lunes, 6 de mayo de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 15


 Queridos blogueros/as: Con un poco de retraso por aquello de estar de puente ahí os va el capítulo 15. Acabo de leer el 13 y menuda la amiga de la Abuela, mira que decirle que su marido tiene un ligue con un "que lo sepas" Me imagino como sería la amiga, de esas que le gustan los líos, yo no digo nada pero "que lo sepas". En fin, con lo bien que estaría mi Juan con la israelita y va ésta y lo suelta. Os parecerá mentira pero aunque lo escribí yo en su día, me parece mentira que esa tía, que seguro que era mas fea que un dolor, va y le dice "que lo sepas", pues eso, amiga desconocida que diría la Pantoja o una de esas me caes mal QUE LO SEPAS
Un beso 
Tino Belas


CAPITULO 15.-

La llegada a casa fue emocionante. Juan se había preocupado de avisar a la señora que limpiaba la casa para que todo estuviera como el día que tuvieron que salir deprisa y corriendo para el Hospital. En la terraza un gran ramo de flores le daba la bienvenida y la música de Chopin llenaba hasta el último rincón. Juan empujó la silla de ruedas por una especie de rampa que había mandado hacer en la carpintería del pueblo y que había instalado a unos pocos metros desde la puerta del jardín y que bordeando la escalera terminaba en la amplia terraza. Ana lloraba con lágrimas de alegría y no cesaba de mirar para todas partes como si fuera la primera vez que entraba en la casa.

-        Te has preocupado hasta de los mas pequeños detalles ¿eh? – apretó la mano de su marido que a su vez se cerraba sobre el puño de la silla de ruedas
-        Mucho no tenía que pensar y encima Mario me ayudó
-        ¿Fue él, el que ha organizado todo esto?
-        Bueno, entre los dos, pero realmente el que ha hecho la rampa ha sido él, claro que para algo es carpintero
-        Espera un momento – Juan se paró en seco con la silla a media rampa – déjame ver el paisaje que hace mucho tiempo que no puedo disfrutar de esto tan bonito
-        No se preocupe Señora que uno está aquí para lo que guste mandar. Perdone – Juan frenó la silla y se puso de rodillas delante de su mujer que lo miraba sorprendida – no se si me he presentado. Soy su esclavo Juan y estoy a su servicio para lo que guste mandar
-        Muy bien – Ana le miró con aire severo – espero que no sea necesario repetirle cuales son sus obligaciones. En caso que no las cumpla con la celeridad propia de un esclavo de su categoría, será enviado nuevamente a galeras donde será castigado con la severidad que se merece y si cumple, como estoy segura que así va a ser, será correspondido con todo lo que yo le pueda ofrecer.
-        Muy bien, mi Diosa, ¿ha disfrutado ya del paisaje?
-        Si y tengo que reconocer que es mucho mas bonito que el que se veía desde la ventana de mi habitación en el Hospital
-        Me alegro mucho, mi Ama y Señora – Juan le desabrochó una especie de cinturón de seguridad que la mantenía sujeta a la silla – y ahora ya sabe lo que toca ¿verdad?
-        No tengo ni idea
-        ¡Cómo que no! ¿no te acuerdas lo que te ha recomendado el Doctor?
-        ¡No pretenderás que llegue hasta casa andando yo sola!
-        Por supuesto que no, pero con la ayuda de estas dos muletas – Juan puso los brazos formando un círculo – seguro que lo consigues ¿vamos?

Ana se incorporó con facilidad ayudándose de sus brazos que rodeaban el cuello de Juan que se mantenía rígido como un palo. Apoyó la pierna buena en el suelo mientras la mala seguía el mismo recorrido casi rozando las losas de la terraza.

-        Muy bien – Juan la sujetó de pié entre sus brazos y no pudo evitar darle un beso en la boca – hacía mucho tiempo que no tenía esta oportunidad y no se puede desaprovechar ¿le ha parecido bien a la señora?
-        Muy bien, pero agárrame fuerte que me parece que me voy a caer
-        No se preocupe que para eso está aquí su esclavo – Juan se movió lentamente tratando que su mujer siguiera su ritmo, pero Ana no se atrevía a apoyar la pierna mala en el suelo. Se movía, si, pero apoyándose en la pierna buena. Juan se dio cuenta enseguida y la dejó caer otra vez sobre la silla. Para ella había sido un principio completamente diferente a los ejercicios que le hacían el Hospital, pero para él era un fracaso ¿sería capaz de ayudarla como le había pedido el Doctor? Lo mas seguro es que no, pero tenía que intentarlo, de lo contrario, nunca empezaría a caminar y la necesitaba mas que nunca.

Ana quería animarle, justo lo contrario de cómo debería de ser  pensó, pero ¡que podía hacer! Con la mayor delicadeza posible le comentó:

-        ¿Sabes lo que me pasa?
-        No – contestó Juan con cara deprimida
-        Que no puedo apoyar la pierna sin haberla movido antes. Primero tengo que mover la rodilla sin levantarme y luego ya empezar con las muletas, si no, creo que no lo voy a conseguir
-        Yo te ayudo como me digas
-        Entonces levántame la pierna y yo trataré de mantenerla en el aire, pero deja tu mano porque me cuesta mucho trabajo

Juan levantó con cuidado la pierna de su mujer, pero muy lentamente porque no la perdía de vista y se daba cuenta que le estaba haciendo daños por la cara que iba poniendo

-        ¿Puedes aguantarla ahí?
-        No – Ana trataba de no demostrar sus dolores, pero su cara reflejaba lo mal que lo estaba pasando – pero si la bajas un poco a lo mejor si

Juan la bajó dejándola como a una cuarta del suelo y ella trataba de moverla sin conseguirlo.

-        ¿No puedes?
-        No
-        ¿Y en el hospital podías?
-        El último día la mantuve un poco, pero no te preocupes porque he estado mucho tiempo en la cama y lógicamente los músculos los tengo atrofiados, sobre todo, éste – Ana se señaló con la punta de un dedo una zona por encima de la rodilla - ¿sabes cual es?
-        Ni idea
-        Se llama el cuadriceps
-        Pues ya lo puedes trabajar porque aquí no tienes prácticamente nada
-        Estamos de acuerdo, pero tenemos que tener paciencia. ¿Lo intentamos otra vez?
-        Venga vamos, pero tú tienes que hacer fuerza porque yo te levanto la pierna pero no tengo la impresión que tú la aguantes
-        Claro que no, pero venga vamos a intentarlo otra vez

Todos los días, una hora por la mañana y otra por la tarde, Juan levantaba la pierna y Ana la mantenía cada vez un poco más. Al terminar estos ejercicios, comenzaba la parte mas agradecida y era la que Ana caminaba por la terraza agarrada a un andador, primero un paso, luego otro y así hasta conseguir casi dar una vuelta completa. Juan la ayudaba sujetándola por la cintura y animándola a que se mantuviera lo mas erguida posible. Al mismo tiempo, iba contando los pasos y cuando veía que no podía seguir, le acercaba la silla de rueda y así Ana descansaba lo suficiente para volver a la tarea transcurridos unos pocos minutos. Así, casi como un suspiro pasó el primer un mes y llegó el momento de una nueva revisión en el Hospital. Esa noche el matrimonio no descansó como otras veces. Los dos estaban en la cama con los ojos cerrados, tratando de llamar al sueño, pero éste debía de tener cosas mejores que hacer. Juan se movió discretamente para evitar despertar a su mujer, pero ella le cogió la mano derecha, entrecruzando los dedos

-        ¿Estás despierta?
-        Si
-        ¿No tienes sueño?
-        No
-        ¿Estás preocupada?
-        Un poco, para que te voy a engañar
-        Pues yo de ti estaría tan tranquilo porque hemos hecho todos los ejercicios que nos mandaron sin perder ni un solo día
-        No, en ese sentido estoy tranquila – Ana bostezó – lo que me pasa es que  no se si hemos avanzado todo lo que deberíamos o no, eso es lo que me preocupa.
-        Por eso es por lo que te digo que estoy tranquilo porque solo hace un mes que te han operado y te recorres la terraza como si no te hubiera pasado nada
-        Bueno, bueno, no exageres que si no fuera por el andador no daba ni cinco pasos
-        Eso es verdad, pero nadie nos ha dicho que lo dejes y lo que está claro es que con él vas mucho más segura, por lo menos hasta ahora.
-        ¿Y cuando andaré sin él?
-        No tengo ni idea, pero en cuanto lleguemos a la consulta, que si seguimos así va a ser dentro de un rato, se lo preguntamos al Médico
-        ¿No tienes sueño? – Ana se movió en la cama buscando una postura que le permitiera dormir
-        Ni gota
-        ¿Tú crees que una manzanilla nos ayudaría a estar más tranquilos?
-        Es probable
-        ¿Me haces una?
-        ¿Ahora?
-        Si yo pudiera levantarme sola no te lo pediría.
-        No te preocupes

Juan se levantó y en pijama se acercó a la cocina, buscó una taza en el aparador correspondiente, la llenó de agua, la introdujo en el microondas y se quedó de pié mirando como daba vueltas y vueltas hasta que un pitido le hizo salir de su ensimismamiento. Puso la taza en un plato, introdujo un sobre de manzanilla “sueños de oro”, la depositó en una pequeña bandeja con una servilleta de papel sobre la que dibujó un corazón con un rotulador negro que colgaba al lado del teléfono, añadió a la bandeja una flor que sacó de un florero de encima de la cocina y se volvió al dormitorio

-        Señora: su esclavo siempre cumple con sus deseos – Juan le acercó la bandeja ante la sorpresa de Ana que se sentó en la cama
-        Muchas gracias mi fiel Doroteo
-        Perdone mi Ama y Señora, pero creo que se confunde. Soy Juan
-        ¡Ah! Esto de tener tantos esclavos es una lata – dicho lo cual tomó la taza con delicadeza dejando el dedo pequeño de su mano izquierda totalmente estirado. Se bebió la infusión con rapidez y le devolvió la bandeja a su Juan que la esperaba de rodillas al lado de la cama – Muy bien, lleve la bandeja a la cocina y cuando vuelva procure no despertarme.
-        Si, mi Ama y Señora.

La sala de espera parecía la feria de Abril de Sevilla el día de su inauguración, sin coches de caballos y con menos luces en el techo, pero con la misma cantidad de personal. Eso si, ni un solo traje de sevillana y los hombres sin zahones ni nada por el estilo, pero en número eran tantos o mas y eso que era una sala de espera grande. Las filas de sillas unidas entre si por unos bastidores de un intenso color azul, estaban ocupadas por una serie de pacientes que reflejaban las diferentes patologías. Unos tenían las piernas estiradas, sin posibilidad de doblarlas, posiblemente operadas de rodilla, otros mantenían unas escayolas en sus antebrazos y hasta algunos llevaban unos corsés que les salían por los cuellos de las camisas. Estaban distribuidos como si fueran un tablero de ajedrez, un enfermo, un sano, un enfermo, un sano y así hasta ocupar todas las posibilidades de descanso y a partir de ahí cada uno se apoyaba en los pocos espacios de pasillo que quedaban disponibles. Una enfermera, colocada justo delante de una puerta de cristal que daba acceso a la zona de consultas, era la encargada de organizar aquel desbarajuste y menos mal que Juan y Ana iban a la consulta del Dr. Yague porque si no, hubieran tenido que esperar toda la mañana. Nada mas decirle el nombre, les hizo entrar a la segunda consulta de la derecha y allí les estaba esperando el Doctor.

-        La ventaja de tener una consulta tan grande – El Doctor Yague se levantó de la mesa con una sonrisa en su cara – es que uno ve el resultado de las operaciones que hace
-        ¿Y le parece bien? – Ana avanzaba lentamente con su inseparable andador, se paró y extendió la mano para saludar a su Cirujano
-        Muy bien, Doña Ana, muy bien.
-        ¿De verdad?
-        Si, si – el Médico retiró totalmente el andador que los separaba y animó con sus brazos extendidos a que Ana llegara hasta él – está fenomenal. Solo falta que empiece a dejar el andador y lista para todo uso

Juan que permanecía un par de metros por detrás de su mujer, se acercó e intentó sujetarla por la cintura

-        Déjela – le indicó el Médico con voz suave pero autoritaria – solo cuatro pasos y le devuelvo el andador.

Ana miró a su marido con preocupación, no se atrevía a dar un solo paso sin su inseparable andador, pero tenía que intentarlo. Se miró la pierna, vio como su Cirujano se acercaba un poco mas para infundirle confianza y por fin, visiblemente nerviosa, dio un paso arrastrando un poco la pierna operada, pero lo dio y después otro y así hasta cuatro en que volvió su cabeza para que Juan le diese el andador

-        Muy bien, muy bien – al Doctor Yague se le notaba que estaba satisfecho con el trabajo que había realizado su paciente – así me gusta y encima derecha, muy bien.

Ana sonreía feliz, por fin todo su esfuerzo se veía recompensado y no por un cualquiera si no por el Cirujano que había conseguido que volviera a andar. Habían sido muchos los días que no tenía casi ni fuerzas para moverse, pero sabía que su futuro era o el sacrificio o la silla de ruedas para siempre y eso si que no lo podía consentir. A Juan le gustaba dar largos paseos por el campo y no iba a ser ella la que se lo impidiese o que por culpa de su cojera no le pudiera acompañar. Esos pensamientos y otros muchos habían sido la gasolina que impulsaba el  motor de su voluntad para conseguir lo que ya estaba consiguiendo y por si necesitaba aceite para que ese motor funcionara todavía mejor, allí estaba su marido, siempre a su lado, para darle más ánimos si fueran necesarios.
El Dr. Yague le indicó que se subiera a una camilla que estaba a un lado y se pasó unos minutos explorando la pierna. La movía de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, la levantaba, la doblaba con fuerza, volvía a dejarla apoyada en la camilla

-        ¿Le duele?
-        Nada
-        ¿Y ahora? – preguntaba mientras flexionaba la pierna casi completamente
-        Un poco pero se puede aguantar.
-        Muy bien, ahora si no le importa, póngase de lado
-        ¿Mirando hacia la pared?
-        Si, la pierna mala hacia arriba. Ahora intente hacer fuerza contra mi mano ¿puede?
-        Lo intentaré, pero no se olvide que ya soy abuela
-        Venga, haga fuerza – el Dr notaba como Ana trataba de movilizar todos sus músculos y le costaba mantener la tensión – muy bien, pero que muy bien. Ya se puede levantar y sentarse en aquella silla
-        ¿Me acercas el andador Juan?
-        No se lo acerque – El Dr. quería ver hasta donde llegaba la fuerza de voluntad de su paciente, pero Juan que había seguido la evolución minuto a minuto sabía que no iba a poder mucho mas
-        Es que se va a caer – insistía conociendo como conocía a su mujer – si le parece no le doy el andador pero voy a su lado
-        Eso me parece muy bien. Animo que está a solo dos pasos.

Ana no aguantaba más y casi con el último paso se dejó caer en la silla mientras Juan la sujetaba por la cintura.

-        ¿Se marea?
-        No, pero estoy rendida
-        Muy bien, por hoy ya está bien.

El Dr. se volvió a sentar en su silla después de rodear lentamente la amplia mesa de despacho prácticamente desprovista de papeles, solo la historia clínica de Ana permanecía a un lado, mientras aprovechaba para secarse las manos con una toalla de papel

-        Veamos – El Dr. Yague se puso unas gafas que colgaban en su pecho -  está operada hace………
-        Hace un mes – le interrumpió Juan
-        Exactamente, el día 12 de Abril.
-        Me acuerdo muy bien porque ese día hacía nada menos que treinta y cinco años del nacimiento de nuestro primer hijo.
-        Menuda memoria tiene usted, caballero
-        Bueno, no la tengo mala, no – Juan también tenía derecho a su minuto de gloria – y eso que estoy a punto de cumplir los setenta y cinco
-        ¡Que envidia! – el Doctor le miraba con admiración – yo  a su edad no llego ni de broma
-        ¡Como que no!, claro que llega, es cuestión de proponérselo
-        ¿Usted cree? – el Doctor lo miraba intrigado – si fuera tan sencillo todo el mundo llegaría a su edad
-        ¿Y no llegan?
-        No, claro que no. Efectivamente hay algunos que la sobrepasan, pero son los menos.
-        O sea – Juan le sonreía demostrándole su agradecimiento – que me está llamando viejo
-        Hombre, viejo, lo que se dice viejo, no, pero tampoco es un chaval. En eso si estará de acuerdo conmigo
-        Claro, como no voy a estar de acuerdo, pero ya sabe que los viejos lo somos, de eso no hay duda, pero no nos gusta que nos lo anden todo el día repitiendo
-        Bueno – el Doctor se levantó dando por terminada la consulta – lo importante es que su mujer, gracias a su ayuda, va a evolucionando muy bien
-        Y lo que he pasado solo Dios lo sabe – argumentó Ana desde su silla
-        Bueno, mujer, pero ya sabe que lo pasado, pasado está  y lo importante es que la evolución de su cadera está siendo excelente, lo demás es menos importante.
-        Si, eso es verdad, entonces ¿cuándo nos volvemos a ver Doctor?
-        Si no hay ningún problema pidan cita para dentro de tres meses y si surgiera cualquier complicación se vienen a urgencias y pregunten por mi que los veo con mucho gusto
-        Muchas gracias y que Dios le conserve esas manos que tanto bien hacen
-        Venga, venga, no me diga esas cosas que me pone colorado
-        Pero si es la verdad
-        Bueno, hasta dentro de tres meses

Ana caminaba lentamente por el eterno pasillo que conducía a la puerta de salida como si fuera el primer día. Estaba mas contenta que unas castañuelas y parecía como si el simple hecho que el Doctor le hubiera dicho que caminaba muy bien, para que se desplazara como si le doliera menos. Juan seguía en su papel de esclavo servicial y se mantenía a su lado por si necesitaba alguna cosa. Así llegaron a la entrada, bajaron por una rampa lateral y enseguida apareció el taxista que los llevaba de vuelta a casa.




































domingo, 28 de abril de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 13


 Queridos blogueros/as: Ante la presión popular y como sigue sin aparecer el famoso capítulo 13, lo publico ahora, curiosamente después del 14, pero es lo que hay, o sea, que perdón, pero no tengo ni idea lo que ha pasado
Un beso
Tino Belas


CAPITULO 13.-

Juan cerró la puerta y se volvió a la sala de espera. Le había cambiado la expresión de la cara y ahora se le notaba aliviado. ¡Menudo Médico más simpático! ¡Para que luego digan que la Seguridad Social funciona mal. AHora lo único que hace falta es que todo evolucione como queremos todos y finalmente este accidente habrá sido eso, un accidente y nada mas. El Abuelo estaba tan ensimismado con estos pensamientos que no se dio cuenta que ya no era el único inquilino de la sala de espera. En los asientos próximos un matrimonio con dos hijos esperaban pacientemente a que alguien  les hiciera alguna indicación para acercarse y que el Médico les informase porque desde hacía doce horas nadie les había dicho nada de nada sobre su padre que había ingresado con un cuadro de fiebres de origen desconocido.
En los de enfrente, una señora mayor, vestida de luto riguroso, desgranaba las cuentas de un viejo rosario anudado a su muñeca izquierda En la forma de mover los dedos y en la expresión del conjunto de todo su cuerpo, se notaba que estaba presa de una enorme ansiedad. Se había sentado muy pocos minutos antes y no cesaba de mirar a sus compañeros de sala con la ilusión que alguno se acercase y poder compartir sus preocupaciones en esas interminables horas de espera. El Abuelo no le quitaba el ojo de encima y en ocasiones cuando ella bajaba la vista hacia el viejo rosario que se entrelazaba con sus dedos, trataba de ver las cuentas que le quedaban para acercarse en el momento oportuno y ese momento llegó cuando la señora guardó el rosario en el bolso y se quedó mirando al techo con una expresión de estar en otro sitio

-        Perdone, Señora, pero la llevo observando desde hace varios minutos y creo que necesita un poco de conversación ¿puedo ayudarla?
-        Se lo agradezco mucho. Señor, pero lo único que necesito es información y me han dicho que me espere aquí que ya saldrá el Médico para darme las oportunas explicaciones.
-        ¿Es relacionado con algún familiar?
-        Si, es mi hijo querido, el único que tengo – la señora se removió inquieta en el asiento – estaba en casa y ha empezado a tener mucho dolor en el pecho y me lo he traído
-        ¿Le estaría dando un infarto?
-        No lo se, eso es lo que estoy esperando que me diga el Médico
-        ¿Había estado enfermo antes? – Juan no cejaba de hacerle preguntas con la sana intención de entretenerla aunque solo fuera unos minutos
-        Yo creo que no, aunque no lo se seguro porque hace años que se fue de mi casa y le veo muy de tarde en tarde
-        ¿Es mayor?
-        Cuarenta y un años
-        ¡Un chaval! – el Abuelo le dio unos golpecitos en la mano – a esa edad se supera todo. Ya verá como todo va bien
-        Dios le oiga

Una enfermera de media edad vestida con pijama verde se asomó por el fondo de la sala y con voz potente preguntó por algún familiar de Álvaro Lopez. La señora se levantó rápidamente y se acercó a la que la llamaba. El Abuelo la vio alejarse y pensó como sería la vida de aquella señora a la que acababa de conocer. Estaba  casi seguro que vivía sola, no sabía porqué pero tenía pinta de ser una mujer independiente, que se tenía que ganar la vida con su trabajo y entendía que estuviera agobiada, pero seguro que saldría bien porque en algún sitio había oído que si te da un infarto y te atienden pronto, no suele haber problemas graves y que en las Unidades de Cardiología te salvan la vida si o si.

-        ¡Que barbaridad! Se ha llenado la sala y yo casi sin darme cuenta – Juan se entretenía observando la gente que se sentaba enfrente de él, una madre mantenía a un bebé en sus brazos intentando que no rompiera los tímpanos de todos los presentes pero el recién nacido, no tendría mas de dos o tres meses, hacía méritos para conseguirlo, un joven vomitaba en una sábana escondiendo la cabeza entre las manos mientras una abuela tosía con tos perruna que la hacía bajar la cabeza hasta casi tocar con el suelo. Un mendigo se había tumbado ocupando dos asientos y mediante su postura fetal había conseguido un sueño tan profundo que silbaba con cada respiración. Su equipaje consistente en una bolsa del Corte Inglés en la que guardaba una pastilla de jabón, una cuchilla de afeitar, un cepillo de dientes, un peine, una camisa vieja arrugada, un jersey marrón en el que el tiempo había dejado su huella y unos calcetines de lana ocupaba una parte importante del suelo alrededor y era conocido por todos los presentes porque su dueño se había encargado de sacar todo el contenido de la bolsa, ponerlo en la silla de al lado y acto seguido, volver a introducirlo en el mismo sitio. Parecía como si quisiera que todos sus compañeros de sala supieran de lo importante de sus pertenencias porque según las guardaba las iba enseñando una a una.

Al cabo de una hora le indicaron al Abuelo que podía pasar y desde un pasillo, tras un cristal, pudo ver a la Abuela que estaba en la UVI rodeada de cables por todos lados y una mascarilla que le ocupaba más de la mitad de la cara. A través de un interfono colocado en la pared, una enfermera le indicó que estaba evolucionando muy bien y que hasta el día siguiente a las once no habría nuevas informaciones por parte de los Médicos y que como tenían su teléfono por si pasaba algo, lo mejor que podría hacer era irse a su casa a descansar un poco.

Juan todavía impresionado por la visión de su mujer sin poder hablar con ella porque todavía estaba bajo los efectos de la anestesia se volvió a casa y al introducir la llave en la cerradura, las lágrimas, de nuevo las lágrimas, hicieron su aparición por ambas mejillas. Encendió la luz del hall y aquello fue como si hubiera iluminado su soledad. ¡Otra vez la soledad!, pero esta vez una soledad con trampa porque sabía que en unos días la Abuela estaría de vuelta. La casa olía a ella y todavía estaban sus cosas por ahí lo que era normal porque había tenido que salir corriendo y no tuvo tiempo de recoger nada. Era noche cerrada y después de abrir una cerveza se sentó en la terraza. La luna parecía estar mas llena que nunca y Juan extendió la mano como si quisiera tocarla. Luego cerró los dedos y se dio cuenta que solamente era el aire lo que intentaba sujetar. Enchufó el viejo tocadiscos y colocó un disco de vinilo de Bach. A continuación ajustó la aguja y la música de un violín llenó todo el espacio. A la memoria le vinieron, otra vez, multitud de recuerdos siempre con la Abuela, sobre todo, al sonar la segunda de las piezas del viejo long play que era un vals. Con esa música podría bailar con la Abuela, pero no estaba y se dio cuenta que hacía muchos años que no sacaba nunca a bailar a su mujer. Entonces con un movimiento suave agarró una escoba de la cocina y tomándola por el talle la atrajo hacia si y lentamente comenzó a girar sobre si mismo. Vueltas y mas vueltas hasta casi agotarse y al sentarse delante de su escritorio y abrir el primer cajón, comprobó que eran muchos los papeles que estaban sin ordenar. Una vez al año, el matrimonio se sentaba, los clasificaba y se los llevaban  al gestor para que, con la ayuda del ordenador, les hiciera la declaración anual de la renta. En otro cajón del mismo escritorio se acumulaban fotos de todos los tiempos y a un lado una vieja agenda de teléfonos con las tapas de hule negro y las hojas de su interior amarillentas, reflejo del paso del tiempo. En ellas se acumulaban números de teléfonos desde antes de poner el prefijo. Muchos de ellos le resultaban conocidos, pero otros no tenía ni idea a quien podrían corresponder. En la mayoría no había ninguna seña de identidad diferente al nombre, pero en algunos, los menos,  al lado y entre paréntesis del número estaba la profesión del poseedor del número y así vio algunos como Isidro (fontanero) Eladio (queso) Alfonso (alfombras) Samuel (electricista) Jaime (abogado, marido de Leire)  etc……etc. En aquella agenda de tapas flexibles estaba toda su vida resumida en veintiocho letras, las del alfabeto porque por allí desfilaron todos sus amigos, familiares y muchos más. Se le pasó por la cabeza alguno de esos números, hablar con el dueño del número, explicarle quien era y contarle la historia, pero no le pareció oportuno. Lo mismo llevaba muerto hace diez años y metía la pata hasta el fondo.

-        Mejor será dejarlo y seguir investigando otras cosas en este cajón de los recuerdos 

El Abuelo dejó el teléfono sobre una mesita circular y siguió vaciando el cajón. Su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que la Abuela guardaba cartas antiguas. Allí estaban sujetas con una goma un montón de cartas con los sobres con matasellos de Santander, es decir, hacía cuarenta años, otras de Soria, de lo menos hacía veinte años y las menos eran de Málaga con aspecto de ser mucho mas modernas. Las estuvo mirando sin sacar las hojas, hasta que llegó a un sobre, algo mas pequeños que el resto, de color rojo, no tenía matasellos ni ningún elemento identificativo de su procedencia y por la letra sabía que no era de él. Lo abrió y sacó una hoja cuadriculada todavía con el resto de las anillas en uno de sus lados, que se notaba como arrancada de cualquier cuaderno y con letras mayúsculas que se leían bastante bien, el autor de la nota comunicaba que
“TU MARIDO ESTA LIADO CON UNA MUCHO MAS JOVEN QUE TU. QUE LO SEPAS
UNA AMIGA

-  O sea que la Abuela conocía que durante una época estuve con chica israelí y nunca había dicho nada -  Juan pensó en la discreción de su mujer. Lo sabía y no había soltado prenda -  y yo que pensaba que era un artista disimulando – El Abuelo recordaba aquella época de tanto trajín, siempre disimulando y con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba convencido que la Abuela no se había enterado de nada. Los encuentros con aquella becaria estaban tan bien planificados y en lugares tan distintos que la Abuela, con los medios que había entonces,  pudiera enterarse. También es verdad que a Juan nunca se le hubiera ocurrido pensar que dentro de su propia empresa tenía un espía que encima le quería mal e iba con el cuento a su esposa. Incluso le pareció hasta mal ¿por qué le contaban aquellas cosas. Al fin y al cabo siempre habían sido fuera del horario laboral y el que lo supiera le tenía que haber seguido por toda la ciudad.

Si antes de leer esta carta el Abuelo quería con toda su alma y admiraba a  Ana, ahora después de saber que conocía sus andanzas, la admiraba todavía más. Menos mal que la infidelidad había sido de él para la Abuela que si llega a ser al revés, la habría puesto de patitas en la calle porque partía de la base que su mujer le era absolutamente fiel, de eso estaba completamente seguro, ¡faltaría mas! eso si que no, pegárselo con otro, eso no lo podría consentir y sin embargo la Abuela había reaccionado de manera completamente distinta, se tragó todo como si fuera una simple aspirina y nunca había hecho la mas mínima objeción.

Lo curioso es que después de tanto tiempo aquello para el Abuelo era una simple aventura, una cana al aire, sin mayor trascendencia. Había cometido un error, bueno, varios errores, pero tampoco era para tanto y menos para que la Abuela actuara de la misma manera ¡eso si que no!

Amanecía un nuevo día y Juan, desde su cama y a través de la ventana de su dormitorio veía los picos de las montañas próximas con todavía algo de nieve. Con un leve movimiento de su mano derecha, palpó las teclas de la vieja radio despertador y con un movimiento instintivo apretó una de ellas y la voz de un locutor inundó toda la habitación y en ese momento, aunque sabía que no podía ser, le pareció oír a Ana que le rogaba que pusiera la radio mas baja porque no se había dormido hasta las tres de la mañana y tenía la intención de dormir algo mas. Rápidamente  se quitó de su cabeza ese pensamiento y prestó atención a aquella voz que era ya como de la familia. Era un viejo locutor que hacía un programa diario de seis de la mañana a doce desde por lo menos veinte años atrás. Para Juan era como su compañero de todas sus levantadas, lo primero que hacía al despertarse era poner la radio. Muchos días, incluso sin la petición de Ana, las ponía mas baja y se volvía a dormir, pero hoy parecía que iba a ser diferente. Juan estaba despejado como si hubiera dormido diez horas y solamente habían sido cuatro y media y se mostró interesado por las noticias, aunque la voz monótona del cronista no era de las mejores para meterte en el papel, sin embargo debió de ser algo importante porque las noticias corrían como si transcurriesen por un reguero de pólvora. Intentó prestar algo más de atención y por fin descubrió que la noticia era un atentado terrorista sobre las Torres Gemelas de Nueva York. Le parecía imposible lo que estaba oyendo pero según pasaban los minutos las noticias se confirmaban. Al  parecer primero un avión y luego otro habían impactado voluntariamente sobre dos de los rascacielos mas emblemáticos de la ciudad norteamericana provocando el derrumbe de las dos torres y la muerte de miles de personas que se encontraban trabajando en cientos de oficinas de ambos edificios. Para muchas personas el solo hecho del atentado les hubiera supuesto levantarse inmediatamente, encender el televisor y contemplar imágenes espeluznantes, sin embargo en Juan la voz que transmitía lo único que consiguió fue exacerbar su afirmación de que el hombre es un animal que no tiene arreglo. Ni siquiera se dignó salir de la cama, la noticia no le merecía tanto esfuerzo, eso posiblemente era el efecto que buscaban los que organizaron aquel atentado, no, para Juan aquello era algo que no le cabía en la cabeza. Cientos y cientos de preguntas se agolpaban tratando de buscar una explicación ¿Cómo era posible que unos fulanos, le daba igual si eran de derechas o de izquierdas, musulmanes o chinos,  fueran capaces de secuestrar dos aviones y estrellarlos contra dos edificios enormes de altos, llenos de gente? Por muy mal que te hubiera ido en la vida, por muchas faenas que el imperialismo americano haga o deje de hacer ¿que culpa tenían todos los que estaban trabajando? En lugar de pensar en los efectos de algo tan increíble su imaginación se encaminó hacia los momentos previos al atentado. ¿La maldad humana puede llegar a ser tan terrible que encima les cuenten sus planes a los pasajeros de unos aviones que se encaminarían tranquilamente  a sus trabajos o a sus casas a reunirse con sus familiares? ¿Como serían esos minutos finales? Juan estaba en la cama y se imaginaba los gritos por los pasillos del avión de unos terroristas ¿uno que comete un atentado de ese calibre realmente está loco? Mientras el avión volaba hacía su objetivo y ellos conocían su destino perfectamente. ¿Cómo es posible que se pueda planificar durante meses una barbarie como esa y ninguno muestre el más mínimo arrepentimiento como para comunicarlo a la Policía y evitarlo? ¿Cómo es posible? Juan no tenía explicación alguna, uno puede ser un animal de bellotas, mala gente, un resentido, en definitiva, una persona sin posibilidad de vivir en el mundo que nos había tocado, pero no lo podía entender. ¡Llevar directamente dos aviones de pasajeros contra dos rascacielos! Pero ¿a quien se le puede ocurrir semejante barbaridad?

Intentó tranquilizarse y pensar en Ana, al fin y al cabo, el papel de cada uno está donde está, pero, una y otra vez volvía al principio, ¿cómo es posible que en el mundo exista gente tan mala? Intentaba comprender muchas situaciones de países pobres que lucharan contra la desigualdad, pero no entendía que tenía que ver todo esto con matar a miles de personas inocentes que su único pecado, si es que tenían alguno, era trabajar en unas torres impresionantes de altas. Juan todavía recordaba la semana que pasaron, hacía ya muchos años, recorriendo Estados Unidos cuando a él le dio por decir que se había pasado la vida entera trabajando y que entre las muchas asignaturas pendientes tenía la de visitar la ciudad de los  rascacielos y como, Ana  y él, desde un helicóptero vieron esas torres y muchas mas y se quedaron impresionados. Es mas, se acordaba como si fuera en ese momento, que habían comentado cuanta gente trabajaría en esos monstruos y que Ana le obligó a soltar una carcajada cuando le contestó que mas que todos los habitantes de Soria, Segovia y Ávila juntos y posiblemente no andaba nada desencaminada porque las torres se multiplicaban por todos los sitios para donde mirases y ahora cada persona una tragedia. Muchos familiares estarían buscando por las urgencias de los hospitales tratado de agarrarse a un clavo ardiendo cuando sabían que era imposible y encima con un caos en toda la ciudad que para que. Las líneas telefónicas bloqueadas, las imágenes de la televisión y las noticias de la radio indicaban que miles de habitantes de aquella ciudad iban de un sitio para otro como locos, sin saber ni que hacer y todo por cuatro terroristas que si, es cierto, habían conseguido su objetivo ¿y que? Habían matado a cientos de inocentes ¿ese era su objetivo?

Poco a poco Juan se iba recuperando de tan terrible despertar y con pena pero pensando de una manera práctica, se levantó, se duchó, preparó un vaso de leche que se bebió con lentitud sentado en el porche de su casa mirando al infinito con la mirada perdida y esperó al taxi que le llevaría al Hospital y que le devolvería a la realidad. Le pareció una especie de falta de respeto el haber dormido casi seis horas sin acordarse ni un solo minuto de Ana, su mujer, que estaría en la UVI sabe Dios si con dolores después de ser operada. Seguro que cuando se lo contara ella le entendería como siempre, pero, a pesar de todo,  eso  le hacía sentirse como un poco culpable y encima cuando se levantó, el notición, bueno, lo mejor es que así nunca se olvidarían de la fecha, al fin y al cabo, coincidían la operación y el atentado, dos noticias de un gran alcance para él, una, la operación de Ana por su cercanía y otra por ser un episodio que a buen seguro tendría una repercusión mundial y mas tratándose de un agresión tremenda contra el pueblo americano que suele responder con aquello de que la mejor defensa es un buen ataque.

El taxi, un Mercedes de color negro, se acercaba por el camino dejando tras de si una estela de polvo que lo hacía presente desde unos cientos de metros antes. Juan se levantó, hizo un pequeño ramo con las flores de su jardín uniendo los tallos con un cordel y esperó a que el taxi se detuviera completamente en la puerta de su jardín.  Emiliano, el conductor del único taxi que desde hacía años hacía los servicios desde el pueblo hasta la ciudad, se bajó con la idea de abrir la maletera, pero rectificó cuando se dio cuenta que Juan no llevaba nada mas que el ramo entre sus manos

-        ¿No lleva nada de equipaje?
-        No
-        ¿Pero no va al hospital?
-        Si
-        ¿Y no lleva ni una muda para Doña Ana?
-        Pues ahora que lo dices, tienes razón, espérame un momento

Juan volvió a entrar nuevamente en la casa, subió a la habitación y del tercer cajón de una vieja cómoda de caoba sacó un camisón blanco y unas cuantas prendas de ropa interior que introdujo en un maletín. Se dio cuenta que tampoco llevaba nada de aseo y ya en el cuarto de baño buscó lo necesario y también lo guardó en el maletín

-        Muchas gracias, Emiliano – le agradeció al taxista mientras se sentaba en el asiento de atrás – si no llega a ser por ti, me planto en el hospital sin nada y seguro que hubiera tenido que volver.
-        ¿A que hora tiene que estar?
-        En principio no tengo hora porque mi mujer está en la UVI y puedo estar con ella todo el tiempo que quiera, pero me gustaría estar antes de la una y media para que el Médico me cuente como va evolucionando
-        ¿A la una y media?
-        Si
-        Nos sobra tiempo
-        Mejor – contestó Juan – así no hace falta que corra
-        Críate fama y échate a dormir – el taxista esbozó una sonrisa

El campo estaba radiante, la lluvia le había hecho rejuvenecer y le había dejado como un mozo a punto de licenciarse del Servicio Militar, las amapolas aparecían como pequeños racimos haciendo como de separación entre los diferentes tonos de verdes, los árboles se movían agitados por una leve brisa que hacía que la sensación de calor se hiciera mas soportable y el sol que casi estaba en lo mejor, aportaba una luz que hacía que Emiliano tuviera que ponerse unas gafas oscuras y Juan entornase los ojos.






sábado, 27 de abril de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 14


 Queridos blogueros/as: Otro capítulo mas y ya vamos por el 14. Continuamos con historias de Médicos ¡que le vamos a hacer! uno escribe de lo que sabe.
La semana que viene no creo que pueda meter el capítulo correspondiente porque me voy de puente a Cedeira, pero a la vuelta lo publico
Espero vuestras opiniones como siempre
Un abrazo para todos/as
Tino Belas


CAPITULO 14.-

El viaje era corto, no más de una hora y casi sin darse cuenta se encontraron en la puerta del hospital. Juan pagó religiosamente y quedó con el taxista que, si no le avisaba de lo contrario, mañana quedaban a la misma hora. Con el maletín en la mano, subió lentamente los nueve escalones de entrada al hospital y ya en el ascensor subió a la planta sexta donde se encontraba la UVI. En la puerta un cartel anunciaba la imposibilidad de entrar sin ser avisado y le rogaban que tuviera paciencia porque la enfermera saldría periódicamente. Juan se sentó en uno de los asientos que estaba vacío y esperó. Veía que la gente entraba y salía, pero nunca una enfermera. Al cabo de media hora se decidió y llamó a un timbre situado al lado de la puerta. Una enfermera le saludó y le indicó que entrara sin llamar

-        Es que como he visto el cartel
-        Ya, pero eso son cosas de la Dirección – era una enfermera joven, con el pelo corto, manos finas y buen tipo – si tiene usted algún familiar entra y se coloca a su lado y ya está
-        ¿Y por qué no quitan el cartel?
-        Eso digo yo – contestó sonriente la enfermera – supongo que usted es el marido de Ana ¿no?
-        Si
-        Pues aquí la tiene – la joven separó una cortina y allí estaba Ana más guapa que nunca, la habían peinado y preparado para la visita y desde luego su cara no reflejaba haber sido operada el día anterior. Juan se acercó y le dio un beso en la mejilla
-        ¿Cómo estás?
-        Muy bien, mucho mejor de lo que pensaba
-        ¿Te duele algo?
-        Nada, bueno si me muevo lo noto un poco, pero muy poco.

Durante todo ese tiempo había permanecido de pié con las manos en la espalda sosteniendo el improvisado ramo de flores de su jardín

-        Tengo un regalo para ti
-        ¿Un regalo?
-        Si - Juan le entregó el ramo de flores - las he recortado esta mañana del jardín

Ana se emocionó mientras olía las flores del pequeño ramillete de flores que Juan había puesto en su regazo

-        Muchas gracias

Una auxiliar pasó por allí y depositó unos tarritos con medicación en la mesilla de noche acompañados de un zumo de naranja con una pajita

-        Ana – le removió un poco la almohada para que la paciente estuviera algo mas cómoda – te dejo aquí la medicación que tienes que tomarte con la comida ¿de acuerdo?
-        Si, no te preocupes que luego me la tomo

La auxiliar se quedó observando el ramo de flores

-        ¿Te gusta? – preguntó Ana
-        Me encanta, ¿se lo has traído tú? – preguntó dirigiéndose a Juan
-        Si, no pasa nada ¿no?
-        No hombre ¡que va a pasar! Al revés – la auxiliar se mostraba feliz con el regalo – unas flores siempre vienen bien en una UVI y si encima son de campo mejor que mejor
-        Son de nuestro jardín - Ana se mostraba encantada
-        ¡Que envidia tener un jardín y un marido que te quiere!
-        Tampoco es para tanto – Juan trataba de disimular el rubor que le llenaba su cara. Estaba enamorado de su mujer, pero eso que se lo dijeran siempre le parecía como para ponerse colorado – esto lo hace cualquiera
-        No – la auxiliar le cortó -  eso solo lo hace cualquiera que esté enamorado
-        ¿Y usted no lo está?
-        No – la auxiliar parecía como no querer  comentar el tema – lo estuve, pero me salió mal y ahora me quedan dos hijos frutos de aquella relación pero mi marido desapareció.
-        ¡Como que desapareció! ¿no sabe nada de él?
-        No – la joven siguió estirando las sábanas para no mirar directamente a Juan – es una historia muy larga que me hizo casi volverme loca, pero afortunadamente ya ha pasado y estoy mas tranquila
-        Perdone si la ha molestado
-        No, no te preocupes, ya no me importa, lo único que pasa es que cuando veo a una pareja como vosotros me dais mucha envidia. A mi no me salió bien, pero no pasa nada. Bueno, venga, luego si tengo un ratito vuelvo y os cuento mas cosas pero ahora tengo que seguir repartiendo la medicación que si no llegan las comidas y no tenéis las pastillas
-        Pues hasta luego
-        Adiós

Juan se sentó en una silla al lado de la cama y tomó la mano de su mujer entre las suyas. Se quedó mirando un hematoma que presentaba en el dorso de su mano, justo al lado donde un catéter se introducía en una vena a través de la piel.

-        ¡Menudo hematoma!
-        Me han dicho que eso es normal porque tomo las pastillas esas que me mandaron para la circulación y le pasa a todo el mundo
-        Vaya faena
-        Pero no me duele nada
-        Pues mejor

Desde que había llegado, Juan evitaba mirar a su mujer por miedo a emocionarse y a propósito no levantaba la vista de la mano de Ana, la acariciaba con cariño y poco a poco fue subiendo su mirada a través de su brazo hasta encontrarse con sus ojos. Ella le miraba afectuosamente sabiendo, porque se conocían desde hacía muchos años, lo que estaba pensando y las emociones que pasaban por su cabeza

-        ¿Qué tal te has organizado en casa? – preguntó Ana
-         Bien, muy bien.
-        ¿Has desayunado?
-        Claro
-        Pero no has tomado tostadas con miel ¿a que no?
-        ¿Y tú porqué lo sabes?
-        Por que seguro que no has encontrado el tostador
-        Tampoco lo he buscado – Juan no quería reconocer que lo había buscado y no tenía ni idea donde estaba – porque había biscotes de esos de paquete y los tomé con mermelada
-        ¿Y te calentaste tú solo la leche? – Ana le interrogaba con ojos pícaros
-        ¿Quieres que reconozca que soy una nulidad para las tareas del hogar?
-        No hombre, tampoco es eso, pero no te veo de amito de casa
-        A veces no hay mas remedio
-        Mañana por la mañana va María y ya limpia.
-        Estupendo – Juan resopló con tranquilidad – menos mal, porque hasta poner el microondas llego, pero de ahí no paso
-        ¿Te das cuenta como tenía razón cuando te decía que debías aprender a poner la lavadora o el friegaplatos?
-        Pero no me estás diciendo que mañana va María, pues que lo ponga ella.

Ana intentó cambiarse de posición en la cama notando un dolor agudo que hizo que moviera la cabeza en un gesto de contrariedad. No tenía ninguna molestia si no intentaba moverse, pero al menor movimiento notaba como si algo se rompiera por dentro. Toda la noche había estado igual, quieta como una momia, pero las enfermeras la animaban a mover un poco las piernas para evitar los coágulos de sangre y Ana trataba de seguir sus indicaciones aunque le resultaba doloroso. Juan se acercó y le ajustó unas almohadas que tenía a ambos lados de la pierna izquierda

-        ¿Quieres que llame a la enfermera?
-        No, déjalo que tienen mucho trabajo y lo mío con estarme quieta se me pasa.

Juan repasó con la mirada las camas de la UVI y apreció que para ocho camas había tres enfermeras, dos auxiliares y un celador, bueno ocho camas que veía desde su asiento pero no sabía si habría mas, le parecía que no, pero no tenía la absoluta seguridad que así fuera. En ese momento, en el pequeño control solo estaba una sentada delante de lo que tenía toda la pinta de ser una fila de monitores desde donde controlaba las constantes de todos los que estaban ingresados. Tres camas estaban vacías, en otras tres los pacientes parecía que no estuvieran especialmente mal, sobre todo, uno que estaba en el box número dos leyendo tranquilamente el periódico con expresión serena. En la cama justo de enfrente de la de su mujer, una señora mayor estaba completamente dormida y una mas para allá un hombre joven tenía un tubo en la boca y la cabeza ladeada. El último box estaba ocupado por un hombre al que no le veía la cara, pero que debía estar bastante mal y  dos enfermeras se encontraban en los laterales de la cama cambiándole alguna vía y ajustándole una especie de muñequeras que le mantenían con los brazos extendidos.

-        Menudo panorama – Juan volvió a mirar a su mujer – las enfermeras tienen toda la pinta que no
 Paran ¿verdad?
-        Tienen sus momentos. Por ejemplo – Ana miró a la señora de enfrente – aquella se ha pasado la mitad de la noche pidiendo sus gafas y hasta que no ha llegado una auxiliar y se las ha puesto no se ha dormido, pero luego no se ha movido hasta ahora. El que si está mal es el del fondo, parece ser que ha tenido un infarto y esta noche no las ha dejado ni sentarse, pero, según me contó una auxiliar, esta noche ha sido de las malas
-        Claro, dependerá de las camas que estén ocupadas
-        No lo se, pero esta noche por lo menos por lo menos tres camas estaban vacías y con un poco de suerte, dentro de un rato se quedan otras dos porque a algunos operados de ayer posiblemente nos manden a la planta en cuanto pase visita el Médico
-        ¿A ti te pasan hoy a planta?
-        No lo se, ya te digo que eso depende del Médico, pero parece ser que es lo normal, pasas la primera noche aquí para que te despiertes bien de la anestesia y si estás bien no hace falta que estés aquí mas tiempo
-        Bueno,  se verá.

Juan se entretuvo mirando a los otros pacientes que no parecía que estuvieran preocupados porque alguien los vigilara y a los pocos minutos apareció el Médico. Era un hombre joven, con una bata blanca algo arrugada, pijama verde, fonendoscopio al hombro, pelo moreno algo despeinado, alto, sonriente y con prisas a tenor de la velocidad con la que pasaba por las distintas camas. Saludaba uno a uno a cada paciente por su nombre, mientras una enfermera le daba la historia clínica correspondiente. Pasaba las hojas con rapidez, escribía algo en cada una e inmediatamente pasaba al siguiente paciente.

-        ¿Qué tal Ana? ¿Cómo ha pasado la noche?
-        Bien
-        ¿Tiene dolores?
-        Solo si me muevo
-        Ya – el Dr. Lopez Yague, según constaba en el bolsillo superior de la bata, se puso el fonendo en sus orejas y con lentitud estuvo auscultando a Ana recorriendo la parte anterior de su tórax y después la espalda haciéndola respirar profundamente – está muy bien, no parece que esté operada de ayer. ¿Puede mover la pierna

Ana lo intentó con la ayuda del Médico moviendo un poco la pierna izquierda. El Doctor la animó a mover un poco más

-        Me duele – comentó Ana con un rictus de dolor
-        Ya lo se, pero no hay mas remedio. Nosotros hemos hecho nuestro trabajo y ahora le toca a usted. Tiene que intentar levantar la pierna para que no pierda este músculo – le señaló con el fonendo por encima de la rodilla – y como lo tiene que hacer, cuanto antes empiece, antes termina ¿de acuerdo?
-        Si
-        ¿Me promete que lo va a intentar?
-        ¡Que remedio!
-         Bien, entonces si me lo promete, creo que la pueden llevar a planta
-        Usted decide, Doctor.
-        Yo creo que si – el Dr. Yague – firmó unos papeles y devolvió la historia a la enfermera que la introdujo en un pequeño carro – Mañana nos vemos. Adiós
-        Perdone, Doctor – Juan se puso de pié – cuando se podrá ir a casa
-        No corra, caballero – el joven Médico le dirigió una sonrisa – en esto de la cirugía hay que hablar cada día y adelantar acontecimientos no sirve para nada
-        No, si yo solo era por hacerme una idea
-        ¡Que pasa! ¿que no puede vivir sin ella?
-        La verdad es que se hace muy duro llegar a casa y no encontrar a nadie
-        Yo le entiendo, pero no me atrevo a decirle cuando se irá, pero parece que es una mujer fuerte y si todo continúa igual, espero que en cuatro o cinco días pueda llevársela
-        Muchas gracias por todo, Doctor
-        Nada hombre, para eso estamos, vienen enfermos y procuramos que salgan sanos.
-        Y casi siempre lo consiguen
-        No se fié – al Médico se le notaba que estaba contento con la evolución – algunos dicen que se curan a pesar de los Médicos
-        Ya sabe el dicho popular ¡hay gente pa tó! – sentenció Juan

Una pequeña infección superficial en la herida quirúrgica obligó a Ana a permanecer casi quince días en el Hospital. Comenzó a realizar pequeñas movilizaciones, al principio en la cama y después la bajaban al gimnasio en silla de ruedas y daba pequeños pasos sujetándose en unas barras paralelas. Por la tarde, primero la siesta, luego con Juan  sentada en un sillón y así pasaban las tediosas horas del hospital. Cuando Juan llegaba a su casa, casi era de noche y sentado en la terraza veía pasar otro día sobre su piel,  a continuación una pastilla para dormir, un sándwich de jamón y queso, un vaso de leche caliente y así  hasta el día siguiente en que se levantaba tarde, comía en la tasca del pueblo, tomaba café en el bar que presidía la plaza y esperaba al taxi en la esquina de la calle principal para que lo llevara al Hospital y al atardecer vuelta a casa, sándwich, pastilla y otra vez a dormir cuando la noche se hacía la dueña de todo.

Una tarde y casi por sorpresa el Dr. Yague, después de explorar con detenimiento a Ana, le dijo que al día siguiente le daría el alta con la obligación de caminar todos los días una hora, ponerse unas inyecciones para evitar la trombosis venosa y caminar siempre con medias elásticas y la promesa la cumplió en cuanto pasó visita

-  Muy bien, Ana –el Médico le dio unos golpecitos pequeños en la zona operada – por fin, llegó el gran día. ¡Se puede ir a su casa! y en un mes la reviso en la consulta
- Muy bien – Ana se emocionó, sabía que ese día llegaría pero se emocionó como ya sabía que le iba a pasar – muchas gracias por todo
-  De nada y ya sabe, Ana, todos los días se agarra del brazo de Don Juan y a caminar ¿de acuerdo?
-  De acuerdo
- Si no le importa, pida hora a la secretaría y lo dicho, en un mes la espero y ya tiene que venir sin muletas
-  ¡Sin muletas!
-  Claro, no va a estar toda la vida de pareja con los bastones, ¿no le llega con esta pareja que tiene?
-  Hombre, Doctor, no me compare con unas muletas – Juan soltó una carcajada.
-  No se si lo será o no, pero desde luego si que tiene que contar con su ayuda
-  Eso está hecho.
-  Adiós – contestaron al unísono el matrimonio.