sábado, 21 de septiembre de 2013


Queridos blogueros/as: Parece que poco a poco todo va volviendo a normalidad y ya que es un fin de semana como otro cualquiera, ahí os mando el segundo capítulo. No tengo ni idea cuantos capítulos tiene esta novela, porque ahora estoy en la fase de trocearla y no los he contado, pero bastantes y la única duda es si dejarlos exactamente como están o ir alternando las historias de uno y otra hasta llegar al final que, como os dije el otro día, va ser completamente nuevo y tengo que espabilar porque todavía no he empezado a escribirlo y como me descuide me pilla el toro. 
Creo que hay una bloguera nueva, por lo menos del primer capítulo lo que me demuestra que los milagros existen. Casi no os voy a decir quien es porque ésta mañana hablando de la privacidad, de internet y todas esas historias, se me han puesto de corbata y mas vale que esté calladito porque todo esto, que para mí es un juego y como tal me lo tomo, parece ser que por el mundo adelante hay mucha gente que lo utiliza para hacer lo que quiera y puedo meterme en líos
Como siempre espero que éste capítulo os guste
Un abrazo para todos
Tino Belas






CAPITULO 2.-

-  ¡Tráigame el expediente de la Empresa Talvora.-  La voz de Fernando Altozano sonaba con firmeza a través del interfono colocado en la mesa de la secretaria, justo al lado de un pequeño ramillete de flores secas que destacaban sobre un fondo de expedientes y papeles desordenados.
-  Enseguida, Don Fernando –
Una voz desconocida le hizo volver sobre el asunto de la Talvora que había dejado de lado con motivo de su reciente enfermedad que lo había mantenido en la cama por espacio de varios meses.  Era una empresa con muy mala organización y con un dueño todavía peor; solo entendía de dinero fácil y rápido y siempre a costa de doce empleados muy fieles que cargaban con el trabajo sin rechistar. La fábrica dedicada a la construcción de rieles para ventanas era, desde hacía unos años, un auténtico filón. D. Eduardo Talvora, su propietario, se había asociado con diferentes constructores dedicados a la promoción de chalets adosados y sus ventas se habían disparado. Los operarios, algunos en nómina desde hacía veinte años, trabajaban como jabatos y, de vez en cuando, recibían una paga extra que les compensaba sus muchas horas robadas al sueño. Todos colaboraban con la empresa como un solo trabajador y la industria  funcionaba con absoluta normalidad hasta un día en que, D. Eduardo contrató a un tal Laureano Rodríguez en sustitución de Juan Pérez que se había jubilado por edad.
D. Eduardo hizo una entrevista al tal Laureano y así pudo saber que su formación en aluminio la había adquirido en Alemania durante siete años en los que estuvo trabajando con el grupo industrial Krupp, que era un hombre trabajador, nada conflictivo, enamorado de su mujer y de sus dos hijos, amante del campo y sobre todo un experto en árboles para lo cual disponía de abundantes libros en su domicilio de Alcorcón, donde había comprado un piso con los ahorros obtenidos durante aquellos duros años de emigración a un país que, después le había dado todo y del que guardaba maravillosos recuerdos.
Los primeros meses Laureano fue, con diferencia, el mejor de los obreros y al que, D. Eduardo siempre lo ponía como ejemplo. Sin embargo, todo cambió el día que le hicieron fijo en la empresa. No había pasado ni media hora cuando entró en el pequeño despacho que el Jefe tenía en el fondo del almacén y solicitó con bastantes malos modos una paga, según convenio, en la que se incluyeran todas horas extraordinarias. Para D. Eduardo aquello le pareció absolutamente inadmisible y no solo no  se amilanó ante semejante petición si no que le despidió con cajas destempladas, lo que motivó las iras del nuevo empleado fijo, quien le amenazó con acudir a los tribunales, cosa que hizo a través de los Abogados de Comisiones Obreras.
Al principio, la reclamación solamente incluía una paga de horas extras, pero como la negociación no fue del agrado del trabajador, decidió vengarse y solicitar de la autoridad competente el cierre de la empresa por incumplimiento de contrato y sobre todo porque en el intervalo, D. Eduardo le había impedido el acceso a las instalaciones con el consiguiente daño moral. De esta manera habían comenzado las relaciones del citado empresario con el Gabinete de Abogados Altozano y Cia, especialistas en temas laborales.
Como hacía con todos sus nuevos clientes, Fernando Altozano le recibió por primera vez en su amplio despacho de la calle de Serrano 29 y allí pudo comprobar la calidad humana del personaje y su falta de respeto hacia su propio personal, lo que no dejaba de ser sorprendente. Su carácter le hacía reaccionar con violencia ante cualquier solicitud de mejoría en las condiciones laborales, excepto aquellas que iban firmadas por él mismo y así le lucía el pelo. Aunque no le cupiera en su dura cabeza, el empleado tenía razón y habría que buscar alguna fórmula para que retirara la denuncia porque, de lo contrario, D. Eduardo saldría escaldado de la reclamación.
Todavía recordaba la última reunión, celebrada como hacía dos meses, en que el empresario amenazaba con cerrar la empresa e invertir lo que sacase en bolsa porque, según su propia expresión, “estaba hasta los cojones que el gobierno y los trabajadores rojos le tomaran el pelo”.
En esas estaba cuando se abrió la puerta de su despacho y una secretaria, con muy buena pinta, apareció por el quicio de la puerta.
-  Perdón, D. Fernando, aquí le traigo el expediente que me ha pedido.
Fernando la miró con curiosidad y cayó en la cuenta que había sido él el que la había contratado, después que la empresa consultora le diera a escoger entre un trío de profesionales. Posiblemente, esta era la menos buena, en sentido estrictamente académico; había terminado los estudios en un Academia de Bravo Murillo mientras que las otras dos aspirantes al cargo procedían de escuelas privadas con amplio conocimiento de dos idiomas, marketing ...etc...etc. Sin embargo, la entrevista había resultado decisiva. Su manera absolutamente natural de presentarse y el desparpajo demostrado al contestar a las preguntas  del tribunal formado por el dueño del bufete, D. Fernando Altozano; su jefe de contabilidad, D. Jesús Prieto, hombre que, desde sus inicios, siempre había acompañado a Fernando en el bufete y la Srta. Inés Lastrera, joven Abogada y colaboradora en asuntos relacionados con lo penal, le habían supuesto el voto favorable de todos sus componentes, con una pequeña afirmación por parte de Inés, que no había pasado desapercibida para el resto y que no era otra que “cuidado con esta chica que puede revolucionar el bufete; es muy buena secretaria y seguro que lo hará muy bien, pero os la habéis comido con los ojos y lo mismo que me he dado cuenta yo, también se la ha dado ella y puede ser muy peligroso” lo que causó la hilaridad de Fernando quien tuvo a bien afirmar aquello de que “como lo de casa nada”
El dichoso infarto que le había obligado a estar en tratamiento casi seis meses, le había hecho olvidar los compromisos adquiridos con anterioridad y bastante tenía con recuperarse como para pensar en una nueva secretaria. Pero debía reconocer que había sido una agradable sorpresa ¡Alguna cosa buena le tendría que suceder porque llevaba una racha que ya, ya.! Primero, el dolor en el costado izquierdo, al principio que si algo que había comido y que le había sentado mal, luego que si una úlcera pequeña que molestaba de vez en cuando, a continuación que si parecía que sangraba algo y como fin de fiesta, la gastroscopia que todavía le producía vómitos al recordarla:” No se preocupe, usted trague la sonda y respire tranquilo por la nariz como si no le estuviéramos haciendo nada ¿de acuerdo?” ¡Qué fácil es aconsejar cuando no se lo hacen a uno! Ya le gustaría ver al Médico si se lo hicieran y encima, para animar, tenía a Mamen, que no hacía más que recordarle que ella en los partos de los cinco  hijos en común, lo había pasado muchísimo peor ¡ y a él que le importaba !  Después de tantas exploraciones, el dolor súbito en el brazo izquierdo, su estancia en la UVI de la Seguridad Social y el diagnóstico de Infarto de Miocardio parecía que iban a truncar su vida.
 Es curioso como es la vida, siempre piensas que una temporada en casa te vendría fenomenal para hacer todas esas cosas que nunca tienes tiempo de hacer y luego cuando te dicen que ya puedes reincorporarte a tu trabajo, te das cuenta que has perdido el tiempo de una forma absurda y que no has hecho nada de lo que habías planificado.
En su caso la situación era diferente porque al ser el dueño del bufete el trabajo se lo llevaban a casa y nunca dejó abandonado su quehacer pero si que los días se hacían interminables y pudo comprobar, con cierta preocupación, que a pesar de llevar treinta y un años casado con Mamen, su mujer, no tenía casi temas de conversación. El hecho de permanecer en la cama del hospital durante tantos días fue para él una experiencia nueva, por desconocida, tener tanto tiempo para hablar con su mujer fue como comenzar una nueva relación, eso sí con una persona cercana. Aquello fue motivo de muchas horas de reflexión para ambos y en conjunto, se podría decir que fueron horas de mucho hablar recordando temas vividos con un análisis como más pormenorizado y haciendo un repaso de sus años de matrimonio. La pregunta clave que flotaba en el trasfondo era si habían sido felices y la respuesta era que si; si, aunque sin exagerar. Ahora la situación era muy diferente por aquello de que las penas con pan son menos penas, pero los inicios fueron espantosos: sin un duro, trabajando a todas horas y Mamen pariendo, como una coneja, hijo tras hijo, hasta cinco, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja y afirmando que los hijos eran una bendición de Dios. ¡Hay que ver como se cambia! Los hijos que Dios nos dé y tan tranquilos que se quedaban. Ahora, con el paso del tiempo, ambos se daban cuenta de lo difícil que era la empresa en la que se habían embarcado, pero lo peor era que ya no tenía remedio.
Naturalmente los hijos habían crecido y las discusiones eran frecuentes y eso que presumían de ser una familia que se llevaban bien y además era verdad, lo que ocurre es que entre tantos y con tan diferentes caracteres, la menor chispa provocaba un incendio que exigía la presencia del cuerpo de bomberos, normalmente Mamen, que con su manera de ser los apagaba con sentido común y siendo consciente de la realidad de las cosas y del mundo que le había tocado en suerte.



sábado, 14 de septiembre de 2013

EL TRIO DE DOS:CAPITULO 1

 

Queridos blogueros: No me acuerdo si es aquí donde tengo que empezar, tampoco se porqué sale la letra en negrita y encima empiezo con el primer capítulo y no tengo ni idea como va a acabar esto. En fin, que toca echarle imaginación y seguro que queda bien- También se me ha ocurrido ir intercambiando capítulos, pero después de mucho pensar (por lo menos un par de segundos) he llegado a la conclusión que lo mejor es ir cambiando el texto de algún capítulo para que se pueda parecer a la segunda parte que está por escribir, pero ya mas o menos la tengo pensada y solo será cosa de ponerse y lo malo es eso, porque llevo casi dos meses sin tocar ni una sola tecla del ordenador y a pesar que lo politicamente correcto sería decir que lo he echado (es sin h ¿no?) mucho de menos, la verdad es que me he quedado tan tranquilo y ni me he acordado ¡que le vamos a hacer! uno es así y a mis años ya no voy a cambiar.

Bueno, menos rollo caperucita que son las doce y media de la noche y me está empezando a entrar un sueño que en cuanto me meta en la cama me voy a quedar mas dormido que un bebé.
Hasta la próxima semana y como siempre espero que os guste esta nueva novela
Un abrazo para todos 
Tino Belas

 

 

 

 

 

EL TRIO DE DOS






















F. Belascoain




CAPITULO 1.-

Caminaban por la inmensa playa dando patadas a las conchas que se iban encontrando en su lento paseo. Las huellas de sus pisadas dejaban un regusto amargo de un pasado que ambos pretendían olvidar solamente por unos días. La arena mojada contribuía a mantener frescas las ideas, mientras los rayos de sol iban difuminándose como tratando de rodearlos en un ambiente más intimista. Algunas gaviotas revoloteaban por los alrededores de las olas que acariciaban la orilla. Unos pequeños botes de pescadores, con sus proas enfilando el inmenso mar, parecían querer romper la monotonía de aquel paisaje desértico. Los pescadores, con sus pobladas barbas, los gorros de lana de chillones colores, pantalones amarillos de aguas y botas verdes también preparadas para las faenas marineras, preparaban unos “pescaítos” que, primero clavaban en una especie de flecha y, a continuación, la acercaban a unas pequeñas hogueras que mantenían a babor y a estribor de cada bote.
Algunos turistas, de pié, saboreaban estos productos de tan peculiar huerta, acompañados de unos “finos” que, en pequeñas copas de plástico, servían unos chiquillos descalzos que se movían entre la gente con ese duende que solo se encuentra en Andalucía.
Alrededor de toda aquella industria, flotaba un ambiente de miseria mezclado con olores de aceite requemado, manzanilla, caléndula y hasta un poco de jazmín. El cuadro lo completaba el sonido de una guitarra que parecía querer expresar los sentimientos de aquel pueblo: alegre y triste, desgarrador y amable, salvaje y cariñoso. Todos estos ingredientes contribuían a que los escasos paseantes por la playa, se acercaran al chiringuito.
Una pareja atraída, sin duda, por el sonido de la guitarra y también por el olor de los pescaítos, se acercaba haciéndose presentes sus facciones. El, Fernando, era un hombre de una edad próxima a figurar en la zona en que se empieza a pensar en la cantidad de asignaturas pendientes, fuerte, con un tórax que se adivinaba a través de su Fred Perry azul, bien conformado, abdomen plano  y un conjunto  de músculos muy trabajados en interminables sesiones de gimnasio. Su cabeza estaba salpicada por unas canas que querían hacerse notar en una cabellera negra bien tratada, lo que le daba un aire juvenil aunque los años, no se pudieran disimular. Sus ojos, de un intenso azul enmarcados en una pobladas cejas, se movían casi tanto como sus manos y todo el conjunto le hacía aparecer como un hombre interesante. El lo sabía, y tanto en su forma de vestir como en su comportamiento, se advertía un cuidado extremo de su aspecto, para resultar todavía más atractivo. Siempre vestía con ropa de firma y para esta ocasión presentaba un niqui azul, Fred Perry, pantalones cortos Burberrys mil rayas, zapatillas de la misma marca, también azules con un ribete de Príncipe de Gales y completando el atuendo un jersey amarillo sobre los hombros y un reloj de esfera negra y sujeción  de loneta azul con una banda amarilla.
Ana, su acompañante, era bastante más joven, no pasaría de los treinta y pocos y todo su aspecto era de absoluta vitalidad. El pelo rubio y muy largo, caía sobre su espalda mientras que una cinta ancha lo sujetaba sobre la frente; una nariz aguileña presidía el centro de su cara y a los lados, como dos faros, unos enormes ojos azules permanecían muy abiertos para no perderse detalle de lo que abarcase su campo visual. Las cejas, igual que las pestañas, habían sido cuidadosamente, perfiladas con un lápiz y una amplia sonrisa era lo habitual en una cara que, igual que la de Fernando, no era espectacular, pero llamaba la atención por lo cuidado de su aspecto. Un cuerpo ajustado, con las piernas largas y bien contorneadas, terminaba de completar una figura atractiva.
Ella propuso una carrera hasta el chiringuito y ambos, cogidos de la mano, iniciaron una veloz carrera. Al principio Fernando se quedó algo sorprendido y rezagado, pero, inmediatamente, se puso a su altura y la pasó mientras decía:
-  El último paga.
A escasos metros del bar se pararon jadeantes y se miraron a los ojos; él desvió la mirada y preguntó ceremoniosamente:
-  ¿La señora marquesa desea tomar alguna cosa?
-  Si – contestó ella mientras extendía su mano derecha como para ser
besada – si, señor marqués, quiero caviar iraní acompañado de una copa de “Moet Chandon”, muy frío, por favor.
-  Ya sabe usted que sus deseos son órdenes para mí – Fernando besó su mano con exquisita educación y levantando la mano con voz chillona dijo : ¡Quillo! : una de pijotas, una de bienmesabe, unos chanquetitos y una botella de manzanilla bien fría para la señora marquesa, ¿oído?.
El camarero les hizo una seña con el pulgar extendido hacia arriba y les indicó con el acento habitual de aquella zona :
-  Usté, espereme allí en er fondo que les voy a dar unas cozita que les van a quitar er zentío “mi arma” si, si, allí, al lado de la palmera que está especialmente reservada para recien casados “ozú” que en un segundito estoy con ustedes vosotros.
Siguiendo las indicaciones de tan peculiar “somelier” se sentaron en una especie de hamacas confeccionadas con una hojas de palmeras entrecruzadas sobre una loneta de un azul ajado por la brisa y se quedaron extasiados ante el paisaje que los envolvía; el sol parecía querer contribuir con su palidez a acrecentar los deseos de Fernando y Ana. La proximidad de la noche hacía como más excitante la nueva experiencia que ambos comenzaban. Era como una aventura pensada durante años por Fernando que, por fin, se iba a hacer realidad. Todo empezó cuando........................                                                                                                 

lunes, 9 de septiembre de 2013

VUELTA A CASA

Queridos blogueros lectores o lectores blogueros: Tendría que comenzar diciendo aquello de que bonito es volver a encontrarnos después de las vacaciones etc....etc, pero la verdad es que me he vuelto de Cedeira con un tiempo maravilloso y ha sido una de las veces que mas pena me ha dado volverme, pero ¡que le vamos a hacer!
Se me ha ocurrido pasar al blog la novela del Trio de Dos que algunos ya tenéis en vuestra casa, pero como la letra es tan enana supongo que ninguno lo habéis leído, o sea que se puede repetir, eso si cambiando algunas cosas para que la segunda parte, que he empezado a escribir estos días, quede medianamente regular. Eso si, va a ser un tocho de mucho cuidado porque lo que se me acaba de ocurrir tiene que llevar necesariamente muchos folios, pero bueno por mi parte no hay problemas, otra cosa es que vosotros tengáis la paciencia suficiente para llegar hasta el final. Espero que si.
Dentro de unos días comenzamos y si por casualidad hay alguien nuevo(ya se que los milagros son en Lourdes pero la esperanza es lo último que se pierde) ya sabe que la única obligación es contestarme de vez en cuando
Un abrazo para todos y hasta pronto
Tino Belas

martes, 2 de julio de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULOS 23 Y 24

 Queridos blogueros/as: Como ya os veo mordiéndoos las uñas y nerviosos por saber el final de ésta novela y en vista que el fin de semana hemos estado de boda en una dehesa de Salamanca y no he escrito ni una sola letra, he decidido de manera innegociable (parezco el Ministro de Educación) que os mando los dos últimos capítulos juntos y se acabó el carbón hasta después del verano que reanudaremos estos escritos, posiblemente con una edición revisada y renovada de "El trio de dos" se verá
FELIZ VERANO Y HASTA PRONTO
Un abrazo
Tino Belas

CAPITULO 23.-

Curiosamente me pareció como si Ana hubiera estado en mis primeras escaramuzas como senderista, repetía, uno a uno, todos los argumentos por los cuales yo pensaba que era injusto que me fuera los fines de semana y como estuve a punto de dejarlo, pero superé aquellos malos momentos y prevaleció, como siempre, mi egoísmo y encima pretendía echarle la culpa a ella. Sabía que no tenía ningún argumento que justificara mi postura. La había dejado sola y naturalmente cuando vio que su vida iba a ser así siempre se apuntó a clase de ordenadores y ahí empezó mi malhumor. Me parecía mal que se hubiera enganchado al ordenador como si fuera un amor de juventud, pero ¿acaso no era yo el culpable?

Por una parte reconozco que al principio me alegré, lo mejor que me podía pasar porque así no tendría que soportar sus quejas, pero por otra, repito que siempre he  sido un egoísta, me molestaba que el dichoso aparato le llenara todas las horas, no solo de los fines de semana si no de cualquier día. Ahora va a resultas que después de tantos años me voy a volver celoso. Bueno, por lo menos lo tengo que parecer porque si no va a tener razón y aunque se que la tiene, no se la pienso dar por lo menos por ahora, pero tiene gracia porque en dos minutos me ha puesto a caer de un burro y yo serio como si nada hubiera pasado. En fin, habrá que seguir así, aunque cada día me resulta mas difícil. Todo esto lo recordaba mientras las gotas de lluvia rebotaban sobre el cristal del cuarto de estar como queriendo mojar mi conciencia y volviera a ser el que era, pero yo sabía que eso era imposible. Las nuevas amistades me habían abierto otros horizontes y aunque tenía que disimular permanentemente, la vida se había vuelto diferente. Miré a Ana y allí estaba como siempre, sentada en su sillón preferido con los ojos cerrados, tranquilidad en su semblante y con la satisfacción de haber soltado todo lo que llevaba aguantando desde unos meses antes

¡Esto es el no va mas! se pasa el día andando y encima tengo que soportar sus malos humores los cinco minutos que está en casa. Menos mal que hoy he sido capaz de decirle las cuatro cosas que llevo pensando desde hace mucho tiempo, pero estoy segura que no va a cambiar. Hará como siempre, un par de semanas de irse un poco mas tarde y dentro de nada estaremos igual – Ana encendió otra vez el ordenador y se quedó mirando lo último que había recibido como contestación a su escrito de hacía unos días. No sabía quien era el que le contestaba ni falta que hacía porque no tenía ningún interés en conocerle, pero se encontraba a gusto con él o con ella, porque nunca se había planteado temas personales entre ellos. Tenía gracia que a sus más de setenta años tuviera necesidad de leer en letra de alguien lo que siempre había soñado con oír. No era, ni mucho menos, una declaración permanente de amor, pero si era una forma de enfocar los problemas de la vida de una manera optimista. Sus contestaciones eran como una fuerza que la ayudaba todos los días. La cosa empezó cuando él o ella había leído en su bloc una de las novelas a las que me había vuelto tan aficionada a escribir. Era una novela en la que contaba un poco mis experiencias de vivir en el campo y el lector o la lectora me  había contestado con una admiración que hizo que me pusiera hasta un poco colorada. Yo sabía que no escribía especialmente mal, aunque tampoco era Rosalía de Castro, pero si que con el tiempo había conseguido plasmar en la pantalla lo que pensaba y aquella novela era un poco mi estado de ánimo en aquella época. Me consideraba, como mujer, con todo el derecho a ser feliz un poco con mi soledad y otro poco con el hombre con el que había compartido toda mi vida y sin embargo no era así. Mi lector o lectora lo entendió tan bien que parecía como si estuviera dentro de mi propia casa y sus comentarios llenaban mi ego y hasta me animaba a escribir más para completar mi actividad diaria. Me preguntaba cómo era mi relación con mi marido porque aunque nunca lo había dejado entrever, él o ella estaban convencidos que tenía una pareja y hasta que tenía hijos que me acompañaban de vez en cuando en el pueblo. Al principio parecía como si sus comentarios fueran relacionados con la última de mis novelas, pero con el paso del tiempo aquello se convirtió en una serie de cartas que el lector o lectora me escribía casi a diario y yo le contestaba casi a vuelta de correo.




















CAPITULO 24 Y ULTIMO.-

Por favor, el aficionado a escribir Tino Belascoaín les comunica que hemos llegado al final del trayecto. Les ruega que no se levanten de sus asientos hasta haber terminado de leer completamente este capítulo y a continuación no se olviden de sus efectos personales y se encaminen a la salida y como un favor personal les ruego que dediquen unos minutos de su tiempo a  contestarle con una impresión global de esta novela. El aficionado a escribir les agradece la confianza depositada  y espera que sean habituales en los próximos escritos que se producirán, si es que se producen, después del verano.

El final de trayecto, sobre todo los dos últimos capítulos y aunque no está bien que lo diga yo, a mi me parece que son originales y seguro que ninguno os imaginabais un final así ¿a que no?
En fin, lo dicho, hasta la próxima y muchas gracias por aguantar este rollo semana tras semana.
Un abrazo muy fuerte
Tino Belas


lo que Ana no sabía es que en cuanto yo salía por la puerta, todos los días  me dedicaba a leer lo que ella había escrito el día anterior y así me fui dando cuenta de su evolución. Empezó escribiendo mal, para que nos vamos a engañar, pero poco a poco fue mejorando, posiblemente cuando entró en aquel bloc con un encabezamiento peculiar, me acuerdo que era el de mujeres mayores escritoras, ahí empezó su cambio y nunca se lo diré pero nunca sabrá que muchos días hacía como que me iba y en cuanto la veía salir volvía y leía lo último que había escrito. Me había vuelto un ladrón de sus escritos y rara era la hoja en la que no me nombraba, de una manera velada o directamente. Siempre me quedaba con las ganas de contestarla, pero no me parecía oportuno hasta un día en que por casualidad yo también entre en un blog de un antiguo amigo mío y allí me encontré con una novela que había escrito y que me pareció que estaba escrita para mi. Era el caso de una mujer que se carteaba, a través de Internet, con un hombre que después de múltiples vicisitudes resultó ser su marido y aquello fue lo que me incitó a convertirme en un espía de sus escritos. Ana no tenía ni idea y el juego comenzó cuando yo la mayoría de los días me iba a lo que ella creía que era a andar y en la bicicleta llegaba hasta Zarzamora, menos de media hora dando pedales y allí desde el hogar del jubilado le escribía  historias de amor, sin decirle que era yo. Al principio todo el interés de Ana era descubrir mi identidad, pero con el tiempo se olvidó y se centró en contestar a todas mis preguntas

Yo era consciente que el juego se iba haciendo cada vez mas complicado, pero ella disfrutaba contestando y yo cada día estaba mas identificado con ser un antiguo empleado de hacienda que por culpa de una jubilación anticipada me veía en la obligación de llenar mi tiempo libre haciendo lo que desde siempre había sido mi pasión que no era otra cosa que escribir. Entre ella y yo se estableció un juego como de pillo a pillo, ella no contestaba nunca a temas relacionados con la edad y yo nunca a nada relacionado con mi vida anterior. Todas las lineas, absolutamente todas, tenían un doble sentido, los dos jugábamos con las cartas boca abajo y los ases en la manga por si los necesitábamos.

Después de meses de continuar con el juego, hubo una temporada en la que me dio la impresión que ya había descubierto quien era el autor de aquellas historias y eso fue lo que me obligó a llegar a casa todos los días y mostrarme enfadado. Muchos días llegué a escribirla confesándola que era yo, pero cuando llegaba el minuto en que tenía que apretar la tecla para que le llegara a través de su correo, lo pensaba y decidía que así estaba mucho mas entretenida y lo dejaba para el día siguiente. En todo ese tiempo, ni una sola vez, por parte de ninguno de los dos, hubo la menor insinuación sobre la posibilidad de organizar un encuentro y mucho menos un interés mas allá del puramente simple del hecho de escribir, los dos, historias que nos resultaban agradables y nada mas.

Sabía que cualquier día se me cruzarían los cables y le diría la verdad, pero la veía tan ilusionada que no merecía la pena. También a mi me venía muy bien, porque me gustaba andar pero no tanto como para pasarme días y días dando vueltas por ahí, con los sábados y Domingos ya era suficiente y encima en el hogar del jubilado todos pensaban que era un escritor profesional y por eso me pasaba todas las mañanas enchufado al ordenador. Lo único que llevaba mal, pero mal mal, era disimular en casa, eso si que me resultaba difícil, pero si quería continuar con aquel juego no había mas remedio que hacerlo así. Además llevábamos tantos meses de broncas a diario que ya se había convertido en casi una costumbre.

Lo mismo que Ana me decía que le resultaba un desconocido, yo descubría a través de sus escritos, una mujer como la copa de un pino. Me daba cuenta que lo que mas apreciaba en la vida era verme contento, naturalmente que tenía sus amigas y entraba y salía de casa, pero siempre pendiente de mi. Su mayor ilusión era y seguía siendo, verme como soltaba una carcajada y sin embargo ¿cuánto tiempo hacía que eso no me pasaba? Lo que ella no sabía es que a través de sus escritos muchos días tenía que disimular en la mesa del hogar del jubilado para no soltar una carcajada, justo lo que ella estaba esperando e incluso alguna vez, al llegar a casa me tenía que refugiar en el cuarto de baño para que no me viera reír. Me parecía una postura muy cruel por mi parte, pero en el fondo me gustaba.  No es que me gustara que sufriera, eso no, pero si que se esforzara en intentar que yo la quisiera mas, sin saber que yo estaba mas enamorado que nunca.

Una tarde, de eso hace ya dos años y mientras estaba sentada en el ordenador como todos los días tratando de poner en orden mis pensamientos para leer primero y contestar después el último correo electrónico, llamaron a la puerta, me levanté despacio y allí estaban con cara de circunstancias una pareja de la Guardia Civil

-        Buenas tardes – saludaron llevándose la mano derecha a un lado del tricornio – usted es la mujer de Juan, un caballero que salía todos los días a andar por el monte.
-        Si – contesté mientras un nudo en la garganta me hacía presagiar que algo grave había ocurrido
-        Tenemos que comunicarle que a su marido lo han encontrado unos del pueblo cerca de Cueva del Faisán.
-        Es por donde suele andar, pero ¿le ha pasado algo?
-        Si señora – los dos guardias no sabían como decirme lo que había ocurrido – se lo han encontrado muerto en una cuneta cerca de la entrada de la cueva
-        ¡Muerto! – me tuve que apoyar en el brazo de uno de los agentes para no caerme al suelo - ¿están seguros que era mi marido?
-        Por desgracia si que se lo podemos certificar porque uno de los que se lo encontró era Florencio, el dueño de la carnicería que dice que los conoce a ustedes desde hace varios años
-        Pero – las lágrimas no me dejaban articular palabra alguna - no puede ser, tiene que haber algún error porque mi marido estaba muy bien de salud.
-        Parece ser que le dio algún infarto o algo parecido porque cuando llegaron respiraba mal y enseguida dejó de hacerlo. Agustín, otro de los que se lo encontraron, sabe algo de medicina porque ha sido socorrista en Madrid y aunque le hizo el boca a boca y le dio un masaje cardíaco no se pudo recuperar.
-        Dios mío, Dios mío – fue una sorpresa tan grande que no sabía ni por donde empezar – tendré que avisar a mis hijos y decirle donde está
-        Si señora – los dos Guardias jóvenes querían ayudarme – esté en el depósito de cadáveres de Cáceres y si usted quiere nosotros nos encargamos de avisarles
-        Si me hacen ustedes el favor – yo tenía tal agobio que no sabía ni donde estaba.
-        Si le parece, primero la llevamos a Cáceres, identifica el cadáver y a continuación nosotros la ayudamos a hacer todas las gestiones que considere oportunas ¿le parece?
-        Si, si, llévenme con él cuanto antes.

Todo fue mucho mas rápido de lo que esperaba y a las pocas semanas estaba  sola en casa. Mis hijos se habían vuelto a Madrid y auque se empeñaban en que me fuera con ellos, yo prefería estar sola, por lo menos unos meses y luego ya vería, pero de momento y con la compañía de una asistenta que limpiaba a diario, casi me quedaba en el pueblo una temporada. Con tanto ajetreo de entierro, funeral etc….etc no había tenido tiempo de abrir el ordenador y una noche en el que el viento parecía querer entrar en mi casa haciendo que las ventanas tuvieran que realizar grandes esfuerzos para resistir su embestida, lo abrí y me encontré con un único correo electrónico que decía así

Querida Ana: Después de tantos años relacionándonos a través del ordenador, me veo en la obligación de decirte la verdad porque ya no aguanto más. Todo esto empezó como una broma, pero ya está llegando a unos límites que no te mereces y creo que lo mejor es que sepas que el que ha contestado a todas tus cartas he sido yo. Yo soy el que te ha hecho ilusionar otra vez con la vida y eso que luego en casa tenía que disimular, pero reconozco que a través de tus escritos he conocido a otra Ana y me gusta casi tanto como la de verdad. Si, aunque te parezca imposible soy Juan y te estoy escribiendo, como todos los días, desde el bar del Hogar del Jubilado de Zarzamora. Todas las mañanas cuando me levanto vengo hasta aquí y te contesto, por eso me hacía gracia cuando pensabas que me pasaba todo el día andando. Casi sin querer me he convertido en un amante del ordenador y para que todo fuera mas creíble tenía que echarte la bronca por hacer justo lo mismo que hacía yo, pero estarás conmigo en que soy un actor de primera.  Bueno, ahora si que andaré un rato hasta la hora de comer y en cuanto llegue a casa te doy permiso para que me pegues todo lo que quieras y después nos reiremos un rato que buena falta nos hace.
Te quiero
Juan   

Esta vez, desgraciadamente, no tenía nada que decirle, sin embargo le contesté como si fuera un día normal. A continuación  apagué el ordenador, dejé el salón solo con la luz que proporcionaban unos troncos de encina en la chimenea, puse un poco de música barroca  y sentada en mi cómodo orejero mirando al infinito esperé con una sonrisa en los labios a que mi vida se fuera apagando como una vela lo que siempre ocurre cuando se acaba el oxígeno de la ilusión.


sábado, 22 de junio de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 22

 Queridos blogueros/as: Quedan dos capítulos para el final y la cosa parece que se va animando. Empiezan a decirse sus verdades y me da la impresión que todavía no se vislumbra el final, pero os aviso que ha quedado bastante sorprendente, por lo menos para mi.
Bueno, esta vez escribo poco en la presentación del capítulo, pero entre vinos y vinos se me ha hecho tardísimo, o sea que hasta la próxima
Un abrazo
Tino Belas


CAPITULO 22.-

Entré en casa y traté de no asustar a Ana con el consabido “ya estoy en aquí” obteniendo la callada por respuesta. En un principio me pareció extraño porque nunca llegaba tan tarde a casa, pero pensé que estaría en casa de cualquier amiga por lo que saqué una cerveza de la nevera y me senté en el porche a esperarla. No se el tiempo que pasaría, posiblemente me quedé dormido, pero me despertaron sus gritos desde la puerta, como si quisiera ahuyentar a los malos espíritus

-        ¿Por qué chillas tanto? – pregunté al despertarme bruscamente
-        No sabía que estabas en casa
-        Entonces un motivo mas para no chillar
-        ¡Que pasa! ¿vienes de malhumor?
-        No, lo que ocurre es que estaba profundamente dormido.
-        ¿Habéis andado mucho?
-     No ha estado mal. En total, veintidós kilómetros
-        Eso es muchísimo ¿no?
-        Bueno, según –  no llevaba casi nada de senderista y ya hablaba como un experto – ten en cuenta que el camino era todo llano y menos mal porque si algún día hago veintitantos kilómetros con cuestas seguro que me tiene que ir a buscar una ambulancia
-        Me imagino que todo eso será progresivo
-        Naturalmente, si no, menudo negocio
-        Pero tu no deberías tener problemas porque andas mucho
-        Eso es lo que tú te crees, que me miras con buenos ojos, pero aparte de ser el mas viejo del grupo posiblemente sea el que está menos en forma
-        ¿De verdad?
-        Pues claro, piensa que son gente que llevan años haciendo senderismo y tiene mucha práctica.
-        No pasa nada porque afortunadamente ahora tienes mucho tiempo y puedes caminar todos los días si te apetece
-        Eso será lo que tendré que hacer aunque no se si me apetece tanto como dices porque también me gustaría estar contigo
-        Por mi no te preocupes.
-        ¡Como no me voy a preocupar! Está claro que a mi me gusta caminar, de eso no hay duda, pero también hay otras cosas que me gustan y tengo que buscar la fórmula de compaginarlas, me parece difícil, pero lo tenemos que intentar.
-        Yo no lo veo tan complicado, tú andas unas horas y después tenemos todo el día para estar juntos
-        Si, pero tu te quieres apuntar a clase de Informática
-        ¡Y que más da! Si tu andas por la mañana yo me apunto por la mañana y así los dos estamos ocupados en algo
-        Esa me parece muy buena idea

Pero como pasa casi siempre el hombre propone y Dios dispone. Naturalmente la clase de informática era por la tarde y así poco a poco y casi sin darnos cuenta nos fuimos distanciando uno del otro. Lo llevábamos bien, eso si, pero la relación de pareja se iba deteriorando. Fue una cosa extraña porque se fue produciendo casi sin darnos cuenta y eso que estábamos pendientes porque los dos éramos conscientes que con mi senderismo por las mañanas y su informática por las tardes algo de nuestras habituales costumbres tenía que cambiar, pero fue una evolución como muy lenta. Ana empezó con el ordenador y no se si serían sus novelas o lo que fuera, el caso es que nunca tenía tiempo para charlar. También es verdad que yo llegaba todos los días bastante tarde, primero el dominó y luego una vuelta larga por los alrededores del pueblo con lo que la mayoría de los días me daban las ocho o las ocho y media cuando entraba por la puerta, pero también es verdad que mas de un día tuve la sensación de estorbar, que ya es el colmo que eso te pase en tu casa, pero era así. Ana me daba las buenas tardes con desgana y siempre me daba la impresión que estaba en lo mejor de cada novela como para que no pudiera hacerme caso. Eso si, si le decía que tenía interés en conocer lo que había escrito, entonces cambiaba como si hubiera ocurrido algo extraordinario y se mostraba la mar de interesada, pero la mayoría de los días se podía decir que no levantaba la vista del dichoso ordenador. Me parecía mentira que un cacharro de evidente utilidad me resultara tan incómodo. Se había vuelto mi rival, tenía la impresión como si me pusiera los cuernos, eso si, con una máquina, pero la misma sensación. Todo lo que habíamos luchado para estar tranquilos, sin el bullicio de la ciudad, con todo el día por delante para charlar y charlar, sin otra cosa que hacer, se había esfumado con cuatro clases y unos mínimos conocimientos de informática. Naturalmente, como siempre, la culpable era ella o por lo menos la manía esa de escribir y escribir a todas horas y nunca se me pasó por la cabeza que mis ausencias por culpa del entrenamiento para estar en forma los fines de semana fueran también una parte de los males que me aquejaban, pero eso no era ninguna novedad porque en toda mi vida de casado nunca había sido yo el causante de nada, bastante tenía con trabajar de sol a sol, pero ahora la situación había cambiado notablemente y yo no era consciente hasta el día en que Ana se sublevó, cosa que no había hecho hasta entonces y me cantó las cuarenta. No me acuerdo pero llevaría un par de años con el senderismo, ya era un experto andarín, tenía los músculos muy bien preparados para mi edad, tendría casi setenta años y al llegar Ana estaba, como casi siempre, sentada en la mesa del ordenador y el lío fue mas o menos como sigue

-        Hola – era casi las nueve de la noche de aquel Domingo de Febrero y por culpa del frío los desayunos se prolongaban en el tiempo y no empezábamos a caminar por lo menos hasta las doce o la una y naturalmente llegábamos siempre tarde a nuestros respectivos domicilios y yo mas porque  por culpa de un par de nuevos, el autobús variaba su rumbo y me dejaban el último.
-        Hola – Ana no separó la vista del ordenador – que tarde vienes hoy ¿no?
-        Ya sabes, empezamos tarde y lógicamente también acabamos tarde
-        Ya. ¿Has cenado? - Preguntó sin levantar las manos del de teclado y la vista de la pantalla.
-        ¿Cómo voy a cenar si acabo llegar? – me molestaba que me hablara sin dignarse mirarme a la cara
-        No sé, lo mismo te habías quedado por ahí a tomar algo
-        Pues no – contesté de mala manera – vengo directamente del autobús y no se porqué pero esperaba que tuvieras algo preparado
-        No me ha dado tiempo
-        Claro todo el día sentada delante del puñetero ordenador
-        Eh, eh, que yo estoy haciendo algo útil, pero tú vienes de pasarte el día por el monte como si fueras una cabra
-        ¿A estar sentada todo el día delante de ese cacharro le llamas tú hacer algo útil? Ana, por favor, no me tomes el pelo que solo me faltaba eso para terminar el día.
-        Siéntate y ponte lo mas cómodo que puedas porque te voy a decir un par de cosas ¿te parece?
-        ¿Se puede saber que te pasa?
-        ¡Que que me pasa! – Ana apagó el ordenador, se pasó la mano derecha por el pelo y se plantó enfrente de mi reflejando en su cara lo mal que lo estaba pasando – que estoy harta Juan, harta ¿tú sabes lo que es eso? harta de que todas las mañanas, y me importa un bledo si es sábado o cualquier otro día de la semana, te levantes, desayunes y te vayas por ahí y solo apareces para comer o cenar y mientras la que se queda sola soy yo y encima si me busco una diversión, encima te parece mal ¡Es el colmo!
-        No es eso, Ana, no es eso y tú lo sabes
-        ¡Como que no es eso! entonces que es ¿me lo puedes decir?
-        Claro que te lo puedo decir y espero que lo entiendas. Una cosa es escribir algo en un ordenador y otra es pasarte el día entero dándole a las teclas y no levantas la vista ni cuando entro en casa.
-        ¡Y que quieres que haga! Que me quede todo el día sentada en la puerta de casa para que cuando venga el señor me encuentre siempre dispuesta ¿es eso lo que quieres? Pues lo siento mucho porque te vas a tener que buscar a otra porque ya lo he hecho durante toda mi vida y da la casualidad que me he cansado
-        Pues eso es lo que a mi me extraña – contesté sabiéndome dominador de la situación – todavía lo vería lógico a los pocos años de casarnos, pero después de cincuenta años ¡a que viene este numerito!
-        Pues viene porque estoy harta, si, si – Ana me miraba con una expresión que no la entendía muy bien, parecía como muy enfadada pero por otra parte también podría ser como desilusionada – harta y ahora que me relaciono con mas gente, eso si a mis setenta años, me doy cuenta que he perdido mucho tiempo y si me descuido un poco me muero y no me ha dado tiempo a decírtelo. Ahora, si no me mires con esa cara, ahora es cuando estoy conociendo a través de este chisme como sueles decir – puso la mano encima del ordenador – a unas personas de todas las edades que tienen ilusión por vivir, que piensan que la vida hay que vivirla porque cuando te quieres dar cuenta ya se ha pasado y ¡que quieres! Posiblemente es muy tarde para cambiar, pero a mi me ha pasado desde que descubrí el Internet.
-        No digas cosas raras – estaba bastante cansado y encima sin nada que cenar – parece como si toda tu vida hubiera sido una tragedia.
-        Ahora el que dice tonterías eres tu – Ana se levantó y se paseó lentamente por el cuarto de estar- por supuesto que mi vida no ha sido una tragedia y tu lo sabes, pero estarás de acuerdo conmigo en que hemos estado muy poco tiempo juntos. Llevamos cincuenta años casados y es curioso, pero ahora me doy cuenta que te conozco muy poco
-        ¿Como? – no entendía absolutamente nada 
-        Pues es así, Juan. Hemos vivido juntos, hemos tenido hijos a los que reconocerás que los he educado yo sola porque tú siempre estabas trabajando
-        Pero gracias a mi trabajo, no vivías nada mal.
-        Claro que no, solo faltaba que encima viviera mal, no es eso Juan, no es eso – Ana se frotaba las manos nerviosa – pero es ahora cuando me doy cuenta que durante todos estos años nuestra relación ha sido, como te diría yo, como muy superficial. Tu siempre llegabas tardísimo a casa y si te contaba algún problema de los niños o de lo que fuera te ponías como una fiera ¿te acuerdas?
-        La verdad es que no – lentamente me levanté y me acerqué a la ventana donde ella trataba de disimular las lágrimas que caían por sus mejillas. Le pasé un brazo por los hombros y al verla en ese estado de nervios sentí una sensación como de culpabilidad y aun reconociéndolo no estaba  dispuesto a dar mi brazo a torcer y eso que para mi esta conversación me resultaba como si ya la hubiéramos tenido hace unos años, no se porqué pero era de esos momentos que no sabía precisar, pero los había vivido previamente ¿lo habría soñado? – pero tú sabes igual que yo, porque eso si que lo hemos hablado cientos de veces, que muchas veces tengo una sensación como de haber perdido el tiempo, pero bueno, la vida fue como fue y ya está.
-        Si, pero no – Ana apoyó su cabeza sobre mi hombro – porque yo me vine a este pueblo con la idea de recuperar el tiempo perdido y tú lo sabes porque en eso habíamos quedado, pero una cosa es lo que dices y otra lo que haces. Estoy de acuerdo contigo en que empezamos bien, pero poco a poco nos hemos ido separando y ahora estamos, o por lo menos estoy yo, en una situación que me parece como si fuera un mueble mas de esta casa y si no mira, por ejemplo, como ha sido el día de hoy. Te has levantado ¿que hora sería? ¿las ocho?
-        Las ocho y cuarto – contesté
-        Las ocho y cuarto, bien. No siquiera te has dignado darme un beso
-        ¡Pero si estabas dormida como un tronco! Encima que no te quise despertar, me llevo una bronca ¡lo que me faltaba por oír!
-        El caso es que no me desperté y cuando me levanté te habías ido, serían mas o menos las nueve
-        Que conste que desayuné en casa
-        Bien, bien, pero yo cuando me levanté estaba sola, supongo que te irías a andar con esa pandilla de desocupados  y ahora que son casi las nueve de la noche entras por la puerta ¿tu te crees que eso es normal?
-        ¿No me digas que a tus años te has vuelto celosa y no confías en mí? – la pregunta la hice con el ánimo de quitar un poco de tensión
-        Solo me faltaba que te fueras con alguna – Ana me miró con los ojos llenos de lágrimas – el tema no va por ahí y tu lo sabes porque no hace tantos años, cuando nos vinimos a vivir aquí, empezamos ¿te acuerdas? empezamos muy bien, un poco como queríamos los dos, pero ahora todo es diferente y no me digas que la culpa la tengo yo porque no es verdad.




sábado, 15 de junio de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 21


 Queridos blogueros/as: Este capítulo va de curas, o mejor dicho de cura porque solo es uno, pero no queda mal. En el fondo, como casi siempre, es un poco como a mi me gustaría que fueran los que se dedican a esa bendita profesión, nunca mejor dicho lo de bendita, porque de vez en cuando te encuentras a cada uno que sería mejor que se dedicaran a otra cosa, pero, en fin, tiene que haber de todo en la viña del Señor.
Como os decía el otro día, poco a poco, nos vamos acercando al final, son 24 capítulos y vamos por el 21 y ya va siendo horas que comencemos con el juego de las adivinanzas aunque reconozco que, en este caso, juego con todos los ases en mi mano, porque vosotros no, pero yo ya he leído el final y por lo tanto se como termina, pero ¿acabará nuestro Juan con alguna senderista? ¿Ana terminará con Bill Gates por aquello de la informática? y ¿no podría ser que el cura convenza a Juan para que entre en un convento? y ¿porqué no Ana a través de Internet conoce a un propio y le devuelve la jugada a Juan por aquello de la israelita cuando era joven? Bueno, pues ir pensando en otros finales porque no es ninguno de éstos.
Hasta pronto
Un abrazo
Tino Belas



CAPITULO 21.-

El cura intervino diciendo verdades como puños. En su Iglesia era un párroco muy joven, no llevaba más de un año y ya había conseguido que todos los vecinos se apuntaran a la Misa de doce. Sus homilías eran famosas porque se metía con todo el mundo y no dejaba títere con cabeza, pero eso si, siempre con mucho sentido del humor y sin desautorizar a nadie, pero, como dirían los jóvenes, se mojaba en todos los temas y a continuación razonaba

-         Eso os pasa a todos los casados en cuanto os llega la primera paga de jubilación y no se porqué será
-        Si quiere yo se lo explico –Tomás se sentó en un banco a la derecha del camino que les conducía a la pequeña Iglesia que llevaba su nombre. Parecía que estaba ahí al lado, pero llevaban mas de una hora caminando y nunca llegaban – mientras que eres joven, no paras en casa, no por nada, si no porque los trabajos están montados de aquella manera y estás todo el día de la ceca a la Meca, por lo menos eso era lo que me pasaba a mi y una vez que te jubilas tienes ganas de estar mucho mas cerca de todos tus seres queridos y parece como si quisieras recuperar el tiempo perdido ¿ese es tu caso?
-         Bueno, al principio si- no sabía muy bien lo que quería decir – pero yo ya llevo varios años en el pueblo y creo que ya pasé esa fase
-        Ya, o sea que estás en la fase en que ella se organiza por libre
-        ¡Que remedio! Si yo me voy algo tendrá que hacer
-        ¿Y eso es lo que te hace sentirte como culpable?
-        Un poco si, para que me voy a engañar
-        No te preocupes. Si fuera al revés sería diferente, pero siendo así – Javier tomó un buen trago de agua que sacó de un lateral de la mochila – no hay problemas. En dos fines de semana, ya se habrá buscado una buena partida de cartas, aprenderá algo de ordenador, dará clases de cocina y si se tercia hasta de sevillanas y en cuanto te quieras dar cuenta lo que no tiene es tiempo para dedicártelo a ti
-        Ojalá sea como lo cuentas, eso me quitaría buena parte de esa especie de remordimiento de conciencia que parece que no, pero pesa un poco
-        Bueno, bueno – el cura no dejaba pasar ni una sola oportunidad para, como él decía, hacer su trabajo – lo que tienes que hacer es tratarla bien siempre que estés con ella y con eso es suficiente
-        Eso por supuesto – contesté con mi verdad
-        Pues ya está. Eso es lo que hay que hacer y aunque te parezca una exageración, si eso lo haces a todas horas te puedes considerar un santo.
-        No diga burradas, señor cura que le va a castigar su Jefe – Contesté soltando una carcajada que retumbó por todas las montañas próximas
-        No es ninguna burrada aunque no te lo creas, mira – el cura se pasó un dedo por el alzacuellos – es cierto que hay santos que son ejemplo para todos. Eso serían, como te diría yo, como los Santos con mayúscula,  de primera división, pero luego hay el resto, que por cierto son muchos mas, que han sido y serán santos, no porque sean unos tíos extraordinarios ni porque hagan cosas que no hace nadie, no, si no porque hacen bien las cosas normales, las de todos los días y ya si quieres también se las ofrecen a Dios, pero aunque no se las ofrezcan, son gente normal como tu y como yo que andan por la calle, que hacen bien su trabajo, que ayudan en su casa a la educación de los hijos
-        Ese no es mi caso
-        ¡Como que no! – en la cara del cura se notaba que ya estaba metido en faena - ¡que te lo crees tu! tú estabas educando a tus hijos cuando te levantabas a las seis de la mañana para ir a la imprenta
-        A las siete
-        Me da igual, pues a las siete y claro que les estabas educando porque aunque tu no lo valores, les estabas demostrando que aunque seas el dueño de la empresa tienes que llegar el primero para enseñarles a los demás como hay que hacer el trabajo y a tus hijos que el que algo quiere algo le cuesta y sin querer, porque no es una cosa voluntaria, también les estabas inculcando que en la vida hay que trabajar para llevar adelante una familia y
-        Para el carro Javier – Tomás ya se sabía de memoria los razonamientos del joven cura – ahora toca hablar de la excursión de hoy porque si no, coges carrerilla y enseguida te pasas al tema de la relación con los hijos y acabamos discutiendo como siempre.
-        Ten amigos para esto ¿te das cuenta?- el cura disfrutaba de lo lindo - Yo estaba ya casi como San Pablo cuando se dedicaba a convertir a los infieles y viene éste elemento y me fastidia mi conquista.
-        Bueno pero en mi caso – prefería advertirle – lo tiene fácil porque voy a Misa los Domingos y trato, en la medida de mis posibilidades, de ser buena gente
-        Eso es lo mas importante – el cura todavía no deseaba soltar su presa – que no me oigan mis superiores, pero el ir o no ir a Misa los Domingos, eso es lo de menos, incluso hay gente a la que yo le aconsejaría que no fuera porque no les vale para nada.
-        Este cura es un peligro – le dije a Tomás
-        Nada, nada, mucho bla bla bla y luego nada. Presume de progre y luego es más clásico que un pasodoble de Manolo Escobar.
-        ¡Tu si que eres progre!

Entre risas, charla y paseo habíamos llegado a la Iglesia de Santo Tomás y fue Nico, el guía el que se acercó hasta nosotros y le pidió a Javier que nos explicara un poco la historia de aquella capilla que constituía una especie de etapa volante en nuestro recorrido del día.

La Iglesia de Santo Tomás, según nos contó, era una ermita del siglo XII, de marcado estilo románico de la que solo quedaba lo que es la Iglesia, en sentido estricto, porque por aquella época, era lo que ahora se llamaría un complejo residencial con sus habitaciones para los monjes que vivían allí y otra parte dedicada a escuela. En su momento fue muy famosa en toda España y los alumnos procedían de todas las provincias. Allí se enseñaba Ética, Farmacia, había tenido una de las mayores colecciones de plantas medicinales de toda Europa, algo similar a lo que ahora sería una Ingeniería de Montes y Veterinaria. De ésta última se decía que tenía tanta fama que todos los Reyes y nobles de Castilla traían sus animales para ser tratados en este convento, por lo que debemos suponer que tendría unas grandes instalaciones de las que desgraciadamente, como podéis comprobar, no quedan ni los restos

-        Si os fijáis en la parte superior – Javier miró hacia el techo mientras el resto de senderistas le imitaban- se aprecian una serie de escudos y justo en el centro ¿lo veis? – el cura señalaba con el dedo – ese es el escudo de la familia Corbalián, que según estudios recientes eran los dueños, estoy hablando del siglo XII, de todas estas tierras y debían ser una familia muy piadosa porque éste escudo se repite en dieciséis Iglesias, todas de por aquí e incluso se dice que debajo de esa lápida que veis en el suelo están los restos de Don Aurelio de Corbalián y cuenta la tradición que cuando lo enterraron, la arena que recubría la caja se transformó en piedra y sin tocarla se formó, en menos de un minuto, esa placa que tenemos aquí delante
-        Menuda faena para los canteros de la época si esa forma de hacer las losas se pusiera de moda, no ganarían ni para mantener a sus familias – comentó Julián, otro de los socios fundadores del club.
-        Piensa que lo mismo fue una especie de milagro para que quedara para la posteridad que Don Aurelio de Corbalián era un Santo – matizó el cura
-        O también podría ser algún invento para que nadie profanara su tumba
-        Sabe Dios – Javier comenzó lentamente a caminar hacia la puerta – y quiero que os fijéis en esta imagen que tenemos aquí y que resulta muy curiosa. Si os fijáis – todos los excursionistas se fueron acercando – es un monje carmelita, dicen los del pueblo que se llamaba Fray Críspulo, que está predicando, eso se aprecia muy bien en la posición de su mano derecha y sin embargo y como suspendida en el aire veis una Biblia que debería estar sujeta por su mano izquierda, pero no tenía mano izquierda, la perdió en un accidente al entrar en el convento y con eso esta imagen quiere expresar que, cuando uno quiere, la Biblia se puede tener siempre presente, incluso cuando no tenemos mano para sujetarla.
-        ¡Que curioso! – Una chica joven que formaba parte del grupo comentaba – en no se que pueblo del Camino de Santiago, creo que era por la provincia de Burgos o por ahí, había una imagen parecida, pero en ese caso lo que tenía era su propia cabeza en la mano y también nos contaron que, según la tradición, a ese cura le cortaron la cabeza y a pesar de todo seguía predicando.
-        Los curas somos así – Javier se rió abiertamente dejando ver una dentadura perfecta – no nos callamos ni debajo del agua

El grupo salió de la Iglesia y ya en el atrio comentaban lo bien conservada que estaba y una señora, sentada en uno de los arcos, fue la encargada de recordarles que estaba así gracias a las aportaciones de los visitantes con lo cual, de una manera muy sibilina pero eficaz, les sacó unos cuantos euros a todos.
El que mas y el que menos, siguiendo las indicaciones de Nico, aprovechó esos minutos para reponer fuerzas sacando bocadillos, alguna lata, una ristra de chorizos que su dueño pregonó que eran de toda confianza y que fue cortando e introduciendo en un  pan recién comprado en la panadería del pueblo. Otro sacó una bota de vino y la ronda se prolongó por espacio de unos minutos. A continuación breve visita al bar del pueblo para evacuar primero y después reponer líquidos y otra vez a caminar. El vino había hecho su efecto en algunos y el que mas y el que menos, caminaba, que remedio, pero con cierta pereza, como si la llegada de la comida les hubiera supuesto perder un poco la ilusión del buen senderista  y las fuerzas, sobre todo las físicas hubieran desaparecido. Tuvo que ser nuevamente el monitor el que nos animara porque aquello parecía un funeral. Se puso delante de los que caminaban primero y nos volvió a explicar las razones por las cuales teníamos que avivar un poco el paso

-        Que conste que a mi me da lo mismo, porque yo mañana no trabajo, pero lo bueno que tiene apuntarse a un club como habéis hecho vosotros es que lo que tiene que primar sobre todas las cosas es la amistad y el buen rollo y si todo el mundo va pensando en sus problemas y en sus líos, casi nos vamos todos a nuestras respectivas casas y tan amigos

Todos los integrantes del grupo reaccionamos como si nos hubieran tocado la fibra sensible y desde aquel aviso otra vez volvieron a aparecer las bromas y las risas entre todos nosotros. Así caminamos casi dos horas mas y cuando me quise dar cuenta estaba en la puerta de mi casa con la gorra en una mano, el bastón en otra, las piernas cansadas y la cabeza como hacía mucho tiempo.