viernes, 15 de marzo de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR:CAPITULO 8



 Queridos blogueros/as: Esta bien éste capítulo, sobre todo el final. Se conoce que como nuestro Juan se ha vuelto un pendón, Dios le castiga y cuando vuelve a casa se encuentra con su mujer despierta y le pasa aquello de que si quieres arroz pues toma dos tazas, pero bueno como eso es al final del capítulo todavía os queda leer todo lo de en medio que no está mal.
Esta tarde he estado perdiendo el tiempo de una manera que os aconsejo aunque hay que reconocer que un poco cara y es pasarte unas cuantas horas viendo libros y si es un sitio grande mucho mejor porque los libros se ven mas fácil. Mucho mas barato y también lo hago de vez en cuando es hacer lo mismo pero en una biblioteca municipal con lo cual pasas el mismo tiempo y no te gastas ni un euro. El tocar los libros, por lo menos a mi, ya me predispone hacia una novela, aunque es una exageración, pero casi diría que no me hace falta ni saber el nombre. Eso de ver unas letras pequeñas y como muy juntas me da muchísima pereza y el resumen de la última hoja viene muy bien para saber de que va y sobre todo si ha ganado varios premios, señal que no será especialmente mala, aunque a veces me equivoco y me compro cada cosa que ya, ya.
Podíamos poner cada uno lo que estamos leyendo y hacemos una especie de crítica. Yo voy a empezar una novela que se llama "Si te abrazo, no tengas miedo de un tal Fulvio Ervas que no lo conoce ni su padre, bueno su padre seguro que si, y solo al ver la carátula, seguro que me va a gustar. El próximo día os lo cuento
Un abrazo para todos/as
Tino Belas



CAPITULO 8.-

Juan se acercó al mueble librería, abrió una de las puertas inferiores y sacó un vaso ancho de cristal, de la nevera sacó varios cubitos de hielo que los depositó en el fondo y se sirvió una generosa dosis de su ginebra preferida. Completó la copa pasando un limón por el borde del vaso, dejó caer una pequeña rodaja de limón y el resto lo exprimió diluyéndose el jugo de limón entre los hielos y la ginebra. Se volvió a sentar haciendo tintinear los hielos para enfriar cuanto antes la ginebra y por su cabeza pasaron, como nubes en un día de intenso viento, aquellos años, por lo menos seis o siete, en que no dormía ni dos horas diarias por culpa de la evolución de su empresa. Fue una época muy dura en la que se entremezclaban tres historias. Una primera que era, efectivamente, una mas que mala evolución de la economía  en España, con huelgas por todas partes, los obreros desbordando odio hacia sus patrones que eran los que les daban de comer y un sistema fiscal y de contratación que parecía hecho para que nadie se animase a fundar su propia empresa y encima los bancos que, sin razón aparente, habían cerrado el grifo de los créditos. Lo fácil hubiera sido cerrar, los sesenta y tantos trabajadores con su correspondiente expediente de regulación de empleo se hubieran ido a la calle y se acababan los problemas, pero Juan no estaba por esa labor y tirar por la borda tantos años de sacrificio por la empresa. Estaba seguro, como así fue, que después de la tempestad viene la calma y era cuestión de aguantar como fuera, incluso perdiendo dinero de su propio patrimonio y encima teniendo que aguantar malas caras y hasta desplantes de empleados suyos, algunos con mucha antigüedad en la empresa que en lugar de comprender la situación y ayudar a resolverla de la mejor manera posible, se dedicaba a torpedear cualquier iniciativa como si no fueran todos en el mismo barco y no cedían un ápice en sus pretensiones tanto económicas como laborales. Juan pretendía reducirles la horas y a la vez el sueldo en la misma proporción, pero no por un capricho personal sino porque los pedidos disminuían de manera alarmante y no ingresaba lo suficiente para pagar. Las reuniones con los representantes de los trabajadores le llevaban tanto o más tiempo que el que tenía que dedicar a mantener la empresa a flote.

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, su hijo Mateo, el tercero, de veintidós años entonces, había sufrido una transformación preocupante. Llevaba cerca de un año sumido en un profundo mar de dudas.
Estudiaba tercero de Ingeniería Industrial y hasta ese año había sido un estudiante razonablemente bueno. No sacaba unas notas excelentes, pero era de esos que aprobaba todas las asignaturas en Junio. Sin embargo, los problemas comenzaron cuando fue nombrado Delegado de Curso. Juan no sabía si lo habían elegido previa presentación de otros candidatos o simplemente a dedo, pero ahí empezó el cambio. Se dejó el pelo largo, una perilla mal cuidada, se vestía con unos vaqueros viejos a más no poder y unas eternas botas, como de montañero, que no se quitaba nada más que para dormir. Se volvió protestón, irascible, intransigente, discutidor y no paraba de pelearse con sus hermanos. El centro de la diana de acusaciones y el blanco de su cambio radical, le correspondió a su padre y de esta manera, Juan, sin comerlo ni beberlo, se encontró en su punto de mira. Una expresión habitual en boca de Mateo era empresarios explotadores y siempre la soltaba a la hora de comer, posiblemente el momento del día en que tenía más repercusión. Ana lloraba a escondidas y en cuanto tenía un minuto para hablar con su marido no paraba de mostrar su preocupación por la situación de su hijo. Aquel niño educado, bueno, simpático, colaborador y aseado se había vuelto todo lo contrario, había cambiado como si a un calcetín le hubieran dado la vuelta ¿no estará metido en temas de drogas? se preguntaba  cada vez que le veía entrar con aquella trenca de mangas sobadas, los pantalones rotos y aquellas botas que no podía soportar.

-        Si quieres que te diga la verdad, a mi no me parece tan preocupante – Juan trataba de autoconvencerse – este chico siempre ha estado muy apegado a tus faldas y ahora parece que quiere empezar a volar y claro está hecho un lío. Lo que tenemos que tener es un poco de paciencia y ya verás como poco a poco irá volviendo a ser el de siempre.
-        Dios te oiga porque yo lo veo muy raro – Ana continuaba haciendo ganchillo con la rapidez que condicionan los años de entrenamiento - ¿no sería bueno que controlásemos sus amistades?
-        Mujer ¡que tiene veintidós años!
-        Ya, pero muchas veces estos niños tan buenos son muy manejables y si tiene algún amigo o novia que lo aleje del camino que a nosotros nos gustaría que siguiese, o sacan con facilidad  y lo mismo mas adelante ya es tarde y no tiene arreglo –  los ojos de Ana se volvieron a llenar de lágrimas
-        ¡Venga! No llores que ya verás como todo se arregla. Hay que darle tiempo al tiempo

Juan se levantó del sillón, entró en el cuarto de baño, se lavó los dientes, se desnudó y se puso el pijama que colgaba de una percha situada detrás de la puerta y cuando estaba a punto de meterse en la cama oyó la puerta de la calle y a su hija pequeña Ana que saludaba con su desbordante alegría

-        Hola Padres ¡ya estoy aquí! ¿Qué tal?

Desde su cuarto también oyó como le daba dos sonoros besos a su madre y se sentaba a su lado

-        Estoy muerta – los zapatos de tacón cayeron al suelo – me han dado un día que mejor es que me hubiera quedado en la cama – Ana miró a su alrededor - ¿y Papá?
-        Se acaba de ir a la cama – contestó su madre
-        Pero ¿Qué hora es?
-        Casi las once
-        Si ya te lo decía yo que había sido un día horrible. Menos mal que mañana no trabajo y me voy a ir con Sara y  su novio a Segovia a pasar el día.
-        ¿Y eso?
-        Bueno, no tengo nada mejor que hacer.

Ana madre nunca preguntaba a Ana hija cuales eran las razones por las cuales unos días iba a dormir a casa y otros no. Iba cuando iba y la madre encantada. Hacía pocos meses que Ana hija había decidido vivir sola y lo respetaba. Conoció su casa y le pareció muy pequeña pero bien. Cuando decidió que se iba, y de eso habían pasado casi cuatro meses y ante la imposibilidad de convencerla que vivir en casa de sus padres era mucho mejor, Ana madre optó por la postura mas inteligente, como era habitual en ella, y en lugar de oponerse y montarle un escándalo, al fin y al cabo tenía todas las de perder, lo que hizo fue  ayudarla a buscar un piso de alquiler en el centro, no muy caro y orientarla en lo referente a la decoración. Era un piso pequeño pero muy luminoso a pesar de ser interior porque una de las ventanas daba a un patio grande por la que entraba luz más que de sobra. Tenía dos habitaciones no muy grandes, un cuarto de estar no muy grande con cocina americana separada del resto por una pequeña barra de madera y un cuarto de baño recién alicatado hasta el techo. En conjunto un piso rehabilitado que con unos muebles adecuados sería un lugar interesante para vivir sola y por si todo ello fuera poco, muy cerca de su trabajo ¿qué mas podía pedir?

Juan escuchaba, desde su habitación, como madre e hija comentaban lo cara que estaba la vida y lo complicado de los trabajos

-        Y tú ¿Cómo estás? – preguntó Ana madre.
-        Muy bien - contestó Ana hija – con muchísimo trabajo pero bien
-        ¿Tienes tiempo para estudiar?
-        No mucho, pero por lo menos me dejan ir a clase que ya es bastante
-        ¿Terminarás este año?
-        Supongo que si, aunque hay una asignatura, Psicología clínica, que la tengo atravesada y no se como voy a hacer para aprobarla.
-        Ya sabes que lo importante es terminar porque para trabajar tienes toda la vida por delante.
-        Ya lo se, Mamá, y en esas estamos pero trabajar y estudiar es mucho mas duro de lo que yo pensaba
-        Hija mía – Ana madre la miró con cariño – fuiste tu la que decidiste irte a pesar de que tu padre y yo te aconsejamos lo contrario
-        Ya lo se, pero alguna vez tenía que dar ese paso y por fin la he dado
-        Sarna con gusto no pica ¿no dice eso el refrán popular?
-        Es verdad, por cierto, ¿está Mateo?
-        No, no ha venido todavía ¿por qué?
-        Por nada ¿sabes que ayer estuvo en mi casa?
-        ¿Si? No se cual es tu opinión pero tu padre y yo estamos muy preocupados
-        Ya lo sé. Lo está pasando mal, pero por lo menos es consciente que puede mejorar cuando quiera, solo tiene que dejar a esos amigos que no lo están llevando por el mejor camino , pero eso no es tan fácil y quiere pedir una beca para irse por ahí y quitarse de en medio
-        ¿A que sitio se quiere ir?
-        Te lo cuento con una condición ¿vale?
-        ¿Cuál?
-        Que no le digas nada a él, porque todavía no lo sabe seguro y prefiere, cuando lo decida, decirlo él y además a mi me lo ha contado como un secreto y le he prometido que no se lo diría a nadie
-        No te preocupes que de aquí no pasa
-        Como te decía, él sabe que esos amigos no le están haciendo ningún bien, pero no puede pelearse con ellos así como así. Según me contó ayer, parece ser que gracias a ellos salió Delegado de Curso y encima le ayudaron para ser medio directivo del Sindicato de Estudiantes y encima parece ser que lo quieren ascender todavía más y pasaría a ser como el Delegado general de todos los Universitarios de su distrito y él no quiere ser eso ni de broma.
-        Pues que diga que no y ya está
-        No es tan fácil, Mamá. Ten en cuenta que los cuatro llevan juntos desde el primer día de Facultad y las cosas no se dejan así como así.
-        Ya, pero lo que es verdad es que tu hermano está muy raro. Parecería como si la culpa la tuviéramos nosotros
-        ¡Que va! lo que le pasa es que está enfadado con el mundo, le parece que la sociedad en la que le ha tocado vivir es muy injusta y trata de luchar contra eso, pero también es consciente que el cambio que pretende es como romper una pared dándose cabezazos y eso lo tiene que pagar con alguien y a los que tiene mas cerca es a vosotros, pero si hace lo que tiene pensado se acaban los problemas.
-        ¿Y que es lo que quiere hacer?
-        Por favor, Mamá, no le digas nada y menos que te lo he dicho yo
-        No te preocupes que seré una tumba.
-        Bueno pues la noticia es que está pendiente que le den una beca para irse dos años a Tel Aviv y terminar allí la carrera.
-        ¿Se quiere ir a Israel?
-        Yo creo que le da igual donde sea, lo que quiere es irse fuera, conocer a otras gentes y terminar la carrera para independizarse de una vez y cuanto antes.

Juan que desde la cama estaba oyendo las confidencias entre madre e hija, se quedó de piedra. Había sido capaz de imaginarse cualquier situación menos esa. Con la cantidad de países que hay en el mundo, tenía que escoger Israel, no otro cualquiera, sino Israel. Lo que le faltaba, la empresa de mal en peor, su hijo teniendo que irse fuera y él tonteando con una chica joven que había entrado a trabajar en la imprenta como becaria para ganarse unas perras. Llevaba dos meses con ella y era un secreto celosamente guardado entre ambos. Se veían dos o tres veces por semana en un motel de carretera como a media hora en coche. Allí se amaban con pasión y después cada uno a su casita y Dios en la de todos.

Todo empezó una mañana, hacía dos o tres meses, cuando Juan recibió la llamada de un amigo para que valorase la posibilidad de dejar entrar en su empresa, como becaria, a una chica. El no tendría que pagar nada, todos los gastos corrían a cargo de la Embajada Israelí. Se consideraba un intercambio cultural en el que el gobierno israelí se mostraba muy interesado. Janira que así se llamaba la becaria, tenía veinticuatro años, según le comentó a su llegada a la empresa, pelo negro corto, ojos verdes que en opinión de Juan solo reflejaban deseo, boca negra con labios perfilados y en conjunto una figura que irradiaba juventud por todos sus poros. Era una chica joven, simpática, muy atractiva y encima ella lo sabía y lo explotaba de manera permanente. Hablaba un perfecto castellano y desde el primer día se mostró muy interesada en aprender todo lo relacionado con la imprenta. Al finalizar su período de prácticas pensaba volver a Israel y montar un negocio exactamente igual para lo cual necesitaba conocer absolutamente todo sobre la empresa. Era insaciable en el trabajo y disponía de todas las horas tanto de día como de noche y a esas horas quería saber, por ejemplo, cuantos guardias de seguridad de seguridad se necesitaban para evitar robos de las  distintas máquinas o el ritmo al que trabajaban teniendo en cuenta que la plantilla quedaba reducida a menos de la mitad.

Fue precisamente en una de aquellas noches cuando Juan  llamó a su mujer para decirla que tenía una reunión y que no sabía la hora en que llegaría a casa. A los pocos minutos ya estaba con Janira proponiéndola llevarla a su casa y tomar algo por el camino. Dicho y hecho, discretamente, sin llamar la atención, el coche de Juan salió a las nueve de la noche del aparcamiento de la empresa y a los quinientos metros esperaba la israelita más atractiva que nunca. El pelo recién seco, un traje de chaqueta marrón y un bolso en bandolera eran todo su equipaje. Tomaron un vino en un establecimiento cercano Juan, por primera vez en su vida, la propuso ir a un hotel a pasar la noche. Ella aceptó como si lo estuviera esperando desde el primer día y así Juan y Janira iniciaron una relación peculiar. Los dos pensaban que, en ningún caso, estaban hechos el uno para el otro, pero la cama era el nexo de unión. Ella, con la impaciencia propia de su juventud, deseaba más y más mientras que él iba lentamente despertando el deseo. Los preliminares siempre eran muy lentos y sin embargo la traca final era muy breve.

El primer día, cuando ambos yacían exhaustos en una cama a la que no le habían dado ni tiempo de retirar la colcha, Juan pensó en su mujer. Aquello era una aventura y como tal debería entenderla. Se daría una ducha, dejaría a la chica en su casa y volvería con Ana con la que llevaba nada menos que veintitrés años felizmente casado.

-        Me voy a casa – Juan se levantó y se quedó sentado en la cama
-        Ya me lo imaginaba – contestó Janira iniciando desnuda un movimiento hasta el cuarto de baño donde en un inmenso “jaqucci” hicieron nuevamente el amor
-        Si quieres que te lleve a casa me tienes que decir donde vives – Juan arrancó el coche y lentamente salió del aparcamiento privado.
-        ¿Pasamos por la Gran Vía?
-        Paso por donde tú quieras porque a estas horas no pienso dejarte en medio de la calle
-        ¿Por qué? ¿tienes miedo que me violen?
-        No, lo que pasa es que yo soy un señor educado a la antigua y llevo a las señoras a su casa.
-        Pues empieza a modernizarte porque no te pienso decir donde vivo. Desde pequeña me ha gustado jugar y  para eso es necesario que entre nosotros se creen algunos secretos y el primero podría ser no saber donde vivimos
-        ¿Y el segundo?
-        ¡Que más da! Ya irán saliendo mas cosas, por ejemplo, no hacerme nunca preguntas comprometidas para que no tenga que contestarte con evasivas.

Juan la miraba con el rabillo del ojo. Por un segundo trató de imaginarse como sería la vida de aquella muchacha a la que acababa de conocer de una manera íntima y fueron muchas las ideas que se le ocurrieron. Todo lo que fuera israelí le sonaba a misterioso, todos los judíos, posiblemente con razón después de tantos palos como les habían dado por todas partes, eran reservados, enigmáticos Janira era el mas vivo ejemplo. Lo único que sabía es que se llamaba como decía, parece ser que vivía sola y por supuesto que no quería de ninguna manera que la acompañase a su casa. Si, ahora también sabía que era un auténtico terremoto en la cama y que por su carácter parecía que la cama era el único lugar donde perdía la calma.

Juan llegó a su casa y se encontró con Ana, su mujer, profundamente dormida. Se desnudó, se lavó los dientes y con cuidado se metió en la cama. A los pocos segundos, Ana movió un brazo y entre sueños preguntó:

-        ¿Qué tal? ¿has vuelto?
-        Si, pero sigue durmiendo. Hasta mañana.

Juan permaneció durante unos minutos despierto y el remordimiento se iba agrandando por momentos. Pensó en muchas cosas, incluso en despertarla y contarle todo lo que estaba pasando, sin embargo fue ella la que resolvió la situación. Introdujo una mano por el pantalón del pijama de su marido y recorrió lentamente las zonas que sabía que le proporcionaban placer.

-        Ven – le susurró al oído – acércate y cuéntame como te ha ido en la empresa.

Aquella noche fue de las que debería recordar. Hicieron el amor como dos adolescentes y para Juan fue como un acto de reconciliación. Se querían, se entendían y sobraban todo tipo de explicaciones. Convencido como estaba que lo sucedido era el producto de una noche loca, Juan se quedó profundamente dormido mientras su mujer le animaba a descansar para estar lo mas fresco posible y al día siguiente continuar con aquellas reuniones para salvar la empresa. Sin embargo, al día siguiente al volver a la empresa y encontrarse nuevamente con ella Juan decidió que podía continuar con aquella aventura que no ponía en peligro su matrimonio y para él era como rejuvenecer unos cuantos años.
Así llevaban dos meses y cada vez que abandonaban la habitación del motel, Juan salía convencido que era la última noche y que esa aventura no volvería a repetirse hasta que una mañana de Domingo, sentado ante una taza de café negro, Juan decidió una vez resuelto el tema de Janira, que se lo había dado hecho porque se iba como becaría a otra empresa en París, tenía la obligación de resolver los otros dos problemas que le agobiaban últimamente y volver a su vida normal. El primer problema resuelto, La becaria a París y él a su casa con su mujer, menos mal que no se le había ocurrido comentárselo porque conociendo a Ana, le perdonaría, seguro que si, pero nunca lo olvidaría. EL segundo problema, en orden de importancia en lo personal, era el de su hijo Mateo que estaba casi resuelto porque todos los trámites se iban haciendo con normalidad y lo lógico es que le concedieran su estancia en Israel ya que estaba solo a un papel de la Embajada que ya le había dicho que se lo mandaban en una semana y olvidarse por unos meses de la Universidad y de esos amigos que lo estaban maleando le vendría muy bien y el último problema era el de la empresa que no terminaba de levantar cabeza. Como ocurre casi siempre, las desgracias nunca vienen solas y un incendio fortuito había destruido casi totalmente la imprenta y lo que había constituido un problema, se resolvió porque cuando la necesidad aprieta el personal se tiene que ir a la calle. No había empresa, el seguro cubrió todos los gastos y Juan casi de la noche a la mañana se encontró en la calle.

Juan deambulaba de oficina en oficina tratando de encontrar subvenciones para comenzar un nuevo proyecto, siempre relacionado con la imprenta que era el tema que dominaba, cuando una tarde, al llegar a su casa, le esperaba Ana con un par de benjamines de champán y una tarta con dos velas, el 6 y el 2, los años que cumplía

-        Muchas felicidades marido

A Juan se le alegró la cara, eran muy pocas las oportunidades que tenía últimamente para sonreír  y esta era una de ellas. Sopló las velas, dio un beso a su mujer y cuando parecía que todo había terminado, aparecieron sus tres hijos, a Juan le había sido imposible desplazarse desde San Francisco, pero había enviado un correo de lo mas cariñoso felicitándole. Regalos típicos, un reloj, un jersey, una bufanda, una camisa, una corbata y sobre todo el mejor regalo, un sobre grande que contenía una cartulina en la que con letras grandes ponía

TE QUIERO Y HE DECIDIDO QUE SI QUIERES NOS VAMOS AL PUEBLO
ANA.



viernes, 8 de marzo de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR CAPITULO 7


 Queridos blogueros/as: Capítulo que podríamos definir como polémico, de esos que sin querer porque no me acuerdo que fuera esa mi intención, que es de esos  para discutir en familia y oir las opiniones de todos. 
Como siempre, espero que os guste
Un abrazo
Tino Belas


CAPITULO 7.-

Pasaron por la tienda del pueblo, compraron aceite, vinagre, un paquete de servilletas y tres o cuatro cajas de galletas y con una bolsa cada uno en la mano, volvieron sobre sus pasos y enfilaron la larga recta que les conducía a su casa y ésta los recibió con la cancela cerrada a cal y canto. Abrieron, colocaron la compra, cada cosa en su sitio y se sentaron a descansar en los sillones de la terraza. Con las bromas, entre ir y volver, habían consumido casi cinco horas y ya empezaban a notarse no solamente los años, sino también, porque no decirlo, los kilos. A continuación una canóniga, nombre que se daba vulgarmente a una cabezada antes de comer, y a despertarse con el sol que se desplazaba lo justo como para darles en la cara. Entre los dos prepararon una ensalada y un filete empanado, comida habitual cuando Ana no había dedicado la mañana a cocinar.

Entre pitos y flautas ya eran las cuatro de la tarde de un día más ¿o sería un día menos? Nueva cabezada, esta vez en la terraza cerrada, con música clásica de fondo y un momento típico para pensar. La muerte del Eduardo, un desconocido para Juan, fue la chispa que encendió la mecha de ese tema que daba para tantas interpretaciones. Era una situación que a todos, antes o después, nos tiene que llegar. En este tema si que no existían dudas, ricos, pobres, enfermos, sanos, simpáticos y antipáticos, feos, cabrones, santos de ponerlos en los altares, vividores, vendedores, honrados y de los otros, de derechas, de izquierdas, todos tenían que pasar por el Tribunal de Clasificación que, según habladurías porque nadie había vuelto para contarlo, se dedicaba a distribuir solo por sus actos a los candidatos y así a unos los mandaban a un pasillo luminoso en el que se apreciaba la presencia de una intensa luz reflejo de la presencia de Dios, a otros los aparcaba en un pasillo intermedio con una luz adecuada para la espera y a los malos de solemnidad los enviaba por una especie de tobogán hasta el infierno que habían disfrutado en la tierra, engañando, estafando, siendo mala gente,  poco cumplidor, nada caritativo y ahora les tocaba padecer por los siglos de los siglos, amen.

Todo esto se lo contaban los curas a sus feligreses y éstos se lo creían a pies juntillas sin objetar absolutamente nada. Era así, porque era así y se acabó. Sin embargo para Juan el pasillo primero, el bueno, el de llegar al cielo, al paraiso o donde fuera, era mucho mas ancho y por él pasaría casi todo el mundo ¿acaso Dios no era el ser mas misericordioso del mundo? ¿Cómo podía ser tan injusto como para condenar a alguien, nada menos que eternamente sin posibilidad de rectificar? Eso no podía ser y estaba convencido. Claro que, por otra parte, también pensaba que los que se sacrificaban en este mundo también deberían tener alguna compensación, sinó ¿para que te tenías que sacrificar en algunas cosas si no se tenía ninguna recompensa? Juan era católico y practicante, pero a su vez también era crítico con las cosas que veía mal en la Iglesia y así se lo hacía saber, cada vez que se encontraba con Don Alejandro, el párroco del pueblo, a quien le rompía los esquemas. El sacerdote era tan buena persona como grande de cuerpo, desprendía buen humor a pesar de sus años y toda su actividad estaba encaminada a conseguir atraer hacía la parroquia a jóvenes que continuaran las tradiciones de la Iglesia. Inspiraba confianza y se mostraba como un extraordinario conversador. Muchas tardes al calor de la chimenea de Juan y Ana tomaba un te con ellos y discutían de lo divino y de lo humano, aunque siempre acababa siendo el culpable de casi todos los sucesos el Presidente del Gobierno que, según su propia expresión, “si tu no crees, difícil es que te crean” y así nos lucía el pelo. Don Alejandro era un hombre cercano, estaba más tiempo en la calle que en la Iglesia. Conocía a todos sus feligreses y aunque con unos tenía mas confianza que con otros, intentaba solucionar los problemas de todos. Se interesaba mas por los problemas de los  pobres, pero entendía los de los ricos, hablaba por los codos y lo único que echaba de menos, en eso era igual que Juan, tener menos años para tener mas tiempo para resolver la cantidad de cosas que se acumulaban en su mesa de trabajo. Se mordía poco la lengua y por su especial verborrea lo mismo criticaba al Presidente que al Obispo de Roma, le daba igual. Sus penas eran las suyas y difícil que las entendieran fuera del pueblo, donde llevaba más de cuarenta años de Párroco. Una vez al mes tenía la obligación de trasladarse a la capital de la provincia para dar lo que él llamaba “las novedades” y aprovechaba para recordar a quien correspondiese que lo que le había contado en la visita anterior, todavía no se había resuelto.

Tenía que reconocer que los días que iba a casa de Juan y Ana se lo pasaban muy bien. El era un hombre culto, comparado con lo que había por allí, sabía de muchas cosas y con sus ideas le abría su corazón con frecuencia. Ana era una mujer bastante mejor de lo que parecía a primera vista, tenía muy buen fondo y una fe a prueba de bombas. La ideas de su marido no las compartía, pero tampoco trataba de convencerle de lo contrario, escuchaba, a veces asentía y otras se quedaba pensando, pero casi nunca le llevaba la contraria. Don Alejandro mientras bebía su segundo chupito de hierbas deleitándose con cada pequeño sorbo

        -    No me ponga mucho mas  que tengo que decir Misa a las ocho.
-        No se preocupe D. Alejandro que este licor es casero y  no lleva prácticamente nada de alcohol
-        Ya, pero de todas maneras ya voy por el segundo, pero bueno, claro que estoy de acuerdo con usted, el provocar deliberadamente la muerte de un ser humano, aunque sea un niño pero un niño es tan niño con siete años como al primer mes del embarazo y eso es indiscutible, otra cosa es que esté sin formar, pero un ser humano es.
-        Por eso le digo que lo de la píldora esa del día después es un tema difícil, porque ¿en tan poco tiempo está formado?
-        Yo no lo se, pero los que entienden dicen que si, que hay vida desde el momento de la fecundación, o sea, que también sería un aborto. Eso sí, como menos traumático, pero igual de asesinato
-        La verdad – Juan siempre llevaba al cura a su terreno – es que a mi el aborto me parece igual de mal que a Usted, pero tengo mis dudas
-        Pues no las tenga, Juan – El cura apuraba los últimos minutos de charla al igual que las últimas gotas de licor de hierbas que todavía descansaban en el pequeño vaso – el que mata es un asesino y eso es así
-        De acuerdo, pero imagínese, por ejemplo que a mi hija cuando tenía doce años la hubieran violado y se hubiera quedado embarazada ¿no sería lógico que yo como Padre la aconsejase abortar?
-        ¡Que barbaridades dice, Jesús!
-        ¿Pero sería factible o no?
-         Si, porque no
-        Bien, pues póngase en esa situación y de verdad Don Alejandro que yo no estoy muy seguro de lo que le diría., posiblemente le aconsejaría que interrumpiera el embarazo, no lo se
-        Esa es su opinión y evidentemente yo la respeto aunque no la comparto – El cura tomó otro chupito – una niña puede parir y dar a su niño en adopción o mil soluciones mas
-        Padre, no diga eso por Dios – esta vez fue Ana la que intervino para dar su opinión – como se nota que usted no sabe lo que es parir. Desde luego yo prefiero abortar que dejar nacer a alguien a quien yo he concebido y luego darlo en adopción. Eso si que me parece una faena.

Juan era un buen discutidor y estaba muy acostumbrado a oír opiniones diferentes a la suya, pero en este caso no había duda. La vida lo primero, pero eso era muy fácil decirlo por parte de quien no tiene niños, pero si los tuvieran otro gallo les cantaría, ¿Qué mujer sería capaz de parir y luego dar al niño? Además y eso casi nunca salía en las discusiones, siempre se hablaba a nivel de creyentes, pero mucha gente no lo era y también tenían sus derechos. Encima de la mesilla de noche de Juan, entre varios libros, había un ensayo sobre la eutanasia en el que se discutían las diferentes leyes en los distintos países europeos y se analizaba, desde todos los puntos de vista, en que condiciones se establecía una muerte provocada

-        Lo siento, Don Juan, pero en eso tampoco estoy de acuerdo. No creo en la eutanasia, ni seguro que nadie la quiere como se plantea aquí.
-        Eso es lo que usted opina, pero mucha gente está deseando que cuando llegue el momento de la muerte, no tenga necesidad de sufrir.
-        Si, pero eso es distinto que matar a alguien
-        Cada vez que dice lo de matar, asesinato, etc…etc me llama la atención porque yo lo veo mal, igual que Usted, pero me suena como términos muy duros. No se, me parece un poco exagerado
-        Es que ahí la Iglesia Católica no admite dudas no se puede hacer
-        Ya, eso ya lo se – Juan insistía en sus ideas algo reaccionarias – pero volvemos a lo mismo de antes y ahora no hace falta que ponga de ejemplo a mi hija, no, me puedo poner yo.
-        ¿No me diga que Usted quiere que le maten?
-        No, claro que no, pero tampoco quiero que me prolonguen la vida artificialmente si no tengo solución
-        ¿Y eso quien lo sabe?
-        ¿Como que quien lo sabe? -  Juan se levantó y continuó su parlamento mientras observaba como el sol se preparaba para dejar sitio a la luna – A mi me da igual, quiero decir que si tengo noventa años no me hace falta saber el día que Dios me tiene asignado para dejar este mundo, en el fondo me da igual, lo que no quiero es sufrir. Cuando oyes por ahí el típico viejo que está enchufado a mil tubos a mi, de siempre, me ha parecido mal, se le pone un suero, una buena sedación y adiós Madrid. ¿eso es mucho pedir?
-        Pues ahí es donde está la duda – D. Alejandro miró su reloj – una cosa es provocar la muerte, con eso no estoy en absoluto de acuerdo y otra bien distinta es que se instauren todos los mecanismos para que los paciente tengan una muerte digna. Eso es distinto y con eso, no lo diga por ahí por si me excomulgan, con una muerte digna yo estoy de acuerdo.
-        ¿Y eso no se puede regular de alguna manera?
-        Eso es lo que yo veo más difícil. No se si Usted sabe, posiblemente no, que desde el parlamento español los políticos pidieron la opinión de la Iglesia Católica y el Nuncio de su Santidad nos envió un cuestionario a muchos Párrocos para que lo contestáramos y allí, yo le puse que había que regular la muerte digna. No sabía como, pero por lo menos intentarlo y para eso están los políticos y de eutanasia nada de nada.
-        ¿Y les hicieron caso?
-        ¿Usted que cree?
-        Supongo que no
-        Pues eso
-        Ya sabe Usted que los políticos son como son y los de ahora peor todavía
-        Lo que yo me pregunto todos los días – El cura miró la hora – es porqué quieren que España se convierta en atea. No lo entiendo. En las ciudades posiblemente sea distinto, pero en los pueblos la gente va a Misa los Domingos, unos por devoción, otros por estar con sus vecinos o por la razón que sea, pero el caso es que va y ahora llegan los políticos de nuevo cuño y pretenden hasta quitar la subvención a la Iglesia y casi, casi eliminar los Seminarios y no soy capaz de entender que es lo que ganan con eso, pero de eso si les parece hablamos otro día porque yo me tengo que ir

Don Alejandro se levantó lentamente, se ajustó el sombrero, se estiró la sotana de un negro que iba perdiendo su lucidez por el paso de los años y salió de la casa no sin antes agradecer, como era su costumbre, la hospitalidad de Juan y Ana y hacer votos para que nunca se acabe el magnífico aguardiente con que le habían obsequiado. El matrimonio se volvió al amplio porche

-        Que buena gente es Don Alejandro ¿verdad?
-        Si, si que lo es y además para ser de pueblo es bastante razonable
-        Bueno, bueno – en ese punto Juan no estaba de acuerdo- yo no digo que sea carca, que lo es y lo tiene que ser si sigue las teorías de la Santa Madre Iglesia, lo que me parece es que no van con la sociedad actual. Los curas, la Iglesia o quien fuera, deberían ser algo mas modernos y no andar todavía con eso de los hijos que Dios te de, que usar un preservativo es pecado  y cosas por el estilo que están fuera de la forma de pensar de la gente joven y así les luce el pelo
-        Lo que si es verdad es que las Misas de los niños están llenas, pero en cuanto crecen un poco dejan de asistir
-        Pues claro, ¡para que van a ir! Los curas tienen que cambiar el chip y ser de otra manera. La prueba está que en cuanto aparece un cura joven, que habla como los jóvenes y dice la homilía para jóvenes, las iglesias se ponen a reventar y los chavales van encantados
-        Es que a veces hay curas que te quitan la afición
-        Ahora mismo, la mayoría
-        Hombre, Juan, no seas exagerado
-        ¿Exagerado? – Juan se rebelaba con estos temas - ¿a cuantas Misas vamos que al salir de la Iglesia tu misma dices muchas veces que no te has enterado de nada? Y fíjate que nosotros seguimos yendo todos los Domingos y fiestas de guardar, pero de verdad que muchas veces pienso que sería mejor que no fuéramos ¡total para perder el tiempo!
-        ¡Que cosas dices! Si te oyera Don Alejandro te diría que últimamente estás en contra de la Religión ¿Qué pasa? ¿Qué has perdido la fe?
-        Pues no lo se, tanto como perderla del todo, posiblemente no, pero que cada vez estoy mas de acuerdo con la honestidad de la gente joven, creo que si. Ellos piensan que pierden el tiempo y no van y yo que pienso igual, sin embargo, voy ¿no es una contradicción?

Mientras hablaban la noche se iba haciendo dueña y señora de la situación. Pasaba un día más, o un día menos, y así las semanas y los meses. Juan había conseguido dejar de fumar, lo que le provocaba auténticas crisis de ansiedad que trataba de paliar teniendo en la mano una pipa, naturalmente sin tabaco, que la pasaba de unos dedos a otros con un movimiento automático. De vez en cuando se la acercaba a los labios y aspiraba con la mejor de sus intenciones, pero el humo brillaba por su ausencia. Pipa en la mano y tiempo para reflexionar en temas trascendentes iban inexorablemente unidas. Curiosamente, cuando hablaban de temas sin excesiva importancia no la echaba de menos para nada y permanecía en el centro de la mesa baja sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. La casa estaba construida para que la pareja, en ese retiro extraño si se tiene en cuenta que toda su vida había transcurrido en una gran ciudad, se sintiera lo mejor posible. Grandes ventanales desde los que se divisaban un valle enorme en el que casi nunca soplaba viento que alterase la vida, una terraza con sillones cómodos, un porche cerrado para esas tardes de invierno que invitan a la tertulia, alfombras en el cuarto de estar y en conjunto una casa cómoda.

-        Yo no tengo ni idea que es lo mejor para ser feliz, no lo se – Ana estiró las pierna apoyándolas en una silla baja tapizada con la misma tela que el sillón – pero lo que si que se es que hay días que son mejores que otros
-        ¿Tú crees que la felicidad tiene que ver con la forma es que has dormido la noche anterior?
-        Estoy segura que si, pero por una cuestión de puro sentido común. Si duermes bien, normalmente es porque te encuentras bien. Si tienes problemas de cualquier tipo, no eres capaz de pegar un ojo









































domingo, 3 de marzo de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR: CAPITULO 6


 Queridos blogueros/as: He empezado a leer el capitulo de esta semana y he tenido la impresión que otra vez le había dado sin darme cuenta a eso de copiar y pegar y se me había colado aquí algún fragmento de otra novela porque esto aquí no pega ni con cola, pero bueno lo escrito escrito está y así se queda, pero ha sido una experiencia curiosa porque me he fijado en algunas cosas que escribo así como así y todo tiene su porqué, por ejemplo, preparan en la casa de campo un café de pota ¿a que eso si que pega? y que me decís de la indumentaria de los dos. La verdad es que no les pongo cara, bueno si que se la pongo, pero desde que me enteré que esto se puede leer hasta en la China, no me atrevo a decir quienes son, pero todos los que me leéis los conocéis y allá cada cual con su imaginación, pero la indumentaria eso si que no hay duda, tiene algo de mediterránea, y  ya puestos a imaginar ¿que me decís de Simón el panadero? claro que tiene que tener las manos grandes con los dedos blancos de amasar, un gorro blanco así como de lado y hasta le podíamos poner una colilla en la oreja derecha, casi no, mejor un lápiz para hacer las cuentas en el mármol de la mesa de despachar y bueno para terminar ¿que me decís de la parte filosófica de hacer la cama? claro que con el mismo razonamiento ¿para que nos duchamos si al día siguiente hay que volver a hacerlo?
En fin, reflexiones de la vida misma y os dejo que voy a seguir escribiendo otras cosas que si no me quedo y nunca llegáis al capitulo de turno.
Marta: como seguro que te imaginas no tengo ni idea porque tus comentarios salen como anónimos, pero lo importante es que contestes porque eso quiere decir que mi fama ya traspasa fronteras y ya andamos por Bélgica ¡anda, para que veáis con quien os estáis jugando los cuartos!
Un abrazo
Tino Belas




CAPITULO 6.-

El tema era el de siempre, un hombre mayor, ingresado en un Hospital, le contaba a una enfermera su paso por la vida. Se trataba de un Veterinario que había ejercido primero en la capital y después solicitó el traslado a una aldea gallego de cincuenta habitantes y toda para olvidarse de gravísimo accidente de tráfico que habían sufrido su hijo y unos amigos en el que todos los que volvían de una fiesta, cuatro amigos y la novia de uno de ellos, resultaron con lesiones graves y el que salió peor parado fue el hijo del protagonista que después de estar en coma casi tres meses, a continuación se murió. Su mujer, que había aguantado horas y horas en la UVI, entró en una profunda depresión y después de un intento de suicidio, se vio en la obligación de ingresarla en un Centro Psiquiátrico  donde según le informaban los Médicos que la trataban, iba empeorando por días y no parecía que hubiera la menor posibilidad de darle el alta y que se volviera a su casa. Al parecer había desarrollado una manía persecutoria que la hacía ser una persona muy peligrosa. Según ella todos los conductores de los Renault eran unos asesinos que iban matando chicos jóvenes por las calles de las grandes ciudades. El protagonista de la novela, un tal Peter Conschensky, estuvo casi un año tratando de ayudarla, se pasaba horas y horas en el Hospital, dejó todos sus negocios para dedicarse en cuerpo y alma a su mujer, pero a pesar de todos sus esfuerzos, no consiguió nada de nada y al final ya no sabía si era manía persecutoria , Alzhéimer o lo que fuese, el caso es que no le conocía e incluso en alguna ocasión le había echado de la visita porque su sola presencia le producía, según los días, una profunda agitación. Intentó ir con sus hijos, se hizo acompañar por algún amigo, incluso contrató los servicios de una matrona para acompañarle con la idea de darle celos, pero ese día no le conoció y no tuvo oportunidad de ponerse, nunca mejor dicho, que como una loca. Esos días permanecía sentada en una silla de enea con las piernas separadas y durante cuarenta y cinco minutos no movía ni un solo músculo. El tiempo pasaba, la enfermedad iba de mal en peor, los hijos se olvidaron de su madre y hasta el propio Peter decidió que ya estaba bien.

Había llegado hasta aquí en el libro que tenía ante su vista, página ciento treinta y nueve y ahora tenía la oportunidad de seguir. Se sentó en el porche, encendió la luz, se ajustó las gafas e intentó continuar con la lectura. Sin embargo, mientras sus ojos recorrían las letras, su mente se encontraba en otro lugar. De vez en cuando le ocurría lo mismo y siempre terminaba con una sonrisa. Juan repasaba algunos aspectos de su vida y siempre sentía las mismas sensaciones. A pesar de todas las desgracias que ocurrían a diario, él nunca habría tenido, con su familia, ninguna de esas tragedias. Su familia era normal y normales eran también sus hijos, excepto la muerte de su padre y dos sobrinos, los demás miembros de la familia disfrutaban de buena salud y hasta ese momento, todo lo había resuelto con su dinero. ¿Qué pasaría si Ana sufriera alguna enfermedad incurable? ¿Su reacción sería como la del protagonista de la novela? ¿Tendría paciencia? ¿Seguiría creyendo que Dios era Dios y le enviaba lo mejor para él? ¡Que fácil ha sido la solución!

Pasados unos minutos, Juan cerró el libro, se desvistió, se puso un pijama, se metió en la cama, rezó un Padrenuestro como hacía todas las noches desde que se lo enseñó su madre cuando tenía cinco años y a continuación se quedó profundamente dormido hasta que el sol de la mañana inundó la habitación con una luz y una fuerza que obligaba a sus moradores a levantarse con una sonrisa de felicidad. Ana preparó un café de puchero depositando varios granos de café en un cazo en el que había calentado agua previamente, mientras que Juan era el encargado de las tostadas. Se había hecho con unas tenazas de barbacoa y cada uno o dos minutos daba la vuelta a unas rebanadas de pan de hogaza que tenía reservadas desde el día que fue a la tienda del pueblo. Ana depositó las dos tazas sobre un mantel de cuadros en la mesa de la cocina mientras Juan  hacía lo propio con sus tostadas. De una estantería  sacó la sacarina y un tarro de miel y los añadió a la mesa. Se sentaron y ante las humeantes tazas de café hicieron una declaración de intenciones para el día que comenzaba.

-        Hoy tenemos un día muy duro – fue Juan el primero en desvelar sus planes.
-        ¿Si? – Ana dibujó una sonrisa
-        El duro trabajo me llama y no me va a quedar mas remedio que planificarme bien porque me toca acercarme al pueblo, comprar pan, servilletas y una botella de vinagre ¡vaya trabajo! ¿me acompañarás?
-        Si, claro, por mi no hay problemas pero se me está ocurriendo ir andando
-        Nos va a llevar toda la mañana
-        ¡Y que! ¿tienes algo que hacer después?
-        Aquí siempre hay algo que hacer. Tengo que revisar la huerta porque los tomates están saliendo francamente mal y debe ser porque a lo mejor necesitan algo mas de agua. En cualquier caso, si quieres, a la vuelta le preguntamos a Lola por si a ella le pasa lo mismo
-        No se si estará porque últimamente no anda muy allá de la espalda y creo que se va todas las mañanas a Rehabilitación
-        Bueno, al pasar preguntamos y si no está, no pasa nada, le preguntamos otro día ¿nos vamos?
-        ¡eh, eh! Caballero no me agobie que tengo que recoger el desayuno, limpiar un poco y hacer la cama.
-        ¿Te ayudo?
-        Mejor para mí, vamos.

Entre los dos estiraron la cama y como siempre fue ella la que le dio el último toque al edredón que siempre estaba unos centímetros más hacia el lado de Juan. El protestaba ante lo que le parecía una exageración y con un ¡que mas da! quería dejar resuelta la situación.

-        Pues no da igual, Juan, la cama hay que hacerla como Dios manda y si sobra un poco de edredón por un lado lo lógico es tirar de esta punta y dejarlo bien.
-        Tengo que reconocer que eres perfecta – después de tantos años juntos Juan todavía seguía enamorado de su mujer y sabía que esos pequeños detalles ella los agradecía
-        Algo habrás tenido tú que ver ¿no te parece?
-        Será – Juan se acordaba de su época de trabajador incansable y si que era verdad que intentaba hacer las cosas lo mejor posible y eso intentaba inculcárselo a todos los que estaban a su alrededor.
-        Tampoco te pongas muy gallito porque me ha costado mi tiempo y mi trabajo hasta conseguir que me ayudaras a hacer la cama
-        Es que se está muchísimo mejor leyendo el periódico que haciendo una cama, que además por la noche se vuelve a deshacer
-        Si, señorito, pero algo tienes que perder porque sinó ¿Qué pasa? ¿siempre tengo que ceder yo?
-        Venga, no te quejes que desde que nos vinimos aquí me tienes como a una asistenta por horas. Fíjate como será que estoy pensando pedirte un sueldo

Ana sonrió desafiante desde el quicio de la ventana

-        No se si haces las cosas a mi gusto, lo tendré que pensar.
-        Bueno, señora, ¿le parece que nos pongamos en marcha?
-        Si, espérame cinco minutos que me doy una ducha rápida y nos vamos.

Desde la pequeña mesa camilla del dormitorio Juan observaba a su mujer que se duchaba con la puerta del cuarto de baño abierta. A través de la mampara y como difuminada apreciaba el cuerpo de aquella señora que durante tantos años había compartido su vida que se esforzaba en enjabonarse entera, mientras tarareaba una canción de Los Panchos de allá por los años sesenta y pico. Efectivamente fue una ducha rápida y casi sin tiempo de pensar en nada, ya estaban cerrando la puerta y encaminándose hacia el pueblo. El sol comenzaba a calentar, la tierra se desprendía todavía del rocío de la noche y parecía que el día iba a ser de un calor agobiante, pero todavía era pronto. El verano iba languideciendo y el otoño asomaba su rostro para ir haciéndose ver. Ana ataviada con una camisa de rayas blancas y azules con amplios faldones que la llegaban hasta casi las rodillas, dejando ver unos “shorts” blancos. Unas bambas azul marino y un sombrero de paja de ala ancha con dos cintas que caían hasta su nuca  confundiéndose con una cola de caballo que recogía su pelo rubio. Un conjunto que le daba un aire juvenil, aunque en el tipo ya empezaba a notarse el paso de los años. Juan caminaba a su lado con sus pantalones vaqueros su camisa blanca también por fuera de los pantalones, zapatillas blancas y el inevitable sombrero de paja. Con todo ello trataba de imitar a su mujer sin conseguirlo del todo. Su cara estaba surcada de profundas arrugas que le daban un aspecto de mucho mas viejo que su pareja. Para su edad caminaban con paso bastante ligero por un camino rectilíneo que parecía terminar en un conjunto de casas bajas que se adivinaban al final de la larga recta. Unos árboles estratégicamente plantados indicaban la dirección adecuada a través de amplias fincas sin posibilidad de pérdida.

Simón, el panadero, preparó la hogaza de pan de pueblo de todos los lunes y jueves, le envolvió en papel marrón dejando sus huellas en forma de polvo de trigo blanco y se la entregó a Juan mientras con su mano derecha cobraba.

-        Aquí tiene su pan ¿qué tal va todo? – preguntó el panadero
-        Bien, como siempre, ya sabes que esto cambia poco
-        Y que sigamos así y no como el Eduardo, el que vivía por encima de la fuente de la Hilaria, que ayer se murió
-        ¿Eduardo? - Juan trataba de hacer memoria – ahora mismo si te soy sincero, no caigo quien es
-        Si hombre si, uno bajito que ayudaba a Misa de vez en cuando.
-        No se
-        Si lo tenía que conocer – el panadero buscaba nuevas señas de identidad – Se vino para el pueblo cuando se quedó viudo. Era Catedrático en Barcelona
-        ¿Y de que se ha muerto?
-        Ni idea, por lo visto el Julio, el cartero, fue a llevarle una carta a su casa y como no le abría, se asomó por la ventana de la cocina y allí estaba muerto tirado en el suelo.
-        Sería un infarto
-        Pues sería
-        Está claro que a todos nos llega nuestra hora
-        Eso es lo único seguro
-        Bueno, Simón, hasta el jueves que espero que me des mejores noticias.
-        Eso espero

Ana miraba unas semillas en la tienda de Juana y al ver a su marido que salía de la panadería dijo adiós y se unió a él.  Ya eran unos cuantos años los que llevaban viviendo en las proximidades del pueblo y aunque bajaban poco conocían a casi todo el mundo y así no paraban de saludar a unos y a otros. Algunos les preguntaban por sus hijos, otros por su salud y los profesionales por las obras que habían realizado en su domicilio. Todos recibían la respuesta adecuada de Juan y Ana.

-        Don Juan – le preguntó Antón el albañil que le hacía chapuzas en su casa - ¿sabe que se ha muerto el Eduardo?
-        Si – contestó Juan – me lo acaba de decir Simón.
-        El caso es que no se sabe de que
-        Pues se habrá muerto de un infarto que es la explicación más fácil ante una muerte súbita como esa y no te da tiempo de avisar a nadie.
-        Eso es lo que digo yo, pero ya sabe como son en los pueblos. Ahora dicen que hace poco había contratado a una ucraniana para que le hiciera las labores del hogar y las malas lenguas, ya sabe lo que pasa, que si lo ha matado porque se quiere quedar con la herencia, que si le ha dado varias pastillas para dormir y se ha pasado en la dosis, que si el Eduardo estaba en la cama con ella y como consecuencia del esfuerzo le dio un ataque al corazón y se murió y muchas mas cosas
-        Hay que ver la gente como inventa, como se nota que hay poco que hacer.
-        El caso es que el pobre Eduardo, que Dios lo tenga en su gloria, no se le conocían relaciones de ningún tipo con nadie y parece todo como muy raro.
-        ¿Y sabes si han llamado ya a la Guardia Civil?
-        Seguro que si porque sinó Cosme, el enterrador, ya estaría dando vueltas por aquí y no se le ha visto el pelo
-        O sea que le tienen que hacer la autopsia
-        Normal, uno no se muere así como así y la familia quiere saber el porqué.
-        Es curioso porque los hijos venían muy poco por aquí.
-        No, no,  - Antón escupió en el suelo – no venían nunca, pero ahora que se han enterado que tenía algo de dinero aparecen como buitres.
-        Pero el Eduardo ese que dices ¿tenía dinero?
-        Ya sabe usted, Don Juan, que en los pueblos la gente tiene montes y montes y tierras y más tierras y si los ve llevan una vida de lo más miserable.
-        Ese no era el caso de Eduardo porque es verdad que no gastaba mucho, pero tampoco era un cutre de esos de competición. Era historiador ¿no?
-        El decía que si y hace tiempo me llamó para que le pusiera en contacto con Don Genaro, el notario de la capital, porque tenía intención de escribir la historia del pueblo, pero creo que no le pareció muy interesante y no le hizo ni puñetero caso.
-        ¿Y que fue lo que hizo? – preguntó Juan
-        Nada ¡que podría  hacer! Comer poco, no salir y aprovechar la huerta ¿qué otra cosa podría hacer?
-        No lo se, pero era una buena presa para una lagartona de esas que andan por ahí. Intentaría echarle el guante y quedarse con su dinero
-        Es posible pero difícil porque en los pueblos se sabe todo y le puedo asegurar que eso se sabría.
-         O sea que si no he entendido mal tenía dinero, no tenía novias conocidas y de salud ¿cómo andaba?
-        Parece ser que bien.
-        Bueno, la salud siempre está bien hasta que un día deja de estarlo. Esto es así
-        Tiene razón y aunque el hospital de la ciudad funciona perfectamente hay cosas que, aunque nos empeñemos no tienen arreglo. Bueno Antón, perdona que no me pare a tomar un vino contigo, pero justo hoy ando un poco apurado de tiempo
-        Pues entonces, Don Juan ¡hasta la próxima!
-        Adiós, Antón