posibilidad.
-         Tampoco hay que exagerar. Puedo seguir siendo Director de la Clínica y dejar la cirugía.
-         ¿Y que vas a hacer todas las mañanas? ¿pasearte por Londres? No te veo yo así, pero nunca se sabe, lo mismo te buscas otra novia y a disfrutar que la vida pasa muy deprisa.
-         Es otra posibilidad pero me parece que ya estoy para pocos amoríos
-         ¿Te ves viejo? – me preguntó con una sonrisa burlona
-         Es posible que no te lo creas pero si, si que me veo viejo – apuré el vino – mas que viejo, que tampoco es para tanto, estoy cansado de llevar una vida vacía, llena de trabajo, de cenas, de homenajes, de gente adulándote alrededor, pero al final vuelves a casa todas las noches y me pregunto ¿ha valido la pena?
-         Hombre, Andrés, te veo muy bajo de forma, eso no puede ser, Tú eras un tipo alegre, muy vitalista, con ganas de comerte el mundo y ahora después de no se cuantos años te planteas si lo que haces merece la pena, pues claro que merece la pena ¿o es que tú crees que a un paciente que lo curas no te estará eternamente agradecido?  
-         Querida Jane, el tema no va por ahí porque en mi caso los agradecimientos se los lleva mi Jefe. En todo caso si que sería valorable mi labor en la Clínica y para piropos ya tengo a tu padre que no hace nada mas que felicitarme por lo bien que lo estoy haciendo cada vez que me ve, pero no es eso – casi sin darme cuenta unas lágrimas humedecieron mis ojos – no es eso

Jane me miró sorprendida, parecía como no saber que hacer ni que decir, se limitó a apoyar sus manos en las mías y mirarme a los ojos

-          Tú lo que tienes es una depre como una montaña de grande ¿te has planteado la posibilidad de visitar a algún psiquiatra?
-         Hasta ahora no, pero si sigo así no me va a quedar mas remedio
-         ¿Te apetece dar un paseo?
-         Muy bien, pago y nos vamos.

Estuvimos paseando por las calles céntricas de Londres, ella me llevaba del brazo y solo con ese gesto parecía como saber la fórmula para intentar ayudarme. Se puede decir que no hablamos ni tres palabras en todo el tiempo, la fina lluvia nos acompañaba y así llegamos a una pequeña plaza detrás del Parlamento, nos sentamos en un banco y me quedé mirando al infinito.

-         Te diré que se me ha olvidado decirte la tercera opción.
-         ¿Cuál es? – se apretó contra mí poniendo la cabeza en mi hombro
-         Dejar absolutamente todo y volverme a España, buscarme una casa en algún lugar del sur donde el sol sea lo más importante y dedicarme a leer, a escribir, a escuchar música y poco mas.
-         No te veo yo sin hacer nada, pero está claro que es otra opción.
-         ¡Yo que se! – me quedé como ensimismado mirando el suelo - en el fondo me parece que no se lo que quiero
-         Eso también me parece a mí, pero lo mismo si te lo digo te parece mal.

Estaba anocheciendo, las farolas comenzaban a iluminarse automáticamente, las hojas de los árboles alegres por la llegada de la primavera se mecían lentamente. El Parlamento se iluminó como queriendo ser testigo de nuestra conversación y un barco lleno de turistas haciendo fotos sin cesar, pasó rápido por el Támesis para llegar pronto a su destino.

Jane se soltó de mi brazo, se puso en pie y ejecutó unos pequeños pases de baile con su paraguas abierto mientras yo la miraba asombrado sentado en el banco. Poco a poco, muy lentamente, como si fuera una parte de una obra de teatro, se acercó y poniendo su boca muy cerca de la mía y con una sonrisa que iluminaba más que todas las farolas del universo me soltó, así como quien no quiere la cosa 
-         Tienes otra posibilidad y que yo te la propongo para que esta noche la pienses junto con tu almohada. No quiero que me contestes ahora ni mucho menos, quiero que la pienses, mañana me dejas que sea yo la que te convide a comer donde yo quiera y me comunicas tú decisión ¿de acuerdo?
-         Dime – no tenía ni idea por donde iba a salir y estaba realmente en ascuas – te prometo que la pienso
-         Mi propuesta es que te vengas conmigo a Etiopía. Eres Médico y harías una gran labor en la misión porque allí la que mas sabe soy yo, o sea, que no tendrías mucha competencia

Mi cara debió de hacer una mueca de lo mas extraña porque Jane se separó y volvió a repetir los pasos de baile, esta vez como mas despacio

-         Eso es lo último que se me hubiera ocurrido pensar – todavía seguía con la misma cara de incredulidad
-         Ya me he dado cuenta – volvió muy despacio con una enorme sonrisa – pero no hago mas que resolverte una duda ¿no decías que a lo mejor todo lo que habías hecho hasta ahora no merecía la pena? Pues ya tienes la oportunidad de demostrarte a ti mismo que vales para mucho mas de lo que crees. No tendrás dinero, no podrás ir a ningún bar, no te podrás vestir bien porque harías el ridículo, no tendrás ninguna comodidad, en fin no tendrás nada de lo que disfrutas aquí, pero si que tendrás alegría de vivir, te darás cuenta que lo hagas te lo pagarán con una mirada de agradecimiento, podrás ver como se puede ser feliz sin tener nada de nada, podrás ayudarme a educar a Sinoa y lo mejor es que en ningún momento te sentirás solo porque toda la misión estaremos siempre contigo y que conste que somos muchos
-         De verdad que estoy alucinando – no podía de ninguna manera disimular mi sorpresa, podría haber pensado cualquier solución menos esa – como te he dicho lo pensaré y mañana hablamos. Prefiero no decir nada mas.

La noche se me hizo interminable, intenté dormir, imposible, me levanté y me tomé un whisky doble, nada, estuve sentado mirando las estrellas en la terraza, me volví a meter en la cama, me hice un te, nada, me tomé unas galletas, me volví a tumbar esta vez en el sofá, me tapé con una manta y mi cabeza giraba y giraba como si fuera una noria. Iba de un lado para otro como un barco a la deriva. ¿Era una solución irme a Etiopia y olvidarme de toda mi vida anterior? ¿no sería mejor quedarme como Director de la Clínica aunque dejara la cirugía? ¿y si me quedaba solo con la cirugía y dejaba de ir a la Clínica ¿qué pasaría? Por lo  menos lo que me aseguraba era tiempo libre eso seguro, pero ¿sería la solución? Si me fuera a la costa del sol, podría ver a mis hijas con mas frecuencia que ahora y ¿ellas querrían verme a mi? Si me fuera a Etiopía  como me insinuaba Jane ¿no sería romper con todo demasiado bruscamente?. ¿Me estaría enamorando de Jane? ¿pero como me voy a enamorar si casi no la conozco de nada y encima la llevo por lo menos veinticinco años? Y encima tiene a Sinoa que me cae muy bien pero no soy su padre ¿podría suplirle? Posiblemente si que sería capaz de vivir con Jane, al fin y al cabo es una chica con una educación exquisita, pero no me puedo olvidar que le llevo veintitantos años y además ¿porqué me tengo que enamorar? Puedo ser un colaborador como otro cualquiera sin necesidad de meterme en líos, ayudarla a educar a Sinoa, si ¿por qué no? aunque tengo la impresión que tengo una idea bastante diferente de la forma de educar a una niña y eso puede ser motivo de discusión. En fin, voy a intentar cerrar los ojos y espero dormir un rato y ahora que lo pienso ¿porqué creo que Jane está enamorada de mi? Yo creo que si, pero lo mismo me quiere como Médico, incluso como amigo, pero nada más. Tengo que dormir que si no mañana no voy a poder razonar.

No se cuantas horas dormiría, seguro que pocas y como todos los días a las ocho de la mañana estaba entrando por la puerta de la Clínica. Mi secretaria me esperaba con una serie de papeles para firmar, tomé un café y a las nueve menos cuarto tuve la habitual reunión con los Médicos de Guardia. Aunque trataba de atender a lo ocurrido la tarde y la noche anterior, reconozco que mi cabeza estaba en otro sitio. No solo tenía que decidir lo que hacía si no que también tendría que hablar con el Señor Chesterplace para explicarle la situación y por supuesto con el Dr. Taylor porque me habían ayudado en los últimos años y no quería en ningún caso quedar mal. Y tendría que darles un tiempo para que se organizaran sin mi, pero ¿cómo iba a hablar nada si todavía no tenía claro lo que iba a hacer?

Tuve una larga reunión con la Jefa de Enfermeras, tenía problemas con algunos turnos y no había mas remedio que contratar a alguien porque la gente no estaba por la labor de doblar y era un asunto a resolver ya porque por lo menos en una semana se quedaría con algún turno al descubierto. Desde siempre, siguiendo indicaciones de la Dirección de la Clínica, yo era el muro de contención para evitar la contratación de nuevo personal, pero también es justo reconocer que cuando yo decidía que no había mas remedio, la Dirección aceptaba cualquier solución que yo les aportaba. Firmé los papeles necesarios para que la Jefa contratara dos nuevas enfermeras para el turno de noche. A continuación vino al despacho la Gobernanta con las mismas pretensiones y ahí me cerré en banda porque el cocinero podía trabajar algunas horas más y lo único proponerle una subida del sueldo que seguro que aceptaría y tratar de buscar a alguien de dentro de la plantilla que le ayudara sobre todo en el tema de las compras.

A última hora de la mañana tenía que recibir a la mujer del Consejero de una editorial muy conocida y cliente habitual de la Clínica porque según me explicó la secretaria quería exponer sus quejas porque el Médico de Guardia no le había querido recetar una medicación sin explorarla previamente. Estuve amable con ella y creo que salió medio convencida que la actuación del facultativo había sido la correcta pero que, en cualquier caso, hablaría con él para que en lo sucesivo la tratase como ella se merecía y se fue contenta. Durante toda la conversación, yo ponía cara de estar muy interesado en el caso pero mi pensamiento estaba en la llamada de Jane para comer, como había quedado con ella el día anterior y efectivamente cuando ya empezaba a perder la esperanza, mi secretaria me pasó un papel en el que decía que me esperaban para comer en un bar justo enfrente de la Torre de Londres. Me venía muy bien porque estaba relativamente cerca y podía ir andando.

Tardé una media hora, la primavera ya había llegado a la ciudad, el sol iluminaba como pocos días al año y aunque yo avanzaba pensando en mis cosas, sabía que el buen tiempo alegra el alma y me venía muy bien para la comida que me esperaba y así, casi sin darme cuenta llegué a una especie de pub “el Paradise” al que no había tenido oportunidad nunca de entrar y mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme en un pequeño restaurante, no tendría mas de cinco mesas, completamente blanco, con los camareros con largos mandiles, también blancos y las paredes decoradas con las tapas de madera de las botellas de vino. Sentada en una de las mesas de un lateral estaba Jane con una cerveza y unas patatas fritas. Se levantó, nos dimos un beso y nos sentamos a continuación uno enfrente de otro.
-          ¿Te gusta este sitio?
-         No está mal, aunque un poco como desangelado
-         ¡Que va! – ella seguía con su eterna sonrisa – se come muy bien, eso si, solamente tiene dos primeros y dos segundos pero seguro que te encanta. El cocinero es amigo mío desde hace muchos años y siempre que vengo me trata de maravilla y encima a precios de menú del día ¿te parece?
-         Me parece muy bien – llamé al camarero y le pedí otra cerveza
-         Bueno ¿qué tal? ¿has dormido bien?





Así fue y así pasó Capitulo 33


CAPITULO 33.-

Aquella época la recuerdo como muy feliz. Encontré un apartamento en las proximidades del barrio de Chelsea, una zona residencial muy tranquila y allí comencé con Cristina una nueva vida. Lo primero era buscarle un trabajo. Por aquel entonces, el Sr. Chesterplace era el Presidente de la Fundación de la Clínica Privada en la que yo había entrado como Médico de guardia hace un montón de años y que desde hace dos años me habían nombrado Director Médico y dio la casualidad que un mes antes un anatomopatólogo se había jubilado y aunque parecía que podría ser una plaza a extinguir, el Sr. Chesterplace con el que me unía ya una verdadera amistad desde que atendí el parto de su hija, consultó el curriculum de Cristina, le pareció adecuado y dio su conformidad para que, mi compañera por aquel entonces, ocupara ese puesto y por si fuera poco no de una manera eventual, como se hacían todos los contratos en la Clínica, si no con carácter permanente con lo que al mes de llegar a Londres Cristina ya tenía un trabajo fijo, con un buen sueldo y un horario razonable y encima en la misma Clínica que yo ¿qué más se podía pedir?
Por la mañana íbamos juntos en mi coche, comíamos en la cafetería de la Clínica y por la tarde ella se volvía casi todos los días andando mientras que yo continuaba, como siempre, ayudando al Dr. Taylor unos días en su consulta privada y otros en el quirófano. Con las bromas llevaba más de diez años siendo su ayudante, su mano derecha, su hombre de confianza y bien que me lo agradecía pagándome magníficamente y por si todo eso fuera poco, me permitía tener mis propios enfermos privados, cosa nada habitual para un ayudante aunque el número de ellos era muy escaso, entre otras cosas, porque yo era el primero que no me parecía oportuno. Tenían que ser casos excepcionales para que los aceptase, porque, me gustara o no, yo era el primer ayudante del Cirujano Plástico de la Clínica.
En aquella época la situación para mí era la ideal, por la mañana era el Director de la Clínica, tenía mi secretaria, mi despacho y no excesivos problemas y por la tarde trabajaba con el Dr. Taylor en la misma clínica con lo que si había algún problema me llamaban y en menos de un minuto estaba en mi despacho resolviendo alguna cuestión urgente. Entonces y aunque estuviéramos en medio de una cirugía el Dr. Taylor se arreglaba con la Srta. Celin, su enfermera de toda la vida. La situación era perfecta para ambos porque a mi jefe en la cirugía no le parecía mal que resolviese los problemas de la Clínica y la Clínica estaba encantada por el hecho de tener a su Director de manera casi permanente atento a su cargo y yo ¡para que decir! mataba dos pájaros de un tiro, tenía dos sueldos y como se suele decir en estos casos era mas feliz que una perdiz. Por si todo esto fuera poco, Cristina, mi compañera ganaba un buen sueldo y aunque teníamos una clarísima declaración de separación de bienes vivíamos francamente bien y poco a poco nos íbamos adaptando el uno al otro.
Tenía muchas ventajas, pero también algunos inconvenientes porque con Cristina no iba a muchos eventos porque casi siempre estaba cansada. Podría haber ido solo y continuar con mis buenas relaciones con la alta sociedad londinense, pero no me parecía oportuno. De hecho, alguna vez que acepté ir a alguna cena de las que organizaba mi Clínica a las que no tenía mas remedio por razones obvias, siempre discutíamos a la vuelta en el coche porque la mujer del Lord fulano era completamente vacía y parecía no querer enterarse que su marido era un golfo de cuidado, lo sabe todo Londres, menos ella, fíjate si será simple que lo se hasta yo que se puede decir que no salgo de la clínica y encima no vivo en su ambiente. Yo trataba de darle la razón pero siempre tenía que poner por delante mi cargo de Director y que yo también lo sabía pero no tenía mas remedio que aceptarla como era.

-          Pues por eso siempre te digo que vayas tú solo y le aguantes todo lo que sea, pero yo prefiero quedarme en casa viendo la tele o estudiando algo ¿no crees?
-         No te preocupes Cristina que a todo se acostumbra uno – le comentaba yo tratando de mantener la calma. También a mi me pasaba igual cuando comencé a ir a esas cenas, pero con el tiempo no son tan aburridas.
-         Espero que eso no me pase – me respondía ella – porque eso supondrá que me he vuelto tan vacías como ellas
-         Bueno, bueno, no te pongas así que de momento no tengo más eventos a la vista.

Eso se lo decía para terminar la conversación, pero sabía de sobra que en muy pocos días habría mas cenas porque aunque no le pareciera del todo bien, eso formaba parte de mi trabajo y tenía que aceptarlo como era. Por lo demás tengo que reconocer que nos veíamos poco, si que vivíamos bajo el mismo techo, pero yo llegaba todos los días tardísimo, cenaba algo y enseguida me metía en la cama.  Los fines de semana nos íbamos a una casa que había comprado en la playa y allí si que disponíamos de muchas horas de intimidad, a pesar del teléfono que no paraba de sonar para consultarme pequeñas cosas de la Clínica y que desde mi lugar de descanso podía resolver con cierta facilidad. Además, la Clínica, por supuesto con mi consentimiento, había nombrado nuevo jefe de urgencias al hijo de un conocido empresario londinense que se movía muy bien entre los pacientes que acudían a la Clínica y me ahorraba bastante trabajo.

Cristina era una mujer muy preparada para su labor en la Clínica como anatomopatólogo y aunque tenía su genio lo sacaba a pasear en muy contadas ocasiones, le gustaba la decoración y perdía horas y horas leyendo revistas y estaba al tanto de todo lo que se llevaba. También recuerdo que era una excelente cocinera y siempre me llamó la atención no solo el sabor de lo que hacía si no sobre todo la presentación. Era muy frecuente oírla decir que los buenos comedores tienen que tener buen estómago, si no y además también buena vista. Tengo que reconocer que los principios siempre son un poco difíciles pero a pesar de todo nos llevábamos muy bien con nuestros momentos de relajación en la playa, dábamos interminables paseos, hablábamos de todo y como era muy aficionada a leer, me enseñaba los libros que tenía en su mesilla y me hacía una especie de resumen de cada uno de ellos una vez que los había terminado. Era muy amiga, sobre todo, de los ensayos y si que es cierto que invertía muchas horas en la lectura y no tenía mayor interés en salir. Casi siempre a última hora de la tarde preparaba alguna cosa y nos sentábamos en el porche a ver anochecer. El silencio era lo mejor y mientras la penumbra nos iba envolviendo, muchos días recordábamos nuestros primeros días después de conocernos y reconozco que éramos felices.

Una de esas noches en las que estábamos disfrutando de los últimos rayos de sol, con un gin tonic en la mano me preguntó

-         Andrés, ¿cómo se te ocurrió comprarte una Harley a tu edad?
-         ¿Me estás llamando viejo?
-         Estarás de acuerdo conmigo en que no eras ningún chaval
-         Posiblemente tengas razón, pero yo siempre he tenido moto, nunca una grande, pero tenía ese gusanillo de asistir a alguna concentración motera, no se muy bien porqué, pero desde siempre tenía esa ilusión y estando en Madrid en aquel año sabático que te conté, surgió la oportunidad y ya está. Luego vino el tema de aquella famosa excursión a Segovia donde nos conocimos y aquí estamos ¿qué te parece?
-         No – ella me miraba desde su butaca – si yo estoy encantada pero me extraña porque todos los que tienen una moto como la Harley son, o somos, como un poco especiales y tú de especial no tienes nada, eres más bien un tipo de lo más clásico
-         No me digas ¿tú crees que soy un tipo clásico? Si que es cierto que de joven no era muy loco, no tuve ninguna aventura de esas que tú llamas locas, pero tampoco era un monaguillo
-         Hombre ya me imagino, pero por ejemplo yo con dieciocho años ya iba a “los pingüinos” con una pandilla de moteros de Barcelona y lo pasábamos genial 
-         ¿Ibais desde Barcelona a Tordesillas en pleno invierno?
-         Ves como tú eres distinto – Cristina se levantó, me dio un beso y se quedó mirando la puesta de sol – pues claro que íbamos en moto y entonces no había los trajes calefactados como ahora.
-         No lo digo por eso - yo también sonreí recordando aquella época – lo digo porque yo entonces era cuando tenía una honda Yupy que era el no va mas en Madrid. Era de noventa centímetros cúbicos y para mí era de lo mejorcito, por no tener no tenías ni que cambiar y es mas – todavía recordaba con nostalgia aquellos años de motero principiante – para mí que andaba más de lo necesario.
-         Tú nunca has sido de esos que les gusta darle al acelerador, por lo menos desde que yo te conozco
-         Eso es verdad, ten en cuenta que soy Médico, he pasado muchas horas de mi vida en la Urgencia y por desgracia he visto bastantes accidentes de moto unos por su culpa y otros no, pero la realidad es que en una moto el parachoques eres tú.
-         Sin duda, eso no creo que ningún motero lo niegue, pero la sensación de velocidad, el sentirte libre por una carretera, a veces te hace ir más deprisa de lo permitido, pero no te creas que mucho más porque las Harleys no son para correr son para disfrutar de una vida diferente. No hace falta que seas un loco de la velocidad, yo creo que no, pero si que tienes que ser un poco alocado en tu vida y si no mírame a mi.
-         Lo mejor que me ha pasado en mi vida ha sido conocerte - me levanté y puse mis manos en sus hombros – y si llego a saber que nos iba a unir esa moto me la hubiera comprado cuando tenía cinco años
-         ¡Exagerado!
-         Tú no sabes, porque no te lo puedes ni imaginar, lo que significas para mi. Tengo que reconocer que tuve la suerte de conocerte en un momento bastante difícil de mi vida, estaba, para que negarlo, un poco desorientado, se podría decir aunque suene algo cursi que me encontraba parado en un cruce de caminos y no estaba muy seguro de cual sería el mejor para continuar mi vida y ahí apareciste tú ¿te acuerdas?
-         Claro que me acuerdo ¡como se me va a olvidar! Y eso si que se puede decir que fue el destino porque estuve a punto de no ir
-         ¿Y eso?
-         No se – Cristina se quedó unos segundos absolutamente quieta – ir a Madrid a una reunión con una gente con la que no tenía excesiva confianza y con los que había salido en La Coruña muy pocas veces, se puede decir que no los conocía de nada y luego ir a Segovia sabiendo que al día siguiente tenía guardia y no podía faltar, no se, la verdad es que tuve mis dudas
-         ¿Y supongo que ahora te alegras?
-         ¿Tu que crees? – Cristina abandonó se acercó lentamente y me besó en la boca como si fuera el primer día. Por unos minutos permanecidos abrazados sintiéndonos muy a gusto.
-         Lo que no te he dicho nunca es que el que estuvo a punto de no ir fui yo
-         Eso no me lo había contado
-         Ya lo se, pero te lo digo ahora. A la pandilla de tus moteros dices que los conocías poco, pero yo a los míos no los conocía de nada y encima te tengo que confesar que dominaba bastante poco la moto, de hecho me la había comprado muy pocos días antes y estuve en un tris de no ir
-         Estas son las cosas del destino ¿no te parece?
-         Supongo que si – dejé el gin tonic y sonreí abiertamente - ¿quién me iba a decir a mi que me iba a encontrar contigo?  
-         La vida a veces nos sorprende y en cualquier curva aparece algo nuevo y diferente.
-         Absolutamente de acuerdo, pero también es cierto que para eso ocurra hay que estar en la curva que dices tú en el momento justo y a la hora exacta y eso fue lo que nos pasó a nosotros.
-         Si yo no hubiera ido ¿cómo sería ahora tu vida?
-         No tengo ni idea – volví a besarla lentamente mientras que el sol estaba ya durmiendo y había dejado de suplente hasta el día siguiente a una luna llena que nos ayudaba a vernos – sabe Dios. Por lo pronto seguro que ya no tendría moto, tendría mucha menos ilusión que la que tengo, trabajaría supongo que lo mismo, vendría por esta casa mucho menos porque contigo estoy muy bien, pero solo sería bastante aburrido
-         Alguna de esas de tus clientas de la alta sociedad seguro que se apuntaría a hacerte compañía.
-         No es por presumir, pero posiblemente fuera así aunque de manera diferente porque el placer que se siente cuando se quiere a una persona como me pasa a mí, no es igual que venir con cualquiera para pasarte medio fin de semana en la cama y el resto charlando de cosas sin importancia. Además, eso que a ti te parece tan fácil de venirse aquí con cualquiera no te creas que es tan sencillo  - la miré con cara de pillo – hay que sembrar en los lugares de reunión para pasado un tiempo recoger la cosecha y para eso hay que salir casi todas las noches, asistir a muchas cenas, ir al teatro si es a un palco mejor, tener una presencia casi continua en casi todos los eventos y trabajando por la mañana y por la tarde cuesta bastante trabajo.
-         Lo mismo tenías otra novia – se levantó y se sirvió otro gin tonic
-         ¿Por que no? – le puse un poco de hielo en la copa – tú misma lo has dicho que en la vida nunca se sabe lo que te va a pasar dentro de media hora, pero afortunadamente te encontré a ti y eso es lo mas importante ¿no crees?
-         Para mí, desde luego que si, ya lo sabes Andrés.
-         ¿Te apetece bailar?
-         Bueno

Cristina dio un pequeño sorbo a su gin tónic mientras yo conectaba el aparato de música y una música relajante inundó la amplia terraza. No abrazamos y lentamente comenzamos a movernos como lo que éramos, dos auténticos enamorados. Al cabo de unos minutos le propuse irnos a la cama y allí continuamos disfrutando de nuestro amor fundiendo nuestros cuerpos como si fuera uno solo.   

Así fueron los cinco años que estuvimos juntos, pero desgraciadamente no todo dura lo que uno quiere y un día cualquiera de un otoño frío y lluvioso de Londres, sin saber muy bien por qué, Cristina me confesó que echaba de menos su vida anterior, a su familia, a sus amigos de La Coruña, en fin a todo lo que era antes de conocerme y en siete días me encontré solo. Había transcurrido tantos años que se podía decir que no tenía amigos solteros, por no saber, no conocía ni los sitios de moda. Pasé una época bastante mala, salía solamente a trabajar y en cuanto tenía un minuto me volvía a mi casa y me dediqué a escribir toda esta historia que se podría definir como una especie de memorias, mas o menos de mi vida. Pensaba que todo lo que tenía que hacer ya lo había hecho y ahora solo me quedaba esperar la jubilación, escribir que me llenaba muchas horas, sobre todo, los fines de semana en mi casa de la playa donde me acostaba muy tarde y pasaba muchos días sin salir. Un pequeño paseo por la playa, por aquello de mantenerme un mínimo en forma y poco más, Disfrutar del paisaje, de la lectura y escribir y escribir, una veces mejor y otras peor, pero echando muchas horas frente al ordenador siguiendo las instrucciones de alguien que dijo que un escritor, bueno o malo, lo que tiene que hacer es estar siempre preparado para que si en un momento llegaba la inspiración te pillara cerca del teclado del ordenador para dejar reflejado lo que ocurría en cada instante.

Al principio, tengo que reconocer que todos mis escritos giraban en torno a Cristina y a aquellos años maravillosos que pasé con ella, pero poco a poco los recuerdos iban más allá y empecé a escribir de mis años de juventud, de cuando estudiaba la carrera, de mi primer amor, de mis hijas y de todo lo que se me iba ocurriendo sobre la marcha. Tengo que reconocer que en alguna ocasión tuve la tentación de escribir alguna novela y hasta llegué a hacerlo, pero enseguida me daba cuenta o a lo mejor inconscientemente siempre volvía a aspectos de mi vida y no era capaz, como hacen los buenos escritores, de olvidarme de mi realidad y escribir sobre algo que me fuera ajeno y por eso después de unos años lo dejé y me dediqué a salir, a visitar a mis antiguas amistades, a saltar de flor en flor como si tuviera veinte años y a beber con mucha menos parsimonia de la que hubiera debido ser.

De vez en cuando, pero muy de vez en cuando, volvía a mi casa de la playa con alguna que quisiera disfrutar de unos días de descanso, pero los recuerdos de Cristina eran tan grandes que me volvía un hombre triste, sin ganas de nada y mucho menos de salir a pasear como hacía con ella, de tal manera que aquella casa se convirtió en un refugio para mi soledad. Oía mucha música, pensaba bastante, y siempre terminaba con una copa viendo anochecer  solo, muy solo, aunque también es verdad que era porque quería. Eran día de soledad compartidos con mis recuerdos y no eran pocas las veces que me sentaba ante el ordenador y antes de escribir ni una sola letra, lo apagaba y me quedaba mirando el horizonte ¿pensando? posiblemente si pensaba, seguro que si, pero también aprendí a dejar mi mente en blanco dejando pasar las horas, los minutos y los segundos como si fuera la niebla que en las noches de primavera se iba haciendo dueña de todo lo que me rodeaba.

Volvía a mi trabajo uno y otro lunes y la vida se me iba haciendo bastante monótona y cuando menos lo esperaba todo cambió como si le hubiera dado la vuelta a un calcetín. Fue una de las muchas tardes que después de trabajar salía por ahí a tomar una copa. Ultimamente iba a un pub cerca de mi casa, lo que permitía ir andando sin necesidad de utilizar el coche, pero ese día, supongo que sería el destino, me animé a sentarme en un taxi e ir al centro de Londres. Allí muy cerca de Picadilly Circus, me senté en una terraza, era a finales de primavera y empezaba a anochecer. La gente pasaba y pasaba, todos con prisa, con el stress reflejado en sus caras ya cansadas después de pasar la jornada laboral. Algunos jóvenes se sentaban en las escaleras del monumento, mientras que otros hacían planes para el fin de semana que ya estaba muy próximo. Yo tenía un informe en la mano sobre la vacunación en Europa y mi mirada paseaba de manera alternativa hacia un lado y hacia el otro. Llevaba dos copas y mi cabeza empezaba a llamarme la atención porque por la mañana habría que madrugar, pero por otra parte, era de los días que no tenía ganas de volver a casa. Estaba solo completamente rodeado de gente, con esa soledad que solo se vive en las grandes ciudades donde parece que no hay ni un solo hueco para notar ese sentimiento. Para mí era una situación nueva, si que es cierto que me sentía solo muchas veces, pero nunca como ese día. Tenía ganas de hablar con la gente, de conocer caras nuevas, de decirle a todos que necesitaba compañía, que la vida se me iba pasando casi sin darme cuenta y que tenía ahora o nunca la posibilidad de cambiar. Podía tomar otro camino pero no tenía ni idea de cual. Afortunadamente mi situación económica era muy buena, mis inversiones en pisos y alguna que otra acción de algún banco conocido iban viento en popa a toda vela, tenía mas trabajo del que quería pero por lo menos me permitía matar el tiempo. Muchas horas las pasaba trabajando en la Clínica y hoy el Dr. Taylor me había comunicado que había decidido dejar de operar y que si quería me dejaba su consulta privada y por supuesto si lo aceptaba era con la condición de seguir operando en aquel viejo hospital de beneficencia. Entonces yo tenía cincuenta y dos años y era el momento ideal para dedicarme a otra cosa, aunque no estaba seguro si sería capaz de abandonar todo lo anterior que me había permitido vivir muy bien durante muchos años, parece mentira pero ya eran más de quince años y tampoco estaba seguro si sería capaz de quedarme en casa todo el día. Por una parte, creo que me merecía descansar, habían sido muchos años de Director de la Clínica, sin contar mis tres o cuatro años primeros en los que estuve de Médico de Guardia. La noticia de hoy del Dr. Taylor me había descolocado y no tenia que haber sido así porque fueron muchas las veces que lo decía. Se quería ir a Filipinas con su mujer y su familia y olvidarse de la medicina, ser un absoluto desconocido para poder viajar, dibujar, escribir y sobre todo dedicarse a sus múltiples hijos de los que no había podido disfrutar desde que nacieron. Esa mañana nos lo había comunicado, sin posibilidad de discusión, porque era una decisión tomada después de muchas noches de insomnio y ya era definitiva. Pensaba vender todo lo que tenía, que debías de ser bastante y desaparece como si de un secuestro se tratase, aunque ya se lo había comunicado a algunos de sus amigos. Todos nos quedamos sorprendidos y tratamos de convencerle para que no tomara ese camino, pero lo tenía todo muy pensado y nada ni nadie lo iba a apartar del camino que había decidido tomar.

A mi, la verdad es que no me sorprendió, es más, lo entendía y lo único que sentía es no tener yo la misma valentía para seguirle, no a Filipinas, por supuesto que no, sino en la idea de dedicarme a otra cosa. Por miles de motivos, nunca veía el momento e incluso ahora que el panorama estaba mucho mas claro, tampoco era capaz de tomar una decisión que me permitiera vivir la vida. Mas fácil no me lo podía poner el Dr. Taylor, él se iba y yo detrás, pero por otro lado, el hecho de ofrecerme su consulta también era una posibilidad única que seguro que no se volvería a repetir. Ganaría mucho dinero, eso seguro, continuaría ubicado en un sector de lo mas selecto de la alta sociedad londinense y mil ventajas más, eso si, todo eso a base de perder calidad de vida porque tendría que dejar la dirección de la Clínica que me daba mucho dinero y poco trabajo, tendría que tener la consulta por la mañana y dedicar las tardes a operar y el poco tiempo que me dejase libre tendría que seguir en la beneficencia. Se acabaron los viajes a España a ver a mis hijas o por lo menos serían de muy pocos días. Carmen, la mayor había formalizado su relación con su novio de toda la vida y ya tenía dos hijos, uno de seis años y otra de dos, vivía en Ibiza y todavía no había llegado el día en que fuera a conocer su nueva casa y disfrutar como ella utilizando su tiempo libre Al primero de mis nietos le había conocido en uno de mis viajes, pero a la pequeña ni siquiera la había tenido en brazos y era una pena porque disfrutar de los nietos debe ser una buena cosa, dedicaba varias horas al día a mantener  una pequeña huerta con tomates, judías, pepinos, lechugas y alguna sandía. Me acuerdo que por teléfono consiguió que yo, que nunca había sido una persona especialmente romántica, me enamorase como ella de sus rosas, geranios, azucenas y un sinfín de especies de las que me explicaba con un cariño casi como si fueran sus hijos, como iban creciendo, como alguna estaba un poco “pachucha” y había que regarla con mimo para evitar que empeorase, como unas dalias que plantó casi sin darse cuenta en un extremo del jardín crecieron rápidamente y no tuvo mas remedio que recortarlas para que no sobresaliesen de su valla o como unas hortensias que le habían regalado en una aldea gallega había conseguido, después de múltiples intentos, que saliera un buen ramo. En fin, una enamorada que trataba por todos los medios de transmitírmelo a mí con resultado desigual porque reconozco que me resultaba muy entretenido como ella me lo contaba, pero me parecía un auténtico “coñazo” andar todo el día con la manguera de un lado a otro mirando y remirando cuales eran las plantas que necesitaban mas agua, las que solo había que mojar las hojas o aquellas que solo necesitaban la humedad en los tallos. Si tenía tiempo libre, todo eso lo podría hacer, pero ¿sería capaz? ¿no me aburriría a los cuatro días?

Por otra parte, mi otra hija, Patricia, que desde muy pequeña siempre había sido bastante contestaria y vivía como dicen los modernos “a su bola” se había ido a Estados Unidos a finalizar sus estudios y cada vez se comunicaba menos conmigo, según Carmen si que lo hacía con su madre, pero conmigo se puede decir que había perdido casi toda su relación.

En fin, mi situación era así y me tenía que decantar por algo cuando, como si fuera un fantasma, apareció por la calle viniendo hacía la terraza donde yo estaba sentado, ella, si,  nada menos que Jane Chesterplace a la que hacía por lo menos tres o cuatro años que no la veía. Fue tal la ilusión que me hizo que sin esperar a que llegara me levanté y fui en su busca fundiéndonos en un abrazo de esos que solo se dan a los verdaderos amigos. Estaba tan contento de encontrarme con una auténtica amiga que no me dí cuenta que llevaba de la mano a una niña de unos cuatro años que me miraba muy seria desde unos ojos azules como el mar. No se movió y solo al final cuando las invité a sentarse conmigo me preguntó si yo era amigo de su madre. Le dije que si y fue Jane la que le explicó que yo había sido el que la había traído al mundo
-         ¿Te acuerdas el año pasado cuando me ayudaste a parir a una oveja en Etiopía?
-         Si – respondió de manera tímida
-         Pues este señor que es Médico fue el que me ayudó a mí el día que tu naciste
-         Y has cambiado mucho ¿sabes? – le hice una pequeña caricia lo que provocó una sonrisa de la niña – cuando naciste eras una cosa pequeñita, como muy morenita y ahora ya eres toda una señorita – me quedé absorto mirándola como si el tiempo no hubiera pasado – y de eso hace ya cuatro años
-         Cinco – me contestó poniéndome los cinco dedos delante de mi cara.
-         Claro, es que con cinco añazos ya eres toda una señorita.
-         Eso me dice mi madre muchas veces
-         Oye – puse cara de máximo interés - ¿Cómo te llamas?
-         Sinoa – me contestó mientras no dejaba de mirarme - ¿te gusta?
-         Si, es muy bonito
-         Pues mi Abuelo dice que es muy feo
-         No es verdad – la interrumpió Jane con una sonrisa que dejaba entrever unos dientes impecablemente alineados –  el Abuelo no dice que sea feo, no, lo que dice es que para los ingleses es un nombre raro pero no feo ¿Tú conoces alguna Sinoa en Londres.?
-         Aquí no, pero en el hospital de Etiopía si que conozco a una ¿verdad?
-         Si y es muy amiga tuya ¿a que si?
-         Si – respondió Sinoa mientras sacaba de una bolsa una muñeca y un peine y se dedicó durante unos minutos a peinarla delicadamente.
-         ¡Es muy simpática! – le comenté a su madre
-         Si, la verdad es que si – se rió Jane
-         Y se parece mucho a ti
-         Eso dicen

Pedimos una naranjada para la niña, una coca- cola sin cafeína para su madre y el ya clásico whisky con hielo para mi a un camarero que nos atendió muy correctamente y me quedé mirando a Jane como si hubiera sido la primera vez que la había visto. Habían pasado algunos años y estaba como mas hecha, en ningún caso mas señora porque seguía teniendo maneras y actitudes correspondientes a su edad, rondaría seguro que a los treinta años no llegaba ni de broma, pero si que parecía como más centrada. Su mirada seguía siendo limpia, muy directa y como generando confianza en cada uno de sus movimientos. Su pelo rubio tirando a corto completaba una cara muy atractiva con la frente despejada, una nariz no muy grande y unos labios finos, perfectamente delineados. Una discreta capa de maquillaje, un mínimo toque de lápiz de ojos y unos pendientes mínimos de perlas completaban el conjunto. Las manos eran lo primero que miraba en una mujer, eran largas y finas con las uñas pintadas de un rosa difuminado que la hacía todavía mas atractiva. No tenía ni un solo anillo. Yo la miraba como si de una aparición se tratase y ella sonreía con ilusión

-         Que casualidad encontrarnos ¿verdad?
-         El destino Jane, el destino
-         Seguro que si – ella también me miraba como si fuera la última persona a la que esperase encontrar – no se cuantos habitantes tiene Londres y tampoco cuantos pasan por aquí a diario, pero ha sido una suerte, al menos para mi, encontrarte porque aunque no te lo creas, andando habré pasado por aquí como mucho diez veces en mi vida.
-         Ya te digo que es el destino.
-         Cuéntame cosas Andrés que estoy deseando saber de ti
-         Si quieres que te diga la verdad mi vida no ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos
-         Te fuiste a España un año ¿no?
-         Si – la miré como queriendo expresarle cuales habían sido mis razones y sin la seguridad de saber si se lo había comentado con anterioridad – bueno mejor sería decir siete meses porque se murió el Director de la Clínica y me llamó tu padre para que lo sustituyera.
-         No sabía nada – Jane también me miró con la intención de conocer lo que estaba pensando
-         Es lógico porque si no recuerdo mal, ya te habías vuelto a Etiopía.
-         Si, cuando pasó eso yo no estaba en Londres
-         ¿Y tu padre no te comentó nada?
-         La verdad es que no, pero también es cierto que donde estaba no existían muy buenas comunicaciones.
-         El caso es que acepté el cargo y lo pude compaginar con el de ayudante del Dr. Taylor y aquí estoy.
-         ¿Te has casado?
-         No – esbocé un amago de sonrisa – tuve una novia durante unos años pero me dejó.
-         ¿Española?
-         Si, la conocí en una reunión de moteros en Madrid, era anatomopatólogo y le conseguí un trabajo en la Clínica y se vino a vivir conmigo.
-         No sabía que eras motero ¡que sorpresa!
-         Ni yo – solté una carcajada – es una historia larga que se resume en que me compré una Harley, fui a una concentración de esas que organizan los fines de semana en Madrid, allí la conocí y después de muy poco tiempo de relación Cristina se vino para aquí.
-         Es como una novela romántica -  Jane me miraba divertida - dos personas aficionadas a las motos que se enamoran y se vienen como quien no quiere la cosa a trabajar a Londres.
-         Tampoco es tan como tu lo cuentas – bebí el resto de whisky – yo ya tenía trabajo aquí y aunque ella si que dejó el suyo en La Coruña, una ciudad al noroeste de España, yo sabía que le conseguiría otro aquí y así fue, o sea, que no fue para tanto
-         ¿Y dices que te dejó?
-         Si – a pesar del tiempo transcurrido tuve que mirar para otro lado para que Jane no notase mi emoción – y de eso hace ya varios años
-         Y desde entonces ¿estás solo?
-         Si

Jane acercó sus manos a las mías como queriendo transmitirme su amistad y dándome una especie de calor que llenó todo mi cuerpo.

-    ¿La echas de menos?
-     La verdad es que si, aunque cada día que pasa voy mejorando
-     Pero todavía no estás bien del todo.
-    ¡Que quieres que te diga! fueron cuatro o cinco años maravillosos y olvidar eso no es tan    fácil    

La niña que estaba jugando con su muñeca sentada en una silla, se levantó, bebió un poco de zumo de naranja y se sentó encima de su madre

-          ¿Qué quieres mi amor?
-         Tengo sueño y quiero irme a casa
-         Muy bien, prepara tu muñeca y nos vamos

Sinoa se dedicó unos minutos a ponerle unos zapatos a su muñeca, la volvió a peinar y enseguida se mostró dispuesta a irse a su casa

-          Mamá, yo ya estoy ¿nos vamos? – preguntó agarrando a su madre de la mano para que se levantase.
-         Un segundo que me despido de este señor y nos vamos
-         A todo esto – yo también me levanté – te he contado toda mi vida y tú no has dicho ni mu de la tuya.
-         No te creas - me dio un beso de despedida en la mejilla – ha cambiado muy poco, pero de todas maneras si te apetece nos veamos otro día y nos contamos todo.
-         Muy bien.
-         ¿Sigues teniendo el mismo teléfono?
-         Si
-         Bueno, esta semana estoy un poco liada pero intentaré buscar un hueco y quedamos para comer ¿te parece?
-         Fenomenal, cuando quieras yo estoy a tu disposición.

Sinoa también se despidió dándome un beso y se alejaron lentamente. Unos metros mas allá, Jane se dio la vuelta igual que su hija y me dijeron adiós con la mano.

Pedí otro whisky, Andrés es el cuarto y ahora ya tienes un nuevo motivo para dejar la bebida me decía mi cabeza que ya empezaba a estar un poco obnubilada como la niebla que empezaba a pasearse por el centro de la capital del Reino Unido. Bebí lentamente como queriendo continuar con la conversación con Jane interrumpida por Sinoa. Bueno, tampoco es para tanto, ya tendremos tiempo de hablar cualquier día. Pagué las consumiciones, dejé una generosa propina y me fui lentamente hacia mi casa. Las farolas se fueron encendiendo a mi paso como queriendo iluminar una decisión que tendría que tomar en pocos días mientras las luces de los escaparates se apagaban dando a entender que los propietarios tenían que descansar porque mañana sería otro día. Tomé un poco de jamón con un vino rioja que nunca faltaba en mi casa y me metí en la cama, pensando que la noche iba a ser muy larga pero me equivoqué porque a los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada me quedé dormido como un tronco y no me desperté hasta las siete en que, como todos los días, sonó el despertador, me dí una ducha, desayuné un café de pie apoyado en la encimera de la cocina, me vestí y a las ocho y media en punto estaba en la Clínica dispuesto como siempre a ayudar a Dr. Taylor.