viernes, 15 de febrero de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR:CAPITULO 4

Queridos blogueros/as: Convencido estaba que hoy no publicaría el capítulo 4 de en lo mejor de lo peor, pero los milagros de la técnica son los que soy y ahí os va.
Estoy en Mons a 50 kms de Bruselas donde trabaja mi yerno Miguel y naturalmente con él está su mujer que es mi hija Marta- Por si no habías caído hoy es San Faustino y Santa Jovita, menos mal que no nací mujer porque Faustino no es especialmente bonito pero mira que llamarse Jovita, eso si que es para nota. y aquí estoy en Mons pasándolo. Esta tarde hemos estado en Lille y la verdad es que me ha gustado. Tiene unas placitas muy bonitas y se puede parecer a París, por supuesto que en pequeño, pero está muy bien.
No puedo comentar nada respecto al capítulo de ésta semana porque debo reconocer que no lo he leído o sea que le doy a copiar y pegar y todos tan amigos.
Un beso
Tino Belas

CAPITULO 4.-

Juan estaba sentado en el salón de su casa de la capital,  nueve de la noche de un día cualquiera de verano. Hacía calor, un calor pegajoso como ninguno de los años anteriores, lo que hacía que las gotas de sudor le resbalaran por la nuca. Su mirada se concentraba lejos, tan lejos como se lo permitían sus años, pero hacía delante no veía nada, Hacia atrás por supuesto que si, pero hacía delante nada de nada. En vista de eso, trataba de recordar los momentos malos que todos tenemos en la vida, pero parecía como si alguien los hubiera borrado, como se arranca un folio de una carpeta de anillas que solo necesitas un leve movimiento para sacarlo y sustituirlo por otro en blanco que nos permitiera reescribir la historia. ¿Quería, de verdad, cambiar todo lo anterior? y  si no quería ¿por qué no se acordaba de casi nada? ¿Sería Alzhéimer o es que empezaba a chochear sin más? Algún día debería hacérselo mirar porque era una cosa rara y difícil de explicar. Sin embargo todo cambiaba en cuanto llegaba a su casita de pueblo y atravesaba el umbral del campo. Entonces su vida, hasta entonces escrita en un libro en blanco, se transformaba en una novela de letras grandes, legibles y muy claro. Aquella casa de campo, el silencio, el porche con su maravillosa vista dominando todo el valle, el silencio,  los sillones perfectamente alineados delante de una amplia cristalera, el silencio, los paseos andando o en bicicleta con Ana en el trasportín, el silencio, el croar de las ranas en el estanque próximo, el silencio, los días de visita a los vecinos, el silencio, el despertarse todos los días a la misma hora coincidiendo con la luz del alba sin necesidad de despertador, el silencio, la compañía de Ana, el silencio, el piar de los pájaros, el silencio, las noches de tormenta con sus ruidos de diferentes tonos envueltos en el permanente silencio. El silencio, siempre el silencio que lo envolvía todo en cuanto el sol se abandonaba detrás de las montañas.  Juan era consciente que se iba volviendo cada vez mas callado como si tuviera miedo que sus palabras alterasen el orden natural de las cosas. Su voz se iba haciendo mas suave y en aquellas interminables conversaciones con Ana mientras contemplaban como las estrella se iban haciendo dueñas y señoras del firmamento, iban surgiendo situaciones que le permitían recordar aquellos años que había casi desaparecido de su memoria.
Una noche,  a la luz de una vela con olor a miel, se acordaron de sus hijos e hicieron un recorrido, que ahora se llamaría virtual, por las vidas de sus cuatro hijos, desde que nacieron hasta ahora. Eran cuatro y tan distintos ¿verdad? – Ana miró hacia un grupo de estrellas que parecían darle la razón – si no fuera porque los he parido yo y se quien es su padre, pensaría que eran de distintos hombres por lo diferentes que son entre si. Fíjate, por ejemplo ¿a quien habrá salido Juan?

-        A mi desde luego que no – Juan padre se revolvió en su hamaca – yo desde que nací he sido bastante listo, pero con los libros era un auténtico desastre y mi padre, como luego así fue, siempre decía que conmigo no había posibilidad de hacer carrera y sin embargo Juanito nos ha salido una lumbrera.
-        ¿Te acuerdas cuando de niño se quedaba estudiando hasta las tres y las cuatro de la mañana y se levantaba a las siete para no perderse ni una clase?
-        Si, pero eso en la carrera pero ya en el colegio era un magnífico estudiante ¿te acuerdas cuando nos llamó el cura del colegio para decirnos que era el número uno?
-        ¡Como no me voy a acordar! Ana bebió un poco de agua – me acuerdo como si fuera ahora mismo y también de tu reacción que para mi fue de lo mas sorprendente. Primero estabas contento, pero cuando volvíamos a casa en el coche me comentaste, así como quien no quiere la cosa, que esperabas que cuando fuera a la Facultad espabilase  porque si no en la vida no le iría muy bien
-        ¿Y espabiló?
-        Yo creo que si
-        Pues yo creo que no
-        Pero vamos a ver Juan, no seas cabezota ¿tu crees que si no hubiera espabilado tendría el puestazo que tiene?
-        En el tema profesional está claro, no hay nada que discutir, sin duda – Juan se quedó callado unos segundos – ya sabes por donde voy
-        ¿Todavía sigues con eso? Yo pensé que se te había pasado
-        ¡Como se me va a pasar! Sigo pensando que eso de tener cuarenta años
-        Cuarenta y dos, Juan
-        Bueno, pues mejor me lo pones, cuarenta y dos años y en todo ese tiempo ni una sola vez nos ha hablado que tuviera una novia o un ligue o algo por el estilo. Estarás conmigo que es un poco raro ¡o no!
-        A mi no me parece tan raro. La gente ya no es como antes y las necesidades de cada uno son distintas. A este chico siempre le han llenado su profesión y los libros o es que no te acuerdas cuando nos lo encontrábamos debajo de la mesa de la biblioteca de Gerardo y María leyendo “El Quijote” o cosas por el estilo ¿Te acuerdas o no?
-        ¡Y que!, ¿con eso que me quieres decir? ¿que era un poco raro? A esa edad los niños juegan al futbol, se llenan de barro, rompen las zapatillas de deporte, se rompen algo jugando, se dan de tortas con los del pueblo y sin embargo este hijo nuestro todo el día con los libros a cuestas
-        ¿Y no habremos tenido nosotros la culpa?
-        ¿Nosotros? – Juan paseó su mirada inquieta por el ancho valle - ¿Cómo vamos a tener nosotros la culpa? Serán los genes o yo que se, pero nosotros no hemos sido. Desde luego que por mi parte y estoy seguro que también por la tuya, hemos puesto todo lo que teníamos que poner y luego él ha salido como sea, pero no se puede decir que nosotros le hemos ayudado.
-        Querido – Ana nunca se callaba ante ese tema – te estás equivocando de medio a medio. Yo no te preguntaba por eso entre otras cosas porque tú das por supuesto que Juan es homosexual y aunque no lo digas así de claro si que lo piensas, pero no lo es Juan, convéncete, no lo es porque esas cosas se notan y una madre enseguida se daría cuenta. No lo es y el que viva en San Francisco no quiere decir nada porque no toda la población será gay ¿no crees? y en lo referente al tema de los libros, nosotros y digo nosotros por no decir tú,  hemos contribuido a que el niño no quisiera salir de casa y por lo tanto, aunque indirectamente, algo le hemos perjudicado cuando tú le comprabas aquellas novelas que eran como para muchos mas mayores que él y se sentaba y se las leía de un tirón. Incluso me acuerdo que había noches que nos teníamos que levantar para apagarle la luz porque se dormía con el libro entre las manos y ¿alguna vez le dijimos algo? Era como un niño distinto, diferente y bien orgullosos que estábamos de nuestro hijo mayor. El paso por la Universidad y los múltiples viajes a Brasil con aquella compañía que le pagaba los viajes para que descubriera la fórmula magistral de una especie de líquido que fluía de unas palmeras eso fue lo que le cambió
-        Pueden pasar todos los años que se quiera que todavía tengo grabada como si fuera ahora mismo    la cara que traía después del primer viaje y lo mas importante, el sobre con un montón de dinero. El tío estudiaba a todas horas para descubrir el secreto y al final lo consiguió y le dieron la beca para estudiar en Estados Unidos. Fueron casi tres años sin verlo y el cambio fue importante. Posiblemente entonces no nos quisimos dar cuenta, pero volvió que parecía otro, menos obediente, como más discutidor, en fin, otra persona que nuestro Juan y ¿Qué me dices de su manera de vestir?
-        No, eso no, vestía moderno, como viste la gente joven de ahora, pero mas que eso, para mi lo peor era el cambio en su manera de pensar y se pasaba el día discutiendo contigo.

Juan se paseaba por la terraza tratando de recordar mil y un detalles de aquellos meses que pasó en casa hasta que se fue a vivir a Estados Unidos. Entonces ya era todo un señor investigador

-        Menuda discusión tuvimos una vez en el comedor por culpa de la Misa, me parece que pasó hace dos días y entonces Juan tenía veinticinco años.
-        Veintiséis si no te importa, acuérdate que los cumplió un año antes de venirnos de Estados Unidos.
-        ¡Que más da! El tema iba porque la juventud acudía cada vez con menos frecuencia a la Iglesia y nos preguntábamos si era por la sociedad que nos había tocado vivir, por los curas que había muchos que en todas las Misas de los Domingos se merecía que los echasen por contribuir a que disminuyera la afición por ese Sacramento o por el ejemplo que les dábamos nosotros, aunque nosotros teníamos claro que por nosotros no era porque no faltábamos ningún Domingo, aunque también es cierto que muchas veces en casa comentábamos que no sabíamos para que íbamos, pero nunca nos planteamos no ir. Igual que nuestros hijos venían a Misa porque si y al poco de llegar Juan de Brasil, hubo un día que se rebeló, dijo que ya tenía edad para hacer lo que le diera la gana y que no pensaba volver nunca mas a una Misa ni con nosotros ni solo.
-        Y tú te pusiste como un loco ¿te acuerdas?
-        Claro, pero en mi defensa tengo que decir que todas las cosas hay que verlas en su momento. Me pareció mal  que dijera que no volvía a Misa, pero bueno eso se podía pasar porque efectivamente ya era bastante mayor, pero por lo que no pasaba era por el mal ejemplo que estaba dando a sus hermanos y sobre todo porque era un acto de desobediencia que en esa casa no era muy corrientes. Intenté que se fuera del salón, pero por primera vez en mi vida, me obligó a razonar y tuve que ceder parte de mi autoridad. Me sentó fatal y hasta lo comenté con D. Leonardo, mi confesor, pero tuve que admitir que con veintitantos años no se puede obligar a nadie a hacer lo que no quiere y a pesar que casi lo había echado de casa, tuve que rectificar y llegamos a una especie de pacto, él no presumía ante sus hermanos que no iba y yo le permitía quedarse en nuestra casa.
-        Cada día me impresionas más, Juan, tienes una memoria de caballo ¿Cómo es posible que te acuerdes hasta de esos pequeños detalles?
-        No tiene ningún mérito y menos en este caso porque como tú bien sabes en casa se hacía siempre lo que yo decía y todo el mundo a obedecer que para eso era yo el que llevaba el dinero ¿te acuerdas que eso lo repetía cada dos por tres? ¡que horror! Ahora me doy cuenta que me equivoqué y lo mejor para llevarse con los hijos es el diálogo y no el régimen dictatorial. En casa se va a Misa porque lo digo yo y el que le moleste que se vaya ¡que animalada!
-        Era lo que había entonces, el marido trabajaba en la calle y la madre se quedaba en casa cuidando a los hijos. La mujer tenía siempre la opción del silencio, pero nunca llevarle la contraria al que aportaba el capital.
-        Es curioso lo muchísimo que he cambiado en eso y todos gracias a aquel día en que tomamos la decisión de guardar la vieja televisión que presidía el cuarto de estar y obligarnos a permanecer sentados por lo menos una hora diaria. Aquello fue el principio del fin de mi autoridad y el inicio de lo que luego ha sido una familia que se lleva razonablemente bien... Hasta ese momento había sido una familia que ocupaba un espacio, pero no unida o si se quiere unida porque lo digo yo. Desde aquel momento las decisiones se tomaban en plan democrático, de común acuerdo y lo que al principio me pareció una pérdida de autoridad, se convirtió pasados unos meses en una manera de vivir y de enfocar los problemas mas racionalmente. Pasé de ser un ordeno y mando a uno mas.
-        También influiría la edad de los niños
-        Naturalmente. Juan bebió un poco de vino – no es lo mismo discutir con un niño de ocho o diez años que hacerlo con tres mozos y una casi moza que era Ana, la pequeña que completaba la familia numerosa.

El hecho que Juan viniera de Brasil que para su padre era como venir del mas allá y que los temas a tratar fueran primero analizados y luego una lenta búsqueda de soluciones le permitía disponer de tiempo para buscar sus alegaciones que, en muchos casos, eran rebatidas por sus hijos y en otras se confirmaba que no todas eran negativas. Con el paso del tiempo se convirtió en padre y no en un señor que solo aportaba dinero y autoridad, sin aportar ideas ni diálogo y casi sin darse cuenta se encontró cada vez mas encumbrado en su papel de toma de decisiones conjuntas. Lo malo fue que todo aquello ocurrió después de veintimuchos años y eso es lo que le daba pena. Eran años perdidos y en esta vida eso es lo único que no se recupera como repetía con frecuencia. Se dio cuenta que en aquella época era tan pobre que lo único que tenía era dinero y encima se creía que solo con eso se resolvían todos los problemas y naturalmente no era así.

Cuando Juan planteó que se iba a vivir definitivamente en Estados Unidos, el padre no tuvo mas remedio que aceptarlo porque, como bien decía su hijo, su vida, su trabajo y hasta la mayoría de sus amigos estaban en San Francisco y no se consideraba integrado cada vez que venía a España. De hecho, al principio, volvía cada tres o cuatro meses y desde hacía por lo menos tres años solo venía en Navidades y cada vez menos. Lo único que Juan consiguió de su hijo es hablar con él todos los sábados por teléfono al principio y luego por Internet y se dieron cuenta  que enseguida se agotaban los temas de conversación y así siempre acababan hablando de política que era muy socorrido y llenaba los últimos minutos y eso que los planteamientos eran diametralmente opuestos según se mirase desde este o el otro lado del Atlántico.

Juan padre era un empresario que ganaba suficiente dinero como para mantenerse en una posición económica desahogada, pero con unos conocimientos adquiridos con la práctica diaria, sin estudios de marketing ni nada por el estilo, lo mismo que el Fari que aprendió en la Universidad del Taxi, de la misma manera Juan aprendió en la Universidad de la vida. Las cuentas de sus diferentes empresas las llevaba en una pequeña libreta que guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón y se reía cuando le hablaban de profesionalizar la gestión. Contaba con frecuencia que una vez su segundo hijo, Carlos, se puso tan pesado que contrató los servicios de una empresa americana para que le asesoraran y duró cuatro horas. Se acordaba perfectamente de aquella conversación que se desarrolló en su despacho de entonces que estaba ubicado en una esquina de la “Imprenta Castilla”. Era un cuadrado mínimo al que se accedía a través de máquinas de imprimir, rollos de papel,  toneles con tinta de diversos colores, todo ello impregnado de un olor a papel usado. El despacho tenía una silla de hule verde, una mesa de 2x1 y dos sillas también de hule verde. La decoración estaba compuesta por una repisa con doce archivadores distribuidos de la A la Z, un almanaque con una imagen de la Virgen del Carmen y otro mas pequeño encima de la mesa, de hojas individuales para cada día con las hojas engarzadas en dos anillas. Al lado un bolígrafo imitando una pluma de ave que era el testigo principal de todos los vaivenes de la empresa.
El experto americano, vestido con un traje gris, corbata de vivos colores, pelo engominado, uñas recortadas y voz firme y segura, se enfrentaba al dueño de la empresa Don Juan  que estaba sentado a un lado de la mesa con una especie de mono de trabajo lleno de tinta hasta el cuello preguntando y respondiendo en aquella primera entrevista

-        No le puedo contestar con exactitud, pero desde luego seguro que menos que el año pasado
-        ¿Me permitiría ver los albaranes?
-        Por supuesto
-        Bien – el experto se rascó la frente – si eso es así, lo que tendré que comprobar,  es evidente que la imagen de la empresa tiene que cambiar. Eso lo primero ¿tiene una tarjeta?
-        Faltaría mas – Don Juan padre abrió la cremallera del bolsillo superior izquierdo del mono y extrajo un lote de ellas y se las entregó – estas son las últimas que nos quedan, pero como estamos en una imprenta si necesita hacemos mas en un momento.
-        ¿Me permite? – D, Juan se las entregó – Veamos lo primero que tenemos que estudiar es el nuevo logotipo porque la tarjeta tiene que ser la imagen de la empresa y en esta que tengo en la mano lo que mas llama la atención es la antigüedad
-        ¿Y que tiene que poner? ¿no llega con Imprenta Castilla y el número de la calle? 
-        No hombre no – el experto americano lo miró con desprecio – Eso era antes, ahora hay que buscar algo como mas actual ¿Qué le parecería por ejemplo “Diseños gráficos Central Park?
-        ¡Como dice! – D, Juan no daba crédito a lo que estaba oyendo
-        Si, mi querido cliente, si, diseños gráficos porque suena mucho mejor que imprenta y Central Park es una forma elegante de definir a Castilla. Estoy seguro que a cualquiera que le entregue esa tarjeta, con un logotipo en el que se entrecrucen las letras D, G C y P, percibirá un aroma a modernidad, hará unos pedidos de mayor calidad y por lo tanto la facturación subirá como la espuma. Por otra parte, los ratios de productividad, siniestrabilidad y el ram entre papel y tinta serán analizados semanalmente por alguno de nuestros expertos y  así en el hipotético caso que apareciera un Inspector de Trabajo pondríamos a su disposición todos y cada uno de los procedimientos ajustados a ley. Además – el experto americano parecía un iluminado, puesto en pié concretaba los cambios – este despacho tiene que estar ubicado al lado de la puerta de entrada, los muebles serán de diseño, la secretaria debe ser joven y llevar una bonita minifalda haciendo juego con el pañuelo que llevará anudado a su cuello y en cuanto a usted, D. Juan, fuera el mono y a partir de nuestra próxima colaboración usted tiene que vestirse mas deportivo, como mas moderno, si quiere sin corbata pero con aspecto mas de innovador, de hombre que se come el mundo.
-        Perdone Señor ¿Cómo dijo que se llama?
-        Carlos Van Halen
-        Bien Señor Viejales – D. Juan se removió inquieto en la silla – tengo la impresión que aunque usted sea amigo de mi hijo Carlos
-        Perdone – interrumpió el experto – no amigo sino compañero y es un gran tipo. Los dos trabajamos en la empresa “Consulting Holding Express S.L.”
-        Bueno, me da igual, pues compañero y amigo de Carlos. Me da la impresión que usted cree que esta imprenta es una multinacional y se equivoca ¿sabe? Y pretende introducir los mismos criterios y yo no digo que eso no esté bien, Dios me libre, pero no es lo que ando buscando porque entre otras cosas ¿cuánto tendría que invertir?
-        No le puedo contestar con exactitud porque todavía tengo que hacer algunos números pero en unos días recibirá un dossier completo en el que no solo nuestra empresa le explicará toda la inversión a realizar sino también una mejor planificación de su plantilla actual y una definición de los puestos de trabajo que para el desarrollo de nuestro proyecto serán necesarios.
-        ¿Me está diciendo que tengo que meter mas dinero en la empresa, dinero que  por otra parte no tengo y además ampliar la plantilla? ¿Le he entendido bien?
-        Si, Don Juan, si, eso es lo que estoy diciendo. Una empresa moderna necesita endeudarse hasta el límite de lo razonable, crecer pero siempre en base a la productividad y para eso tiene necesariamente que rejuvenecer la plantilla.
-        Espere un momento, Sr. Viejales
-        Perdón, Van Halen
-        No vaya tan deprisa porque me pierdo. Casi estoy pensando que voy a asimilar primero todo lo que hemos hablado y dentro de unos días le doy una respuesta ¿Le parece bien? Encantado y hasta la vista.

sábado, 9 de febrero de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR. CAPITULO 3

Queridos blogueros/as: Como todos los fines de semana y espero que así sea durante muchos años, os mando el capítulo 3 de la nueva novela. Como siempre y esto debe ser una manera de escribir, pasamos de los temas ginecológicos a otros como mas de adivinar y eso que gracias a mi demostrada fuerza de voluntad no he querido incidir mas en el tema y con unos pocos ejemplos de las casas próximas ha sido suficiente que si me dejo llevar por mi imaginación, este capítulo podría llegar casi al infinito, pero espero que con estas pequeñas pinceladas de la vida en los pueblos pequeños sea suficiente, pero historias para escribir hay todas las que se quieran y mas
Un beso
Tino Belas









CAPITULO 3.-

Ana se volvió a apoyar en la balconada  y contempló las luces en el horizonte y preguntó:

-        ¿No te gustaría conocer lo que pasa en cada una de esas casas?
-        Tu siempre has sido bastante cotilla  pero si quieres jugamos un poco ¿quieres? Mira, hacemos una cosa. Señalamos una luz y cada uno se inventa una versión de lo que allí está pasando ¿te parece?
-        Aquellas luces de la derecha deben ser Reurte – las señaló con el dedo índice de su mano derecha.
-        No, pero yo no digo eso – Juan bebió un poco mas de vino – lo que digo es que nos imaginemos lo que ocurre en el interior de cada vivienda. ¿Jugamos? ¿Qué pasará allí? - Juan señaló una luz en la ladera del monte
-        ¿Aquella  que está sola?
-        Si, casi al final del camino

Ana dejó volar su imaginación aunque sabía todos los datos

-        En aquella casa vive el Señor Andrés y la Señora Luisa. El fue cartero en su juventud y ahora tiene una enfermedad que lo tiene postrado en la cama.
-        ¿Y que está haciendo la Señora Luisa?
-        Ella está preparando la cena y no estoy muy segura pero juraría que está haciendo lo de todos los días una sopa de fideos y una tortilla francesa
-        ¿Le da siempre de cenar lo mismo? ¡que aburrimiento!
-        Bueno, desde que volvió del Hospital se ha acostumbrado a ese tipo de cenas y nunca le dan otra cosa. Hoy es de los días que está tranquilo porque hay algunos que no le puedes decir nada y se pasa el día discutiendo, con razón o sin ella, pero discutiendo.
-        Hay que ver la gente tan rara que hay por el mundo. Uno es de una determinada manera, cae enfermo y no se porqué se le agria el carácter y se vuelve insoportable.
-        No lo se, pero casi siempre eso les pasa a los hombres ¿porqué será?
-        A mi me parece que eso no debe ser una cuestión de sexo
-        No, si yo no digo que sea de sexo – Ana le llevaba la contraria su marido – lo que está claro es que las mujeres llevamos mejor las enfermedades que vosotros y si no fíjate cuando hay un enfermo en la casa ¿quien le cuida? El marido siempre se imagina a su mujer como muy abnegada, sacrificada al máximo, preocupada por no salir de casa y con toda la ropa a punto, Si fuerais los maridos los que tuvieseis que arreglar la casa otro gallo cantaría.
-        Que quieres decir con eso ¿Qué los hombres somos mas egoístas?
-        El generalizar nunca es bueno, pero yo creo que si
-        ¿Y no puede ser que seamos más prácticos?  Nosotros contratamos a otra persona para ese trabajo y no te creas que la vida cambia tanto
-        No cambia para ti que no estás enfermo pero el que está en el lecho del dolor, lo único que quiere es alguien que le de cariño, que le mime y no solo que le ponga delante una tortilla.
-        Muy bien, Ana, esta primera historia nos ha salido muy bien.
-        Si, pero pobre Señor Andrés, nosotros de juerga y él sin poderse levantar.
-        Bueno pero estamos jugando, tampoco es para ponerse así
-        ¿Seguimos? – Ana oteó el horizonte - ¿te parece bien aquella casa?
-        Cual, ¿la de la izquierda?
-        Si. Venga, empiezas tú y que sea con mas morbo que la anterior, pero que conste que la mía ha sido de diez.
-        Bien. Me tendré que esmerar – Juan se puso las dos manos sobre las sienes en actitud de profunda meditación – ya está. En esa casa vive Juana, una maestra de treinta años que decidió trasladarse a esa casa después de diez años de noviazgo con un chico de Salamanca y al que sin saber porqué, le salió un trabajo en Sevilla y desde que se fue si te he visto no me acuerdo. Ella lo buscó por todas partes y nunca mas se supo y en vista de eso y para no ser la atracción de toda Salamanca pidió el traslado y se vino para aquí casi de un día para otro.
-        ¿Y vive sola?
-        Si aunque de vez en cuando se junta con el profesor de sociales de otra escuela próxima y pasan algunos fines de semana juntos.
-        Y hoy que le toca ¿profe o soledad?
-        Espera, déjame pensar – Juan volvió a adoptar la postura de profunda meditación – hasta ahora ha estado sola y lleva toda la tarde trajinando en el jardín, pero luego se ha puesto a ver una película de video, que por cierto le había dejado Jesús el profesor de sociales, y entre que la película es un poco subida de tono y que la profesora a sus treinta años está en edad de merecer, se nos está poniendo como una moto y no me extrañaría nada que en cinco minutos, a través del móvil, llame a Jesús y le proponga que vaya a su casa
-        ¿Puedo seguir yo? – Ana se moría de ganas de inventarse algo
-        Pues claro, faltaría mas, de eso se trata, que sea un juego entre dos.
-        Bien, pues entonces yo se lo que va a pasar. Suena el teléfono y ¿sabes quien es?
-        ¿Jesús?
-        Si
-        Hola soy Juana ¿qué haces?
-        Nada, he estado corrigiendo unos exámenes y ahora pensaba irme a dar una vuelta por el pueblo ¿por qué?
-        No, por nada. ¿Sabes que he visto la película que me dejaste?
-        Cual ¿la de la chica que se va de viaje sola por Tailandia?
-        Si
-        ¿Te ha gustado?
-        Mucho
-        Pues no tiene mucho argumento
-        Bueno, según se mire. Es una película erótica y encima la pobre chica tiene mala suerte.
-        Si – Jesús se tumbó en un sillón – lo que pasa es que como decía un profesor de mi colegio, la Virgen siempre se aparece a los mismos pastores. Ella se pone en situación y así le pasa lo que le pasa.
-        Claro, pero reconoce que la soledad es muy dura
-        Que te voy a contar yo a ti que vives sola. Yo por lo menos puedo hablar con mis padres que aunque son muy mayores y tienen una mentalidad bastante de pueblo hacen compañía que ya es bastante
-        ………….
-        Juana, ¿estás ahí?
-        Si, si, perdona
-        Creí que se había cortado la comunicación
-        No, lo que pasa es que estaba pensando en lo que me decías y es verdad que la soledad en estos pueblos se hace muchas veces insoportable.
-        ¿Quieres que vaya?
-        Si
-        Tardaré un poco porque tengo que pasar por la farmacia de guardia a comprar preservativos
-        No tardes
-        Voy volando
-        ¡Que golfo eres!
-        ¿Yo? Lo que me faltaba por oír. Encima que soy un amigo que me preocupo por las necesidades del prójimo.
-        Anda venga, no tardes.

El juego, por esta noche se había terminado
-        Muy bien – Juan se levantó y aplaudió como si fuera el final de una obra de teatro – bravo ¡Que imaginación tiene usted, Señora ¿no se me estará insinuando?
-        Juan de mi alma ¿no podría pasar lo mismo en ésta luz y no en aquella de enfrente? La única diferencia es que no hace falta que pases por ninguna farmacia porque una eso de los embarazos lo tiene superado
-        Alguna ventaja teníamos que tener los de la tercera edad
-        Sin faltar caballero, que una todavía no ha llegado a esa situación de tanta madurez
-        Usted perdone, no era mi intención ofenderla, pero ¿a la señora le apetece irse a la cama con este humilde servidor?
-        Soy toda suya
-        Bien, pues entonces vayamos cuanto antes que debemos hacer uso del Santo Matrimonio.
-        Ni dos palabras más.

Los días transcurrían con normalidad. Eran como las cuentas de un rosario, pasaban pero eran todas iguales. Un mes sucedía a otro y los calores daban paso a meses de un frío tremendo. Las noches de luna llena se transformaban en otras en las que la oscuridad se hacía dueña del horizonte. El tiempo hacía que aquellas luces que inspiraban los juegos de Ana y Juan fueran desapareciendo y solamente retornaban en verano cuando volvían de la ciudad sus antiguos moradores para disfrutar de unos días de merecido descanso, pero a las pocas semanas el bullicio provocado por los veraneantes se tornaba en silencio. Un silencio que para Juan cada año era como más llamativo. En ocasiones, el ladrido de un perro o el sonido de alguna tormenta en las proximidades, alteraba ese silencio que para Juan se iba haciendo cada vez más denso. No sabría decir si más insoportable, pero seguro que más profundo. Era como si un taladro agujerease un objeto redondo y fuera ahuecándole. Tampoco sabía definir si aquello le provocaba más felicidad o un mayor desasosiego, pero lo que tenía claro es que era algo que le iba cambiando.
Juan tenía casi setenta años, realmente le quedaban tres para llegar a esa edad, pero en cuanto aparecía algún extraño trataba de derivar los temas hacia este y se hacía algo mas mayor, en una postura que se podía tildar como de arrogante pero que, en ningún caso, era una pose si no realmente lo que sentía. Veía pasar los años a una velocidad tan de vértigo que no le parecía diez si no solo tres o cuatro los años que hacía que se había trasladado al campo y si que habían sido diez. Tenía que reconocer que habían sido unos años maravillosos, Ana, su mujer, se había adaptado como si hubiera vivido toda su vida en aquel paraje solitario y no había sido tarea fácil aunque gracias a su fuerte personalidad lo había conseguido antes de lo que parecía e incluso ya no eran necesarias aquellas temporadas en la capital en compañía de su hija para quitarse lo que ella definía como el pelo de la dehesa. Los primeros años, cada tres o cuatro semanas se desplazaba a casa de Anita, su hija y allí permanecía por espacio de un par de semanas para poner un poco de orden en el armario de su cabeza, pero siempre que volvía parecía como si aquella jugada no le salía como la que ella se había imaginado y por eso necesitaba volver cuanto antes. Es posible que su relación con su hija se hubiera deteriorado algo con motivo de esas estancias tan largas y por eso no podía volver todas las veces que hubiera deseado.

-        Chico, te echaba mucho de menos y por eso me he venido ¿te parece mal?
-        A quien ¿a mi? ¡que va! al revés, de parecerme algo me parece bien, ya lo sabes, pero te hacía dentro de una semana por lo menos.
-        Si, es verdad – Ana hacía comentarios sin darles la menor importancia – pero como en casa no se está en ningún sitio.

Y así volvía una y otra vez y se quedaba seis u ocho meses. Las conversaciones en la terraza de la casa a las ocho de la tarde se hacían alimento habitual en el devenir de la pareja y el hecho de estar casi siempre solos les hacía permanecer mas unidos como si al ser dos se encontrasen mas fuertes ante cualquier agresión del exterior. Juan era consciente de lo extraordinario de su pareja, era una mujer sencilla, nada amiga de demostraciones de ninguna clase, que pensaba muy poco en si misma y mucho en el único ser que la acompañaba a todas horas y que no era otro que Juan con el que llevaba la friolera de treinta y muchos años casada y desde que estaban en la casa nueva alejados de todo ruido,  se había dado cuenta que hablaba con su marido con mas sinceridad, las discusiones eran tan raras como aquellos días de lluvia que hacían revivir al sediento campo y al final y como resumen es que su vida transcurría feliz, tranquila y sin sobresaltos. Los sesenta y siete años de Juan supusieron un cambio en su vida porque ahí se dio cuenta que la vida de los dos ya empezaba a bajar la cuesta final, Se encontraban bien, pero los años pasan aunque no se quiera reconocer.


sábado, 2 de febrero de 2013

EN LO MEJOR DE LO PEOR. CAPITULO 2


 Queridos blogueros/as: Seguimos en lo mejor de lo peor y poco a poco nos vamos metiendo en el mundo rural. Este capítulo sería como una descripción de los personajes y paisajes que irán saliendo. poco a poco. No se si quedan fuera de lugar las cosas que le dice el pastor a su santa o al revés, pero ¿ por qué no?. Suena un poco cursi pero eso del amor a cualquier hora, en cualquier circunstancia y en cualquier sitio está muy bien.
En fin, espero que os guste y que esos dos nuevos blogueros que dicen que se apuntan, escriban para que todos leamos que la cosa va en serio
Un beso
Tino Belas




CAPITULO 2.-

La noche se iba adueñando de la situación, la tarde desaparecía como por encanto con una luz que cambiaba de color mientras el rescoldo de la chimenea se apoderaba del patio. Juan y Ana agradecieron la hospitalidad del matrimonio y para que no se les hicieran de noche, volvieron con la bicicleta por el camino inverso al de después de comer. En las proximidades de su casa, las estrellas se hicieron brillantes y la rectitud de la osa polar les marcaba la dirección de la puerta principal.

Mientras tanto Jacinta, en su casa, encendió la televisión en blanco y negro que le había regalado Juan y se dispuso a ver el Telediario. Hasta que llegara la sintonía tradicional, se dedicó a terminar de recoger los restos de la merienda y a continuación se sentó en la camilla con la misma idea que su marido. Todos los días sucedía lo mismo, en cuanto el sol se ponía detrás del último risco el frío se instalaba entre los gruesos muros de la casa y hasta en verano encendían el brasero aprovechando las brasas de la chimenea... Esta vez Joaquín lo atizó con un hierro y la habitación comenzó lentamente a calentarse. La sintonía del Telediario les hizo fijar su atención en la pantalla. Una presentadora rubia de corta melena con grandes ojos verdes daba entrada a las primeras noticias. El final del puente del Pilar provocaba enormes embotellamientos a la entrada de las grandes ciudades con filas interminables de coches que permanecían sin moverse por eternos períodos de tiempo. Joaquín bebió un vaso de clarete y le salió del alma una exclamación que provocó una sonrisa en su mujer

-        Y luego dice Juan que en la ciudad de vive bien. Seguro que tardo menos yo con mi rebaño en atravesar el valle que todos estos en llegar a su casa.
-        Parece mentira ¿verdad? – Jacinta no perdía ojo de la pantalla de la televisión
-        Si, pero todo el mundo piensa que esto es la parte mala de vivir en la ciudad, pero que tiene otras muchísimas ventajas
-        ¿Tú ves algunas?
-        ¡Yo que se! – Joaquín el cabrero, volvió a ocuparse del brasero removiendo las cenizas con un pincho de hierro y trató de azuzarlas mediante un fuelle – para mí que están todos bastante locos.
-        A mi me pasa igual, pero todo el mundo se quiere ir a esos sitios, por algo será ¡digo yo!
-        Hombre, el problema es que el trabajo en el campo es muy duro – Joaquín se ajustó la boina – y para un pastor como yo todavía mas porque te pasas la vida de aquí para allá soportando fríos glaciares en invierno, calores en verano, lluvias que te calan sin avisar y caminar por lodazales que impiden que el ganado casi no pueda ni desplazarse. Los perros cada día trabajan más y creo que tambor el que me regaló “el tejas” está enfermo y no me extrañaría nada que lo tenga que sacrificar y todo eso por cuatro perras.
-        ¡Que verdad es eso que dices! Te pasas la vida trabajando y tenemos solo la herencia de nuestros padres y doscientas cincuenta mil pesetas ahorradas en el banco. Total, que no tenemos nada.
-        Bueno, según se mire – Joaquín se movió inquieto en la silla de enea – no tenemos nada y tenemos mucho y encima no tenemos a quien dejárselo.
-        ¿Por qué no habremos podido tener hijos?
-        Jacinta no empieces como siempre – Joaquín puso su mano derecha encima de la de su mujer – tener hijos si que los has tenido lo que pasa es que no hemos conseguido que nacieran sanos. A lo mejor en la ciudad si que hubiera sido posible ¡yo que se!
-        Seguro que no – Jacinta miró a los ojos de su marido – que mas dará vivir en un sitio que en otro para que los niños nazcan sanos. De toda la vida en los pueblos la gente ha parido sola y no ha pasado nada. No, posiblemente sea que yo tenga alguna enfermedad que empieza a funcionar cuando me quedo embarazada y me hace tener un aborto a los cinco o seis meses porque siempre ha sido igual.
-        Igual tienes razón mujer, pero yo una vez le pregunté a Don Felipe y me dijo que debería llevarte a un especialista porque él no tenía ni idea porqué te pasaba eso y fíjate si ese hombre habrá atendido partos en todos los años que lleva por aquí. Decía que no entendía nada  y que hasta que no vio tu último parto no se creía lo que le contábamos, aunque en cuanto lo vio se percató que era una verdad como un templo. Menos mal que lo vio por casualidad que si no todavía estaría pensando que haríamos algo raro
-        Lo más curioso es que cada parto fue distinto, pero el último fue terrible. Los dolores eran terribles y así como en los anteriores yo notaba que el niño iba bajando, en el último no notaba absolutamente nada, bueno, nada no, muchísimo dolor, pero ningún avance y encima sabiendo que el niño estaba muerto porque no movió ni un dedo en todo el embarazo y además estaba de cuatro meses y medio por lo que era imposible que naciera vivo.
-        Me acuerdo que a las cinco de la mañana tuve que ir a buscar a Don Felipe y nevaba aquella noche que no te puedes hacer idea, menos mal que Tristón se puso a mi lado y con ese olfato que tienen los perros me guió hasta la puerta de su casa que si no, todavía le estoy buscando
-        ¡Y te acuerda cuando llegaste? – Jacinta apretó la mano de su marido -  pusiste una cara que ahí fue cuando me asusté.
-        Más me asusté yo y todavía más Don Felipe que enseguida te metió la mano por ahí abajo y empezó a buscar algo para que dejases de sangrar porque la cama estaba llena de cuajarones.
-        Y me hizo un daño de mucho cuidado. Yo sabía que estaba buscando algún resto de placenta y eso que yo aunque estaba sola en el momento del parto tuve mucho cuidado de tirar del cordón y sacar todo, pero se conoce que algo se quedó por ahí y era lo que hiciera que continuase sangrando como un cerdo. Estuve mas de una hora apretando los muslos para no dejar salir a la criatura, pero al final tenía tanto dolor que me relajé y el niño salió como si lo hiciera por la rampa de un tobogán. Nada mas tenerlo en los brazos supe, aunque me lo temía, que estaba muerto. Era muy pequeño, estaba completamente negro y no se movía. Lo envolví en una manta y lo puse a un lado y luego tuve que tirar yo sola del cordón y menos mal que Don Felipe tuvo la suerte de sacar el trozo de placenta que se había quedado dentro que si no me desangro y la única posibilidad de salvación era quitarme el útero y para eso tendría que haber venido una ambulancia y llegar hasta el hospital.
-        Menos mal que la cosa se arregló que si no aquí estaría yo más solo que la una.
-        Ya – Jacinta lo miró con cariño – seguro que ya te habrías buscado a alguna lagartona.
-        Eso es imposible ¿Quién va a querer vivir aquí? Hace unos años la gente no tenía ninguna comodidad y se apuntaba a vivir donde fuera pero ahora cualquiera le dice a una mujer que viva aquí conmigo.
-        Eso es porque no te conocen que si no habría tortas entre las del pueblo porque eres una persona maravillosa.
-        ¿No me digas que te me vas a declarar?
-        ¡Que tonto eres Joaquín! No me voy a declarar porque no hace falta que te diga nada porque ya lo sabes ¿o no?
-        Si mujer, pero de vez en cuando dices unas cosas que me dejas alelado
-        Si, alelado, si, menudo pájaro eres tu.
-        No de verdad, llevamos no se cuantos años casados
-        Treinta y cuatro para ser exactos
-        Bueno, pues treinta y cuatro y es que ya ni pega decir que te quiero porque claro que te quiero, como no te voy a querer , si no fuera así ¿Cómo se pueden aguantar treinta y cuatro años con la misma persona?
-        Yo pienso igual que tú, pero no te fíes porque ya lo ves en las películas de la tele. Muchas mujeres dicen una cosa y hacen otra
-        Si, pero eso es en la ciudad porque aquí hay muy pocas oportunidades de poner los cuernos a nadie
-        ¡Que te lo crees tú! Si se quiere se buscan todas las excusas que hagan falta y se saca tiempo de donde sea
-        Sobre todo yo – Joaquín se palmoteó un muslo con fuerza – salgo a las seis de la mañana con las ovejas y vuelvo al atardecer o sea que fácil si que lo tengo. Otra cosa eres tú que estás sola
-        No te rías que de vez en cuando aparece alguien por aquí y si me insinuara un poco sabe Dios lo que pasaría,
-        Venga Jacinta, deja de decir tonterías que tu de moza estabas muy buena pero ahora
-        ¡Que! ¿Ya no te gusto?
-        Pues, que quieres que te diga. A mi me gustas tanto o mas que el primer día, pero tengo que reconocer que los años pasan para todos. Lo importante no es que pasen los años, que eso es ley de vida, si no que sigamos juntos viviendo aquí ¿no te parece?
-        Tienes razón



La vuelta hasta su casa siempre se les hacía interminable, posiblemente porque antes recorrían un trozo bastante largo desde que salían de la casa de Joaquín y Jacinta y posiblemente también porque el camino se empinaba un poco, el caso es que Juan y Ana siempre llegaban agarrados de la mano y con la bicicleta a un lado. Juan siempre pensaba lo mismo: la bicicleta es un vehículo estupendo pero solo para uno y para un pueblo sin cuestas y en el que había decidido vivir tenía varias y algunas muy pronunciadas. Habían buscado una casa lejos, como a media hora caminando desde la plaza. Era un lugar privilegiado. La había bautizado como “El Montículo” por estar situada en una pequeña loma desde la que se dominaban todos los alrededores. El verde de los campos se tornaba amarillo con el paso de los meses, los árboles también variaban de color y desde su terraza veían como los caminos parecían querer cuadricular el campo. El sol salía e inundaba de alegría toda la casa tanto por fuera como a través de sus amplios ventanales.
El montículo era una casa grande, muy grande, con enormes cristaleras por todas partes, en principio era una casa de pueblo pero con los cambios había querido que se sumara a la modernidad y donde antes había una hermosa cuadra ahora se había transformado en un magnífico salón, de paredes de piedra en donde se habían introducido lotes de libros en los antiguos abrevaderos. Juan y Jacinta habían intentado conservar el ambiente rural y así la puerta de entrada era la original con sus maderas descolocadas, un gran ojo de cerradura y unos cerrojos que parecían intentar que el mundo fuera diferente hacia dentro o hacia fuera. El salón estaba como en dos alturas separadas por un escalón y una especie de arco. Desde la puerta de entrada lo primero que se encontraba eran unos sillones alrededor de una mesa rústica con un suelo de arcilla roja y unos cuadros de estilo “naif” que proporcionaban un aspecto cálido a todo el conjunto. Una vez traspasado el escalón, el ambiente se transformaba y lo que en principio era rústico ahora era todo en madera con dos alfombras persas y una camilla con faldas de cretona con dos orejeros de vistosos colores. La cocina que aun conservaba el aire antiguo, con la chimenea en el centro, había sido diseñada por Juan y Ana como el centro habitual de reunión, sin embargo el paso de los meses les había enseñado que no era así y el centro era la camilla y sus alrededores.  El jardín no era muy grande, pero suficiente y a un lado una caseta hacía las veces de garaje y almacén de herramientas.

Juan y Ana dejaron la bicicleta a la entrada, se sentaron en dos hamacas del porche y observaron como el sol se perdía por el horizonte. El estaba con los ojos semicerrados, las manos entrelazadas y los pies encima de una pequeña mesa. Ella se había descalzado y miraba los pétalos de unas rosas que se mantenían erguidas a ambos lados de la escalera de entrada. Con una pequeña regadera fue echando agua a las diferentes macetas, con mimo retiraba algunas hojas y recortaba algunas ramas desobedientes. A continuación dejó la regadera en el pequeño garaje, se acercó a Juan, le dio un beso en la frente y se sentó en la otra tumbona.

-        El mejor momento del día ¿no te parece?
-        O de la noche porque del sol no quedan ni los restos
-        Siempre que nos sentamos a estas horas me entran ganas de darle gracias a Dios porque la vida, para mi, ha sido maravillosa.
-        Para mi también, pero sobre todo ahora, porque hasta venirnos aquí todo era diferente. Es verdad que la vida no nos iba mal, ni mucho menos y cuando los niños eran pequeños todavía mejor, pero luego todo se fue haciendo algo monótono. Los días, las semanas, los meses y hasta los años pasaban prácticamente iguales. Fíjate si sería así que hay unos siete u ocho años que no me acuerdo de nada – la cara de Juan reflejaba una cierta decepción – Para mi esos años como si no hubieran existido y me da pena porque bastante corta es la vida como para encima acortarla mas.
-        ¿Te acuerdas como nos cambió todo cuando decidimos venirnos aquí?
-        ¡Como no me voy a acordar! Pero no fue un cambio así como así, nos llevó bastante tiempo pero al final y eso es lo importante es que estamos aquí.
-        ¿Te das cuenta que casi todas las noches nos decimos lo mismo? - Ana miró a su marido – Parece como si se hubiera hecho realidad un sueño
-        Es que parece imposible – Juan se levantó de la hamaca y se paseó por la terraza – pensaba que íbamos a estar bien, pero nunca me pude imaginar que tan bien. Llevamos meses casi sin ver la tele, sin leer un periódico, sin oír la radio, sin usar el coche prácticamente para nada
-        Y sin reloj – terció Ana.
-        Lo malo es que eso es un síntoma de vejez porque nos damos cuenta que son muy pocas las cosas que nos hacen falta para vivir, por ejemplo, eso que dices del reloj. Si lo piensas realmente ¿para que quieres saber la hora si no tenemos nada que hacer? Es igual que lo de los días, nos parecían que se nos iban a hacer interminables y sin embargo tampoco es así.
-        ¿Y sabes lo mejor? – preguntó Juan con cara de no haber roto un plato en su vida
-        Tú dirás
-        Lo mejor con enorme diferencia es que he tenido la oportunidad de conocer a una mujer maravillosa. Sabía que había elegido bien, pero nunca creía que tan bien.
-        ¡Ah si! – Ana se movió coqueta en su hamaca - ¿no creías que era así?
-        No, yo no digo eso – Juan bebió de un botijo que tenían en el suelo – lo que digo es que viviendo como vivíamos antes de venir aquí, convivir era muy fácil. Los dos tenemos educación suficiente como para llevarnos bien viéndonos poco, pero lo que me tenía preocupado es el estar todo el día juntos. Era un plan un poco arriesgado porque estamos muy bien pero imagínate por un momento que estuviéramos mal ¿Qué hubiéramos hecho? ¿volvernos?
-        Pero ¿tú de verdad pensabas que nos podría ir mal? Yo estaba segura que no y ¿sabes por qué?
-        Tú dirás.
-        Pues porque convivir contigo es muy fácil, solo hace falta que estés en contacto con la naturaleza y te transformas en otra persona porque ¿te habías dado cuenta que últimamente en la ciudad estabas bastante insoportable?
-        Por eso tenía tantas ganas de venirme, precisamente por eso

Juan estaba apoyado en la balconada que daba acceso a la casa y desde la que se divisaban pequeños núcleos rurales, como pueblos de una o dos casas, con un censo electoral de cuatro o cinco personas y pensó en todas aquellas familias, ¿Cómo estarían? ¿Serían felices? ¿Vivían allí por gusto o porque no les quedaba mas remedio? ¿Sus hijos estarían con ellos o se habrían marchado? ¿Hacía mucho? ¿Volvían a menudo o no habían vuelto? Las preguntas sin respuesta se acumulaban en su cabeza mientras la noche se iba haciendo la propietaria del paisaje. Pequeñas luces se iban encendiendo a lo largo y ancho de todos los parajes que abarcaba su mirada.
Ana se acercó a su marido y le ofreció un vaso de vino

-        ¿Te apetece que nos tomemos aquí algo y no preparo cena?
-        Muy buena idea, así podemos seguir charlando pero casi déjalo, nos tomamos un vino y luego corto yo un poco de chorizo
-        Como quieras – Ana se acercó a su marido en la balaustrada, dejó deslizar su mano derecha hasta encontrar la de Juan, sus dedos se entrelazaron y apoyó su cabeza en el hombro de él, mientras él pasaba su brazo por la espalda de ella.
-        ¡Que tranquilidad! Es impresionante, no se oye ni un ruido, parece mentira

 Juan se dio cuenta del valor de aquellos segundos que en cualquier otro lugar serían partes de un minuto y allí parecía que se habían detenido en el tiempo. El sol iniciaba su ocaso y así como en la ciudad parecía que se hacía de noche enseguida, en el pueblo durante algunos minutos, a lo mejor era solo un segundo pero se hacía interminable, el sol se quedaba como clavado en una determinada posición y una vez que todos los vecinos se habían percatado de su presencia, entonces y solo entonces se escondía en el horizonte. Para el matrimonio ese momento del día o de la noche era el más espectacular desde que vivían en el campo y no se lo perdían por nada en el mundo. Hasta en una ocasión Juan había dejado escapar unas lágrimas que no pasaron desapercibidas para Ana, pero se hizo la despistada para evitar romper la magia de ese instante. Se limitó a apretarse contra él con fuerza como intentando fundirse en una sola persona.

-        ¿Qué vino es éste?
-        No tengo ni idea, ya sabes que yo de vinos no entiendo nada, pero la botella estaba en la despensa ¿te la traigo?
-        Casi no, espera un poco que voy a ver si lo adivino
-         
Juan movía la copa de vino delante de sus ojos y recordaba unas jornadas de cata de vino a la que le había invitado en La Rioja hacía ya muchos años. El vino tenía un color muy fuerte, exquisito paladar y un regusto algo afrutado. Estaba claro que no era un rioja, ni tampoco un ribera y mucho menos de Zaragoza. Parecía un Valdepeñas, por supuesto reserva, conservado en barrica de roble y posiblemente por el regusto final podría ser de la cosecha del noventa y ocho.

-        Yo creo que es un Valdepeñas del noventa y ocho
-        Espera un segundo que traigo la botella – al poco tiempo Ana tenía en su mano la botella – lo siento pero el experto se ha equivocado de medio a medio. Aquí dice que es un Somontano
-        ¿Un Somontano? Ni hablar, me juego el cuello que es Valdepeñas ¿me dejas ver la botella?

Ana la escondió en su espalda y con gesto pícaro le invitó a que la buscara. Juan la abrazó y al apretarla con fuerza se hizo con la botella

-        Con que Somontano ¿eh? Es un Valdepeñas como la copa de un pino, pero si que me he equivocado de año porque es del noventa y siete
-        Es normal que te equivoques porque tampoco eres tan experto
-        Eso es verdad, pero es extraño que me equivoque porque las cosechas de esos dos años fueron completamente diferentes y ¿sabes por qué?
-        ¿Me lo preguntas a mí – Ana se soltó despacio de los brazos de Juan – a mí que la última vez que probé el vino fue el día de nuestra boda?
-         Es una pena que no te guste porque un vaso de buen vino a estas horas es lo mejor del mundo y no el agua esa que tomas que debe ser fatal para el estómago.