miércoles, 29 de julio de 2020

Así fue y así pasó Capitulo 33


CAPITULO 33.-

Aquella época la recuerdo como muy feliz. Encontré un apartamento en las proximidades del barrio de Chelsea, una zona residencial muy tranquila y allí comencé con Cristina una nueva vida. Lo primero era buscarle un trabajo. Por aquel entonces, el Sr. Chesterplace era el Presidente de la Fundación de la Clínica Privada en la que yo había entrado como Médico de guardia hace un montón de años y que desde hace dos años me habían nombrado Director Médico y dio la casualidad que un mes antes un anatomopatólogo se había jubilado y aunque parecía que podría ser una plaza a extinguir, el Sr. Chesterplace con el que me unía ya una verdadera amistad desde que atendí el parto de su hija, consultó el curriculum de Cristina, le pareció adecuado y dio su conformidad para que, mi compañera por aquel entonces, ocupara ese puesto y por si fuera poco no de una manera eventual, como se hacían todos los contratos en la Clínica, si no con carácter permanente con lo que al mes de llegar a Londres Cristina ya tenía un trabajo fijo, con un buen sueldo y un horario razonable y encima en la misma Clínica que yo ¿qué más se podía pedir?
Por la mañana íbamos juntos en mi coche, comíamos en la cafetería de la Clínica y por la tarde ella se volvía casi todos los días andando mientras que yo continuaba, como siempre, ayudando al Dr. Taylor unos días en su consulta privada y otros en el quirófano. Con las bromas llevaba más de diez años siendo su ayudante, su mano derecha, su hombre de confianza y bien que me lo agradecía pagándome magníficamente y por si todo eso fuera poco, me permitía tener mis propios enfermos privados, cosa nada habitual para un ayudante aunque el número de ellos era muy escaso, entre otras cosas, porque yo era el primero que no me parecía oportuno. Tenían que ser casos excepcionales para que los aceptase, porque, me gustara o no, yo era el primer ayudante del Cirujano Plástico de la Clínica.
En aquella época la situación para mí era la ideal, por la mañana era el Director de la Clínica, tenía mi secretaria, mi despacho y no excesivos problemas y por la tarde trabajaba con el Dr. Taylor en la misma clínica con lo que si había algún problema me llamaban y en menos de un minuto estaba en mi despacho resolviendo alguna cuestión urgente. Entonces y aunque estuviéramos en medio de una cirugía el Dr. Taylor se arreglaba con la Srta. Celin, su enfermera de toda la vida. La situación era perfecta para ambos porque a mi jefe en la cirugía no le parecía mal que resolviese los problemas de la Clínica y la Clínica estaba encantada por el hecho de tener a su Director de manera casi permanente atento a su cargo y yo ¡para que decir! mataba dos pájaros de un tiro, tenía dos sueldos y como se suele decir en estos casos era mas feliz que una perdiz. Por si todo esto fuera poco, Cristina, mi compañera ganaba un buen sueldo y aunque teníamos una clarísima declaración de separación de bienes vivíamos francamente bien y poco a poco nos íbamos adaptando el uno al otro.
Tenía muchas ventajas, pero también algunos inconvenientes porque con Cristina no iba a muchos eventos porque casi siempre estaba cansada. Podría haber ido solo y continuar con mis buenas relaciones con la alta sociedad londinense, pero no me parecía oportuno. De hecho, alguna vez que acepté ir a alguna cena de las que organizaba mi Clínica a las que no tenía mas remedio por razones obvias, siempre discutíamos a la vuelta en el coche porque la mujer del Lord fulano era completamente vacía y parecía no querer enterarse que su marido era un golfo de cuidado, lo sabe todo Londres, menos ella, fíjate si será simple que lo se hasta yo que se puede decir que no salgo de la clínica y encima no vivo en su ambiente. Yo trataba de darle la razón pero siempre tenía que poner por delante mi cargo de Director y que yo también lo sabía pero no tenía mas remedio que aceptarla como era.

-          Pues por eso siempre te digo que vayas tú solo y le aguantes todo lo que sea, pero yo prefiero quedarme en casa viendo la tele o estudiando algo ¿no crees?
-         No te preocupes Cristina que a todo se acostumbra uno – le comentaba yo tratando de mantener la calma. También a mi me pasaba igual cuando comencé a ir a esas cenas, pero con el tiempo no son tan aburridas.
-         Espero que eso no me pase – me respondía ella – porque eso supondrá que me he vuelto tan vacías como ellas
-         Bueno, bueno, no te pongas así que de momento no tengo más eventos a la vista.

Eso se lo decía para terminar la conversación, pero sabía de sobra que en muy pocos días habría mas cenas porque aunque no le pareciera del todo bien, eso formaba parte de mi trabajo y tenía que aceptarlo como era. Por lo demás tengo que reconocer que nos veíamos poco, si que vivíamos bajo el mismo techo, pero yo llegaba todos los días tardísimo, cenaba algo y enseguida me metía en la cama.  Los fines de semana nos íbamos a una casa que había comprado en la playa y allí si que disponíamos de muchas horas de intimidad, a pesar del teléfono que no paraba de sonar para consultarme pequeñas cosas de la Clínica y que desde mi lugar de descanso podía resolver con cierta facilidad. Además, la Clínica, por supuesto con mi consentimiento, había nombrado nuevo jefe de urgencias al hijo de un conocido empresario londinense que se movía muy bien entre los pacientes que acudían a la Clínica y me ahorraba bastante trabajo.

Cristina era una mujer muy preparada para su labor en la Clínica como anatomopatólogo y aunque tenía su genio lo sacaba a pasear en muy contadas ocasiones, le gustaba la decoración y perdía horas y horas leyendo revistas y estaba al tanto de todo lo que se llevaba. También recuerdo que era una excelente cocinera y siempre me llamó la atención no solo el sabor de lo que hacía si no sobre todo la presentación. Era muy frecuente oírla decir que los buenos comedores tienen que tener buen estómago, si no y además también buena vista. Tengo que reconocer que los principios siempre son un poco difíciles pero a pesar de todo nos llevábamos muy bien con nuestros momentos de relajación en la playa, dábamos interminables paseos, hablábamos de todo y como era muy aficionada a leer, me enseñaba los libros que tenía en su mesilla y me hacía una especie de resumen de cada uno de ellos una vez que los había terminado. Era muy amiga, sobre todo, de los ensayos y si que es cierto que invertía muchas horas en la lectura y no tenía mayor interés en salir. Casi siempre a última hora de la tarde preparaba alguna cosa y nos sentábamos en el porche a ver anochecer. El silencio era lo mejor y mientras la penumbra nos iba envolviendo, muchos días recordábamos nuestros primeros días después de conocernos y reconozco que éramos felices.

Una de esas noches en las que estábamos disfrutando de los últimos rayos de sol, con un gin tonic en la mano me preguntó

-         Andrés, ¿cómo se te ocurrió comprarte una Harley a tu edad?
-         ¿Me estás llamando viejo?
-         Estarás de acuerdo conmigo en que no eras ningún chaval
-         Posiblemente tengas razón, pero yo siempre he tenido moto, nunca una grande, pero tenía ese gusanillo de asistir a alguna concentración motera, no se muy bien porqué, pero desde siempre tenía esa ilusión y estando en Madrid en aquel año sabático que te conté, surgió la oportunidad y ya está. Luego vino el tema de aquella famosa excursión a Segovia donde nos conocimos y aquí estamos ¿qué te parece?
-         No – ella me miraba desde su butaca – si yo estoy encantada pero me extraña porque todos los que tienen una moto como la Harley son, o somos, como un poco especiales y tú de especial no tienes nada, eres más bien un tipo de lo más clásico
-         No me digas ¿tú crees que soy un tipo clásico? Si que es cierto que de joven no era muy loco, no tuve ninguna aventura de esas que tú llamas locas, pero tampoco era un monaguillo
-         Hombre ya me imagino, pero por ejemplo yo con dieciocho años ya iba a “los pingüinos” con una pandilla de moteros de Barcelona y lo pasábamos genial 
-         ¿Ibais desde Barcelona a Tordesillas en pleno invierno?
-         Ves como tú eres distinto – Cristina se levantó, me dio un beso y se quedó mirando la puesta de sol – pues claro que íbamos en moto y entonces no había los trajes calefactados como ahora.
-         No lo digo por eso - yo también sonreí recordando aquella época – lo digo porque yo entonces era cuando tenía una honda Yupy que era el no va mas en Madrid. Era de noventa centímetros cúbicos y para mí era de lo mejorcito, por no tener no tenías ni que cambiar y es mas – todavía recordaba con nostalgia aquellos años de motero principiante – para mí que andaba más de lo necesario.
-         Tú nunca has sido de esos que les gusta darle al acelerador, por lo menos desde que yo te conozco
-         Eso es verdad, ten en cuenta que soy Médico, he pasado muchas horas de mi vida en la Urgencia y por desgracia he visto bastantes accidentes de moto unos por su culpa y otros no, pero la realidad es que en una moto el parachoques eres tú.
-         Sin duda, eso no creo que ningún motero lo niegue, pero la sensación de velocidad, el sentirte libre por una carretera, a veces te hace ir más deprisa de lo permitido, pero no te creas que mucho más porque las Harleys no son para correr son para disfrutar de una vida diferente. No hace falta que seas un loco de la velocidad, yo creo que no, pero si que tienes que ser un poco alocado en tu vida y si no mírame a mi.
-         Lo mejor que me ha pasado en mi vida ha sido conocerte - me levanté y puse mis manos en sus hombros – y si llego a saber que nos iba a unir esa moto me la hubiera comprado cuando tenía cinco años
-         ¡Exagerado!
-         Tú no sabes, porque no te lo puedes ni imaginar, lo que significas para mi. Tengo que reconocer que tuve la suerte de conocerte en un momento bastante difícil de mi vida, estaba, para que negarlo, un poco desorientado, se podría decir aunque suene algo cursi que me encontraba parado en un cruce de caminos y no estaba muy seguro de cual sería el mejor para continuar mi vida y ahí apareciste tú ¿te acuerdas?
-         Claro que me acuerdo ¡como se me va a olvidar! Y eso si que se puede decir que fue el destino porque estuve a punto de no ir
-         ¿Y eso?
-         No se – Cristina se quedó unos segundos absolutamente quieta – ir a Madrid a una reunión con una gente con la que no tenía excesiva confianza y con los que había salido en La Coruña muy pocas veces, se puede decir que no los conocía de nada y luego ir a Segovia sabiendo que al día siguiente tenía guardia y no podía faltar, no se, la verdad es que tuve mis dudas
-         ¿Y supongo que ahora te alegras?
-         ¿Tu que crees? – Cristina abandonó se acercó lentamente y me besó en la boca como si fuera el primer día. Por unos minutos permanecidos abrazados sintiéndonos muy a gusto.
-         Lo que no te he dicho nunca es que el que estuvo a punto de no ir fui yo
-         Eso no me lo había contado
-         Ya lo se, pero te lo digo ahora. A la pandilla de tus moteros dices que los conocías poco, pero yo a los míos no los conocía de nada y encima te tengo que confesar que dominaba bastante poco la moto, de hecho me la había comprado muy pocos días antes y estuve en un tris de no ir
-         Estas son las cosas del destino ¿no te parece?
-         Supongo que si – dejé el gin tonic y sonreí abiertamente - ¿quién me iba a decir a mi que me iba a encontrar contigo?  
-         La vida a veces nos sorprende y en cualquier curva aparece algo nuevo y diferente.
-         Absolutamente de acuerdo, pero también es cierto que para eso ocurra hay que estar en la curva que dices tú en el momento justo y a la hora exacta y eso fue lo que nos pasó a nosotros.
-         Si yo no hubiera ido ¿cómo sería ahora tu vida?
-         No tengo ni idea – volví a besarla lentamente mientras que el sol estaba ya durmiendo y había dejado de suplente hasta el día siguiente a una luna llena que nos ayudaba a vernos – sabe Dios. Por lo pronto seguro que ya no tendría moto, tendría mucha menos ilusión que la que tengo, trabajaría supongo que lo mismo, vendría por esta casa mucho menos porque contigo estoy muy bien, pero solo sería bastante aburrido
-         Alguna de esas de tus clientas de la alta sociedad seguro que se apuntaría a hacerte compañía.
-         No es por presumir, pero posiblemente fuera así aunque de manera diferente porque el placer que se siente cuando se quiere a una persona como me pasa a mí, no es igual que venir con cualquiera para pasarte medio fin de semana en la cama y el resto charlando de cosas sin importancia. Además, eso que a ti te parece tan fácil de venirse aquí con cualquiera no te creas que es tan sencillo  - la miré con cara de pillo – hay que sembrar en los lugares de reunión para pasado un tiempo recoger la cosecha y para eso hay que salir casi todas las noches, asistir a muchas cenas, ir al teatro si es a un palco mejor, tener una presencia casi continua en casi todos los eventos y trabajando por la mañana y por la tarde cuesta bastante trabajo.
-         Lo mismo tenías otra novia – se levantó y se sirvió otro gin tonic
-         ¿Por que no? – le puse un poco de hielo en la copa – tú misma lo has dicho que en la vida nunca se sabe lo que te va a pasar dentro de media hora, pero afortunadamente te encontré a ti y eso es lo mas importante ¿no crees?
-         Para mí, desde luego que si, ya lo sabes Andrés.
-         ¿Te apetece bailar?
-         Bueno

Cristina dio un pequeño sorbo a su gin tónic mientras yo conectaba el aparato de música y una música relajante inundó la amplia terraza. No abrazamos y lentamente comenzamos a movernos como lo que éramos, dos auténticos enamorados. Al cabo de unos minutos le propuse irnos a la cama y allí continuamos disfrutando de nuestro amor fundiendo nuestros cuerpos como si fuera uno solo.   

Así fueron los cinco años que estuvimos juntos, pero desgraciadamente no todo dura lo que uno quiere y un día cualquiera de un otoño frío y lluvioso de Londres, sin saber muy bien por qué, Cristina me confesó que echaba de menos su vida anterior, a su familia, a sus amigos de La Coruña, en fin a todo lo que era antes de conocerme y en siete días me encontré solo. Había transcurrido tantos años que se podía decir que no tenía amigos solteros, por no saber, no conocía ni los sitios de moda. Pasé una época bastante mala, salía solamente a trabajar y en cuanto tenía un minuto me volvía a mi casa y me dediqué a escribir toda esta historia que se podría definir como una especie de memorias, mas o menos de mi vida. Pensaba que todo lo que tenía que hacer ya lo había hecho y ahora solo me quedaba esperar la jubilación, escribir que me llenaba muchas horas, sobre todo, los fines de semana en mi casa de la playa donde me acostaba muy tarde y pasaba muchos días sin salir. Un pequeño paseo por la playa, por aquello de mantenerme un mínimo en forma y poco más, Disfrutar del paisaje, de la lectura y escribir y escribir, una veces mejor y otras peor, pero echando muchas horas frente al ordenador siguiendo las instrucciones de alguien que dijo que un escritor, bueno o malo, lo que tiene que hacer es estar siempre preparado para que si en un momento llegaba la inspiración te pillara cerca del teclado del ordenador para dejar reflejado lo que ocurría en cada instante.

Al principio, tengo que reconocer que todos mis escritos giraban en torno a Cristina y a aquellos años maravillosos que pasé con ella, pero poco a poco los recuerdos iban más allá y empecé a escribir de mis años de juventud, de cuando estudiaba la carrera, de mi primer amor, de mis hijas y de todo lo que se me iba ocurriendo sobre la marcha. Tengo que reconocer que en alguna ocasión tuve la tentación de escribir alguna novela y hasta llegué a hacerlo, pero enseguida me daba cuenta o a lo mejor inconscientemente siempre volvía a aspectos de mi vida y no era capaz, como hacen los buenos escritores, de olvidarme de mi realidad y escribir sobre algo que me fuera ajeno y por eso después de unos años lo dejé y me dediqué a salir, a visitar a mis antiguas amistades, a saltar de flor en flor como si tuviera veinte años y a beber con mucha menos parsimonia de la que hubiera debido ser.

De vez en cuando, pero muy de vez en cuando, volvía a mi casa de la playa con alguna que quisiera disfrutar de unos días de descanso, pero los recuerdos de Cristina eran tan grandes que me volvía un hombre triste, sin ganas de nada y mucho menos de salir a pasear como hacía con ella, de tal manera que aquella casa se convirtió en un refugio para mi soledad. Oía mucha música, pensaba bastante, y siempre terminaba con una copa viendo anochecer  solo, muy solo, aunque también es verdad que era porque quería. Eran día de soledad compartidos con mis recuerdos y no eran pocas las veces que me sentaba ante el ordenador y antes de escribir ni una sola letra, lo apagaba y me quedaba mirando el horizonte ¿pensando? posiblemente si pensaba, seguro que si, pero también aprendí a dejar mi mente en blanco dejando pasar las horas, los minutos y los segundos como si fuera la niebla que en las noches de primavera se iba haciendo dueña de todo lo que me rodeaba.

Volvía a mi trabajo uno y otro lunes y la vida se me iba haciendo bastante monótona y cuando menos lo esperaba todo cambió como si le hubiera dado la vuelta a un calcetín. Fue una de las muchas tardes que después de trabajar salía por ahí a tomar una copa. Ultimamente iba a un pub cerca de mi casa, lo que permitía ir andando sin necesidad de utilizar el coche, pero ese día, supongo que sería el destino, me animé a sentarme en un taxi e ir al centro de Londres. Allí muy cerca de Picadilly Circus, me senté en una terraza, era a finales de primavera y empezaba a anochecer. La gente pasaba y pasaba, todos con prisa, con el stress reflejado en sus caras ya cansadas después de pasar la jornada laboral. Algunos jóvenes se sentaban en las escaleras del monumento, mientras que otros hacían planes para el fin de semana que ya estaba muy próximo. Yo tenía un informe en la mano sobre la vacunación en Europa y mi mirada paseaba de manera alternativa hacia un lado y hacia el otro. Llevaba dos copas y mi cabeza empezaba a llamarme la atención porque por la mañana habría que madrugar, pero por otra parte, era de los días que no tenía ganas de volver a casa. Estaba solo completamente rodeado de gente, con esa soledad que solo se vive en las grandes ciudades donde parece que no hay ni un solo hueco para notar ese sentimiento. Para mí era una situación nueva, si que es cierto que me sentía solo muchas veces, pero nunca como ese día. Tenía ganas de hablar con la gente, de conocer caras nuevas, de decirle a todos que necesitaba compañía, que la vida se me iba pasando casi sin darme cuenta y que tenía ahora o nunca la posibilidad de cambiar. Podía tomar otro camino pero no tenía ni idea de cual. Afortunadamente mi situación económica era muy buena, mis inversiones en pisos y alguna que otra acción de algún banco conocido iban viento en popa a toda vela, tenía mas trabajo del que quería pero por lo menos me permitía matar el tiempo. Muchas horas las pasaba trabajando en la Clínica y hoy el Dr. Taylor me había comunicado que había decidido dejar de operar y que si quería me dejaba su consulta privada y por supuesto si lo aceptaba era con la condición de seguir operando en aquel viejo hospital de beneficencia. Entonces yo tenía cincuenta y dos años y era el momento ideal para dedicarme a otra cosa, aunque no estaba seguro si sería capaz de abandonar todo lo anterior que me había permitido vivir muy bien durante muchos años, parece mentira pero ya eran más de quince años y tampoco estaba seguro si sería capaz de quedarme en casa todo el día. Por una parte, creo que me merecía descansar, habían sido muchos años de Director de la Clínica, sin contar mis tres o cuatro años primeros en los que estuve de Médico de Guardia. La noticia de hoy del Dr. Taylor me había descolocado y no tenia que haber sido así porque fueron muchas las veces que lo decía. Se quería ir a Filipinas con su mujer y su familia y olvidarse de la medicina, ser un absoluto desconocido para poder viajar, dibujar, escribir y sobre todo dedicarse a sus múltiples hijos de los que no había podido disfrutar desde que nacieron. Esa mañana nos lo había comunicado, sin posibilidad de discusión, porque era una decisión tomada después de muchas noches de insomnio y ya era definitiva. Pensaba vender todo lo que tenía, que debías de ser bastante y desaparece como si de un secuestro se tratase, aunque ya se lo había comunicado a algunos de sus amigos. Todos nos quedamos sorprendidos y tratamos de convencerle para que no tomara ese camino, pero lo tenía todo muy pensado y nada ni nadie lo iba a apartar del camino que había decidido tomar.

A mi, la verdad es que no me sorprendió, es más, lo entendía y lo único que sentía es no tener yo la misma valentía para seguirle, no a Filipinas, por supuesto que no, sino en la idea de dedicarme a otra cosa. Por miles de motivos, nunca veía el momento e incluso ahora que el panorama estaba mucho mas claro, tampoco era capaz de tomar una decisión que me permitiera vivir la vida. Mas fácil no me lo podía poner el Dr. Taylor, él se iba y yo detrás, pero por otro lado, el hecho de ofrecerme su consulta también era una posibilidad única que seguro que no se volvería a repetir. Ganaría mucho dinero, eso seguro, continuaría ubicado en un sector de lo mas selecto de la alta sociedad londinense y mil ventajas más, eso si, todo eso a base de perder calidad de vida porque tendría que dejar la dirección de la Clínica que me daba mucho dinero y poco trabajo, tendría que tener la consulta por la mañana y dedicar las tardes a operar y el poco tiempo que me dejase libre tendría que seguir en la beneficencia. Se acabaron los viajes a España a ver a mis hijas o por lo menos serían de muy pocos días. Carmen, la mayor había formalizado su relación con su novio de toda la vida y ya tenía dos hijos, uno de seis años y otra de dos, vivía en Ibiza y todavía no había llegado el día en que fuera a conocer su nueva casa y disfrutar como ella utilizando su tiempo libre Al primero de mis nietos le había conocido en uno de mis viajes, pero a la pequeña ni siquiera la había tenido en brazos y era una pena porque disfrutar de los nietos debe ser una buena cosa, dedicaba varias horas al día a mantener  una pequeña huerta con tomates, judías, pepinos, lechugas y alguna sandía. Me acuerdo que por teléfono consiguió que yo, que nunca había sido una persona especialmente romántica, me enamorase como ella de sus rosas, geranios, azucenas y un sinfín de especies de las que me explicaba con un cariño casi como si fueran sus hijos, como iban creciendo, como alguna estaba un poco “pachucha” y había que regarla con mimo para evitar que empeorase, como unas dalias que plantó casi sin darse cuenta en un extremo del jardín crecieron rápidamente y no tuvo mas remedio que recortarlas para que no sobresaliesen de su valla o como unas hortensias que le habían regalado en una aldea gallega había conseguido, después de múltiples intentos, que saliera un buen ramo. En fin, una enamorada que trataba por todos los medios de transmitírmelo a mí con resultado desigual porque reconozco que me resultaba muy entretenido como ella me lo contaba, pero me parecía un auténtico “coñazo” andar todo el día con la manguera de un lado a otro mirando y remirando cuales eran las plantas que necesitaban mas agua, las que solo había que mojar las hojas o aquellas que solo necesitaban la humedad en los tallos. Si tenía tiempo libre, todo eso lo podría hacer, pero ¿sería capaz? ¿no me aburriría a los cuatro días?

Por otra parte, mi otra hija, Patricia, que desde muy pequeña siempre había sido bastante contestaria y vivía como dicen los modernos “a su bola” se había ido a Estados Unidos a finalizar sus estudios y cada vez se comunicaba menos conmigo, según Carmen si que lo hacía con su madre, pero conmigo se puede decir que había perdido casi toda su relación.

En fin, mi situación era así y me tenía que decantar por algo cuando, como si fuera un fantasma, apareció por la calle viniendo hacía la terraza donde yo estaba sentado, ella, si,  nada menos que Jane Chesterplace a la que hacía por lo menos tres o cuatro años que no la veía. Fue tal la ilusión que me hizo que sin esperar a que llegara me levanté y fui en su busca fundiéndonos en un abrazo de esos que solo se dan a los verdaderos amigos. Estaba tan contento de encontrarme con una auténtica amiga que no me dí cuenta que llevaba de la mano a una niña de unos cuatro años que me miraba muy seria desde unos ojos azules como el mar. No se movió y solo al final cuando las invité a sentarse conmigo me preguntó si yo era amigo de su madre. Le dije que si y fue Jane la que le explicó que yo había sido el que la había traído al mundo
-         ¿Te acuerdas el año pasado cuando me ayudaste a parir a una oveja en Etiopía?
-         Si – respondió de manera tímida
-         Pues este señor que es Médico fue el que me ayudó a mí el día que tu naciste
-         Y has cambiado mucho ¿sabes? – le hice una pequeña caricia lo que provocó una sonrisa de la niña – cuando naciste eras una cosa pequeñita, como muy morenita y ahora ya eres toda una señorita – me quedé absorto mirándola como si el tiempo no hubiera pasado – y de eso hace ya cuatro años
-         Cinco – me contestó poniéndome los cinco dedos delante de mi cara.
-         Claro, es que con cinco añazos ya eres toda una señorita.
-         Eso me dice mi madre muchas veces
-         Oye – puse cara de máximo interés - ¿Cómo te llamas?
-         Sinoa – me contestó mientras no dejaba de mirarme - ¿te gusta?
-         Si, es muy bonito
-         Pues mi Abuelo dice que es muy feo
-         No es verdad – la interrumpió Jane con una sonrisa que dejaba entrever unos dientes impecablemente alineados –  el Abuelo no dice que sea feo, no, lo que dice es que para los ingleses es un nombre raro pero no feo ¿Tú conoces alguna Sinoa en Londres.?
-         Aquí no, pero en el hospital de Etiopía si que conozco a una ¿verdad?
-         Si y es muy amiga tuya ¿a que si?
-         Si – respondió Sinoa mientras sacaba de una bolsa una muñeca y un peine y se dedicó durante unos minutos a peinarla delicadamente.
-         ¡Es muy simpática! – le comenté a su madre
-         Si, la verdad es que si – se rió Jane
-         Y se parece mucho a ti
-         Eso dicen

Pedimos una naranjada para la niña, una coca- cola sin cafeína para su madre y el ya clásico whisky con hielo para mi a un camarero que nos atendió muy correctamente y me quedé mirando a Jane como si hubiera sido la primera vez que la había visto. Habían pasado algunos años y estaba como mas hecha, en ningún caso mas señora porque seguía teniendo maneras y actitudes correspondientes a su edad, rondaría seguro que a los treinta años no llegaba ni de broma, pero si que parecía como más centrada. Su mirada seguía siendo limpia, muy directa y como generando confianza en cada uno de sus movimientos. Su pelo rubio tirando a corto completaba una cara muy atractiva con la frente despejada, una nariz no muy grande y unos labios finos, perfectamente delineados. Una discreta capa de maquillaje, un mínimo toque de lápiz de ojos y unos pendientes mínimos de perlas completaban el conjunto. Las manos eran lo primero que miraba en una mujer, eran largas y finas con las uñas pintadas de un rosa difuminado que la hacía todavía mas atractiva. No tenía ni un solo anillo. Yo la miraba como si de una aparición se tratase y ella sonreía con ilusión

-         Que casualidad encontrarnos ¿verdad?
-         El destino Jane, el destino
-         Seguro que si – ella también me miraba como si fuera la última persona a la que esperase encontrar – no se cuantos habitantes tiene Londres y tampoco cuantos pasan por aquí a diario, pero ha sido una suerte, al menos para mi, encontrarte porque aunque no te lo creas, andando habré pasado por aquí como mucho diez veces en mi vida.
-         Ya te digo que es el destino.
-         Cuéntame cosas Andrés que estoy deseando saber de ti
-         Si quieres que te diga la verdad mi vida no ha cambiado mucho desde la última vez que nos vimos
-         Te fuiste a España un año ¿no?
-         Si – la miré como queriendo expresarle cuales habían sido mis razones y sin la seguridad de saber si se lo había comentado con anterioridad – bueno mejor sería decir siete meses porque se murió el Director de la Clínica y me llamó tu padre para que lo sustituyera.
-         No sabía nada – Jane también me miró con la intención de conocer lo que estaba pensando
-         Es lógico porque si no recuerdo mal, ya te habías vuelto a Etiopía.
-         Si, cuando pasó eso yo no estaba en Londres
-         ¿Y tu padre no te comentó nada?
-         La verdad es que no, pero también es cierto que donde estaba no existían muy buenas comunicaciones.
-         El caso es que acepté el cargo y lo pude compaginar con el de ayudante del Dr. Taylor y aquí estoy.
-         ¿Te has casado?
-         No – esbocé un amago de sonrisa – tuve una novia durante unos años pero me dejó.
-         ¿Española?
-         Si, la conocí en una reunión de moteros en Madrid, era anatomopatólogo y le conseguí un trabajo en la Clínica y se vino a vivir conmigo.
-         No sabía que eras motero ¡que sorpresa!
-         Ni yo – solté una carcajada – es una historia larga que se resume en que me compré una Harley, fui a una concentración de esas que organizan los fines de semana en Madrid, allí la conocí y después de muy poco tiempo de relación Cristina se vino para aquí.
-         Es como una novela romántica -  Jane me miraba divertida - dos personas aficionadas a las motos que se enamoran y se vienen como quien no quiere la cosa a trabajar a Londres.
-         Tampoco es tan como tu lo cuentas – bebí el resto de whisky – yo ya tenía trabajo aquí y aunque ella si que dejó el suyo en La Coruña, una ciudad al noroeste de España, yo sabía que le conseguiría otro aquí y así fue, o sea, que no fue para tanto
-         ¿Y dices que te dejó?
-         Si – a pesar del tiempo transcurrido tuve que mirar para otro lado para que Jane no notase mi emoción – y de eso hace ya varios años
-         Y desde entonces ¿estás solo?
-         Si

Jane acercó sus manos a las mías como queriendo transmitirme su amistad y dándome una especie de calor que llenó todo mi cuerpo.

-    ¿La echas de menos?
-     La verdad es que si, aunque cada día que pasa voy mejorando
-     Pero todavía no estás bien del todo.
-    ¡Que quieres que te diga! fueron cuatro o cinco años maravillosos y olvidar eso no es tan    fácil    

La niña que estaba jugando con su muñeca sentada en una silla, se levantó, bebió un poco de zumo de naranja y se sentó encima de su madre

-          ¿Qué quieres mi amor?
-         Tengo sueño y quiero irme a casa
-         Muy bien, prepara tu muñeca y nos vamos

Sinoa se dedicó unos minutos a ponerle unos zapatos a su muñeca, la volvió a peinar y enseguida se mostró dispuesta a irse a su casa

-          Mamá, yo ya estoy ¿nos vamos? – preguntó agarrando a su madre de la mano para que se levantase.
-         Un segundo que me despido de este señor y nos vamos
-         A todo esto – yo también me levanté – te he contado toda mi vida y tú no has dicho ni mu de la tuya.
-         No te creas - me dio un beso de despedida en la mejilla – ha cambiado muy poco, pero de todas maneras si te apetece nos veamos otro día y nos contamos todo.
-         Muy bien.
-         ¿Sigues teniendo el mismo teléfono?
-         Si
-         Bueno, esta semana estoy un poco liada pero intentaré buscar un hueco y quedamos para comer ¿te parece?
-         Fenomenal, cuando quieras yo estoy a tu disposición.

Sinoa también se despidió dándome un beso y se alejaron lentamente. Unos metros mas allá, Jane se dio la vuelta igual que su hija y me dijeron adiós con la mano.

Pedí otro whisky, Andrés es el cuarto y ahora ya tienes un nuevo motivo para dejar la bebida me decía mi cabeza que ya empezaba a estar un poco obnubilada como la niebla que empezaba a pasearse por el centro de la capital del Reino Unido. Bebí lentamente como queriendo continuar con la conversación con Jane interrumpida por Sinoa. Bueno, tampoco es para tanto, ya tendremos tiempo de hablar cualquier día. Pagué las consumiciones, dejé una generosa propina y me fui lentamente hacia mi casa. Las farolas se fueron encendiendo a mi paso como queriendo iluminar una decisión que tendría que tomar en pocos días mientras las luces de los escaparates se apagaban dando a entender que los propietarios tenían que descansar porque mañana sería otro día. Tomé un poco de jamón con un vino rioja que nunca faltaba en mi casa y me metí en la cama, pensando que la noche iba a ser muy larga pero me equivoqué porque a los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada me quedé dormido como un tronco y no me desperté hasta las siete en que, como todos los días, sonó el despertador, me dí una ducha, desayuné un café de pie apoyado en la encimera de la cocina, me vestí y a las ocho y media en punto estaba en la Clínica dispuesto como siempre a ayudar a Dr. Taylor.









martes, 23 de octubre de 2018

CAPITULO 32 Y ULTIMO : ASI FUER Y ASI PA 

CAPITULO 32.-

Poco a poco y casi sin darnos cuenta los que habéis leído todos los capítulos llegamos al final de esta novela y tenemos como una encrucijada de caminos y podemos ir por cualquiera de ellos. Yo me he decidido por uno y como soy el que escribe vamos a ir por ese y si queréis que siga por otro se puede intentar, pero casi es mejor acabar con éste tema y ya veremos por donde continuamos. Seguimos:

El  Dr. Andrés Cubiles se levantó con la decisión de no pasar ni un segundo más sin hablar con Carmen y como lo había intentado en varias ocasiones y nunca lo había conseguido, ésta vez lo intentó por el camino que parecía más simple que no era otro que el propio teléfono. Marcó el número que le había dado su hija la pequeña y a los pocos tonos oyó la voz de Carmen. Con solo un simple ¿dígame? Andrés se pudo percatar que estaba hablando con una mujer decidida que había pasado momentos muy malos en su vida y no estaba dispuesta a repetirlos. Había respondido a su llamada con una voz firme y potente

-          ¿Dígame?
-         Hola – hablé con la intención de continuar – soy Andrés. Espero que no me cuelgues
-         Ya me dijo Patricia que estabas en Madrid, pero eso fue hace por lo menos tres meses.
-         Si – Andrés era consciente que su voz no estaba siendo todo lo firme que debería – bueno, he intentado verte en varias ocasiones, pero no lo he conseguido
-         Antes de seguir quiero decirte una cosa – Carmen tomó aire – no se porqué me llamas ni lo que quieres, pero mi vida ha cambiado y ya no te necesito. Hablaré contigo por  respeto a las hijas que tuvimos en común, pero no te mereces nada más.
-         Si quieres que te diga la verdad, todavía no se muy bien porque lo he hecho – un silencio se interpuso en la conversación – me apetecía hablar contigo
-         ¿Después de diez años?
-         Si, es raro pero me gustaría que me escucharas.
-         Andrés, por favor, cuelga ya porque de lo contrario te colgaré yo y si sigues acosándome te aviso que llamaré a la Policía. Te lo puedes creer o no, pero es lo que voy a hacer.
-         Está bien, cuelgo pero quiero que sepas …………..

Un click cortó la comunicación y dejó a Andrés con el auricular del teléfono en la mano y con la satisfacción de haber intentado hablar con su ex, si es que se podía decir así.

Se vistió con una camiseta de alguna maratón en la que había participado, un pantalón corto, sus inseparables zapatillas y esa mañana corrió por el centro de Madrid con más fuerza que otras veces. Tenía la intención de cansarse más de lo normal para que, por lo menos, durante esa hora y pico que permaneció corriendo no pensar en otra cosa. La ducha habitual le hizo reintegrarse a la vida normal y se fue a comer con sus hijas.

Fue una comida como muchas de las que había tenido con Carmen y con Patricia y lo único que no consiguió fue explicarles que había hablado con su madre porque se negaban en redondo a tocar ese tema con el argumento que ya lo habían hablado mil veces y que conocían de sobra cual era su opinión, sin embargo se mostraron bastante interesadas cuando Andrés les explicó que había conocido a una Médico de La Coruña y que le había parecido una compañía sensacional.

-          ¿No me digas que te vas a vivir a Galicia? – preguntó Patricia
-         No, no, hemos estado juntos algunos fines de semana pero no tanto como para irme a vivir allí.
-         Ten cuidado que dicen que las gallegas tienen algo que engancha
-         No lo sé – Andrés bebió un pequeño sorbo de un buen Rioja que había pedido para acompañar a la carne que pensaba tomar – pero lo de lo de esta chica es un poco distinta porque es rusa, criada en Cataluña y residente en Galicia desde hace bastantes años
-         ¡Joder! – Patricia no pudo reprimir esa expresión y mirando a su hermana comentó – solo nos faltaba que se liara con una rusa
-         ¿Y a ti que más te da?
-         En el fondo tienes razón, pero es curioso ¿no crees?
-         Lo mejor es que es super aficionada a las motos, tiene una Harley como la mía y cuando voy a verla hacemos excursiones maravillosas.

El tiempo pasaba a velocidad de vértigo, Andrés seguía visitando a su novia casi todas las semanas y siempre viajando en su Harley. Solo en uno de los viajes había tenido problemas con la lluvia y el resto habían transcurrido con normalidad. Había conocido a los padres de su novia que le parecieron dos personas muy entrañables y desde entonces casi le habían convertido en uno más de la familia. Sus hijas seguían cenando con él un día a la semana, concretamente los miércoles y luego solían tomar una copa en la cafetería de su apartamento. Andrés continuaba con su “footing” y se mantenía bastante en forma. Los viajes a La Coruña le resultaban muy entretenidos y tenía que reconocer que la vida le sonreía.

El Dr. Cubiles llevaba casi ocho meses en España cuando recibió una llamada urgente de la Clínica donde trabajaba en Londres y en ese tiempo había conocido mucho mejor a sus dos hijas, a la ciudad de Madrid que le pareció que estaba mejor que nunca y había tenido la oportunidad de entablar relaciones más que serias con su nuevo amor, Cristina la Médico de La Coruña. Había pasado momentos inolvidables como aquellos fines de semana en que iban los dos en sus motos respectivas a conocer las rías gallegas.
En una de ellas, la Ría de Ferrol, disfrutaron de increíbles paisajes, comieron como pocas veces en su vida en una tasca situada en la mitad de la entrada de la ría, un poco más allá de la zona conocida entre Castillos por estar entre los famosos castillos de San Felipe y San Antón. Una tasca pequeña, poco iluminada, con mesas de madera en las que se apreciaban que habían sido testigos de muchas historias que allí se contarían año tras año, un salvavidas antiguo en una pared también de madera con un cuadro de nudos marineros y en la de enfrente dos remos en cruz completaban la escasa pero curiosa decoración y por si todo ello fuera poco la dueña, una señora mayor que salía de la cocina con una pañoleta en la cabeza atada en la nuca y su inseparable mandilón de rayas en la que predominaba el negro comprado en algún mercadillo en alguna feria de las proximidades. Las mesas cubiertas con sus manteles de plásticos azules y blancos muy fáciles de limpiar pasando simplemente un trapo mojado, los vasos, al igual que los platos, eran de auténtico “Duralex”  haciendo que todo pareciera como un capítulo más de “Cuéntame”

La tasca en cuestión por no tener no tenía ni carta porque según explicaba la dueña que era a la vez jefa de cocina, jefa de comedor y camarera, aquí solo se come lo que hay en la huerta de primero y de segundo lo que trae mi marido y mis hijos de la mar a la que van todos los días

-         Y si un día no pueden ir ¿qué hay de menú? – preguntó Cristina inocentemente
-         Hay neniña – contestó la Abuela mientras se secaba las manos con el mandilón – ese día cerramos y aquí no come nadie porque ¿sabe lo que le digo? Esta tasca es conocida desde hace muchos años por sus pescados y mariscos y la gente piensa que soy yo que lo hago muy bien, pero están equivocados, lo bueno es el pescado que siempre, siempre es del día.
-         Por eso está tan bueno – afirmó Andrés – y hablando de todo un poco ¿qué comemos?
-         Yo les aconsejo y creo que no me equivocaré porque ustedes son jóvenes y están enamorados – la Abuela guiñó un ojo - ¿verdad? Bueno, no digan nada pero se nota, en fin a lo que íbamos, lo mejor es primero un poco de marisco, percebes de Cedeira que ya saben que te son los mejores del mundo, alguna zamburiña de la zona y hoy tengo unas nécoras que tienen pinta de estar llenas y luego pueden tomar una merluza a la gallega ¿les parece?
-         Muy bien y para hacer tiempo nos trae un par de cervezas bien frías y unas patatas o algo para picar.
-         Espero que les guste nuestra comida. Enseguida estoy con ustedes.
-         Seguro que si.

Comieron muy bien, tomaron café mientras veían pasar los barcos por el estrecho canal de entrada a Ferrol, tomaron unos gin tonics muy poco cargados por aquello de conducir en un bar situado en la playa de Doniños, saltaron las inmensas olas de la playa de Pantín y terminaron el día con una maravillosa puesta de sol desde un hotel, el Herbeira, situado sobre la ría de Cedeira. La noche era impresionante, el cielo como consecuencia de la luna llena estaba claro y su reflejo contribuía a iluminar el mar que se encontraba en calma como queriendo contribuir para que todo resultara relajante. Enfrente el monte de Pantín con una luz roja posiblemente anunciando alguna torre de telecomunicación, más abajo a la izquierda un faro que indicaba el final de la ría mediante una potente luz blanca intermitente que se emitía cada pocos segundos. A la derecha el muelle con su ajetreo de limpieza y carga de comidas para pasar varios días faenando y hasta llegar al pueblo la carretera del muelle con sus farolas de luz mortecina y como final “el casco vello” del pueblo con sus casas muy unidas como haciendo una barrera para protegerse de las lluvias frecuentes y coronándolo la torre de la Iglesia donde se resguardaba vigilante la Virgen del Mar imagen que tuvimos ocasión de verla al día siguiente, es una Virgen peculiar que refleja el sentir de un pueblo que se ha dedicado desde siempre casi en exclusiva a la mar. Se trata de una Virgen joven, guapa, tranquila que con el niño Jesús en brazos está de pie sobre un mar azul y extiende su brazo izquierdo hacia tres marineros que solicitan su ayuda desde un mar encrespado. Resulta una Virgen como familiar, no como una imagen de una Virgen distante, sino como si cualquier mujer de nuestras familias estuviera paseando por el mar bravío siempre dispuesta a ayudar a todos los marineros que la reclamasen con un gesto de absoluta calma.

Desde la terraza del hotel y en el centro de la ría, diez o doce yates de recreo se mezclaban con los barcos de pesca fondeados dando a todo el conjunto una sensación de paz que posiblemente sin darnos cuenta llenaba nuestros corazones y nos invitaba a sentir nuestra felicidad como pocas veces hasta entonces.

Al día siguiente alquilaron una canoa para dos y se dieron un paseo entrando por un río en el lado izquierdo de la playa de Villarrube.  El Dr. Cubiles no se había montado en mi vida en algo similar, pero el día era tan maravilloso con un cielo azul mejor que en verano y sin gota de viento que todo invitaba a disfrutar. Al principio tuvieron que acompasar las remadas, pero enseguida acertaron con el ritmo adecuado porque Cristina tenía algo más de experiencia en el manejo de ese tipo de embarcaciones de recreo y bordeando el faro entraron en la desembocadura de un río y a través de una especie de lago y con ayuda de la marea que casualmente estaba subiendo no les costó demasiado remontar y poco a poco, nada más pasar el puente del puntal, el río se iba estrechando hasta llegar a un punto que, como decía Cristina, parecía como si estuvieran en la selva amazónica en algún afluente pequeño con las copas de los árboles inclinadas hacia el agua como queriendo saludarles  y un silencio en el que solo se oía el rumor del agua, el trino de algún pájaro que también quería disfrutar del entorno y el chof chof de las palas del kayac. Estuvieron tumbados en una playa de arena completamente blanca que no tendría más de tres o cuatro metros, se besaron con pasión, se bañaron  en un agua helada y volvieron a la playa de Cedeira ayudados por la corriente por lo que casi no tuvieron ni que remar. La excursión no pudo resultar mejor y lo que les faltaba era ir un poco más juntos porque el único contacto con Cristina era a través de sus rodillas que chocaban de vez en cuando con la espalda de Andrés.

En la Taberna de la Plaza del Peixe tomamos unos percebes y un rape con guisantes deliciosos, tomamos café y un chupito de whisky con los dueños Santy y Lola quienes me hablaron de un tal Dr. Belascoaín Cirujano Plástico y  que también veraneaba en Cedeira de toda la vida y por los datos que me dieron era fácil que no lo conociera porque era bastante más viejo que yo y el había hecho la especialidad en La Paz y era lógico que no hubieran coincidido. Total que después de una sobremesa de lo más agradable se volvieron a La Coruña en sus respectivas motos disfrutando de la sensación de libertad que te proporciona el aire dando en el cristal del casco después de conocer playas desiertas y degustar los magníficos productos tanto del mar como de la tierra gallegas.

No todo en la vida tiene que ser maravilloso y nada más llegar a Madrid,  Andrés llamó a Cristina para decirla que me volvía a Londres porque le reclamaban urgentemente y que en cuanto solucionara algunos problemas volvería a estar juntos otra vez. Ella se enfadó mucho por entender que Andrés lo sabía desde antes y no le había dicho nada pero Andrés le repitió varias veces que lo habían pasado tan bien que nada ni nadie debería romper ese fin de semana como así fué. Alos pocos minutos esl Dr. Cubiles tuvo oportunidad de hablar con la Clínica donde le dijeron que el Dr. Starker el Director, había sufrido una hemorragia cerebral, estaba muy grave en la UVI y que el Sr. Chesterplace y algunos de sus consejeros necesitaban hablar con él. Al parecer llevaban dos días intentándolo y hasta que se puso en contacto con ellos, no lo habían conseguido. Andrés se volvio a Londres en el primer avión que salía justo al día siguiente a las seis de la mañana y a las nueve y media entraba por la puerta de la Clínica.

-          Buenos días ¿cómo está el Dr. Starker? – preguntó em Recepción.
-         Parece que estable dentro de la gravedad – le contestó la telefonista con amabilidad – pero espere un segundo que aviso al Dr. Whatake que está de guardia, un momento, por favor.

El Médico de Guardia de la UVI  era un joven inglés al que había tenido oportunidad de contratar y conocer antes de que el Dr. Cubiles se tomara su año sabático y que apareció inmediatamente con su mano tendida

-          ¿Qué tal Dr. Cubiles?
-         Bueno, no es una bonita manera de terminar mis largas vacaciones pero la vida es así y así hay que tomarla. ¿Cómo está nuestro Director?
-         De momento vivo que ya es bastante.
-         ¿Le han operado?
-         Si, ayer por la tarde le abrieron los neurocirujanos y según ellos todo ha ido muy bien.
-         ¿Y tú que piensas?
-         Es un poco pronto para decir nada y mucho menos para saber como va a evolucionar – el Dr. Whatake se pasó la mano derecha por su importante mata de pelo en una cabeza bien peinada -  pero para mí que de ésta no sale
-         ¿Lo sabe la familia?
-         Por supuesto e incluso alguno de sus hijos creo que anda por ahí.
-         Si es tan amable encárguese de recordar en Recepción que aunque el Dr. Starker esté en la UVI que le dejen una habitación a los familiares.
-         No se preocupe que yo se lo digo, pero por el movimiento de amigos y familiares me da la impresión que ya se la han dispuesto.
-         En cualquier caso, asegúrese que ha sido así. Muchas gracias.


      Andrés entró en la cafetería de la Clínica con la idea de tomar algo antes de reunirse con el Sr. Chesterplace pero no tuvo casi ni tiempo porque justo en el lado izquierdo       del amplio salón estaban sentados con varios cafés y un surtido variado de bollería el Consejero Delegado, su hija Jane y el Dr. Stanford conocido neurocirujano con muchas horas pasadas en la Clínica. Se saludaron cordialmente e inmediatamente el Sr. Chesterplace con su habitual educación le pidió escusas por haberle hecho volver de Madrid de una forma tan rápida, pero le parecía un acontecimiento lo suficientemente importante como para solicitar su presencia.

-          Por cierto ¿qué tal el viaje?
-         Muy bien – contestó el Andrés mientras degustaba un bollo con mermelada – tuve la suerte de encontrar un billete en el primer avión que salía hoy y aquí estoy.
-         Como puede suponer el motivo de mi llamada no es otro que comunicarle la gravísima situación del Dr. Starker y el deseo que viniera cuanto antes para pedirle su ayuda y consejo para la decisión que inevitablemente tenemos que tomar. Está claro que aunque el Dr. Starker supere esta situación, cosa que no parece que esté muy clara ni mucho menos, es evidente que no va a poder seguir gestionando esta Institución, sobre todo si tenemos en cuenta que su principal misión podríamos decir que es la de relaciones públicas.
-         Totalmente de acuerdo – afirmó el Dr. Stanford a la vez que Andrés Cubiles asentía con un leve movimiento de cabeza – desgraciadamente si vive secuelas en cuanto a movilidad va a tener muchas y muy graves.
-         Desde que ocurrió el fatal incidente – el Sr. Chesterplace volvió a hacerse con las riendas de la conversación como había hecho en infinidad de ocasiones en su dilatada vida política y profesional – he tenido varias reuniones con varios Doctores de la Clínica y esta tarde y mañana por la mañana tengo previstas varias más y todos, hasta ahora, han respondido afirmativamente a mi propuesta de nombrarle Director. Usted sabe la amistad y profunda admiración que le profeso y me gustaría saber si Usted estaría dispuesto a aceptar esa responsabilidad porque creo y Usted lo sabe que podría ser un candidato perfecto, perdone que le haga esta pregunta directamente ¿estaría dispuesto a aceptar?
El Dr. Cubiles bebió un poco de café, se limpió la boca con una servilleta y respondió
-         En primer lugar quiero expresarle mi agradecimiento por su confianza y mi profundo respeto hacia su persona, pero si quiere que le sea absolutamente sincero nunca pensé que yo podría ser un firme candidato y por lo tanto nunca me lo había planteado – El Dr. Cubiles esbozó una pequeña sonrisa mientras dedicaba su mirada hacia Jane Chesterplace que a su vez tenía fija la suya en un pequeño tenedor que sostenía en su mano derecha – Creía, aunque ya veo que estaba equivocado, que habían solicitado mi presencia para darle unos cuantos nombres que, en mi humilde opinión, serían aptos para ese puesto pero ¿yo al frente de una Clínica de esta categoría en Londres? – Andrés volvió a mirar a los ojos de todos y cada uno de los presentes y les planteó una serie de preguntas - ¿Ustedes creen que yo podría desempeñar ese cargo sin ni siquiera ser inglés? Tengan en cuenta y Ustedes lo saben mejor que yo que por aquí pasa lo más selecto de la alta sociedad y en ningún caso me gustaría que por mi culpa, un Cirujano Plástico español que encima vino de Médico de Guardia hace muy pocos años, la Clínica perdiera clientela lo que supondría una disminución de su categoría en la medicina privada de esta capital. - El Dr. Cubiles hizo una pequeña pausa en su breve discurso lo que aprovechó para servirse un poco de zumo de naranja – En segundo lugar tendría que saber las condiciones de trabajo y el horario porque, como Ustedes saben llevo muchos años trabajando con el Dr. Taylor y no me gustaría tener que dejarle de un día para otro y por último también me gustaría saber mis honorarios para poder responderle con absoluta sinceridad a su proposición.

El Sr. Chesterplace iba a responderle cuando el Dr. Cubiles le interrumpió

-          Permítame una última consideración – Andrés miró a Jane Chesterplace y la encontró más madura que la última vez que tuvo oportunidad de hablar con ella, con un aspecto magnífico que podría responder perfectamente ¿porqué no? a lo que su padre andaba buscando - ¿Ha pensado Usted, perdone mi atrevimiento, en que su hija Jane podría ser una candidata perfecta para el puesto que me propone a mí? Su hija es simpática, tiene don de gentes, es joven, es emprendedora, sabe Medicina ¿qué más se puede pedir?       
-         Le agradezco que tenga tan buen concepto de mi hija – El Sr. Chesterplane se ajustó el nudo de la corbata y se estiró cuidadosamente los puños de la camisa apareciendo unos gemelos de oro con el escudo de la familia real inglesa – y debo confesarle que yo también había pensado en esa posibilidad pero Jane - el padre miró cariñosamente a su hija en incluso le dio unos pequeños golpecitos en la mano que tenía apoyada sobre el blanco mantel – ha decidido volverse a Etiopía para continuar con su labor humanitaria que empezó hace bastantes años y por lo tanto es una opción que necesariamente tenemos que descartar.
-         Hace mucho tiempo – Jane tomó la palabra con decisión – opté por irme a los países donde entendía que mi labor sería necesaria y efectivamente lo fue. Después, como todos saben, tuve una hija y ahora que ya ha crecido un poco ha llegado el momento de volver a Etiopía para continuar con mi labor. En este tiempo se ha construido un nuevo dispensario que atiende a cerca de veinticinco mil personas y tengo la íntima necesidad de volver. Se que pierdo una gran oportunidad en mi vida para ganar en prestigio, seguro que en dinero y en aceptación social, pero mi conciencia me lo impide y por eso y por supuesto agradecida me vuelvo con la que ahora es la gente que me necesita. Espero no equivocarme
-         Seguro que lo harás muy bien y tú explicación debe llenar de orgullo primero a tu padre y después a todos nosotros que te hemos visto crecer junto a tu hija durante tantos años, Enhorabuena – apuntó el Dr. Cubiles.
-         ¿El Dr. Taylor no podría ser un buen gerente en caso que no le interese a nuestro amigo y compañero Andrés Cubiles? – preguntó el neurocirujano

El Sr. Chesterplace volvió a tomar la palabra
-         En la reunión de ayer por la tarde con los miembros del Consejo de Administración hemos barajado tres posibles sustitutos del Dr. Starker y eran el actual Administrador Mr. Klein, el Jefe de Radiología Dr. Connaly y el Dr. Cubiles, sin decidirnos por ninguno de los tres hasta no oír sus razonamientos y en ese punto estamos.
-         ¿Podría ser una solución – pregunta el Dr. Cubiles – que Mr. Klein se hiciera cargo de la Dirección por un período de cinco o seis meses, valorarlo posteriormente y siempre estaríamos en la recámara el Dr. Connaly o yo mismo?
-         Esa posibilidad también la contemplamos pero para la mayoría de los Consejeros sería deseable que el Director fuera Médico. Tengan en cuenta que estamos hablando de la dirección de un hospital.
-         Posiblemente tienen razón – el Dr, Cubiles se sirvió más café – pero la solución que yo planteo es temporal y durante ese período intermedio el Dr. Connaly y yo podíamos ayudar. Por otra parte, ustedes tienen que entender que, al menos en mi caso, llevo no se cuantos años ayudando al Dr. Taylor y en conciencia no podría decirle que a partir de la semana que se busque un ayudante, por eso es por lo que digo que cinco o seis meses me parece un tiempo razonable.
-         Si les parece bien – el Sr. Chesterplace se levantó con la intención de dar fin a la reunión – hablaré con los miembros del Consejo a los que antes me refería y ya les anticipo que a mí me parece que es una solución razonable y satisfactoria para todos y lo mejor es que nos reunamos en tres meses y volvemos a valorar ¿de acuerdo?
-         Muy bien – los reunidos se levantaron y el Dr. Cubiles antes de despedirse solicitó permiso para volver a Madrid a recoger sus efectos personales y despedirse de los suyos.

         


  Un jueves por la mañana el Dr. Cubiles salió hacia La Coruña saliendo relativamente pronto con la idea de llegar a la capital gallega, más o menos, para cuando Cristina saliera de la Residencia. En las maletas de la moto introdujo lo necesario para pasar un fin de semana largo y como había hecho en múltiples ocasiones enfiló la carretera de La Coruña acompañado de bastantes coches que salían de la capital para ir a sus trabajos. Mantenía una velocidad constante y en cinco horas y media estaba en las inmediaciones de su punto de destino después de  tres paradas para repostar y estirar las piernas. También aprovechó para tomar algo y en pocos minutos continuaba su camino con la ilusión de llegar cuanto antes.

A las tres y diez de la tarde estaba en el hall de la Residencia Juan Canalejo y a los pocos minutos con una sonrisa que le iluminaba toda la cara apareció Cristina con el casco en la mano y dispuesta a pasar un fín de semana que había planificado cuidadosamente durante varios días y pretendía continuar con el secreto hasta el final. Se saludaron con un beso moderado y en sus respectivas motos se acercaron hasta un parking en la Plaza de Pontevedra, en el centro de la ciudad y dando un  paseo, esta vez andando, llegaron hasta un pequeño restaurante próximo donde les salió a recibir el chef que era conocido de ambos. Se sentaron en una mesa discreta y esperaron a que su amigo les sorprendiera con un menú degustación.

-          Bueno Cristina ya estoy aquí como te había prometido ¿me vas a explicar ya donde vamos a ir?
-         No pienso – contestó la Médico con una sonrisa - lo he planificado todo y espero que te guste.
-         Pero ¿vamos muy lejos?
-         Para dos moteros como tú y yo, seguro que no.
-         O sea que no es en La Coruña
-         No – ella continuaba con una sonrisa intrigante – pero si quieres antes damos una vuelta por la ciudad para que la conozcas un poco más.
-         Como quieras – Andrés degustó un Alvariño que estaba francamente bueno.
-         El plan es el siguiente – Cristina sacó un bolígrafo de su bolso – después de comer vamos a tomar un café a la ciudad vieja, previo paseo en moto por el paseo marítimo de la ciudad y sobre las seis de la tarde vamos a Mondoñedo y allí cenaremos y luego a dormir
-         O a lo que sea – interrumpió Andrés
-         Bien, quiero decir que iremos a un buen hotel. Al día siguiente por la mañana continuaremos nuestra excursión hasta un punto que te va a impresionar y luego ya veremos, pero tenemos la ventaja que se anuncia un sol maravilloso para mañana y las temperaturas pueden llegar a alcanzar casi los treinta grados que es una auténtica barbaridad para el mes en el que estamos.

La conversación fue interrumpida por el chef

-         Hola: ¿Me dejáis escogeros el menú? – sin esperar contestación siguió hablando - vamos a empezar con unas zamburiñas al más puro estilo de la zona, sin nada de nada, del mar al plato – dicho lo cual depositó en la mesa una bandeja con doce zamburiñas que desaparecieron como por encanto en la boca de sus comensales – así me gusta, que casi no me deis tiempo a pensar - sirvió un poco más de Alvariño en ambas copas y alcanzando otra de la mesa de al lado se sirvió otra a si mismo brindó por todos los heteros, homos y demás del mundo entero  y se sentó – ahora vamos a continuar con unas ostras con una salsa de crema de langosta que espero que os gusten. ¿Cómo andáis de hambre?

Cristina contestó por los dos

-         Curry, los dos somos de muy buen diente y encima Andrés acaba de llegar de Madrid en moto o sea que imagínate.
-         ¡Que suerte Madrid! Yo estuve dos años en el Hotel Miguel Angel y aprendí un montón y luego las noches por Chueca – Curry, el cocinero mas guay de La Coruña, como se definía él a si mismo, puso los ojos en blanco – que maravilla, pero bueno volvamos a lo nuestro que si no me pongo muy melancólico – bebió Alvariño – hoy tenemos una brocheta de salmonete con ajo confitado, buñuelos de Orense todo incluido en una bolsa de pan de trigo que os aconsejo y para terminar nariz de cabra montesa del país con surtido de aromas entre los que destacan el del mar, margaritas de Sobrado de los Monjes terminando con un fuerte olor final a jazmín ¿Qué tal?
-         ¿Y de postre? – preguntó Andrés
-         De postre flan de huevo que decía mi Abuela en su casa de comidas de la calle de la Estrella,  ja,ja,ja, en eso ¿ves? hemos cambiado poco porque yo también os voy a ofrecer flan de huevo, pero en esta caso de huevo de tortuga de la islas crowy en Filipinas con un nido de helado de palmeras de Rabat que vais a flipar ¿vale?
-         Muy bien – contestaron a la vez Andrés y Cristina.

El chef se levantó y dos mesas mas allá hizo la misma operación provocando las sonrisas de los dos Médicos.
-          ¿Por donde íbamos?
-         Yo me he perdido – Andrés entrechocó su copa mirando a su novia con ojos de enamorado total – no se donde íbamos pero el caso es ir contigo, lo demás me da igual.
-         Conmigo si, pero cada uno en su moto
-         Claro, claro.
-         Te lo decía porque lo mismo querías que fuera de paquete y eso me aburre como a una ostra
-         Sería una novedad  que vinieras de paquete conmigo porque llevamos cinco o seis saliendo y nunca te he propuesto tal cosa.
-         Es verdad y menos mal porque los moteros somos gente rara y lo que nos gusta es sentir el viento como choca con el casco, tumbarnos en las curvas sin tener que pensar que el o la que vaya de paquete se puede mover e irnos los dos al suelo. Por cierto ¿qué tal el viaje?
-         Mucho mejor que el de hace dos semanas.
-         Hombre solo faltaba porque entonces viniste en avión.
-         Es natural – Andrés bebió un poco más de vino – porque venir en moto desde Inglaterra es un poco locura.
-         ¿Qué tal en Londres?
-         Bien, aunque tengo que reconocer que estoy más solo que la una que diría un castizo
-         Alguna novia tendrás por ahí.
-         ¡Que va! aunque quisiera y que conste que no quiero, tengo muy poco tiempo libre.
-         ¿Tanto trabajas?
-         Bueno no me quejo, pero de eso ya hablaremos más tarde.

Terminaron de comer y sin prisas llegaron a Mondoñedo donde pasaron la noche y al día siguiente iniciaron una excursión que recordarían toda la vida al Faro de Estaca de Bares.  Llegaron a la playa del Puerto del Barquero con tiempo suficiente para darse un baño en agua helada, pero de un verde transparente que excepto por la temperatura parecía que estaban en cualquiera del Caribe. Comieron en un restaurante a muy pocos metros de la blanca arena de la playa dieron una vuelta por el Faro haciéndose múltiples fotografías y pasaron dos días increíbles en un hotel rural llamado el telégrafo o el semáforo situado todavía más arriba que el propio faro aprovechando los viejos muros de una antigua estación radio que en su día era una especie de controladora de todos los barcos que pasaban del Atlántico al Cantábrico o viceversa.
El hotel que debe tener cuatro o cinco habitaciones dispone como atractivo principal, aparte del lugar en el que está situado, de una habitación suite circular con un inmenso ventanal que en los días de temporal parecería que iba a salir volando. Mires para donde mires todo es bonito, la entrada de la ría del Barquero, las rocas que rodean el faro donde las olas dejaban su malhumor chocando con bravura y levantando una espuma que alcanzaba los tres metros de altura y llenando absolutamente todo  como si estuviéramos dentro de una gota de agua en una tormenta, la inmensidad del mar. Disfrutando de esas vistas te das cuenta que en la escala de valores de la naturaleza nosotros no somos prácticamente nada. Es un lugar para ir enamorado porque sin darte cuenta parece que aumenta el amor hacia tu pareja. Las muchas horas apreciando el silencio que, a veces, es hasta sobrecogedor, te hace pensar hacia dentro. Es como un Camino de Santiago en plan relax y sin necesidad de dar ni un solo paso y como final de fiesta de aquel espectacular fin de semana  la vuelta hasta La Coruña pasando por Cariño un pueblo marinero cerca de Ortigueira y por unas carreteras increíbles sin nada de tráfico hasta  llegar a San Andrés de Teixido, un lugar de peregrinación de muchos gallegos porque dice la leyenda que “va de muerto el que no fue de vivo” y su ánima irá en forma de algún tipo de animal de los que se arrastran por el suelo, babosa, culebra, caracol etc. La sensación según vas bajando por una pequeña cuesta desde la que ya se empieza a ver la torre de la capilla de San Andrés es que estás entrando en la Galicia profunda, en aquella de hace dos o tres siglos donde las meigas rondaban continuamente por las cercanías del cementerio y en las noches de calma, que eran las menos, si se prestaba atención se podían oír hasta los lamentos de los fallecidos que llamaban a sus familiares para que fueran a rescatarlos. Se trata de una aldea, de no más de diez o quince casas, situada en la ladera de una montaña con una Iglesia del siglo XII con un retablo precioso en el que aparecen  Jesús y sus doce apóstoles. Todo el conjunto incluida la Iglesia tiene las paredes pintadas de un color gris con ligeros toques en blanco que contribuyen a crear una imagen de un lugar mágico donde se acaba lo humano y comienza lo divino. Algunas tiendas para turistas venden todo tipo de objetos de San Andrés, desde velas, pasando por camisetas, herba de enamorar, bastones, los famosos santiños, orujos de diferentes formas con café, de hierbas, crema tostada, hasta piernas, cabezas o brazos en cera para ofrecérselos a San Andrés.
Entre las muchas historias que cuentan los lugareños hay una que llamó poderosamente la atención de Andrés y Cristina y que les contó un hombre mayor, con su boina calada hasta las cejas, una colilla en la comisura de su boca que no se la retiraba ni para hablar y una manera de contar que la historia se hacía todavía más atractiva. Cuentan que hace muchos años llegaban hasta San Andrés peregrinos de las aldeas más remotas de Galicia- Lo hacían en autobús y viajaban el familiar y el ánima del muerto con lo cual se sacaban dos billetes y naturalmente ocupaban dos asientos. En una de las múltiples paradas que los autobuses tenían que hacer por aquellas carreteras estrechas y en muchos casos muy mal asfaltadas y peor conservadas, uno de los viajeros al volver se confundió de asiento y fue a dar con sus nalgas sobre el ánima lo que originó una tremenda discusión con su familiar y  posterior pelea con el resultado de varios muertos y numerosos heridos por arma blanca.
El atrio de la Iglesia era amplio con tres escalones y según les contó su eventual informador mientras tomaban un vino de la zona, muchos peregrinos hacían ese pequeño recorrido de rodillas llevando en sus manos velas u objetos para ofrecérselos al Santo y que obrara el milagro que deseaban. Algunos incluso llevaban ataúdes que portaban en sus cabezas y que posteriormente se colgaban en el techo de la ermita.
Andrés y Cristina depositaron unas monedas en la urna de San Andrés y se sentaron en un banco de madera dando al mar, con el sol de la tarde bajando lentamente en busca de su jubilación por una noche y solo les faltaba el sonido de una gaita para disfrutar de la felicidad plena. Hablaron durante mucho tiempo ante la presencia del mar testigo de sus cuitas y teniendo como horizonte una hilera de barcos mercantes que avanzaban despacio hacia sus respectivos destinos.

-          Entonces, Andrés, si yo no he entendido mal solo tenemos tres opciones – Cristina le miraba esperando una respuesta definitiva – que tú te vengas a La Coruña, opción descartada porque tendrías que empezar de nuevo, eres muy mayor para eso y todo lo que me has contado ¿no?
-         Exactamente – respondió Andrés – esa es la peor de todas las opciones.
-         Bien, bien, entonces solo nos quedan dos – Cristina hablaba despacio para que su razonamiento no se viera alterado por nada – que tú te vengas a vivir a Madrid y yo irme para allá
-         O quedarte en La Coruña y yo irte a ver todos los fines de semana.
-         O sea que seguiríamos igual y encima para siempre.
-         Si - Andrés se quedó mirando al acantilado que estaba delante – esta tampoco me parece muy buena solución.
-         Total que la única que nos queda es que deje todo y sea yo la que me vaya a Londres,
-         Esa es la mejor
-         ¿No te parece una un poco machista?
-         En absoluto -  Andrés le pasó un brazo por encima de los hombros y atrajo a Cristina – porque creo que no es muy difícil que pueda conseguirte alguna cosa en Londres y así sería lo mejor para vivir juntos.
-         Ya – Cristina miraba a los ojos de Andrés para saber lo que estaba pensando – dejo mi trabajo con una plaza fija en la Seguridad Social, dejo a mis padres en La Coruña y me voy a la aventura.
-         Bueno, pero yo tengo casa en Londres, gano dinero y ni siquiera haría falta que trabajaras aunque entiendo que quieras seguir ejerciendo tu carrera, pero estoy seguro que en poco tiempo encontraríamos un trabajo para ti.
-          También puedo pedir una excedencia por una año y si las cosas no me van bien volverme.
-         Es otra posibilidad, por supuesto, pero estoy seguro que si vivimos juntos ninguno de los dos querremos separarnos y menos se encuentras un trabajo.
-         Eso es lo malo – confirmó Cristina
Andrés la atrajo hacia si y la besó en los labios
-         Tampoco es una decisión que tengas que tomar ahora mismo
-         Si – Cristina se levantó, se ajustó el mono de motera y dijo con decisión – tiene que ser ahora mismo y posiblemente sea una locura pero ¿sabes lo que te digo? – se abrazó con todas sus fuerzas a Andrés – que será una locura pero me voy contigo a Londres.
-         ¿Ahora?
-         Ahora mismo.

Subieron andando hasta las motos, condujeron por diferentes carreteras secundarias y al final llegaron a la autopista del Atlántico donde un sol que comenzaba su despedida hasta el día siguiente trataba de iluminar el paisaje como queriendo hacerse partícipe de tan trascendental decisión y poco a poco las líneas de la carretera marcaban un camino que continuaba hasta un infinito que pasando por Oviedo, San Sebastián, Burdeos y  el paso de Calais los dejaría en la capital del Reino Unido. ubli





PUNTO Y FINAL.-

 A todos los que habéis tenido la santa paciencia de leer entera esta novela quiero daros las gracias, de verdad, de corazón, porque habéis conseguido que sea capaz de escribir una novela digamos que por entregas. También pediros perdón por los muchos fallos que aparecen en sus páginas, pero uno es así y tengo la mala costumbre de no releer lo que escribo, entre otras cosas porque hasta ahora escribía solo para mí y algún despistado se metía en mi página Web, pero a partir de ahora habrá que mejorar porque ya no es así.
Total que entre todos habéis sabido subir mi ego hasta límites que nunca se me habían pasado por la cabeza y por eso, otra vez y aunque sea un pesado, muchas gracias a todos.
Por último y si no es mucho pedir me gustaría que todos aquellos que habéis leído “así fue y así pasó” me mandarais un WhatsApp, un mensaje o algo para que yo pueda saber vuestra opinión sobre lo que he escrito. Olvidaros de la amistad y de cosas por el estilo y decirme sinceramente lo que pensáis. Solo os pido cinco minutos e incluso menos, pero vuestros comentarios me interesan
En el futuro se sabrá si el Dr. Cubiles tiene o no nuevos episodios. De momento, nada más. Un abrazo muy fuerte para todos   




Faustino Belascoaín Bastarreche.