viernes, 5 de abril de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR CAPITULO: 11



Queridos blogueros/as: Otro capítulo mas y casi sin darnos cuenta ya vamos por el once y os puedo adelantar que son veinitres o sea que todavía os queda bastante y yo espero seguir siendo constante y metiendo todos los fines de semana un capítulo cada vez. Si lo cumplo tenemos para tres meses, o sea para mediados de Julio, luego vacaciones y a la vuelta, si está de Dios y el tiempo lo permite, seguiremos con otras cosas.
Hace años escribí una novela bastante larga, se llama “El trio de dos”que mi familia con motivo de nuestras bodas de plata la imprimieron, pero debían tener muy poca pasta porque la letra es tan pequeña que deberían haber regalado con cada ejemplar una lupa para poderla leer, pero me acuerdo que en aquella celebración, firmé ejemplares en mi casa a los invitados y por ahí deben de andar. Total que dándole vueltas a la cabeza, el otro día se me ocurrió la posibilidad de darle un argumento un poco mas consistente y hacerla todavía mas larga, como dirían los profesionales  trabajarla mas y posiblemente me meta en ese tinglado. Ya os contaré. De todas las maneras, tengo que terminar las historias de un mesonero gallego, cosa bien fácil de hacer, le prendo fuego al mesón y tan amigos.
En fin, muchas ideas, tiempo todo el que quiera y mas y solo falta ponerme a ello
Este capítulo también tiene cosas para pensar. Como siempre, espero que os guste
Un beso
Tino Belas


CAPITULO 11.-

La noche pasó como casi todas. El Abuelo se despertó dos veces y en una de ellas se tuvo que levantar para hacer pis y se volvió a la cama. Como casi todas las noches, no se durmió enseguida, tardó mas de dos horas, tiempo en el que puso la radio, aunque nunca la oía Se durmió como a las tres de la mañana, mas o menos, y se despertó a las ocho y media justo cuando Carlos Herrera entrevistaba al Presidente del Gobierno. El Abuelo apoyó su brazo derecho en su mujer, que se movió ante la presión de su marido. Juan esperaba que se diera la vuelta, pero ésta no solo no lo hizo, si no que le retiró el brazo y el Abuelo volvió a su posición inicial. A los pocos minutos y cuando el sol empezaba a penetrar por la ventana, se levantó, encendió la cocina, preparó la cafetera y mientras que el café se desperezaba Juan se lavó los dientes, se afeitó cuidadosamente con una vieja “Gillette” previamente se había  enjabonado toda la cara con una brocha de gruesas cerdas, se dio una larga ducha disfrutando las gotas de agua caliente que resbalaban por su cuerpo y después de secarse, se vistió con sus viejos pantalones de pana, una camisa de franela, un jersey de cuello alto y unas botas forradas. Bebió lentamente, mojó tres galletas bajas en calorías en el humeante café, se calzó un chaquetón azul y se subió el cuello hasta casi tapar sus orejas y salió.

El día era frío, aunque según su vecino por la tarde mejoraría, el sol se asomaba tímidamente y Juan provisto de un bastón con empuñadura de plata, comenzó a caminar en dirección opuesta al pueblo. Le gustaba pasear sin rumbo todas las mañanas, aunque siempre terminaba en alguna parte y  esta vez no iba a ser diferente. En el bar del pueblo, donde se acumulaban fotos del Barsa y del Real Madrid, la barra era de aluminio con el dispensador de cañas en el centro, la máquina de café a la derecha y una pequeña batidora en el lado izquierdo. Allí el Abuelo quedaba a diario con sus amigos con los que les unía una amistad que no envejecía a pesar de los años. Leía el periódico, discutía un rato de política, sobre todo con Andrés, el antiguo cartero, hablaba de futbol con Servando, un ex alcalde que no se resignaba a perder la alcaldía y se preparaba para dejar de ser el Jefe de la Oposición Municipal, jugaba a las cartas con Ismael, el harinero y terminaba la mañana dando un pequeño paseo con Don Genaro, el único propietario de Farmacia en muchos pueblos a la redonda y con el que le unía unos lazos de afectividad muy grandes. Por el camino hablaban de política, de sus nietos, de la vida en el pueblo, de lo que pesaban los años, de las mujeres de cada uno y hasta de Religión, pero casi nunca se ponían de acuerdo. Eran dos personas tan absolutamente diferentes que, a pesar de todo, tenían muchos puntos en común, sobre todo en lo referente a los pequeños detalles de la vida y trataban de celebrarlos como si fuesen acontecimientos extraordinarios. Caminaban durante dos o dos horas y media diarias haciendo que el perder el tiempo fuese la mejor manera de emplearlo. Eran unas horas tranquilas, relajadas en las que el camino les servía como si fuera un rail de ferrocarril que les impedía salirse del mismo. Si hacía sol, se cubrían con unas gorras y si llovía entonces hacían su aparición los paraguas de vistosos colores. Por fin, el Abuelo llega a su casa, se da una ducha con agua caliente y se sienta con una Coca Cola en la mano. El porche es lo mejor de la casa, es como una prolongación de los ideales de los dueños. Sentado en la silla de mimbre se queda extasiado ante la magnitud del paisaje que se extiende desde su cuerpo hasta las montañas cubiertas con una fina capa de nieve blanca. El sol intenta calentar el ambiente, pero el termómetro no se deja.

-        Es media mañana, sol como Dios manda, día claro y sin viento y encima lo puedo disfrutar ¿qué mas le puedo pedir a la vida? – Juan pensaba estas y muchas mas cosas mientras, casi sin darse cuenta, hacía un pequeño cigarrillo con una vieja máquina de rodillos en la que previamente había introducido papel y tabaco y a base de darle vueltas salía un pitillo fino al que se añadía un filtro mínimo.

El Abuelo fumaba poco, pero fumaba y era consciente que atentaba contra su propia salud, pero no le preocupaba, ya había llegado a una edad en que de algo se tenía que morir y no  estaba dispuesto a renunciar a estos pequeños placeres. Comía poco, prácticamente no bebía y su vida era prácticamente igual un día que otro y no le gustaba. Le daba igual que fuera martes que viernes. Solo variaba el domingo por aquello de ir a Misa y aquellos días en que aparecían los nietos y al día siguiente o al otro volvía la rutina. Vivía en un pueblo y la monotonía es la base de la vida, cosa que en una ciudad es mas fácil de superar, que si un día al futbol, que si otro al cine, que si a merendar a casa de algún hijo o simplemente pasear viendo escaparates, pero en un pueblo no existían esas oportunidades y las excusas contra la rutina se las tenía que fabricar uno mismo y para eso la imaginación era fundamental. La visión de un hormiguero con el trajín de las hormigas de acá para allá podía hacer que el día fuera diferente o el ver un pájaro revoloteando tu habitación desde una rama del manzano situado al lado de su ventana o el sonido del viento o el olor de una flor, el ladrido de un perro, el ruido de un motor. Cualquier cosa era buena para huir del mayor peligro de la vejez que no era otro que la rutina. Por supuesto que la soledad, otro de los grandes peligros, podría hacer su aparición en cualquier momento pero, gracias a Dios, éste no era su casa. Tanto el Abuelo como su mujer disfrutaban de una excelente salud, aunque eran conscientes que en un solo segundo en la vida podría variar todo y darles un revolcón.

Juan era un hombre con imaginación, seguro que si, pero no se hacía a la idea de vivir solo. Llevaba tanto tiempo casado con la Abuela que era todo para él. El nunca había sido un “mea pilas”, si que iba a Misa todos los Domingos y fiestas de guardar pero poco mas. Sin embargo últimamente le había dado por rezar el rosario todos los días y siempre pedía por alguien en concreto. Actualmente, tenía un motivo y era la enfermedad del Teodoro, el dueño de la ferretería del pueblo que no era un íntimo amigo suyo, pero paseaban juntos de vez en cuando y desde que le diagnosticaron un cáncer de páncreas no levantaba cabeza. En la capital no le habían dado ninguna esperanza y aunque el Cirujano trato de suavizar la situación le indicó que la única solución era una revisión quirúrgica, que se hizo en su momento y que confirmó la existencia de innumerables metástasis que aparecían por todas partes. En base a esas lesiones y el tiempo transcurrido se podría asegurar que fallecería en un plazo no mayor de un año y Teodoro reaccionó magníficamente ante de la extrañeza de amigos y familiares. Siempre había sido un hombre querido en el pueblo, desde hacía, nada mas y nada menos que setenta y dos años, salía poco, aunque en la mili estuvo destinado en Gijón y Santander y luego cuando uno de sus hijos estuvo viviendo en Málaga él se desplazaba de vez en cuando y allí estuvo casi seis meses, pero el bueno de Teodoro echaba de menos su pueblo, el pueblo era su vida.  Allí había nacido y esperaba que allí se produjera su muerte.

-        En fin – comentaba el Teodoro con una voz muy fina y como ahogada  y encima sonriente – ya que me queda poco, lo menos que puedo intentar hacer es que la gente que me rodea se sienta feliz

Uno de los días que el Abuelo salía de su casa para dar su habitual paseo alrededor de su casa, casi se da de bruces con el mismo Don Teodoro que descansaba sentado en un campo

-        ¿Que tal va la vida, Teodoro? – preguntó el Abuelo
-        Poco a poco – contestó Teodoro a través de una boca en la que le quedaban muy pocos dientes,
-        Que pasa ¿te cansas?
-        Claro, si no, no tendría necesidad de sentarme en un banco cada dos por tres- contestó todavía un poco agobiado por el esfuerzo realizado.
-        ¿Quieres compañía? -  Juan extrajo una petaca del bolsillo de su pantalón, depositó un poco de tabaco sobre la ranura y dio la vuelta a los rodillos para que el pitillo le saliera lo mas fino posible.
-        Siempre se agradece, Don Juan. Siéntese que aquí a la fresca se está muy bien
-        ¿Un pitillo?
-        Muchas gracias, pero para fumar estoy yo
-        ¿Te molesta que fume?
-        A mi me da igual. Yo fui fumador pero hace muchos años que le gané la guerra
-        ¿Y no lo echas de menos?
-        ¡Que va! además que de eso hace mas de cuarenta años
-        ¡Que envidia! Eso si que me gustaría conseguirlo a mi, pero no soy capaz, no tengo ninguna fuerza de voluntad.
-        De algo hay que morirse – el Teodoro trató de dibujar una sonrisa – pero yo de usted lo dejaría porque, usted lo sabe igual que yo, eso del tabaco es muy malo
-        ¡Y que lo digas!
-        Pero bueno tampoco hay que exagerar porque peor es el cáncer de páncreas y aquí me tienes
-        ¿Cómo te encuentras?
-        Si quiere que le diga la verdad y ahora que no nos oye nadie le voy a confesar una cosa con la condición que no se la diga a nadie – el Teodoro acercó su boca a la oreja de Juan que le escuchaba con atención – estoy fatal y tal y como me voy viendo creo que me voy a morir en muy pocos días, pero no lo sabe nadie ¿me entiende?
-        ¿Ni siquiera se lo has dicho a Julia?
-        ¡Para que! No es necesario. Lo mismo que lo noto yo, lo nota ella pero disimula bastante bien, aunque de vez en cuando se le escapa alguna lagrimilla pero solo de vez en cuando.
-        Pues yo, si quieres que te diga la verdad Teodoro, no te encuentro tan mal – Juan le dio una pequeña palmada en el muslo – si que es verdad que lo que es decir muy buena cara, eso es verdad que no, pero sin embargo no has adelgazado mucho
-        No se lo puedo decir porque nunca me he pesado en mi vida, pero algo si que he perdido.
-        Solo faltaba, pero dentro de lo malo, todavía conservas un buen carácter.
-        ¿Y que quiere que haga? – El Teodoro se quedó mirando hacia un barranco próximo – me podría poner a llorar pero no creo que me valiera de mucho
-        ¿Tú eres creyente?
-        Creyente si, practicante no.
-        Te lo decía porque a lo mejor el cura te podía ayudar
-        ¡Para que! Ya se que lo mío no tiene arreglo, o sea, que perdería el tiempo. Yo lo único que le pido a Dios es tener una muerte digna.
-        ¿Y por qué no le pides que te cure?
-        Porque no creo en los milagros y teniendo un cáncer muy avanzado como tengo yo, ni Dios lo arregla ¿me comprende? me va usted a perdonar pero me vuelvo a casa porque no me encuentro muy allá ¿usted va a seguir con su paseo?
-        Casi si porque hace muy buen día
-        Pues nada, que usted lo pase bien y hasta otro día – El Teodoro inició su lento regreso apoyado en su vieja garrota de pino trabajada con su pequeña navaja durante muchas noches de invierno.

Juan iba en dirección contraria y estaba tan impresionado con el malísimo aspecto de Teodoro que decidió, mientras caminaba, rezar un rosario pidiéndole a Dios que le ayudara en lo que estaba seguro que iban a ser sus últimos días. Con los dedos de la mano izquierda iba contando los Misterios que sabía que eran cinco, pero no tenía ni idea de cuales, si gozosos, dolorosos o los que fueran y con los dedos de la otra mano contaba las Avemarías. Quiso terminar con las letanías, pero de esas si que no se acordaba de ninguna y así casi sin darse cuenta llegó al capítulo de las peticiones y ahí es donde pidió por su amigo Teodoro, para que como era su deseo tuvieran una muerte digna y ya de paso aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid también pidió por la Abuela y por él, para que vivieran muchos años disfrutando de buena salud. Lo de rezar el Rosario ese día fue como espontáneo, pero los días sucesivos lo tomó como un hábito y en todos sus paseos rezaba a su Dios, ese Dios con el que se había peleado innumerables veces y se había reconciliado otras tantas, seguro como estaba que estaría pendiente de sus oraciones y en su momento le haría caso.

No habría pasado ni una semana cuando a la vuelta del paseo diario, las campanas de la Iglesia tocaron a muerto. El Teodoro que le ha llegado su hora pensó para sus adentros y Dios le ha escuchado porque ayer por la tarde estaba jugando la partida de tute. Dentro de lo malo, lo menos malo, porque si tenía un cáncer muy avanzado para que dejar pasar el tiempo y tenía que reconocer que su amigo Teodoro lo había llevado con una gran dignidad y entereza de ánimo. Ni un solo día se quejó y Juan pensó que para él querría lo mismo, solo que no tenía ninguna prisa. Si por él fuera esperaría veinte años más, pero todo estaba en manos de ese Dios al que todos los días le dedicaba un cuarto de hora de su gran cantidad de tiempo libre. Ya de vuelta, Juan abrió la puerta metálica del jardín con una llave que colgaba permanentemente de su cinturón, paseó unos minutos entre las plantas que cultivaba la Abuela y viendo como las rosas estaban más bonitas que nunca y como la hiedra casi había terminado su escalada por la pared que daba a la parte lateral de la casa. La puerta de madera que comunicaba con el interior de la vivienda estaba entreabierta y sin hacer ningún ruido Juan llegó hasta su dormitorio y se quedó mirando a la Abuela que estaba profundamente dormida. Al poco tiempo ella abrió los ojos

-        Perdona, pero he dormido fatal esta noche y estaba aprovechando para echarme un sueñecito – comentó mientras estiraba los brazos - ¿Qué miras?
-        ¡Que pasa! ¿ya no se pueden mirar las obras de arte?
-        Tu si que eres una obra de arte
-        Bueno, a mi me pareces fenomenal
-        Sería hace años porque ahora tengo un cuerpo como para pasearlo por un Museo
-        A mi me gusta
-        Venga, déjate de tonterías y vamos a desayunar que todavía tengo que hacer un montón de cosas.
-        Está claro que no se te pueden decir piropos
-        Poder se puede, porqué no, pero después de tantos años de casados hay cosas que se dan por sabidas
-        Pero de vez en cuando no viene mal recordarlas
-        Anda, venga vamos a desayunar.



sábado, 30 de marzo de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR. CAPITULO 10

Queridos blogueros/as: Juraría que ya he metido este capítulo hace un rato, pero como no lo encuentro lo vuelvo a publicar y si ya está, pues dos por el mismo precio.
Semana Santa pasada por agua en Cedeira (La Coruña) pero no como casi siempre, no, esta vez ha sido mucho mas.
Hasta la próxima semana que hoy me pilláis agotado, no se si por tanta agua o por los 650 kms que me he metido entre pecho y espalda.
Un beso
Tino Be 

CAPITULO 10.-

El Abuelo que había hecho el mismo recorrido cientos de veces, trataba de hacer de la rutina un momento de diversión y así observaba con atención todos los pequeños movimientos de los gorriones que se alineaban en los cables de la luz como queriendo hacerle un pasillo. El Abuelo sería su rey y ellos sus vasallos. De vez en cuando alguno de ellos, abandonaba la formación y es que tenía ganas de hacer pis y se iba un segundo al servicio, pero enseguida estaba de vuelta. El camino no era muy largo, pero para hacerlo requería un esfuerzo y las consiguientes paradas cada poco para recuperar el resuello. Un ramillete de margaritas parecía querer llamar la atención del Abuelo y así desde un lado del camino, se movían como si estuvieran haciendo la ola. El Abuelo se agachó y tomando una entre sus dedos recordó  sus años mozos cuando ante una chiquilla guapa que como él no tendría mas de doce años la fue deshojando lentamente recitando aquello de si me quiere, no me quiere y al fina como el resultado fue que si le dio un beso en la mejilla y continuó su camino. Un poco mas allá  tuvo necesidad de pararse porque el cansancio comenzaba a hacer mella en su cuerpo y como quiera que ya iba recuperando su optimismo habitual, decidió que la forma de mejorar era hacer inspiraciones profundas llenando el pecho de aire de tal manera que el campo llegara hasta sus pulmones y así se encontraba mucho mejor. Ese era el Abuelo que él quería ser siempre hasta que el que le tenía que llamar al otro mundo lo llamase, pero mientras tanto tenía que ser una persona que contagiase vitalidad, que la sonrisa fuera la expresión permanente de su cara, que supiera valorar las cosas que le rodeaban, que la aparición de un tomate en el dedo gordo de su calcetín fuera un motivo de risa, que vibrase con el cri-cri de los grillos al acercarse la noche o que se emocionase ante el vuelo de una mariposa y para eso tenía que hacer un ejercicio de voluntad todas las mañanas hasta conseguirlo. Simplemente el hecho de abrir la ventana y dejar pasar los rayos del sol debería ser como el comienzo de una nueva vida. Todo lo anterior sería interesante para tener experiencia, eso que siempre se le supone a su edad, pero aunque eso fuera así, él se tenía que dedicar a vivir el día a día apreciando las cosas de hoy, no las de ayer que ya pasaron  ni las de mañana que sabe Dios si llegarían. Mientras caminaba el sol se iba adormeciendo, las luces de su casa se iban aproximando y el Abuelo pensaba

-        Ha pasado un día mas o a lo peor un día menos, pero lo he pasado que es lo importante y encima la caída de mi nieto ha venido a contribuir a que el día hubiera sido diferente ¿se puede pedir mas?

Un poco mas allá, Ana, su mujer, le esperaba intranquila mirándole con reproche

-        Pero ¿dónde te has metido alma de Dios?
-        He estado en el pueblo
-        ¿Has bebido?
-        Como me preguntas eso si sabes que yo no bebo nunca
-        No lo se, pero estaba preocupada. ¿Te has dado cuenta que es la primera vez que te vas de casa estando tus nietos aquí?
-        Si – el Abuelo pasó un brazo por el hombro de su mujer – tienes razón pero me molestó mucho la postura de nuestra nuera, pero ya está, no hay que darle mas vueltas.
-        Venga, anda, déjate de pensar cosas raras y ven a disfrutar de tus nietos que están terminando de cenar y dicen que no se acuestan si no les cuentas un cuento.
-        No se si me apetece mucho – el Abuelo acercó a su mujer apretándola con su brazo
-        ¿Te has enfadado mucho?
-        A ti que te parece
-        Hombre tampoco hay que sacar las cosas de quicio. Es natural que si oye llorar a su hijo salga corriendo para saber lo que ha pasado
-        Si – en la cara del Abuelo volvió a aparecer esa arruga que era el reflejo en la piel de lo que pasaba por su cerebro – pero yo el columpio lo hice con toda la ilusión del mundo para que disfrutaran y parece como si lo hubiera hecho casi para que se cayeran y se mataran.
-        No digas tonterías, Juan. Venga anímate y cuéntales un cuento que si no estos no se duermen y nos vas a dar las tantas.

La Abuela abrió la puerta de la cocina y entraron, Aquello para los niños fue como la llegada de los Reyes Magos. Los niños, los cuatro, se levantaron de sus sillas y se abrazaron al Abuelo que los miraba con lágrimas en los ojos. Uno le decía: que bien que has vuelto porque creíamos que te habías perdido, otro sabía que volvería porque según decía le había visto salir y como iba dejando migas de pan por el camino para saber volver

-        Pues yo pensé que te habías muerto y no venías porque estabas en el cielo – razonaba el tercero con su lengua de trapo
-        Si – replicaba el mayor – tú pareces tonto, se muere y viene aquí ¿no?
-        ¿Por que no? – el otro le sacó la lengua – el niño Jesús cuando fue mayor como el Abuelo también se murió y al tercer día respiró
-        Querrás decir resucitó – terció el Abuelo
-        Bueno pues eso
-        Niños, niños, venga terminar de cenar que si no el Abuelo no os cuenta ningún cuento – intervino la Abuela

Los niños obedecieron, el Cola Cao hacía estragos en los alrededores de sus bocas, las servilletas estaban tan oscuras como la noche que se avecinaba. Poco a poco terminaron con todas las galletas y después de dar un beso de buenas noches a sus padres subieron a la buhardilla donde se alineaban varios colchones sobre el suelo haciendo como si una inmensa cama les esperara.

-        Antes de dormiros hay que hacer algo ¿no?
-        Rezar – respondieron todos a la vez
-        Pues venga, abrir los ojos, juntar las manos y mirar al cielo
-        Yo no veo nada
-        Como vas a ver si está el techo
-        Bueno, bueno, el que no quiera que cierre los ojos y el que no que los tenga bien abiertos – el Abuelo se sentó en una silla – venga juntar las manos y decir conmigo Niño Jesús
-        Niño Jesús – respondieron los cuatro
-        Queremos darte las gracias porque hoy hemos cenado Cola Cao
-        Y croquetas – añadió el tercero
-        Y tu también has tomado tortilla de patata
-        Y tu
-        Bueno, muy bien – el Abuelo hacía las veces de mediador – pues te damos gracias por haber cenado croquetas, tortilla y Cola Cao
-        Yo también he tomado galletas
-        Pues yo no porque no tenía hambre
-        Tendremos que pedir por todos los niños del mundo para que todos, absolutamente todos, tengan cena todos los días ¿os parece?
-        Si y también que tengan una casa
-        Y un colegio
-        Muy bien, pues pedimos por todas esas cosas. Muchas gracias, Amén y ahora toca dormir, o sea que todo el mundo bien tapados y a dormir. Hasta mañana
-        Abuelo cuéntanos el cuento de la rana que quería ser astronauta
-        Eso no que es muy feo, mejor el de la ratita presumida
-        Vaya rollo, a mi me gustó uno que nos contaste un día que era de un niño futbolista que le dio una patada tan fuerte al balón que rebotó en la luna y a la vuelta casi choca con una estrella
-        Pues a mi el que mas me gusta es el de Blanca Nieves y los siete enanitos
-        ¡Otra vez! Ese no que ya nos lo has contado muchas veces
-        Bueno, lo mejor es que nos cuentes el que tú quieras.

El Abuelo se puso de pié y se hizo un gorro con un viejo periódico. Después muy despacio se subió a una bicicleta estática que estaba al fondo y comenzó:

-        Lo primero es que todos tengáis los ojos cerrados y os imaginéis que voy dando pedales y casi me estáis perdiendo de vista porque estoy entrando en una nube muy blanca, muy blanca y me pongo el gorro porque parece que empieza a llover. Sigo dando pedales y cada vez estoy mas lejos, muy lejos, muuuuy lejos…………………………

Juan estaba de pié en la terraza, la noche había pasado sin sobresaltos importantes y los niños habían dormido como auténticos lirones. El fin de semana había pasado y el Abuelo estaba observando como el coche de sus hijos abandonaba el pueblo y se encaminaba a la gran ciudad. Ana hacía ganchillo pacientemente sentada en una butaca de mimbre.

-        Desde luego que verdad es que los nietos dan dos alegrías, una cuando vienen y otra cuando se van

La Abuela levantó los ojos de la aguja y afirmó con la cabeza volviendo a continuación a la tarea de hacer una camiseta y unas braguitas para alguno de los nietos.

-        Lo importante es que lo podamos contar
-        Eso por supuesto y  la verdad es que yo con los niños me lo paso fenómeno
-        Y ellos contigo todavía mejor
-        Me alegro ¿sabes una cosa?
-        Dime
-        Que me al bar
-        Me parece muy bien. Yo termino esta vuelta y también me voy
-        ¿Vas a la compra?
-        Si
-        Entonces te acompaño hasta el pueblo y ya me quedo yo.
-        Muy bien ¿vamos?
-        Vamos

viernes, 22 de marzo de 2013


 Queridos blogueros/as: Tengo que reconocer por primera vez desde que soy aficionado a esto de escribir que, por primera vez y sin que sirva de precedente, que el Abuelo de éste capítulo soy yo. Hace mucho que no lo leía y lo debí de escribir algún día de esos que estás así como un poco bajo y me salió esto que no está mal. Sobre todo los Abuelos y Abuelas que leéis esto, ojo que todos sabemos que somos tres, estaréis de acuerdo en que las cosas son mas o menos como os cuento, pero en fin, ese es el papel que nos ha tocado vivir y lo que tenemos que hacer es disfrutar de los nietos que para eso están y si alguno se cae de un columpio ¡que le vamos a hacer!
Un abrazo
Tino Belas



CAPITULO 9.-

Juan pareció despertar. Casi sin darse cuenta había entrelazado sus dedos con Ana, se había bebido toda la ginebra y le pareció volver a un mundo con el que siempre había soñado. Era de noche, la luna parecía querer sustituir al sol iluminando a su manera el amplio valle y el silencio se iba haciendo amo y señor de todo. Juan recorrió con sus ojos un paisaje que le resultaba tan familiar y a continuación se metió en la cama a la espera del nuevo día. Como todas las noches y antes de cerrar los ojos dio gracias a Dios por todo lo ocurrido durante ese día y sobre todo por conservar una memoria que le permitía tantos y tantos episodios de su vida. El conservarla era fundamental para transmitir a sus nietos todas sus vivencias y enseñarles, una a una, todas las piedras del camino de su vida para evitar que tropezaran  con ellas.
Eran cuatro niños, sus nietos, los que le hacían ver el paso del tiempo, dos de Carlos de seis y cuatro años y dos de Mateo de ocho y cuatro años ¡cuatro nietos! y parecía que fue ayer cuando hablaba con sus hijos sobre su futuro. Cuantas veces se habían planteado Ana y él como serían sus hijos de mayores y tenía que reconocer que ambos habían vaticinado el futuro francamente mal. ¡Peor imposible! No habían acertado ni una pero lo importante es que los cuatro eran felices. Seguro que tendrían sus problemas, naturalmente, pero en conjunto se podía decir que la vida les sonreía. Vivían bien, tenían buenas parejas, mas tiempo libre que tuvo su padre y sobre todo de lo que disponían a raudales era de juventud. Cierto es que los niños pequeños son la alegría de la casa y sin querer te envuelven en una constante actividad y buen rollito, que dirían los modernos, pero también se hace realidad el refrán castellano que, como todos es producto de la sabiduría popular, “Dios da los niños a una edad en la que se pueden aguantar” y es una verdad como un templo porque para Juan, el abuelo, desde la torre de vigilancia de su castillo de la edad, de mas de sesenta años, lo pasaba maravillosamente bien con ellos, les contaba cientos de cuentos, trataba de iniciarlos en el culto a la naturaleza, les permitía hacer prácticamente todo y lo único que les negaba y era el egoísmo. En ningún caso trataba de educarlos, para eso estaban sus padres. El tenía que conseguir y por lo menos lo intentaba siempre, que fueran a su casa como si cada día fuera una fiesta y de hecho creía que lo había conseguido. No los veía mucho, esa era la verdad, porque el pueblo estaba lejos de la ciudad  y era lógico que sus padres solo los pudieran llevar de vez en cuando y este fin de semana era uno de ellos. Normalmente los padres y los hijos de cada uno se quedaban a dormir en la casa del pueblo, para lo que adecuaban algunas habitaciones y sobre todo una especie de ático que lo llenaban de colchones y allí dormían todos los enanos organizando unas buenas juergas.

El abuelo sabía que estaban a punto de llegar y se sentó en el porche a esperarles. Apoyado en su bastón, compañero de fatigas de tantos y tantos paseos, con una gorra a cuadros muy inglesa, Juan guiñaba un ojo como queriendo escudriñar el futuro y de esta manera conseguía controlar el camino que, a través de infinidad de curvas, se aproximaba al pueblo. Desde su cómodo mirador controlaba a todos los que pasaban, tanto en coche como andando con tanta intensidad como si le fuera la vida en ello. Los coches, en su lenta ascensión, iban dejando una nube de polvo que los hacía todavía más visibles. Cuando venían desde la ciudad lo hacían todos juntos en una furgoneta Mercedes Vito propiedad de Carlos con lo que los primos venían todos juntos, se lo pasaban en grande y el viaje se hacía mucho más llevadero. Cuando se acercaba el momento el campo se iba transformando y hasta los girasoles estiraban sus tallos para asistir a la llegada de la inocencia. Los niños adoraban a los abuelos y los besos y los abrazos eran moneda común. Acostumbrados a la rigidez de la ciudad, el pueblo era para ellos una auténtica válvula de escape. El jardín de la casa se prolongaba, sin solución de continuidad, con los pinares próximos y la ausencia de coches hacía que el peligro fuera mínimo comparado con el de cualquier calle de cualquier gran ciudad.

-        Abuelo – Carlos el nieto mayor de todos que tenía nada mas y nada menos que ocho añazos preguntó - ¿te acuerdas que la última vez que estuvimos aquí nos prometiste que nos harías una portería?
-        Si, claro que me acuerdo – Juan no tenía ni idea de haber prometido semejante cosa – pero no la he podido hacer porque necesito un ayudante
-        Pues venga, vamos a hacerla porque me he traído el balón y me tiras unos tiros.
-        Carlos, Carlos – la madre desde una ventana le daba órdenes – antes de ponerte a jugar sube tu bolsa a la habitación, la deshacemos y luego juegas todo lo que te de la gana
-        Mamá ¿puedo subir por el árbol? – el niño la miraba suplicante desde el suelo
-        Ya sabes que no. Venga sube por la escalera que cualquier día te vas a caer y tenemos un disgusto.

El abuelo desde su sitio cerca del bosque le hizo un gesto como ¡que le vamos a hacer! Y a continuación – tú pon cara como que vas a obedecer, esta vez sube por donde te dice tu madre y en cuando no está subimos por el árbol que es mucho mas divertido

-        ¿Tú también te vas a subir conmigo?
-        Creo que no
-        ¿Te da miedo?
-        Hombre, miedo lo que se dice miedo no, pero ya tengo unos años y si me caigo seguro que me rompo una cadera y menudo lío.
-        No lo entiendo – Carlos puso cara de sorpresa
-        ¿Qué no entiendes?
-        Que no subas por el árbol, porque no se si te acuerda que nos dijiste que hasta hace muy poco esta casa no tenía escalera y siempre tenías que entrar por la ventana.
-        Tú te acuerdas de todo ¿verdad?
-        Pues claro, Abuelo y ¿sabes por qué?
-        No tengo ni idea
-        Porque no me imagino a la Abuela y tú entrando por la ventana
-        Es que en aquella época ni la Abuela ni yo éramos abuelos.

Carlos, desde su cerebro de ocho años, no entendía absolutamente nada. Solo sabía que en casa de sus Abuelos no había escalera, que el Abuelo entraba por la ventana trepando por un árbol, que era muy divertido según le había contado un montón de veces y ahora resulta que no era su Abuelo o que su Abuelo no era su Abuelo, todavía peor

-        Entonces si no erais Abuelos ¿qué erais?
-        Pues mucho mas jóvenes
-        ¿Como “Cachete”?
-        No hombre no, Cachete tiene cuatro años. Éramos pequeños pero no tanto
-        ¿Cómo el tío Mateo
-        ¡Que mas da, Carlitos! No seas pesado. Éramos tan jóvenes que subíamos por el árbol como si fuéramos monos
-        ¿Y te rascabas el culo?
-        ¡Como!
-        Que si te rascabas el culo
-        ¿Yo? – el Abuelo se mantenía muy serio aunque por dentro se estaba partiendo de risa.
-        Te lo digo porque yo fui una vez con Papá y Mamá al Zoo y había unos monos que se lo rascaban tanto que lo tenían colorado como un tomate.
-        Sería que les picaría
-        Claro, que cosas tienes Abuelo, pero yo hacía lo mismo en casa y Mamá me regañaba y hasta una vez  me dejó castigado sin salir del cuarto.
-        Me parece muy bien porque es un gesto bastante feo y los niños no lo debéis hacer
-        ¿Y los monos si?
-        Eso da lo mismo porque los monos son monos
-        Pues ¿sabe lo que te digo – el niño miraba a la copa de los pinos cercanos – que me gustaría ser mono
-        Hombre, tampoco hay que exagerar – Juan se partía de risa aunque tenía que mantener la seriedad de un abuelo – si que es verdad que los monos saltan y trepan por los árboles y se pasan el día comiendo cacahuetes y
-        Y se rascan el culo, Abuelo
-        Bien y hasta se rascan el culo, pero los que tú viste estaban en una jaula ¿no?
-        Claro porque si no se escapan
-        Pues a mi en ese plan no me gustaría ser mono – el Abuelo señaló los montes lejanos – prefiero vivir aquí disfrutando de la naturaleza que metido en una jaula
-        Si, pero me escaparía
-        Ya, pero los cuidadores no son tontos y no te dejarían
-        Bueno- el niño puso cara de pillo – pero yo buscaría unos alicates, cortaría la tela metálica y me escaparía para venir a jugar contigo
-        Carlos, Carlos – su madre le llamaba desde la ventana del dormitorio - ¿qué te he dicho?
-        ¿Todavía no has ordenado tu ropa? Preguntó el Abuelo
-        Es que no me ha dado tiempo
-        Anda, anda no seas cara dura, vete a tu cuarto y obedece a tu madre

Carlos entró en la casa con cara de pocos amigos. ¡Que pesados son los padres! Todo el día ordenando ropas, juguetes y mil cosas mas para luego jugar y que no vuelvan a estar en su sitio. El Abuelo había construido con una madera vieja que se había encontrado por ahí y unas cuerdas que compró en la ferretería del pueblo un columpio que colgaba de la rama de un pino próximo. El nieto mas pequeño se bajó sin esperar a que el balancín estuviera totalmente parado y se cayó cuan largo era. El Abuelo se asustó y aunque estaba a tan solo unos metros de distancia acudió rápido en su ayuda mientras el nieto lloraba como un loco. No parecía que se hubiese hecho nada importante, pero el llanto iba aumentando lo que hizo que se acercaran rápidamente los padres de la criatura.

-        Abuelo ¿qué ha pasado? – preguntó el padre tomando en brazos al niño mientras le besaba y lo acunaba como si se estuviera muriendo
-        Que se ha resbalado de la tabla del columpio y se ha caído, pero tampoco es para tanto – El Abuelo no entendía semejante barullo – no se ha hecho nada.
-        Para haberse matado. Abuelo – la madre continuaba mirando al niño y poco a poco todos se iban tranquilizando – tienes que tener mas cuidado porque el niño es muy pequeño
-        Yo no tengo la culpa que el niño se baje del columpio antes que esté completamente parado – contestó el Abuelo convencido de su inocencia
-        Hombre,  no digas eso porque las cuerdas las pusiste tu en la rama del árbol
-        Si, pero para que se suban los niños que no se caen, no éstos tan pequeños
-        ¿Se ha subido él solo?
-        Lo he subido yo
-        No te das cuenta que es muy pequeño

El Abuelo se dio media vuelta cabizbajo y se alejó del tumulto. Con paso lento anduvo hasta el pueblo. Llegó al bar de Juan y se tomó un café con leche con unas gotas de aguardiente y estuvo un rato sentado ante una mesa con un mármol casi tan envejecido como él. En su superficie, que había sido blanca, todavía quedaban restos de escritos con lápiz anotando los puntos de una partida de “cinquillo” que todas las tardes congregaba a bastantes viejos alrededor de la mesa. El Abuelo estaba triste, su cara con las arrugas que el tiempo iba dejando como una huella de su pasado, no mostraba una expresión tan risueña como en él era habitual. Sabía que quería a sus nietos mas que nadie en el mundo y sin embargo su nuera ¡quien se lo iba a decir! parecía como si le culpase de la caída del niño

-        Es una tontería -  pensó pero, a pesar de todo, seguía pensando en las palabras de su nuera – mira que si se llega a matar

Que barbaridad, como si fuera el único niño que se cae de un columpio. Todos se caen de vez en cuando y casi nunca pasa nada e incluso aunque pasase ¿no se montarían nunca más?  El Abuelo había fabricado el columpio con la mejor de sus intenciones y ahora resulta que casi era el causante de una mas que posibilidad de un grave accidente ¡que pena! le encantaría jugar con sus nietos, que hicieran el bestia todo lo que quisieran,  que se subieran a los árboles, incluso que se cayeran y hasta que se hicieran alguna brecha, no muy grande por supuesto, pero que los niños fueran niños, que se portaran como tales, que hicieran miles de travesuras, que se pusieran negros de porquería, que disfrutaran de las bondades del campo y que fueran, pues eso lo que eran, niños que iban creciendo poco a poco. El Abuelo era de los convencidos que la diversión se esconde en cualquier lugar y que para encontrarla no hacía falta recurrir a la tecnología punta, ni mucho menos, lo mas importante era tener un poco de imaginación, algo de fantasía que los niños la tienen por el mero hecho de ser niños y sobre todo ganas de dejarles hacer lo que les de la gana, ayudándoles y llevándoles por donde uno quiere pero sin ninguna limitación. Si por él fuera – esto que no lo oiga mi nuera que entonces si que me mata – no habría cogido a su nieto en brazos, si no que le hubiera convencido que iba en un avión y que había tenido un avería y había hecho un aterrizaje de emergencia justo delante de la casa, que la caída no había sido desde la madera del columpio si no  al dejarse caer por una rampa desde la puerta del avión hasta el suelo y que una vez que habían descendido todos los pasajeros, el avión se había incendiado y por eso no había ni rastro del aparato. Eso es lo que hubiera hecho el Abuelo, pero las cosas no siempre son como uno quiere y el niño en lugar de entender la caída como una experiencia positiva y así tener la posibilidad de aplicarla en otras muchas caídas que seguro tendría en su vida, lo que había hecho, por culpa de su nuera, eso lo tenía claro, era no asumir la realidad, no ser consciente que la caída había sido por su culpa y agarrarse a un clavo ardiendo que en este caso eran los brazos de su madre y ella, la madre, su nuera, que no le caía mal pero era muy diferente al Abuelo, también podría haber tenido algo mas de imaginación, esa que al Abuelo le sobraba y en lugar de tomárselo como casi una tragedia, se podría haber inventado que lo habían trasladado al Hospital en una ambulancia, tocando una sirena que iba despertando a todos los vecinos y que, como afortunadamente, no tenía ninguna lesión importante, lo devolvían a su casa en otra ambulancia, pero ésta en lugar de una sirena llevaba un altavoz en el que iba anunciando que el niño se encontraba muy bien y que volvía a jugar.

El Abuelo dejó unas monedas en la barra del bar, se despidió del dueño que estaba jugando una partida con unas cartas viejas y otra vez con paso lento desanduvo el camino tranquilamente hasta su casa. La brisa no era importante, las hojas de los árboles se movían al ritmo de sus propios pasos, alguna nube trataba sin conseguirlo de acelerar la llegada de la noche y el camino, plano y liso,  invitaba a recorrerlo aspirando su olor y masticando sus sabores.