sábado, 12 de enero de 2013

LA ENFERMERA RURAL :CAPITULO 26 Y ULTIMO


 Queridos blogueros/as: ¡¡¡EL ULTIMO CAPITULO!!! pero no os preocupéis porque tengo mas cosas para que todos los fines de semana ir metiendo algo. De momento, llegamos al final de la Enfermera Rural y yo creo que el final, por supuesto esperado, yo creo que no queda mal, podía ser diferente, pero bueno, así lo escribí hace tiempo y así se queda. 
Espero que os guste y como siempre ánimo y a seguir leyendo porque debe ser por ser el último capítulo pero es bastante mas largo que el resto
Un abrazo
Tino Belas



CAPITULO 26.-

Desde aquel día en que Sofía apareció en el bar hasta ahora habían pasado nada menos que un año y pico y la relación entre Sofía y Mario, que empezó siendo una buena amistad acabó en un amor que les hacía pasar la vida disfrutándolo y que les llevó a compartir casa, buenos momentos y sobre todo a David, el hijo de Sofía, que no solo se había mostrado encantado cuando se lo dijeron si no que animaba a Mario a que se quedara a dormir muchos días. Al principio, eso se producía de manera esporádica y siempre con alguna excusa, como que se le había hecho tarde por jugar con David una partida de ajedrez, otro porque, bajo la luz de la luna, se estaba tan bien que nunca veía el momento de marcharse, en alguna ocasión porque David aparecía perfectamente uniformado de portero de fútbol y Mario se acordaba de su época de juventud lanzando chuts a una portería pintada en la pared y la mayoría de las veces sin motivo alguno. David se quedaba dormido y ellos aprovechaban para disfrutar de su amor.

El pueblo ante aquella situación se encontraba dividido. Por un lado estaban todos aquellos, generalmente los de menor edad, que les parecía bien. Eran jóvenes y no tenían ningún tipo de problemas y nada que les impidiera esa convivencia. Por otra parte la situación del niño era la ideal, había encontrado un padre y un amigo que compartía sus aficiones. Para otra parte de los habitantes del pequeño pueblo aquello era una golfería, una chica de la capital con un hijo, seguro que de soltera, encuentra chico con carrera y un buen puesto ¿se puede pedir más? Fueron muy criticados y pasaron meses hasta que Sofía pudo explicar, prácticamente de uno en uno, que solo les faltaba casarse para ser marido y mujer y que eso se produciría pronto. Todas esas habladurías se desvanecían como por encanto cuando ella lo explicaba con esa simpatía que irradiaba por todos los poros de su cuerpo y acababa convenciendo hasta a los más viejos del lugar que estaba feliz y eso era lo más importante. Por fin y con gran alegría por parte de todos y sobre todo de David se casaron en una ceremonia íntima, con presencia de tan solo una decena de familiares y así oficializaron una relación que ya duraba años. No tuvieron oportunidad de realizar un viaje de novios y la vida continuó prácticamente igual que antes.

Esperaban que el verano siguiente se dieran las condiciones para que los dos tuvieran las mismas vacaciones y poder hacer algún viaje, ella quería Italia, él París y el niño a Disney World, con lo que los dos sabían que acabarían en Estados Unidos porque el niño, que ya empezaba a ser un jovencito hacía con ellos lo que le daba la gana y conseguía todo lo que quería. También es cierto que David era un estudiante brillante, muy simpático y que generaba confianza a su alrededor, su profesor decía que tenía madera de líder y no parecía que fuera descaminado.

Mario se había convertido, por necesidades del servicio, en Director de la fábrica, trabajaba muchas horas, pero en cuanto tenía un minuto se acercaba a su casa para disfrutar de ella y si no era horario de colegio, también de David y ella compaginaba las tareas de ama de casa con su consulta. Le llevaba mucho tiempo, porque poco a poco se había ganado la confianza de prácticamente todos los habitantes del pueblo y había días que hasta se acumulaban seis y ocho pacientes en la sala de espera. Seguía haciendo curas para que los pacientes no tuvieran que desplazarse al pueblo de al lado para ser vistos por Don Antonio María y sobre todo ejercía su bien aprendida carrera de Psicología. Muchos de sus pacientes se habían vuelto completamente dependientes y cada quince días los tenía como clavos en la consulta para pasar una media hora de terapia.

Mario y Sofía constituían una pareja feliz, la vida les sonreía, tenían dinero, David no les daba ningún problema y eran muchas las noches en que sentados en el jardín cuando la luna rellena todos los rincones, daban gracias a Dios por haberse conocido. Mario quería tener un hijo y Sofía se resistía. Le parecía que David era suficiente y que un hermano podría traerle complicaciones.

Una mañana en que Mario estaba en la fábrica, sonó el timbre de la puerta de la calle, Sofía estaba pasando al ordenador una historia clínica de Doña Manuela, la mujer de Faustino, el de la tienda de ultramarinos, se levantó y al abrir se encontró con un niño que la insistía, tremendamente asustado, que fuera a su casa porque su abuelo estaba muy malo. Sofía se adecentó un poco el pelo, se puso una chaqueta y siguió al niño que corría hacia su domicilio. Mientras le seguía jadeante pensó que lo conocía de algo, pero no caía de quien sería hijo. Al doblar una esquina, el niño se introdujo en una casa y Sofía supo enseguida que se trataba de la casa del Alcalde. Aquel niño sería su nieto porque no tendría mas de diez años pensó mientras le recibió Carmela, la hija del Alcalde a la que había atendido en varias ocasiones. Era una mujer de mediana edad, morena, de grandes ojos, aspecto aseado y conocida de Sofía. No se podía considerar amiga porque no se lo habían propuesto, pero era de esas mujeres que se hacen querer. Compartían el mismo amor por el tiempo libre y por lo tanto estaban encantadas de vivir en un pueblo. Para la hija del Alcalde. María Gracia, no era ninguna novedad porque siempre vivió allí. Se casó, tuvo dos hijos, un marido bueno y trabajador y ella con esa vida veía cumplidas todas sus ilusiones. Tampoco pedía mucho a la vida, pero con lo que tenía le llegaba.

Durante el último año, un poco porque no le quedó más remedio y otro poco porque lo consideraba una obligación, tuvo necesidad de atender a su padre que padecía una enfermedad incurable, la soledad de la vejez. Estaba siempre acompañado, pero se consideraba un lobo solitario. Don Jacinto ya no se encontraba tan bien de salud y tenía las costumbres de los de su edad, habiendo abandonado aquellas compañías de chicas muy jóvenes a las que colocaba para satisfacer sus deseos, pero utilizando como tapadera el Ayuntamiento. Sofía que últimamente lo había visto muy poco, lo encontró francamente deteriorado. Don Jacinto, había engordado una barbaridad, estaba como hinchado, casi no podía articular ni una sola palabra y se limitaba a toser de una manera que mantenía la congestión. Sofía le tomó el pulso y sacando del bolso un aparato de tensión, se ajustó el fonendo por una parte a sus oídos y por otra al brazo de Don Jacinto que continuaba respirando con dificultad. Con leves movimientos, infló el manguito de la tensión y tuvo que repetir varias veces la determinación porque casi no se le notaba el pulso. Con gesto profesional, le abrió el pijama y le auscultó, primero por delante y luego por la espalda. Le levantó un poco la almohada para que respirara mejor, mientras María Gracia, su hija se le acercó lentamente

-  Se está muriendo ¿verdad?
-  Ya sabes que no soy Médico, pero está claro que está muy mal
-  Ya
-  ¿Cuántos años tiene?
-  Noventa y dos cumplió el mes pasado
-  Yo creo que lo mejor sería avisar a Don Antonio María y que el decida si se traslada o no.
-  No hace falta
-  ¿Por qué?
-  Porque no lo vamos a trasladar. Creo que lo mejor es que se muera en su cama ¿no te parece?
-  ¡Que quieres que te diga! Por una parte me parece una decisión perfecta, pero lo malo es que nadie puede saber cuando se va a producir el fallecimiento. Si supiéramos que es dentro de unas horas todos estamos de acuerdo, pero lo malo es si esta agonía se prolonga muchas horas o incluso días.
-  No te preocupes porque no eres tu la que decides y por lo tanto no tienes ninguna responsabilidad. Soy yo la que no quiero que se meta en un hospital porque – María Gracia se sonó ruidosamente – lo mismo lo meten en la UVI y ya me contarás para que queremos que mi padre viva mas. Desde siempre ha tenido una calidad de vida muy buena y ahora desgraciadamente la ha perdido y por lógica no la va a recuperar lo trate quien lo trate. Ya te digo que he hablado con mi hermano y está de acuerdo, o sea que lo mejor es no llamar a nadie y que se muera tranquilamente en su cama.
Lo que tu digas – Sofía miró a Don Jacinto que luchaba por respirar, le abrochó el pijama, le subió las sabanas y con mimo se despidió de que había sido su primer conocido en el pueblo.

María Gracia la hizo pasar al cuarto de estar y allí le ofreció un café que Sofía aceptó encantada. A los pocos segundos apareció con una bandeja en la que había bollería variada, un bizcocho partido, dos tostadas de pan recién hechas y un café humeante. Lo sirvió cuidadosamente en dos tazas y se sentó en un sillón. Sofía observaba la habitación y comprobó que en las paredes perfectamente enmarcadas se iba desarrollando prácticamente toda la vida de Don Jacinto. Al principio, el Ayuntamiento era una casa de pueblo con la bandera de España en el mástil correspondiente, con un Alcalde joven, que saludaba al Sargento de la Guardia Civil con el tricornio en su cabeza.  Continuaba con varias fotos de lo que deberían ser autoridades de la época inaugurando aquí una plaza, un poco mas allá la primera fuente municipal y en otra foto el lavadero que había sido la envidia de los pueblos vecinos. Don Jacinto montado en una especie de calesa para asistir como primera Autoridad a la Romería del Montico, una foto preciosa del primer Edil bebiendo de una bota de vino y varias rodeado de amigos y vecinos del pueblo. La inauguración del Consultorio también había sido fotografiada y allí estaban con sus respectivos sombreros de la época, Don Antonio María y Don Jacinto como lo que habían sido durante tantos años, dos amigos y curiosamente en la última foto estaba ella Sofía en la inauguración de su consulta, con el Alcalde, Mario su marido, una chica que no sabía quien era y David su hijo. ¡Que gracia! No conocía esa faceta del Alcalde y le pareció una iniciativa muy interesante. Presidía el salón un panorámica del pueblo hacía, mas o menos, cien años y otra reciente.
Maria Gracia, le señaló una

-  ¿Sabes quien es?

Sofía se levantó y la miró con detenimiento. Era una mujer joven, casi una niña, vestida de novia, una morena muy guapa con un traje blanco y un ramo de rosas entre sus manos

-  No, pero es muy guapa
-  Pues soy yo el día que me casé
-  Perdona ¡que tonta soy!
-  No te preocupes que no eres la única que no me reconoce
-  ¿Te casaste muy joven?
-  Tenía dieciséis años
-  O sea, una niña
-  Si, pero era lo que se llevaba en aquellos tiempos. Entonces a eso se le llamaba una boda de conveniencia. Ahora también, pero de conveniencia de los padres. Al mío le interesaba para recuperar unas tierras y al padre de Enrique, mi marido, para que su hijo asentase la cabeza y se le fueran esas ideas de emigrar a América y cosas por el estilo
-  ¿Y lo consiguió?
-  Mi padre si, pero el de Enrique no. Al cabo de un año mi marido se fue dejándome embarazada de mi primer hijo y volvió a los doce años.
-  Y mientras tú guardando ausencias que se decía entonces ¿no?
-  Claro ¿qué otra cosa podía hacer?
-  Pues no se, a lo mejor buscarte otro novio ¡yo que se!
-  Como se nota que nunca has vivido en un pueblo. Si se me hubiera ocurrido hablar con un chico, me linchan en la plaza. Además que mi marido, Enrique, no estaba desaparecido. Estaba en Argentina y una vez cada tres o cuatro meses recibía noticias de él en las que me decía que le iba muy bien y que pronto me mandaría unos billetes de barco para reunirme con él en Buenos Aires. Así durante doce años y un día, así como quien no quiere la cosa, hasta que un día  apareció por la puerta. Venía con un traje de lino blanco, un sombrero todavía más blanco, unos zapatos marrones con algunas zonas blancas y una sonrisa como si se hubiera ido de casa tres días antes.
-  Menuda sorpresa
-  Te lo puedes imaginar. Yo estaba con el delantal y no sabía que hacer.
-  ¿Estaba muy cambiado?
-  ¡Que va! Estaba igual, incluso yo creo que mejor porque el paso de aquellos años le había hecho sus facciones como mas duras y solo me acuerdo que nos fundimos en un abrazo y, como en las películas, me llevó en brazos hasta el dormitorio.
-  ¿Y no le dijiste nada?
-  ¡Que le iba a decir! Se le notaba que estaba feliz con volver a casa.
-  Aquello debió ser una notición en el pueblo ¿no?
-  Claro. Mi padre yo creo que se alegró más que yo y todavía se puso más contento cuando nos enteramos que venía con algunos ahorros y quería comprar algunas tierras.
-  Menos mal que por lo menos traía algo
-  No lo juzgues mal, Sofía, porque eso fue lo que hice yo y luego no me quedó más remedio que rectificar. Cuando se fue, se había propuesto volver con un  millón de pesetas de las de entonces y para eso trabajó como un animal hasta que lo consiguió y cuando lo tuvo en el bolsillo se volvió y eso que se podía haber quedado pero, según él, deseaba tanto verme que no pudo resistir mas y allí estaba.
-  Parece una novela de Corín Tellado
-  Es verdad, pero aquello que a mi también me pareció un poco exagerado, con el paso de los años me he dado cuenta que era verdad. Enrique me ha demostrado después que todo lo que hizo y sigue haciendo es por su familia
-  Total que estas tan enamorada como el primer día

María Gracia bebió lentamente el café mientras su mirada se encontraba fija en uno de las fotografías del cuarto de estar

-   Es muy difícil saberlo, pero yo creo que si. Desde luego es un hombre bueno y a mi me trata muy bien. Por ejemplo y para que veas que lo que te digo es verdad, en cuanto ha visto la situación de mi padre, lo primero que ha hecho es animarme para que nos viniéramos a vivir aquí y para él sería mas cómodo continuar en nuestra casa.
-  Está claro – Sofía se puso en pié – si te parece vemos un segundo otra vez a tu padre y me voy porque tengo todavía trabajo
-  Me parece muy bien.

Volvieron al dormitorio y allí estaba Don Jacinto debatiéndose entre la vida y la muerte. Tenía una respiración muy débil, sus ojos estaban cerrados y el único movimiento era el de su mano derecha trataba de doblar la sábana como si fuera un tic. Sofía volvió a tomarle la tensión y después de darle un pequeño golpe en la mano como señal de despedida, salió de la habitación.

-  Mañana a las diez de la mañana me acerco
-  Muchas gracias, Sofía. Te espero.

A  las diez de la mañana del día siguiente, Don Jacinto estaba prácticamente igual. Tensión muy baja, respiración entrecortada y aspecto de que fallecería en cualquier momento. Volvieron a la sala del día anterior, donde María Gracia le había contado aspectos íntimos de su vida privada, cuando entró como una exhalación el hermano que venía de Barcelona. Saludó con dos besos a su hermana, le dio la mano a Sofía y los dos pasaron al dormitorio. Sofía se levantó y observó una por una y con más detenimiento las fotos que se encontraban en la pared. Esperaría unos minutos y si la situación se prolongaba se volvería a su casa para dejar a los hermanos solos. Sin embargo, a los pocos segundos aparecieron los dos. El hermano lloraba amargamente mientras María Gracia trataba de consolarlo

-  Venga siéntate y te preparo un café

El hermano se dejó caer en un sillón. Así permaneció unos segundos y después comentó

-  Yo creo que deberíamos avisar a Don Antonio María
-  ¿Para que? – contestó rápidamente su hermana mientras le servía un café - ¿no habíamos quedado que era mejor que se muriera en casa?
-  No, no, eso está claro – el hermano se incorporó un poco en el sofá tomando la taza de café entre sus temblorosas manos – no merece la pena llevarlo al Hospital, yo lo decía porque Don Antonio María y nuestro padre son muy amigos desde hace muchos años y lo lógico es avisarle o por lo menos que lo sepa y si quiere venir que venga y si además le pone algo para que no sufra, mejor que mejor ¿no crees?
-  Bueno, como quieras

María Gracia recogió las tazas y las llevó hasta la cocina. Mientras tanto, Sofía permanecía en un discreto silencio tratando de respetar la intimidad de los hermanos y a los pocos minutos, en vista de que, María Gracia permanecía en la cocina y su hermano estaba como ensimismado, se levantó y se volvió a su casa pensando que en cuanto hubiera alguna novedad la llamarían. Así pasó la mañana y parte de la tarde y como nadie le había dado ninguna noticia, Sofía se acercó al terminar la consulta y allí estaba Don Antonio María, el Médico. Hacía más de un año que no se veían y Sofía lo encontró como más cargado de hombros y con aspecto menos juvenil que la vez que lo visitó en su casa. Se saludaron estrechándose las manos de una manera que podríamos definir como educada, pero fría mientras Sofía le mantenía la mirada preguntó:

-  Se me hace raro verle por aquí.
-  No se porque dice eso porque los Médicos, donde estamos habitualmente es en la cabecera de los enfermos y si encima es un amigo con mas motivo.
-  No, no lo decía por eso – Sofía sabía que el Médico seguía con su insistencia de no querer reconocer sus defectos y achacándole a ella que muchas familias se hubieran borrado de la iguala de la que disfrutaban hacía mucho tiempo -  probablemente sea una tontería, pero tenía entendido que la familia no quería avisarle para no tener  que llevárselo a ningún hospital.
-  Y eso que tiene que ver conmigo ¿me lo quiere explicar? ¿Está acaso insinuando que todos los enfermos que yo veo los mando al hospital?
-  No, no – Sofía no dejaba de mantenerle la mirada fija – lo que digo y usted sabe que eso es verdad es que este tipo de pacientes, en general, no son muy cómodos para los Médicos de Cabecera y los suelen mandar para que se mueran en un Hospital.
-  Por lo que veo sigue usted con su peculiar manera de entender la Medicina y continúa con su desprecio hacia la labor profesional de los Médicos
-  ¿Por qué dice eso?
-  Posiblemente sea debido a la mala suerte, pero las tres o cuatro veces que hemos coincidido en alguna casa o en algún otro sitio, siempre me parece que usted debe tener algo personal contra los Médicos porque dice cosas que naturalmente molestan y mas en mi caso que llevo cincuenta años tratando pacientes.
-  ¡Que quiere que le diga! Usted piensa así y yo bien que lo siento porque no es verdad, pero no puedo hacer nada.
-  ¿Seguro?
-  Completamente.

Don Antonio María recogía con parsimonia el recetario, el aparato de tensión y un termómetro que lo secó cuidadosamente y lo introdujo en una pequeña caja de madera. A continuación y mientras observaba por el rabillo del ojo como se encontraba aquella enfermera que había conseguido quitarle mas del ochenta por cien de las igualas. Todas sus cosas las metió en un pequeño maletín de cuero regalo por sus cuarenta años de profesión y lo depositó cuidadosamente en el suelo.

-  No quiero sacar a la luz otros casos que usted y yo sabemos, si no simplemente el que nos ocupa. Mi amigo Jacinto que llevaba casi tantos años de Alcalde como yo de Médico, tiene firmado conmigo un documento en el cual expresa como desea morir y usted ha influido para que ni me llamaran.
-  Lo siento, pero eso no puedo admitirlo porque no es verdad y usted lo sabe o debería saberlo
-  ¿No es verdad que usted habló con María Gracia y le dijo que no merecía la pena llevarlo a un Hospital?

Sofía hizo un gesto de desesperación como si otra vez se volviera a repetir algo que sucedía habitualmente

-  Fue exactamente al revés. Fue ella la que me comentó que no merecía la pena llevarlo a ningún sitio y que lo mejor era que falleciese en su cama y que era mejor no hacerle nada que prolongarle la vida de una manera artificial.
-  ¿Lo ve? No diga que no tengo razón porque usted misma lo acaba de confesar
-  Pero ¿yo que he dicho?
-  Usted parte de una premisa que naturalmente como usted no es Médico – esta última frase la recalcó Don Antonio María – no lo puede entender. Primero: si va a un Hospital no quiere decir que le prolonguen la vida artificialmente. Los Médicos no somos bichos raros y claro que nos enteramos de lo que tenemos alrededor y posiblemente en el caso de Jacinto no le prolongarían la vida artificialmente, como usted asegura, si no, y ahí está la diferencia entre usted y yo, que le ayudarían a morir como creo que se merece cualquier persona, sin dolor, relajado y rodeado de los suyos y no como se va a morir aquí, a no ser que usted le suministre alguna medicación en cuyo caso volvemos otra vez a la discusión de siempre y es que yo mantengo que usted se extralimita en el ejercicio de sus funciones y hace las veces de lo que no es.  
-  Pero
-  ¡No me interrumpa Señorita! Don Antonio María continuó con su discurso -  Segundo: ¿Por qué  sabe que Jacinto se va a morir? Ahora mismo presenta un cuadro de diabetes descompensada y es posible que con un buen tratamiento se pueda corregir y el paciente volvería a hacer su vida normal, pero es normal que usted eso no lo pueda saber porque no es Médico y aunque usted vaya por ahí presumiendo que sabe mucho, perdone que se lo diga, pero usted no sabe nada. Ve a un enfermo sudoroso, taquicárdico, con respiración entrecortada y rápidamente, igual que su hija, decide que se está muriendo y lo mejor es no hacer nada. ¿Sabía usted que Jacinto tiene un importantísimo problema de varices? Seguro que no, bueno pues las varices pueden provocar una insuficiencia venosa profunda y como consecuencia de ello aparecer un cuadro de tromboembolismo pulmonar y si ese cuadro clínico se trata pronto es posible que mi amigo Jacinto en diez o quince días esté como hace un mes, pero siempre y cuando no aparezca una enfermera que opine de lo que no sabe y retrase el tratamiento como ha ocurrido en este caso y tercero: suponiendo que la familia buscase responsabilidades por la muerte de su padre ¿Quién sería el responsable? Es evidente que yo no porque no he sido llamado pronto, ¿sería usted?  He terminado.

Sofía y el Médico estaban solos en el cuarto de estar de la vivienda habitual de Don Jacinto, Sofía permanecía atenta a los razonamientos de Don Antonio María y quería rebatirlo uno por uno. Ahora le tocaba a ella y necesitaba unos segundos para ordenar todos los argumentos que se acumulaban en su cerebro y trataban de salir atropelladamente por su boca. Por primera vez era consciente que el Médico tenía argumentos sólidos y tendría que rebatirlos punto por punto si quería que la situación no pasara a mayores. Sabía que era un momento muy importante para su continuidad como enfermera en el pueblo de una manera tranquila. Si no era capaz de convencer a Don Antonio María, seguro que ésta sería la gota que colmaría el vaso de la paciencia del Facultativo y acabarían en el Juzgado de Guardia.
Por enésima vez tendría que hacerle ver que ella no tenía nada contra nadie y menos contra un Médico, pero tampoco tenía dejarse que comer su terreno. Ella no sería Médico, pero era Enfermera y Psicóloga, esto último por la Universidad Central de Mali, pero era un título tan oficial como cualquiera y por lo tanto sabía de lo que hablaba.

Sofía trataba de mantener la calma y esta era la primera ocasión que posiblemente no le resultase especialmente difícil porque entendía el razonamiento de Don Antonio María.

-  Ahora me toca a mi ¿no?
-  Estoy esperando – El Médico apoyó la espalda en el sillón.
-  Bien – Sofía se puso de pié y se colocó en el centro de la habitación dispuesta a convencer a una persona que le había demostrado su enemistad en mas de una ocasión – lo primero que quiero que sepa es que yo no he venido a casa de Don Jacinto, a mi me llamaron. Hace dos días, estaba en mi casa tranquilamente después de comer y vino un nieto corriendo para que viniera a ver a su abuelo que, según él, se estaba muriendo. Eso es lo primero. Aunque no se lo crea fui yo la que le dijo a María Gracia que le llamara porque me parecía que el Abuelo estaba mal y debería verlo un Médico y mas sabiendo como sabe todo el mundo que Don Jacinto y usted son amigos desde hace mucho tiempo y fue su hija la que me dijo que no hacía falta porque ellos no querían que a su padre lo mandaran a cualquier hospital.
-  ¿Ellos?
-  Si, ella y su hermano con el que ya había hablado de cómo se encontraba su padre, según me dijo
-  Me extraña porque el hijo quiere que lo envíe a un Hospital
-  Posiblemente habrá cambiado de opinión, pero en cualquier caso, la situación sigue siendo la misma. Yo digo que le avisen y su hija dice que no. Es cierto que yo afirmé que el Abuelo estaba muy mal, para mí agonizando y para decir eso no hace falta ser Médico. Es suficiente con haber estado algunos años en lugares donde la gente se muere y se adquiere algo de experiencia, pero bueno, eso sería una cuestión marginal. Lo importante es que yo no opiné para nada si debería ser trasladado a un Hospital, lo único que dije es que a mi me parecía bien lo que decidieran y si ello preferían que se muriese en su cama, era una decisión suya y me parece muy respetable.

-  No es un coma diabético y usted lo sabe igual que yo y tampoco parece un tromboembolismo pulmonar, pero eso puede ser más discutible sobre todo sin tener unas radiografías recientes, pero de todas las maneras yo creo que, sea lo que sea, Don Jacinto está muy grave y esa es la pura realidad.

Sofía respiró profundamente y continuó con su disertación
-  No se si usted estará de acuerdo o no, eso es un problema suyo, pero en el caso de Don Jacinto, a su edad y con toda la patología previa que presenta, estoy segura que la elección de su familia de dejarlo en casa era la mas acertada. Diferente es que luego, posiblemente gracias a sus indicaciones, opten por otra cosa, pero que quede muy claro que a mi me dijeron que entre ellos estaban de acuerdo para que se muriera en su cama tranquilamente. Posiblemente le extrañe lo que voy a decirle, pero es lo que pienso y aunque quisiera no me podría callar – Sofía volvió a respirar profundamente - Claro que estoy de acuerdo en ponerle algo para que tuviera una muerte digna ¡faltaría más! Lo que ocurre es que aunque lo parezca, no tengo un pelo de tonta y se que usted me está esperando y en cuanto le hubiera puesto lo mas mínimo, seguro que en cuanto falleciera, yo sería la causa y acabaría en el Juzgado de Guardia ¿es verdad lo que digo o no?
-  Por supuesto – Don Antonio María, hasta el momento, mantenía la tranquilidad – pero eso es lógico. Usted no es quien para administrar nada a un paciente sin el visto bueno  del Médico y eso Usted lo sabe o debería saberlo.
-  Claro que lo se y por eso no lo hago, pero reconozca que tengo razón, solo le pido eso. Piense por un momento que Usted estuviera en la misma situación que su amigo ¿no estaría deseando que alguien le pusiera alguna inyección que le evitase sufrimientos? No me podría creer que dijera que no y si encima eso que le ponen le llevara a una muerte tranquila y relajada ¿se puede pedir mas?
-  Señorita: lo que Usted propone se llama eutanasia y en el juramento hipocrático que a todos los Médicos nos hacen jurar cuando nos licenciamos, uno de los puntos es mantener la vida por todos los medios a nuestro alcance.
-  Tengo la impresión que no me ha  entendido o que no me quiere entender ¡tanto monta, monta tanto! – Sofía trataba de armarse de paciencia – yo no estoy diciendo de ponerle  a Don Jacinto una inyección que lo lleve a la tumba, no, aunque tampoco me parecería excesivamente mal, no, yo lo que dicho es que algo que le ayude a bien morir estando relajado, sin dolores y perfectamente sedado, es algo a lo que yo me apuntaría ahora mismo, sin duda, pero ponerle una inyección letal eso ¿quién es capaz de hacerlo? Yo desde luego no.
-  Perdone Señorita pero al final no me he enterado si Usted le pondría o no una inyección letal
-  Sin el consentimiento por escrito y firmado por el paciente y corroborado también por un familiar, seguro que no
-  ¿Y yo no pinto nada en toda esta historia?
-  Por supuesto que si, pero primero el deseo del paciente, luego su consentimiento también por escrito y entonces por supuesto que le pondría lo que fuera, siempre que Usted me lo indicara y le digo mas – Sofía le señaló con su dedo índice -  le pondría los calmantes sin ningún remordimiento de conciencia porque estoy convencida que Don Jacinto me lo agradecería.

El Médico se levantó lentamente y se acercó a Sofía. Su expresión era confusa. Por una parte, estaba absolutamente de acuerdo con todo lo expuesto por ella, pero por otra no quería no debía dar su brazo a torcer y aquella ATS que apareció hacía algunos años en el pueblo, que se había dejado la piel por todos los vecinos, que se había entrometido, eso seguro, en su trabajo, a la que había criticado como nadie y con la que había mantenido profundas diferencias, ahora la veía como bastante mas razonable. Posiblemente sus amenazas habían surtido efecto y sin querer le respetaba mas. En pocos segundos había pasado de sentir por ella un profundo odio a considerarla más de lo que debería. Su forma de pensar  eran  las mismas que la de cualquier persona normal y aunque le costaba trabajo tenía que reconocer que tenía razón.

-  Señorita Sofía: Por una vez y sin que sirva de precedente debo reconocer que me ha convencido. No se si será porque se trata de uno de mis mejores amigos o simplemente porque Usted me ha hecho cambiar, el caso es que estoy de acuerdo en que el Señor Alcalde, para mi siempre será ese su cargo, se quede en su casa y sea Usted la encargada de aplicarle el tratamiento que yo le voy a prescribir. Con ello seguro que esta tarde o como mucho mañana por la mañana mi buen amigo Jacinto habrá fallecido.
-  Gracias por su confianza, Don Antonio María y humildemente le pido perdón si en algún momento he hecho o dicho cosas contra Usted. De verdad que lo siento porque nunca ha sido esa mi intención.

  Sofía le dio un beso y se alejó para que no se vieran las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

Don Antonio María envió a María Gracia a por unos inyectables a la Farmacia  y le entregó una nota con la dosis y duración del tratamiento.

El camino de regreso de Sofía a su domicilio fue alegre. Pensaba que, por fin, se había hecho justicia y que de una vez por todas y para siempre podría desarrollar su trabajo sin estar pendiente si debía hacer tal o cual cosa y siempre pensando en la posibilidad de ser denunciada por intrusismo. Por fin era libre y con ese pensamiento entró en el jardín de su casa y abrazándose a Mario, le contó con detalle todo lo sucedido, le dio un beso y con prisa pero sin pausa lo llevó hacia el dormitorio para consumar la felicidad que se había apoderado de todo su ser.

Mientras tanto Don Antonio María estaba sentado ante la mesa de su consulta escuchando música de Vivaldi y tratando de relajarse con la idea de rememorar todo lo ocurrido estos años atrás.  Abrió un cajón y de él extrajo  una vieja carpeta en la que desde siempre iba anotando las frases que le parecían más interesantes. Buscó lentamente y por fin, entre un montón de pequeños papeles, servilletas, recortes de periódicos  y todo aquello que le servía  para anotarlas, encontró la que estaba buscando. Era una frase que había leído en algún sitio y que decía “yo se que vivo entre dos paréntesis” Con la decisión tomada de cambiar y ser mas persona y menos Médico, cerró los ojos y soñó con un futuro mejor. Posiblemente Sofía tenía razón y se debería de ser mas atento con sus pacientes. El creía que los trataba bien, aunque también es cierto que nunca se ponía en su lugar y si se cambiara de silla en la consulta y se sentase en la de enfrente, justo poniéndose en el lugar del enfermo o de sus familiares posiblemente su manera de reaccionar fuera diferente y Sofía tendría razón.  Le parecía mentira que esa ATS listilla le hubiera hecho recapacitar e incluso cambiar, pero rectificar es de sabios y en la vida nada es eterno.

No llevaba ni media hora dormido cuando una llamada en su puerta le despertó. Su enfermera le anunciaba que había llamado de casa de Don Jacinto para comunicarle que el Sr. Alcalde acababa de fallecer.

Con ritmo pausado, se acercó a la casa de su amigo, la funeraria había llegado antes que él y el cadáver ya estaba en el centro de la habitación principal de la casa esperando la llegada de múltiples personas que le rendirían un homenaje merecido de cariño y gratitud. Estaba todavía caliente cuando el Médico le tomó la mano y se acordó de muchos momentos que había pasado juntos y  de la cantidad de veces que Jacinto, en los últimos meses, le había insinuado la posibilidad de llegar a un acuerdo entre él y la enfermera, a la que siempre llamaba “la madrileña desconocida”.

Desgraciadamente la situación se había solucionado, pero después de muerto y en su cara parecía reflejarse esa tranquilidad que le suponía el dejar zanjado ese  tema.

Sofía estaba recogiendo sus cosas en al fondo de la habitación  y cuando se percató de la presencia de Don Antonio María, se acercó y le explicó que había fallecido casi enseguida de haberle puesto la primera inyección. Debían de tener, los dos, la conciencia tranquila porque había dejado de respirar después de un suspiro algo más profundo y por supuesto sin ningún dolor.

Don Antonio María, la tomó de un brazo y se ofreció para acompañarla hasta su domicilio. Sofía buscó el bolso y  una pequeña mochila y salieron. Iban despacio paseando por la calle Mayor, ante las miradas sorprendidas de muchos de los vecinos que eran conocedores de los problemas entre ambos.

El Médico le iba recordando, uno a uno,  todos aquellos pacientes con los que habían tenido algún tipo de enfrentamientos y Sofía le iba explicando cual había sido su actuación en cada caso y tratando de demostrarle que nunca se había inmiscuido en su trabajo, aunque era consciente que algunas situaciones pudieran llevar a engaño.

-  Está bien, Sofía. – Don Antonio María se detuvo al llegar a la puerta del consultorio – Solo quiero pedirle perdón por todo lo sucedido. No voy a justificarme, ni mucho menos. Creo que me equivoqué y le ruego que me perdone.
-  Como puede suponer estoy encantada de haber aclarado todos estos asuntos que para mi tampoco eran nada agradables y yo también quiero pedirle perdón.

- Hasta pronto
- Que le vaya bien Don Antonio María!

Se despidieron con un beso y mientras se separaba Sofía pensó en aquel viejo proverbio chino que decía “es más fácil variar el curso de un río que el carácter de un hombre”  y sin embargo ella, por supuesto gracias a la intervención de Don Jacinto, lo había conseguido.


sábado, 5 de enero de 2013

LA ENFERMERA RURAL : CAPITULO 25




 Queridos blogueros/as: Casi sin darnos cuenta ya estamos en el penúltimo capitulo de esta novela y poco a poco todo se va aclarando.

Después de leer este capítulo me quedo con las ganas de cambiarlo porque me parece que se queda un poco como corto, pero me mantengo fiel a mis principios y lo copio tal cual.

Espero que os traigan muchas cosas los Reyes Magos, sobre todo salud que es lo único importante y que sigamos con la costumbre de un capitulo cada semana.

Un abrazo para todos/as

Tino Belas


CAPITULO 25.-

Por la mañana David se levantó, comentó con su mujer que posiblemente tendría que ir a la aldea de Somnuna a ver a un paciente y salió de la tienda. A partir de ese momento todo se desarrolló a un ritmo vertiginoso. David, no volvía y Sofía no tenía a quien recurrir. Era muy raro que volviera tarde y si alguna vez se había retrasado por la razón que fuera siempre se ponía en contacto con ella a través de la emisora de la Organización,  pero aquel fatídico día David no volvió.

La desaparición del Dr. Vázquez era motivo de gran  preocupación. Era un Médico con reconocido prestigio y tenía una buena reputación. A veces se oían comentarios en su contra, sobre todo porque utilizaba unos métodos absolutamente desconocidos para la mayoría de los habitantes de aquellas tierras remotas. Pero después de demostrar su sabiduría y sobre todo curar a muchos pacientes que acudían diariamente a su consulta, su relación con las diferentes tribus había mejorado notablemente, aunque para algunos todavía era un invasor, un blanco con dinero que iba a experimentar con aquellas gentes, en definitiva, un enemigo, un intruso que se dedicaba a importunar a los hombres con ideas revolucionarias sobre el trato a las mujeres, la asistencia al parto y cosas por el estilo

Ante la ausencia de David, el que era considerado por todos como el Jefe del futuro Dispensario,  fue Sofía como ATS y sobre todo como esposa del desaparecido la que tomó el mando de lo que había de ser una operación de búsqueda sin ninguna confianza en la obtención de resultados, mientras no tuvieran la información de alguien introducido en el ambiente del desierto. Fue aldea por aldea preguntando por su marido, sin obtener resultado alguna y cuando ya había perdido la confianza en encontrarlo, por un  paciente Sofía supo la llegada a la aldea de Trarthy de unos nómadas que habían dejado a un hombre blanco malherido en casa de uno que hacía las veces de curandero. No le podía decir si era David o no porque no había tenido oportunidad de verlo, pero tampoco eran tantos los hombres blancos que llegaban.

Sofía se subió a un jeep con el logotipo de Médicos sin Fronteras, ordenó a uno de los celadores que subiera con ella, entre otras cosas para que le hiciera de intérprete y abandonó el Hospital como alma que se lleva el diablo.

Fueron casi dos horas de viaje a través del desierto, por un camino que no había sufrido el paso de ningún vehículo desde hacía años, pero merecía la pena porque el premio sería encontrar a David. La entrada en la aldea estuvo precedida de varios niños que solicitaban alguna moneda con la mano extendida. Llegaron a lo que podría definirse como el edificio principal, un barracón de viejas paredes en el que destacaba el emblema de correos estatal y sentado en una silla con las piernas estiradas estaba un individuo de facciones duras, negro como un zapato, fuerte, con una camisa abierta hasta la cintura y un enorme collar del que colgaban infinidad de amuletos de diferentes colores. En su mano derecha un fúsil de los que antes se usaban para cazar mientras que su mano izquierda sostenía un vaso de grande, un brebaje que muy bien podría parecer un whisky. Tenía los ojos entornados pero veía mejor que nadie a la gente que llegaba, cosa que no resultaba especialmente difícil, sobre todo su tenemos en cuenta que por esos parajes eran pocos los que llegaban. Por otra parte, Sofía, con su piel blanca llamaba todavía más la atención. Por otra parte el Jeep de Médicos Sin Fronteras levantaba una nube de polvo lo que delataba su presencia desde varios kilómetros de distancia. Todos estos hechos habían sido el detonante para que prácticamente todo el poblado estuviera atento a su llegada. Sofía se bajó rápidamente del Jeep y cuando intentaba pasar para ver al hombre que podría ser su marido, se vio interrumpida por el que hacía las veces de guardián quien, con un  leve movimiento de su mano derecha, le impedía el paso.

-  Necesito ver al hombre blanco – Sofía trataba de salvar la barrera que suponía el brazo del guardia
-  No se puede pasar
-  Pero solo quiero saber si es mi marido
-  Te he dicho que no se puede pasar
-  Por favor te lo pido – Sofía no sabía que hacer para convencerle
-  Si no tienes permiso de Sujili no puedes pasar
-  ¿Dónde puedo encontrar a tu jefe
-  En aquella jaima de allí – el sujeto solo movió la cabeza indicando una tienda que se encontraba solitaria unos metros más allá.

Sofía se encaminó resueltamente hasta allí y no tuvo necesidad de llegar hasta la entrada porque antes apareció el que supuso que sería Sujili. Se trataba de un hombre mayor, con rasgos y facciones de morador del desierto, vestido con una túnica de brillantes colores, collares que le llegaban hasta la cintura y aspecto chulesco.

Extendió su mano derecha y obligó a Sofía a pararse a cinco metros de él.

-  No avances ni un paso mas, si no quieres que te mate

Sofía se quedó inmóvil sin saber que hacer ni que decir. El Celador que la acompañaba trataba de explicarle a voz en grito que no venían en son de guerra, si no simplemente querían saber si en aquella vieja choza que habían visto anteriormente estaba encerrado el marido de la española.

-  Solo quiere saber si está ahí – El celador señaló la choza.
-  Tiene que pagar por la respuesta
-  ¿Cuánto?
-  Ciento veinte mil
- ¿Dólares?
-  Si

El celador se lo explicó a Sofía y ella respondió con energía

-  Dile que no tengo ese dinero, pero que si es mi marido, mi Organización, Médicos Sin Fronteras, correrá con todos los gastos, pero primero tengo que saber si es él.
-  Está bien – El hombre se levantó con lentitud y con paso cansino se encaminó hacía la choza y a los pocos minutos volvió
-  Tengo malas noticias para ti. El hombre que tenemos encerrado no es tu marido, no es Médico, estaba de turista en el Desierto  y lo tenemos detenido en espera de que alguien pague un buen rescate
-  ¿Podría hablar con él? Solo será un minuto.

El que parecía el Jefe de los secuestradores hizo un gesto de impaciencia

-  Está bien, pero solo dos minutos.
-  Gracias
-  No me des las gracias, dame mejor tu collar y cien dólares

Sofía buscó en su bolsa, sacó los billetes, se los entregó sin contarlos y se encaminó a la choza.

El sol la deslumbró al principio y tardó algunos minutos en adaptarse a la nueva situación. Al fondo, un individuo sucio, viejo y con la angustia reflejada en todo su ser, extendía la mano en espera de una salvación.

Estaba convencido que había llegado el día tantas veces soñado de su liberación. A Sofía le tocó la desagradable tarea de sacarle de su error. En un inglés malo por ambas partes ella le explicó que no podía sacarle de allí y solo quería saber si conocía a su marido

-  ¿Al Dr. Vázquez? ¿El Médico español?
-  Si – Sofía no podía disimular su ansiedad – ¿lo ha visto?
-  Estuvo secuestrado conmigo aquí hasta hace tres días que falleció.

Sofía no parecía dispuesta a aceptar la realidad. Lloraba como una magdalena sin poder dominar sus emociones. Las preguntas se acumulaban en su mente y fluían por su boca como un torrente de agua

-  ¿Seguro que era él?
-  Si y usted es Sofía ¿verdad?
-  Si
-  El me habló de usted y de lo mucho que la quería. Me dejó el encargo que si me liberaban a mi primero, la buscase y le dijera que la quería y que estaba deseando verla, pero unas fiebres que el decía que eran tifoideas le fueron debilitando y hace tres días no pudo aguantar mas y sus últimas palabras fueron: no te olvides de localizar a mi mujer y decirla que la quiero. Después los guardianes vinieron y lo enterraron aquí al lado. Ayer por la tarde me dejaron ir a su tumba y le puse una cruz con su nombre grabado con la punta de un tornillo. Si quieres saber donde, sal y a la izquierda allí está.

Sofía se levantó, se olvidó por completo del hombre que le había suministrado toda la información, salió de la choza completamente destrozada, caminando muy despacio, pasó por delante del guardián que no hizo el menor movimiento por detenerla y unos pasos mas allá se dejó caer sobre un montón de tierra que cubría el cadáver del hombre que había compartido su vida durante años y al que había querido mas que a nadie. Lloró amargamente hasta que no pudo mas y con un “te quiero” y ayudada por el celador volvió a la aldea, llamó por teléfono a la Delegación, contó a una voz desconocida que había encontrado el cadáver de su marido y casi sin tiempo hizo el equipaje, se sentó en el jeep y siempre acompañada por el celador y sin apenas darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, se encaminó al aeropuerto con la única idea de dejar atrás, cuanto antes, Mali y aquellos últimos meses en el que habían ocurrido tantas cosas. Parecía un sueño, pero desgraciadamente era una realidad que tenía que afrontar.

sábado, 29 de diciembre de 2012

LA ENFERMERA RURAL : CAPITULO 24





 Queridos blogueros/as: Hace como dos horas escribí algo parecido a esto pero no lo he debido de hacer bien porque no sale por ninguna parte, o sea que si os encontráis el capitulo 24 por ahí, es que lo he enviado dos veces y pido perdón por ello.
Entonces escribía y me ratifico en lo dicho que, a pesar de los miles de correos electrónicos que recibo diariamente de mis múltiples lectores, no puedo cambiar el final de esta novela. El final es el que es y ahora no me voy a poner a cambiar todo. David tiene su destino que creo que se clarea en el próximo capítulo (quedan dos para que se acabe esta novela) y justo ahora mismo en el ordenata sale una linea que pone que se ha producido un error al guardar o publicar tu entrada. Vuelve a intentarlo. En fin, uno que es medio pariente del Santo Job, prefiero no escribir mas, no vaya a ser que salgan el mismo capítulo dos veces y entonces haría lo que vulgarmente se llama el gili y lo que sigue
Que el año 2013 sea bueno en la salud, que es lo único importante y un abrazo muy fuerte para todos
Tino Belas





 CAPITULO 24.-

El consultorio provisional seguía siendo un hormiguero de gentes que iban y venían, las madres con los niños a la espalda y los padres, los que tenían la suerte de poderlas acompañar, con todas sus pertenencias sobre sus cabezas. En la proximidades muchas familias se habían instalado con sus pequeñas tiendas de campaña hechas con restos de sábanas, mantas y planchas de madera, en la seguridad que, con el tiempo, una vez que estuviera construido el nuevo hospital habría alguna posibilidad de encontrar trabajo y cobrar algo de dinero con el que alimentar a tanto niño como correteaban por los alrededores.

La construcción del nuevo edificio se iba desarrollando según los planes previstos pero a velocidad africana. Los numerosos empleados se pasaban el día de aquí para allí, transportando maderas, palos, cemento y apilándolos cerca de la estructura principal para, cuando llegara el momento, comenzar de verdad con la obra. Para David esa forma de trabajar era una pérdida de tiempo como otra cualquiera, pero no era capaz de convencer a ninguno de los encargados. Estos continuaban a su ritmo y aunque la obra se retrasaba, de eso no tenía ninguna duda, pero mas o menos iba avanzando.

Todo cambió el día que el Gobernador de la provincia anunció su visita para dentro de un mes. Fue recibir la comunicación y como si una corriente eléctrica hubiera atravesado sus cuerpos, todos, absolutamente todos los trabajadores aumentaron su ritmo a una velocidad vertiginosa. Entonces ya no hacía calor, ni paraban después de una frugal colación, ni, por supuesto, dejaban sus tareas para rezar. Todo eso se acabó y hasta las noches se hicieron mas cortas.

Las columnas donde se asentaría el techo del futuro hospital las hicieron casi en un abrir y cerrar de ojos y ahora era David el que estaba agobiado porque cada medio minuto se le acercaba alguien para preguntarle si ponía mas de un cubo de cemento, si entremezclaban algún material metálico, si dejaban una zona sin poner ladrillos de adobe etc…etc..etc.

-        Y yo me pregunto – mientras atendía a un individuo de mirada huidiza - ¿para que coño están los encargados? Eso que te lo diga Luba que es el que lo sabe. Pero vamos a ver ¿esta gente no se da cuenta que estoy pasando consulta?
-        Tranquilo David – Sofía desde la mesa de enfrente le hacía señas para que se lo tomara con calma
-        Ya, ya – David le devolvía la mirada – si ya lo se que son como son y no tiene arreglo, pero yo no puedo hacer siete cosas a la vez, si paso consulta, paso consulta y si me dedico a constructor, entonces dejo la medicina y muy bien, pero las dos cosas es imposible.

Todas las noches, cuando teóricamente se terminaba la jornada laboral se reunían todos los responsables y discutían hasta altas horas de la madrugada los siguientes pasos a seguir, pero daba lo mismo porque al día siguiente los mismos iban a hacerle las mismas preguntas. A pesar de los malos humores de David, las noches sin dormir, algún que otro accidente que le costó mas de un dedo a alguno, la paciencia de Sofía que era la única capaz de calmarle, las formas de algunos de los encargados y mil cosas mas, el nuevo hospital se iba haciendo y por fin llegó el día de la inauguración.

Ese día si que fue maravilloso, todo el mundo estaba de buen humor, el sol no quiso perderse tan magno acontecimiento y brillaba con mas fuerza que la mayoría de los días. Los cientos y cientos de personas que se acumulaban por los alrededores se habían puesto sus mejores galas. Las mujeres lucían unas túnicas de vistosos colores que se completaban con unos pañuelos que adornaban sus cabezas. Multitud de tintes habían salido de los desvencijados baúles y se acumulaban en sus brazos y piernas a modo de tatuajes con innumerables propuestas hacia sus parejas, mientras los ojos demostraban la belleza interior que guardaban para la intimidad. Nunca se quitaban el velo que cubría su cara y aunque la ocasión lo hubiera merecido, ésta vez tampoco.

  Los hombres con sus chilabas blancas, sus barbas bien recortadas y sus babuchas con la puntera dorada formaban grupos compactos para presenciar el espectáculo que se avecinaba. La llegada de la máxima autoridad de la provincia siempre era un acto solemne y no tenían intención de perdérselo por nada del mundo.

La gente se desperdigaba por la explanada, a pesar de ser las primeras horas de la mañana y la llegada de la autoridad se estimaba que sería a la caída de la tarde, haciendo tiempo y tratando de buscar el mejor lugar para, pasadas unas horas, ocuparlo. El mercadillo estaba instalado desde el día anterior y todos los puestos se distribuían de manera uniforme y entre ellos como si se tratara de insectos avanzando por la arena se instalaban innumerables vendedores con toda clase de objetos que colocaban en el suelo, encima de unas sábanas blancas. Algunos, como queriendo imitar a los puestos oficiales, clavaban en el suelo unas estacas de madera que sujetaban otra sábana a modo de toldo para tratar de paliar, en lo posible, el intenso calor que a buen seguro iba a hacer durante todo el día. Tanto los puestos como los vendedores ocasionales seguían un orden riguroso de colocación y así, en el primer pasillo, todo era de alimentación y se mezclaban puestos de frutas con otros, por ejemplo, con pan recién salido de hornos o con diferentes puestos de especies con grandes sacos llenos de semillas de muy distintos sabores y olores, también había varios de pasteles típicos, una especie de buñuelos bañados en azúcar. Un poco mas allá y ya en un segundo pasillo, la ropa era la protagonista y miles de prendas de todo tipo se entremezclaban ofreciéndose a los posibles compradores. Una tercera zona estaba dedicada a los utensilios para la casa y allí se acumulaban desde platos, tazas, cucharas de todos los tamaños, juego de te con dibujos grabados en oro hasta grandes ollas para preparar las comidas típicas y por último haciendo un círculo para trata de cerrar el mercadillo, se encontraban los animales domésticos y en ese lugar se podía comprar desde un camello lustroso hasta una iguana, pasando por ovejas, cabras, conejos y otros muchos. Las transacciones eran casi siempre trueques, yo te doy tres ovejas y tu me das una tetera con sus correspondientes vasos  una alfombra y tres chilabas. Si se llegaba a ese acuerdo, ambos, vendedor y comprador abandonaban su puesto, compraban lo estipulado donde fuera y se volvían a sus lugares primitivos.

Alrededor de la zona puramente de mercadillo, había como un circo gigante donde las actuaciones se multiplicaban por doquier. Magos con sus varitas haciendo desaparecer cartas de una baraja, cabras que trepaban por unas sillas al son de la trompeta de sus dueños, contorsionistas de torso desnudo que realizaban impresionantes ejercicios de acrobacia, unas señoras sentadas en pequeñas banquetas que te invitaban a acercarte para tratar de adivinar como iba a ser tu futuro, unos monos que hacían las delicias del círculo de espectadores haciendo monerías, unas odaliscas bailando la danza del vientre al son de un estridente sonido emitido por su amo y señor que entre actuación y actuación, las ofrecía en venta como si fueran animales y eso si, si querían conocer su calidad solo tenías que pasar detrás de una amplia cortina para que exhibieran privadamente sus encantos.  Llamaban poderosamente la atención una especie de charlatanes que vendían objetos cortantes como navajas, cuchillas de afeitar etc que para convencer a los posibles compradores cortaban distintas frutas lanzándolas al aire y atravesándolas con esos objetos haciendo gala de una habilidad increíble. El número final era un camello con cuatro jorobas al que los niños se subían por un módico precio disfrutando de tan extraño ejemplar.

David y Sofía también hacían uso de sus mejores galas para recibir al Sr. Gobernador y después de recorrer todas las instalaciones del nuevo Hospital con detenimiento para comprobar que todo estaba en orden, se paseaban por el mercadillo como dos extranjeros mas. David con impecables pantalones blancos y una camisa azul marino y Sofía con una blusa ancha que le llegaba casi hasta las rodillas haciendo evidente el estado de buena esperanza del que ya llevaba casi seis meses y el conjunto finalizaba  con  unos pantalones vaqueros y un pañuelo anudado en la nuca.  A cada paso eran saludados por algunos que habían sido sus pacientes que les ofrecían diferentes productos para comprar a lo que ellos se negaban con una sonrisa.

Cuando el sol estaba dando sus últimos rayos apareció la caravana del Sr. Gobernador compuesta por ocho o diez jeeps a cual mas grande, dos camiones repletos de soldados con las armas dispuestas para defender a su Jefe y otros seis camiones con comida para distribuir entre todos los presentes. La gente se arremolinaba su alrededor y tardaron varios minutos en llegar a la entrada del nuevo Hospital donde le esperaban, constituyendo una larga fila, el alcalde del pueblo, varios de sus ediles, David y Sofía y media docena de futuros empleados del hospital. El Sr. Gobernador pasó revista a los presentes y se detuvo especialmente con Sofía a la que preguntó por su embarazo y esperaba que la estancia en su país fuera agradable para ella y beneficiosa para todos sus pacientes. A continuación giró una breve visita por algunas de las instalaciones y en menos de una hora estaba sentado en su jeep dando órdenes para volver a la capital.





Cuando David y Sofía volvían a su casa, con la inmensa negrura del desierto haciéndoles compañía y mientras que los animales nocturnos  se disponían a dar su paseo diario, Sofía notó un extraño movimiento en su barriga. No dijo nada hasta llegar a su tienda, pero nada mas entrar fue lo primero que le comentó a su marido. En cuanto ella le contó sus extrañas sensaciones un David emocionado la ayudó a tumbarse en la cama y le faltó tiempo para tumbarse al lado de ella mientras hacían planes para el futuro

-  Si ya empiezas con molestias, el niño tiene que nacer aquí
-  Me da un poco de miedo
-  ¿Por qué?
-  Hombre porque esto está como está y no se si reunirá las condiciones para que nazca nuestro hijo
-  Yo estoy seguro que si, ten en cuenta que te quedan por lo menos cuatro o cinco meses y en ese tiempo el Hospital  tiene que esta funcionando a pleno rendimiento.
-  ¿Te has parado a pensar quien va a ser mi matrona?
-  Yo no, pero vete pensándolo tu y empieza a enseñar a una. De todas las maneras y tú lo sabes porque has venido conmigo, hay muchas veces que no hace ninguna falta que esté ninguna comadrona. Lo malo es cuando el parto se complica, entonces no hace falta una, sino tres o cuatro
-  Esperemos que no sea necesario. Mira – Sofía notaba en ese momento el movimiento del niño – pon una mano aquí.

David la puso encima de Sofía y notó como si el niño quisiera agarrarle la mano

- ¡Que bien se nota como se mueve!. Creo que tiene un buen pepino
-  Será que sale a su padre – rió Sofía
-  Mejor para él y ¿sabes lo que te digo?
-  Dime
-  Que estoy deseando que el niño salga de una vez para que se junte conmigo y sacarlo a dar un paseo.
-  Todo se andará. Vamos a dormir que mañana nos toca trabajar de lo lindo.

Abrazados y pensando en el niño que nacería en cuatro o cinco meses se quedaron completamente dormidos. A la mañana siguiente y casi cuando ni siquiera habían abierto los ojos, un extraño personaje llamó su atención. Era un negro, alto como una palmera, enjuto, con ojos de lince, labios como infiltrados con silicona, manos demasiado ágiles para tratarse de un nómada, vestido con una chilaba blanca como las nubes que se divisaban a lo lejos. Al verlos como se movían se inclinó ceremoniosamente y juntando ambas manos se ofreció como su criado y para todo lo que quisieran.

-  ¿Cómo te llamas? – le preguntó David
-  Me llamo Julem, Señor, pero mis amigos me llaman Jul
-  ¿Quién te ha mandado aquí?
-  El Jefe, señor. Dice que los extranjeros deben ser  los mejor atendidos de  toda la aldea.
-  ¿Has preparado tu todo esto?
-  Si, mi Señor y si quieres puedo preparar mas cosas.
-  No, si esto ya es una barbaridad.
-  Para soportar el día hay que comer y después trabajar. Si no comer, tú no poder trabajar.
-  Bien, luego hablamos.

Jul o como se llamase aquel individuo se retiró después de pasear su mirada por toda la tienda. Sofía captó aquello y sin saber porque y sin tener ninguna razón, aquel hombre no le gustó. Mientras daba vueltas a su cabeza que había hecho aquel negro de buena  presencia para merecer su desconfianza, Sofía intentó levantarse y se dio cuenta del terrible dolor de cabeza que padecía. Todo le daba vueltas y se sentía incapaz de levantarse

David terminó su aseo personal y cuando se estaba vistiendo le  preguntó si se iba a levantar

-  Te lo juro David que aunque quisiera levantarme me resulta imposible.
-  No te preocupes, quédate en la cama que Jul cuidará de ti.
-  ¿De veras puedo quedarme?
-  ¡Como no! Ho y es jueves y tocan vacunaciones que las puedo hacer yo solo perfectamente, o sea que no te preocupes de nada. Duérmete y descansa que te vendrá muy bien. De todas maneras yo volveré pronto.

La tapó con la sabana, le puso la mano en la frente para valorar si tuviera algo de fiebre, le dio un beso y se marchó tranquilamente. El ruido del motor al arrancar el jeep y el paso de las ruedas por delante de la cabaña le indicaban que David ya iba camino del Dispensario.

Sofía se quedó profundamente dormida y al cabo de tres horas, estiró un brazo y al hacerlo se dio cuenta que alguien le tomaba la mano. Se despertó sobresaltada y allí estaba Jul tratando de tranquilizarla, Lo ofreció un te moruno que ella bebió con auténticas ganas y al poco notó como Jul se sentaba al pie de la cama. Sofía no sabía como interpretar aquel gesto, si como una prueba de confianza hacia su persona o una intromisión en su vida privada. ¿Que buscaba? Desde el fondo de la cama y sin hacer ni un solo movimiento la miraba con una mirada en la que se confundía el servilismo con el odio. Estuvieron mirándose más de un minuto y al final fue Jul el que rompió el silencio

-  Pareces una mujer muy valiente.

Sofía seguía mirándole atentamente sin retirar su mirada tratando de entrar en su personalidad. Tengo que parece dura y que no se de cuenta que estoy muerta de miedo porque si no, estoy perdida.

-  En Mali las mujeres ni pueden ni deben  mantener fija la mirada en un hombre.
-  ¿Por qué?
-  Por que aquí eso se interpreta como un deseo sexual de la mujer
-  Dos cosas – Sofía se levantó y se colocó una bata las de quirófano pero puesta al revés – Primero, yo no soy malí o sea que nadie interprete mal mis palabras o mis gestos. Segundo estoy embarazada de casi cinco meses y no tengo especialmente ganas de nada relacionado con el sexo, o sea que en mi caso te has confundido.
-  Muy bien, Señora. Yo estoy aquí para servirla en todo lo que necesite y nada más.
-  Si, pero me molesta tener a alguien todo el día mirándome como si fuera un bicho raro. Soy una persona normal y necesito mi espacio para desarrollar mi libertad y contigo a un metro de mi, eso es imposible, o sea, que retírate y cuando necesite algo ya te llamo.
-  Sus palabras son órdenes para mi – Jul se levantó, recogió el te y salió lentamente de la tienda no sin antes dirigirle una mirada a Sofía que en ese momento se agachaba para recoger una prenda de vestir. A continuación, estiró un poco la colcha y se sentó a leer. Era una memoria basada en las vidas de las mujeres que le habían precedido en Mali y por lo que sacaba en conclusión, ninguna había estado por aquella zona por considerarla peligrosa. El valor de la vida en aquella región abandonada, a cientos de kilómetros de la capital era nulo y el de la mujer no era ni nulo, no era absolutamente nada. Debería cuidar de un marido impuesto por la familia, darle de comer y satisfacer todos sus apetitos fuera lo que fuera. Solían ser mujeres muy jóvenes, algunas veces niñas a quien el padre las vendía por un par de ovejas y quienes tenían todos los hijos que su marido quisiera. Mujeres que a pesar de todo, destilaban alegría por todos los poros de su cuerpo, sabían que si llegaba el marido y deseaba acostarse con ellas, no tenían más remedio que aceptar y lo llevaban lo mejor posible. Entre otras cosas, era la educación que habían recibido.

David volvió pronto, bastante antes de lo que pensaba. Comieron juntos y después se sentaron en el suelo de una duna cercana al poblado, pero suficientemente apartada como para que nadir pudiera oírlos.

Sofía apoyó la cabeza en el hombro de su marido como hacía siempre que se encontraba nerviosa

-  ¿Qué te pasa, Sofía?
-  Estoy preocupada, nunca me había pasado hasta ahora, pero desde que estoy aquí y cada vez que te vas, tengo miedo
-  Pero ¿Por qué? ¿Has notado algo raro?
-  No te puedo decir el que, pero no me gusta. El ambiente está como enrarecido. La gente es muy amable, sobre todo, las mujeres, pero hay algo que no termina de convencerme
-  No lo se – David no tenía esa sensación – es posible que tenga que pasar un tiempo para que te acostumbres y te vayas haciendo a todo esto.
-  ¿A ti no te da miedo el desierto?
-  No especialmente.
-  Pues a mi si, no me gusta ver un paisaje cambiante, infinito, siempre igual y siempre tan distinto. Todo es raro, un calor terrible mientras que el sol está en lo alto del cielo y un frío tremendo en cuanto sale la luna.
-  En eso tienes razón, pero también en Galicia llueve y no por eso la gente se deprime.
-  Si, pero yo aquí estoy deseando que se termine el Dispensario para tener algo que hacer. Por lo menos, mientras que ves a algún paciente, pones alguna inyección u organizas algo, se te va pasando el tiempo, pero estar mano sobre mano es una cosa que me come los demonios.
-  En eso tienes razón y espero que en unas pocas semanas ya tengamos sitio y puedas empezar a hacer cosas.
-  Ojala.
-  Venga, vamos a hablar de cosas serias – David le puso la mano en el regazo de Sofía - ¿Cómo va el niño?
-  Como siempre, yo creo que este niño va a salir futbolista porque da unas patadas de miedo.
-  ¿Te duele algo?
-  No, la verdad es que no, quizás una pequeña molestia pero muy soportable.
-  Jul ¿Te trata bien?
-  Si, pero me parece un tío extraño. Me parece que no es de fiar
-  ¿Quieres que le diga algo al Jefe?
-  No, hombre, tampoco es para tanto.
-  Como quieras. – David la acercó hacia si y la besó en los labios – vamos a la tienda que parece que empieza a hacer un poco de frío, ¿vamos?

Estuvieron en la tienda cerca de una hora, salieron a dar una vuelta por los alrededores y cuando se puso el sol, David se quedó dormido, mientras Sofía trataba, a través de la tela de la tienda, saber los movimientos de Jul. Cuando el silencio se hizo el amo de la noche, se levantó y observó como su supuesto criado limpiaba un revolver que volvió a guardar entre sus ropas y envuelto en una manta y cerca del fuego se quedó dormido mirando a las estrellas. Sofía se volvió a la cama y trató de explicarle a su marido que el criado tenía un arma, pero la única respuesta que recibió fue un profundo ronquido de David que le hizo desistir de ninguna explicación.